Relato: Doctora y maestra del sexo Era un verano ardiente en la costa cuando lleg� la doctora a la casa de mi abuela. Ven�a de la ciudad capital para dar un curso a estudiantes de medicina en la universidad estatal. Yo estudiaba apenas mi primer a�o de derecho y con ese motivo viv�a con mi abuela materna y mis padres en un peque�o pueblo de la frontera con Estados Unidos. Desde qu� entr� en aquella casa sent� un aroma excitante que desped�a su cuerpo de mujer madura (aproximadamente cuarenta a�os) y con una personalidad carism�tica que hac�a sentir con sus grandes ojos negros y sus labios carnosos y sensuales. Vest�a elegantemente y cuando caminaba pod�a o�r ese ruido sensualde sus medias que envolv�an sus piernas bien torneadas y que remataban con unas nalgas hermosas que se le paraban m�s gracias a los altos tacones de sus zapatos negros de charol. Mi abuela la recibi� con gran alegr�a pues la madre de la doctora era una vieja amiga de los tiempos juveniles y escolares. Despu�s le mostr� su habitaci�n que estaba junto a la m�a en la vieja casona de m�s de seis habitaciones en el segundo piso, mientras que en la planta baja estaban la sala, el comedor, la cocina y dem�s cuartos de servicio y un ba�o para las visitas, alrededor de un patio soleado que lo hacia m�s precioso dos enormes palmeras y muchas macetas grandes con sus plantas de flores coloridas y bellas.Mi abuela me orden� que llevara las maletas a la habitaci�n y yo las segu� por las escaleras donde pude admirar m�s a mis anchas el precioso culo de la doctora que me provoc� una razonable erecci�n de mi verga. Ya en el cuarto mi abuela le dijo que yo era su nieto y que estaba estdiando leyes y que era un buen chico y adem�s inteligente por mis altos promedios escolares.la doctora me extendi� su mano y al estrecharla sent� como un efecto magnetizaste y me estremec� de la cabeza a los pies. Ella me mir� con atenci�n y me regal� una sonrisa maravillosa que dej� al descubierto una dentadura blanca y perfecta.
Lleg� la hora de la cena y mi abuela presidi� la mesa quedando la doctora y yo de frente. Desde el primer momento me gustaron sus buenas maneras en la mesa de un refinamiento y exquisitez que yo, en mi calidad de provinciano, no estaba acostumbrado debido a la modesta forma de vivir en mi pueblo. Mis erecciones segu�an adelante y ella lo advirti� enseguida porque mis pupilas al tiempo que se dilataban me delataban ante una mujer experimentada (despu�s lo supe) en las mejores artes del amor y el deseo. Ella y mi abuela hablaron de sus parientes y amigos y la charla fue muy amena, mientras yo pensaba que no iba a poder dormir sabiendo que pared de por medio dormir�a una maravillosa mujer que mostraba la parte superior de sus senos en la qe se adivinaba un par bien puesto,grandes, duros y maduros. Despu�s de la cena tomamos un poco de aire en una de las terrazas que daban vista al patio y la doctora sac� de su pitillera plateada un cigarrillo y me ofreci� su encendedor para que se lo prendiera, como un gesto de su buen y aristocr�tico origen familiar. Nos despedimos y subimos a nuestras habitaciones cada uno, no sin antes, decirme la doctora que ser�amos buenos amigos y cre� ver en su mirada un destello de coqueter�a sensual que me alegr� el coraz�n, y a�n m�s cuando me di� un beso en mi mejilla derecha que me carg� de una tensi�n desconocida por m� hasta ese momento.
Entremos a nuestros rec�maras respectivas y me fu� directamente al cuarto de ba�o para ver aquella erecci�n que no cesaba por el clima de exitaci�n que me hab�a provocado el conocer a aquella bella mujer que jam�s olvidar�a. Mis diecis�is cent�metros estaban tan duros y enhiestos como el asta de una bandera al viento. Me desvest� y me met� a la cama (acostumbro siempre a dormir desnudo desde mis mocedades). Me entregu� a fantas�as er�ticas pensando que a unos cuantos metros estaba la mujer de mis sue�os y que con �mpetu juvenil la penetraba con mi verga en su rica y deliciosa panocha de abundantes rizos negros como su larga cabellera y que ella respond�a con un ardiente deseo jam�s imaginado. No pude m�s y comenc� a masturbarme y me sali� un abundante semen que me ba�� la parte baja de mi est�mago, que me apresur� a limpiarme con un pa�uelo que lavar�a en la ma�ana. M�s dulcemente siguieron mis fantas�as y as�, locamente enamorado me dorm� profundamente entre espasmos sensuales y sue�os cargados de erotismo.
La ma�ana siguiente la doctora vest�a en forma sencilla pero elegante. Falda tipo Chanel y un blusa blanca con encajes de filigrana del mismo color sus flotantes medias y zapatos negros pero de un tac�n medio. Se ve�a hermosa y deslumbrante con sus ojos prudentemente pintados que resaltaban en su blanca y maciza piel de porcelana brillante. Despu�s del desayuno mi abuela me indic� que deber�a llevar a la doctora a la escuela de medicina y me di� dinero para el taxi que nos condujera a nuestro destino.nos sentamos en el asiento trasero y ella cruz� sus magn�ficas piernas y dej� entrever parte de sus muslos. Y otra vez mi erecci�n hizo su aparici�n y yo no pod�a esconder la verg�enza que me hizo enrojecer. Ella, que vi� el bulto en mi entrepierna me dijo: " no tengas pena, esta noche te curar� de tu mal" , y delicadamente me desliz� su mano por encima de mi bulto y me indic� que me tranquilizara . La dej� en la puerta de la escuela de medicina, y me fu� corriendo a mi escuela inmensamente feliz y esperando que pasara r�pido el tiempo para llegar a la noche prometida.
Les ruego a mis lectores que esperen la segunda parte de este relato que constar� de dos apartados m�s donde les contar� el desenlace de esta experiencia que viv� en mi juventud.
Por favor vota el relato. Su autor estara encantado de recibir tu voto .
Número de votos: 3
Media de votos: 7.00
Relato: Doctora y maestra del sexo
Leida: 1135veces
Tiempo de lectura: 6minuto/s
|