Relato: Nunca danzar�s en el circo del sol (01)





Relato: Nunca danzar�s en el circo del sol (01)


N�NCA DANZAR�S EN EL CIRCO DEL SOL


I


Una sonrisa perfecta.



Si miras mi cara no sabr�s si te gusta o te molesta. �Te
atrae? �Te inquieta? �Te irrita? Probablemente sientas algo de miedo suponiendo
que estoy loco y que soy absolutamente impredecible. Tal vez tengas raz�n, a mi
lado no podr�as pasar un d�a normal. M�rala bien, finge que no lo haces pero
obs�rvala, esa es mi cara.



Probablemente te guste, pues, seg�n he llegado a comprender,
es extremadamente arm�nica. Mis ojos son grandes, de esos que la gente llama
expresivos, y no s� si eso sea un atributo porque unos ojos expresivos
traicionan a cualquiera que desee mentir alguna vez; yo los tengo as�, grandes,
negros, con unas pesta�as que no s� de d�nde saqu�, y desesperadamente
reveladores de la mayor�a de mis estados de �nimo. Mi nariz es recta, algo
grande, pero tan afilada que disimula lo enorme que es. La verdad es que el
secreto del encanto de mi nariz radica en que esta flanqueada por varias partes
del cuerpo que de alguna manera distraen la atenci�n respecto de ella.



De mis ojos ya di pistas, hablar� entonces de mi boca, mi
labio superior es considerablemente m�s peque�o que el inferior, y a suerte de
tanto sonre�r, tanto el superior como el inferior tienen tantas grietas
verticales que pareciera que acabo de besar la parrilla de un radiador de un
autom�vil en marcha. Son rojos, como si la sangre luego de besar ese filoso
radiador estuviese todav�a ti��ndolos. Las orejas son peque�as, con el l�bulo
separado de mi cabeza que es sorprendentemente redonda de arriba, cubierta de un
cabello tan ensortijado que siempre parezco un fallido lanzador de granadas. Si
bien mi cr�neo es redondo, este se vuelve triangular hacia la barbilla, que es,
irracionalmente, partida. Mis p�mulos son carnosos y alzados, y a mitad de ellos
se hace un hoyuelo cuando sonr�o.



�Cu�ndo sonr�o he dicho? Bueno, estamos entrando en materia.
Imag�nense que est�n pegados a un tel�fono concertando una cita a ciegas, lo que
quieren es dar una buena impresi�n a la sensual voz que est� del otro lado del
auricular, pues, convenciendo en esta descripci�n podr�a haberse ganado terreno
rumbo a la cama. Si en esa situaci�n describes tu rostro, generalmente hablar�s
de tus ojos, de tu nariz, de tu boca, y alabar�s aquello que sabes tienes bonito
y callar�s o distorsionar�s lo que sabes tienes feo, como amortiguando el golpe.
En ambos casos, y salvo que los dientes tengan un problema severo como enc�as
que sangran de la nada, un diente cariento al frente, o algo similar, el com�n
de la gente no hablar� de sus dientes, ni de su sonrisa. Yo s�.



Mis dientes tienen una perfecci�n inexplicable, son largos, y
al decir largos significa muy largos, uniformes, que enmarcan una lengua larga,
muy larga. La gracia de la belleza de la parte interna de mi boca es
desconcertante cuando por fin sonr�o. No s� a suerte de qu� mi sonrisa es muy
amplia, se alza hacia los lados haciendo una luna menguante muy aguda y
agresiva, si encima sonr�o con los dientes bien juntos, sentir�s definitivamente
que en medio de mi crujir de dientes yace tu alma, o cuando menos tu carne. Es
la sonrisa de un �ngel mezclado con una hiena, es la alegr�a di�fana te�ida de
rabia. No quiere decir que mi vida interior sea tan voluble, sin embargo, es lo
que representa mi sonrisa, como si fuera la sonrisa amable de un asesino. Si en
vez de sonre�r me r�o, o peor aun, me carcajeo, todo cambia, mi risa es por
naturaleza estridente, muy sonora, delirante y contagiosa.



Creo que de todas las partes de mi cuerpo, la que m�s cuido
es mi boca, luego le sigue mi piel. Puede que no vaya al m�dico general, al
ur�logo, al otorrinolaring�logo, pero sin duda al dermat�logo s� tengo que ir,
m�s que para curar para prevenir, y de un tiempo para ac�, no podr�a dejar de ir
a mi dentista, mi dentista preferida, mi �nica dentista.



Con ella, cuyo nombre es Aleida, me llevo de maravilla. Creo
que el secreto de esta amistad radica en que ella valora mis dientes en una
forma que yo no puedo siquiera entender, ella los ve desde dentro, sabe c�mo se
llama cada diente y si es normal que salgan como han salido, sabe la funci�n de
cada pieza, de qu� est�n hechos, qu� soportan y qu� no soportan, es una experta
absoluta. Ella me conoce muy �ntimamente y en cierto modo ha concluido la obra
que la naturaleza comenz�, Dios me dio unos dientes bellos, pero ella los
termin� de acomodar, los libr� de la caries, les devolvi� su blancura. He sido
su boca mimada y nos hemos sabido dar partes, de las mejores partes, que
tenemos.



Recuerdo la primera vez que llegu� con ella, su consultorio
era un buen consultorio ubicado en una zona comercial que exige el pago de
rentas muy elevadas. Fuera del consultorio estaba estacionado un autom�vil del
a�o, impecable, de esos que son atrevidamente familiares o flojamente
deportivos. En el muro se le�a un letrero que dec�a "Estacionamiento exclusivo /
Dra. Aleida Merino". Cualquiera que sepa que me gano la vida como payaso
callejero sabr� que para mi era un esfuerzo muy significativo el pagar una
dentista visiblemente cara, sin embargo, corr�a con la suerte de tener un medio
para pedir un descuento, un medio tan azaroso como inquietante.



La conoc� bajo la idea de que Aleida era dentista de una
chica rubia a la cual le daban mucha risa mis montajes. Pareciera que el p�blico
es quien recuerda al artista y no al rev�s, por varias razones muy obvias; el
artista debe poner atenci�n a su puesta en escena y ello implica que no preste
mucha atenci�n a su p�blico, sin embargo el p�blico s� puede centrar toda su
atenci�n en el artista porque es parte esencial del espect�culo y desde luego no
es mal visto qued�rsele mirando. Eso es cierto s�lo a medias, pues las calles y
las plazas no son un teatro en el que el p�blico es mas o menos una masa oscura
de cabezas indistintas, en ellas el p�blico est� cerca, ellos te ven, tu les
ves, y si alguien del p�blico es seguidor de tu trabajo terminas por
identificarlos. Yo identificaba al p�blico por el sonido de sus carcajadas, por
el brillo de sus ojos al ser felices, por las muecas de indignaci�n divertida
que pon�an en ciertos de mis actos. Una risa particular la podr�a identificar de
las dem�s, as� la viese y oyese una sola vez en la vida, y m�s aun, si los
due�os de estas risas eran clientes asiduas de mi espect�culo con mayor raz�n
les identificaba.



As� fue como identifiqu� a la chica rubia, su risa era tan
suave pero tan abierta que cuando estaba ella entre el p�blico inmediatamente
inundaba mi acto con su frescura y su suavidad. Dado que su risa me gustaba
mucho me pon�a todav�a m�s gracioso, y la hac�a re�r aun m�s. Yo la
identificaba, ella me segu�a. Me hab�a visto actuar como cuatro veces y casi
puedo jurar que era ella la que depositaba un billete de cincuenta pesos en mi
sombrero, cosa inusual, no porque mi acto no valiera la pena, sino porque era lo
que podr�a cobrar un teatro en forma por un acto similar, aunque yo pensaba que
no exist�an actos exactamente similares al que yo presentaba.



Era com�n que m�s de una chica viese en m� algo m�s que un
payaso, pues cualquier mujer observadora supondr�a que mi cuerpo de payaso
tendr�a posibilidades de ser amado o utilizado para el placer una vez que se me
despojaba de la ropa rid�cula que regularmente uso para mis presentaciones. A la
quinta vez que la vi acudir a uno de mis espect�culos por fin cruzamos palabra.
Acordamos ir a tomar un helado, algo as� como una cita que pod�a traer algo
bueno, y al dar un sorbo a una aguanieve de frambuesa, que es la cosa m�s fr�a
que ha entrado en mi boca, resent� en los dientes este fr�o. Me apen� mucho
porque la chica me dijo que eso no era normal, me revel� que ella acababa de
entrar a estudiar odontolog�a y me pidi� que le permitiera echar un vistazo a
mis muelas.



Es m�s com�n que una chica te pida que le muestres el ancho
de tu verga que la salud de tus muelas, sin embargo se las mostr�. Me dio pena,
repito, no porque no quisiera que me viese las muelas, sino porque sab�a que se
iba a encontrar con algo seguramente muy desagradable. Seg�n recuerdo, la �ltima
vez que hab�a ido al dentista fui del brazo de mi madre, y �sta hab�a muerto
cuando yo ten�a diez a�os, dej�ndome hu�rfano porque no conoc�a yo a mi padre ni
a ning�n familiar, por lo que, considerando que actualmente tengo veintiocho
a�os, significa que, m�nimo en los dieciocho a�os que he tenido que vagar por
las calles gan�ndome el pan en las formas m�s variadas no hab�a acudido a un
dentista.



La chica se sent� en una de las jardineras que est�n afuera
del Palacio de Bellas Artes y me hizo recostar en sus muslos para restarle un
poco de frialdad a lo que iba a hacer y me abri� la boca como si se tratase de
un inquisidor listo para meter en mi boca un embudo de castigo.



-�Abre!- Me dijo.



Inspeccion� mis muelas durante un minuto, tiempo suficiente
en el que yo maldije que en la ma�ana se me hubiera olvidado el cepillo de
dientes y el hilo dental. Siempre lo cargo, en eso si soy muy disciplinado. Sin
embargo precisamente hoy que una linda chica me husmea las muelas no he cargado
mi equipo de limpieza bucal. Repas� en mi mente la alimentaci�n del d�a para
imaginar el tipo de residuos que encontrar�a. Casi nada, me hab�a comido una
torta cubana, es decir, esas que concentran una org�a de ingredientes dentro de
un pan, adem�s de una barra energ�tica que hab�a devorado antes de iniciar mi
acto. Repasaba los ingredientes de la torta, jam�n, pastel de pollo, queso de
puerco, quesillo, chilpotle, aguacate, lechuga, frijoles, milanesa empanizada,
salchicha, huevo, etc., m�s la fibra y pasas de la barrita, y s�lo interrump� mi
inventario de ingredientes cuando escuche su veredicto lindamente anunciado.



-No te va a gustar todo lo que veo-


-Disc�lpame, hoy por la ma�ana olvid� mi cepillo...


-No, tonto, no me importa el jam�n- Ay, vio jam�n- tienes
muchas caries. Si no te atiendes esto vas a perder tus hermosas piezas. No
puedes aplazar una visita al dentista. �Si sabes lo que es un dentista?-


-Por supuesto. Supongo que no me caen bien.


-Te dar� una tarjeta de un dentista que s� te caer� bien,
adem�s es una tarjeta que te dar� un descuento. Este dentista es muy caro, pero
con esta tarjeta especial el gobierno pagar� un sesenta por ciento de lo que te
hagan, as� que los precios ser�n razonables. Aprovecha y haz que te pongan
cer�mica de la buena.



Me dio la tarjeta y le� "Dra. Aleida Merino". Seguimos
caminando dando vueltas a la alameda, platicamos de algunas cosas, entre ellas,
le expliqu� que su risa me motivaba a hacer m�s y m�s estupideces. Curiosa al
igual que todas las mujeres me pregunt� el por qu�, y se lo dije, le empec� a
describir con todo detalle como era su risa, qu� sonido hac�a, qu� tono
utilizaba, le expliqu� todos aquellos efectos sutiles que s�lo un experto en
risas como yo puede advertir, y remat� imit�ndola pobremente pero con la
similitud necesaria para que ella entendiera que no estaba cont�ndole mentiras,
sino que efectivamente hab�a reconocido su risa entre miles. Yo ese d�a estaba
muy cansado, tanto que pens� que podr�a dejar para despu�s el cortejo de esta
chica, sin embargo, cuando le dije que yo ya me desviar�a a mi departamento ella
visiblemente se entristeci�. La invit� a que me ayudara a desmaquillarme, que es
un trabajo que presumiblemente resulta mejor si lo hace una chica. Ella acept�
entre gusto y miedo. En realidad esto de pedirle que me ayudara a desmaquillarme
era una maniobra nada inocente que, hab�a aprendido con los a�os, resultaba muy
efectiva para que una chica se sintiera m�s interesada en mi y en cualquier cosa
que yo pudiera proponerle.



Podr�a decir que en los once a�os que llevo como payaso hay
una diferencia sensible entre los primeros tres a�os en los cuales desconoc�a el
inter�s de las mujeres por desmaquillarme, y los restantes ocho a�os en que
sab�a yo de este inter�s.



As�, la llev� al sitio en que viv�a, un peque�o departamento
que ten�a a unas cuantas cuadras de la Alameda Central. Es una calle m�s bien
fea, pero cercana a las calles en que trabajo, sin embargo, por fea o insegura
que fuese la calle todos me conoc�an bien, incluso los ladrones, as� que hab�a
inmunidad para mi y para quienes eventualmente me acompa�aran. Sin importar la
calle, cruzando el umbral de la entrada a mi casa toda la fealdad se transforma
en el acogedor camerino de un artista.



No describir� por ahora todos los detalles de mi peque�o
departamento, baste con decir que en el dormitorio hab�a una base de madera muy
pesada, con muchas marcas de pirograbado que yo mismo le infling�a, o bien que
permit�a inflingirle a quien yo quisiera. Era como si la tatuara conforme me
suced�an cosas significativas o incluso era como un libro de visitas en el cual
quien hubiese estado en mi departamento pod�a dejar constancia de su visita, la
�nica regla era no escribir palabra alguna. Era en consecuencia algo as� como mi
diario jerogl�fico, mi c�dice personal, como mi espalda de madera en la cual
tatuaba mis d�as. Encima de esta base de madera inusualmente decorada estaba un
amplio y mullido colch�n, cubierto de s�banas bien blancas. A lado de la cama un
sill�n muy c�modo y una l�mpara, y frente a la cama un peque�o tocador que era
absolutamente discordante con el enorme espejo en forma de �valo que estaba
colocado en el muro justo arriba de su superficie. Frente al tocador hab�a un
banquillo de madera, firme, pesado, con un colchoncillo muy c�modo. Pese a que
las paredes estaban tapizadas de recortes de diarios, fotos de revistas, un
p�ster de Charles Chaplin, y la base de la cama resultaba ser un art�culo muy
misterioso, el verdadero centro de la habitaci�n era el peque�o tocador de
madera, el enorme espejo, y el banquillo, pues era algo as� como el punto
energ�tico de donde brotaba toda la posible magia que yo pudiera tener.



Mi casa era un enorme rect�ngulo en donde todo conviv�a cama,
tocador, una tina de ba�o, una estufa, un refrigerador, lo �nico que estaba
amurallado era el retrete, fuera de ah� hasta la tina y la regadera estaban
dentro del enorme rect�ngulo, y si bien la tina pod�a rodearse con unas
cortinas, yo nunca las cerraba alrededor.



Una vez llegamos, dej� en un rinc�n mi mochila de implementos
de trabajo y saqu� de ella el neceser de mis art�culos de maquillaje. Ella se
hab�a deslizado hasta el tocador, se hab�a sentado en el banquillo y se miraba
en el espejo como si estuviese viendo su propia imagen por primera vez. Su
mirada estaba demasiado brillante, como conmovida. Ella no lo sab�a, pero si yo
fuese un rey mi trono ser�a ese banquillo del tocador, y ella estaba sentado en
�l, con un aire de impostora y reina a la vez. Con mi mano abr� el interruptor y
ella se llev� a la boca su mano, sorprendida de que el espejo ovalado tuviese
distribuidos a lo largo de su circunferencia una serie de focos que le daban al
espejo, y a mi departamento en general, un toque farandulezco.



-Has entrado a mi hogar, es justo que sepa tu nombre.


-Me llamo Gloria.



Ella se ri� al recordar que el letrero que coloco cuando
tengo la oportunidad de presentar mi acto en la Alameda Central, frente al
Palacio de Bellas Artes dice "Venga a ver a Basil en Bellas Artes" y me dijo:



-�Es ese tu nombre, el del letrero? �


-F�jate que en realidad me iban a llamar Basilio, pero por un
error de la oficial�a en donde me registraron mi acta de nacimiento dice Basil.
Como me gusta m�s como se escucha abreviado, yo nunca me quej� y mejor dej� que
mi nombre quedara as�.



Me sent� yo en el banquillo y puse mi cara a su disposici�n.
Ella comenz� a desmaquillarme con temor de que la presi�n de sus dedos me fuera
a lastimar, yo sonre� sin mostrar los dientes. Algo pasaba con este acto de
desmaquillarme, era como si el hecho de que ella tuviera sus manos en mi cara
estableciera un nexo con su feminidad a trav�s de mi, es decir, si nos espiaran
por la ventana que mi departamento no tiene, el mir�n podr�a imaginarse dos
cosas, que la chica me est� desmaquillando o que me est� maquillando, al
desmaquillarme va descubriendo esa persona que soy debajo de mi disfraz, si me
maquilla me convierte en lo que ella es, en una mujer, si me desmaquilla los
poros de mi piel que son liberados por el compasivo tacto de sus manos le
tienden un abrazo como el que una prisionera rinde a su salvador, si me maquilla
me cubre de s� misma, si me desmaquilla comprende que soy un hombre, no un
personaje, si me maquilla me crea conforme a su deseo, si me desmaquilla
descubre mi belleza, si me maquilla me la inventa, y todo, todo eso pasa
mientras Gloria me maquilla y desmaquilla.



Teni�ndola as� de cerca puedo olerla, su aroma es dulce y
fresco, y me entristece que yo no pueda ofrecerle la misma experiencia pulcra,
pues he estado en la calle por horas, incluso he de oler a la grasa que me est�
quitando al desmaquillarme; su aliento despide la fragancia de las cerezas.
Estoy muy al pendiente del sonido de su respiraci�n, y ella de la m�a. En un
momento muy preciso su tacto deja de ser unas manos obreras que se encargan de
una tarea impersonal y se convierten en las manos de una amante que acaricia, y
en apariencia sus manos siguen haciendo la misma tarea, pero una energ�a
distinta fluye de ellas, sus ojos se han entrecerrado, m�s que ver lo que
desmaquilla lo va sintiendo al tacto. Por fin mi cara ha perdido su m�scara de
colores y ha quedado tal como es, con un semblante fuerte, cultivado en un
instinto de supervivencia que se requiere para subsistir en las calles de la
ciudad de M�xico, y ella advierte que mi cuerpo ha experimentado muchas cosas,
advierte una peque�a cicatriz que tengo en el cuello y parece gustarle.



Le doy una crema que he de ponerme luego de desmaquillarme y
ella me la aplica en el cutis. Yo cierro mis ojos para permitirle que, mientras
me aplica la crema, me vea sin precauci�n alguna, quiero que tome nota de lo que
hay, de mi realidad, y decida si quedarse o correr, yo no obligo a nadie a
quedarse a mi lado. Pasan varios minutos, la crema ya ha desaparecido pero ella
sigue toc�ndome el rostro, como si me estuviese haciendo de la arcilla del
para�so, y lo que me da vida es ese aliento suyo que me vitaliza y me da el ser.
Yo permanezco con los ojos cerrados. Ella me coloca sus manos entre el cuello y
las orejas y me planta un beso muy suave, su boca est� seca pero no tarda en
mojarse, siento sus labios muy hinchados y los m�os, algo cuarteados, se curan a
su contacto. Por un momento no hay lenguas, s�lo labios, como si registr�ramos
la cantidad de comisuras que tiene cada quien. Su respiraci�n se hace m�s densa.
Abro mis ojos y tengo su bendito rostro frente a mi, sus ojos son muy peque�os
pero lucen radiantes, los orificios de su nariz son tambi�n muy estrechos pero
inhalan respiraciones muy profundas. Su cabello es aut�nticamente de oro. Su
rostro blanco se ha sonrojado tanto que por un momento pienso que ella es de
color rosa. La miro con ternura y ella me mira con pasi�n. Advierto que tiene
ganas de estar desnuda y junto a mi.



Se r�e de la nada y hace una mueca como si dudara de todo lo
que est� haciendo. Le pregunto:



-�Qu� pasa? �Estas nerviosa?


-Debo pedirte algo.


-Lo que sea.


-P�rtate amable, por favor. No me decepciones.


-Por supuesto que ser� amable �Qu� te hace pensar que no ser�
amable?


-No es eso... s�lo que pudiera ser que yo requiera de un
cuidado adicional.



Comprend� que se trataba de su primera vez. Pens� que ser�a
injusto que su primera vez fuese algo sin gracia, as� que se me ocurrieron
varias ideas. La primera fue abrir una botella de vino dominico, ni m�s ni menos
un vino tinto de Baja California que costaba seiscientos pesos la botella y que
hab�a estado conserv�ndola para abrirla en a�o nuevo, y la segunda fue que la
bebi�ramos mientras nos ba��bamos juntos en la tina de ba�o; la botella la
relajar�a de una manera exquisita sin embriagarla, y el ba�o le dar�a tiempo de
conocer el terreno enemigo y me permitir�a adem�s oler igual de bien que ella.



Abr� la botella y ella, que beb�a poco seg�n me dijo, pareci�
disfrutar el sabor del tinto y el calorcillo que produce. Pareciera que todo
hab�a tomado un matiz de juego, nos re�mos m�s, se aliger� la atm�sfera, sin
embargo ambos hab�amos hecho la promesa de entregarnos despu�s de nuestros
juegos. Ella me hac�a preguntas para convencerse aun m�s de haber elegido al
tipo correcto, sus preguntas no iban encaminadas a saber si formalizar�amos una
relaci�n, cosa que no parec�a interesarle, ni tampoco pretend�a saber a cu�nto
ascend�an mis ingresos, m�s bien quer�a saber que yo en el fondo era un hombre
franco, no un brib�n cualquiera, quer�a convencerse que era un artista, sentir
que ella tendr�a su primera vez con un genio, de esos que no tienen que ver con
su vida cotidiana, despu�s de todo, su desvirgamiento no ser�a algo cotidiano.



Llen� la tina de agua caliente y una vez llena comenc� a
desvestirla, pero ella se neg� e insisti� que quer�a ser ella quien me
desvistiera a mi primero. Estuve de acuerdo con eso.



Ella comenz� a desvestirme como si mi cuerpo hubiese sido
desollado y requiriera de especial cuidado para desvestirlo. La verdad mi cuerpo
estaba tan sensible como si efectivamente no tuviera piel entre los m�sculos y
la ropa. A esas alturas yo ya me hab�a quitado los zapatos de payaso y me hab�a
puesto unas sandalias, y qu� bueno, pues creo que lo �nico que era poco
rom�ntico de quitar eran esos zapatones. Ella comenz� por la camisa, la cual fue
abriendo poco a poco, primero destrab� todos los botones del frente y dej� al
descubierto mi pecho y mi abdomen. Se sorprendi� de ver lo firmes que estaban
mis pechos y lo r�gido de mi abdomen, despu�s de todo ten�a su premio dedicar
tanto tiempo a las abdominales. En vez de grasa en los costados hab�a un par de
m�sculos que parec�an indicar el camino hacia el interior de mis pantalones.
Ella me baj� la camisa hasta que la tir� en el suelo. Con sus manos toc� mi
pecho para ver si era de verdad, incluso me merode� por atr�s para tomar nota
tambi�n de mi espalda. Alz� la mano y me apret� los m�sculos de los hombros, yo
voltee la cara para besarle una de sus manos. Camin� y me abraz� por la espalda,
pegando su mejilla detr�s de mis om�platos, reposando su rostro justo ah� donde
de ser �ngel tendr�a la parte m�s mullida de mis alas. Su abrazo me ten�a
aprisionado, su respiraci�n reg�a el latido de mi coraz�n y continuaba
masajeando con las palmas de la mano bien abiertas mi abdomen.



Sin pasarse para adelante, es decir, abraz�ndome por atr�s,
con sus caderas a la altura de las m�as, como si ella me montara, sus manos de
dirigieron justo a mi cinto para destrabar la hebilla de una manera fuerte, poco
delicada, como si ella, la primeriza, me estuviera advirtiendo de mi inminente
violaci�n. Abri� el cinto, abri� el cierre, y una de sus manos se introdujo en
el interior de mis pantalones como una serpiente que busca una presa, y la
encontr� en la figura de una verga bien tiesa; primero la empu�� sobre del
calz�n, como averiguando sus dimensiones. Su respiraci�n se hizo m�s agitada y
pienso que por una suerte de instinto comenz� a bombear mis nalgas con sus
caderas. Separ� su mano de mi pene y con las dos manos me baj� el pantal�n de un
tir�n, dej�ndomelo a la altura de las rodillas. Ella se puso detr�s de mi para
seguirme abrazando y se dej� guiar por esos m�sculos que conduc�an justo a mi
pelvis. Primero palp� con sus manos todo el frente de mi trusa, tomando nota
exacta del paquete que se hac�a debajo de la tela. Por los costados me baj� la
trusa y entonces empu�� mi verga con torpeza de principiante pero con un inter�s
y curiosidad que las mujeres no debieran perder nunca. M�s que acariciarme me
descubr�a.



Se pas� a mi costado derecho y con sus pechos bien pegados a
mi brazo derecho se dedic� a que su mano izquierda me palpara las nalgas y la
derecha me empu�ara el pene. Yo voltee a ver su cara, ella no me ve�a el rostro,
sino que estaba hipnotizada con la imagen, forma, temperatura y tacto de mi
verga. La empu�aba con fuerza y luego s�lo rozaba la piel de mi pene con sus
yemas, estaba de alguna manera aprendiendo. Yo, para cerciorarme de su situaci�n
le pregunt� algo que ya supon�a.



-�Qu� pasa, nunca hab�as sentido uno de estos?


-No.


-�Qu� te parece?


-No s�. Es muy distinto a como imaginaba que ser�an en la
vida real.


-Eso puede ser bueno, habr� cosas de ellos que no imagines y
sin embargo te parezcan muy buenas.


-En eso tienes raz�n, te quiero a ti, no a mi imaginaci�n.


-Lo �nico que me importa es que te de gusto.


-Vamos a ocuparnos de que as� sea. Me siento muy afortunada
de que me recibas en tu casa.



Ya que ella me hubo inspeccionado un buen rato extend� mi
mano en se�al de que ahora yo la desnudar�a a ella. Lo primero que hice fue
arrancarle un gorro tejido que llevaba, se lo quit� con el respeto que el amante
de la reina le quita la corona antes de poseerla. Le acarici� el cabello dorado.
Le toqu� el rostro, y el cuello, le bes� ambas cosas. Despu�s le desaboton� la
blusa y surgi� un pecho divino, rosa como era toda ella luego de que su blancura
se excit�. Llevaba un sost�n negro que acentuaba su rojiza blancura. Cuando le
desabroch� el sost�n como que dej� de respirar para petrificar la forma de sus
pechos, ignorando que yo ya los hab�a petrificado en mi memoria. Sus pezones
eran de color pi��n, con una aureola tan grande que en verdad me sorprendi� que
se tratara de una primeriza y no de una mujer que hab�a amamantado los labios de
un beb�. No los bes� ni los toqu�, pues ya habr�a tiempo para eso, de hecho
decid� no emprender ninguna caricia fuerte sino hasta que ella demandara toda mi
virilidad.



Bajarle la falda de tela liviana fue f�cil, pues s�lo se
sosten�a con un el�stico que hac�a mucho juego. Debajo estaban unas caderas
perfectas. Le toqu� el abdomen, merodee su ombligo con las yemas de mis dedos,
disfrutando de sus vellos rubios, casi imperceptibles. Me hinqu� frente a ella
para bajarle las bragas como si su sexo fuese el objeto de culto en una
mezquita. Una vez que no ten�a bragas mir� su sexo, era tan diminuto y tan rosa
que casi me hace llorar. Acerqu� mi nariz y aspir� una bocanada de su perfume
m�s secreto y sonre�. Ella pareci� fascinada por toda la aceptaci�n que le di al
aspirar de esa manera. Le quit� las sandalias a sus pies exquisitos. En lugar de
emprender cualquier caricia me puse de pie, la tom� de la mano y la invit� a
meterse a la ba�era.



Ella se adentr� al agua caliente, primero resping�, pero al
meter su co�o al agua sinti� un a rara paz, un agresivo alivio. Yo me dirig� a
la botella de vino y llen� un par de copas, las �nicas que ten�a, y las coloqu�
en una mesilla que estaba colocada para esos efectos a lado de la ba�era, no
porque invite a muchas mujeres a ba�arse conmigo, sino que est� ah� para cuando
deseo reposar luego de un d�a arduo de trabajo y me consiento con un ba�o y una
copa. Me met� a la ba�era y de alguna forma nos entrelazamos. No hab�a
penetraci�n, sin embargo, est�bamos tan trenzados en la peque�a tina que pudimos
toquetearnos mucho debajo del agua. Yo en todo momento respet� su sexo, aunque
ella desde hac�a un rato ya me estaba toqueteando el m�o.



Platicamos.



-Sabes, cada vez que te veo actuando me da mucha risa, pero
tambi�n me conmuevo mucho. No eres como los otros payasos, de hecho no s� si
llamarte payaso.


-Supongo que ser�a m�s correcto llamarme provocador de risas.


-Se oye muy complicado. Tal vez ser�a m�s f�cil dignificar la
palabra payaso que darle ese aire solemne de "provocador de risas". S�rveme m�s
vino.



Yo le serv� m�s vino y le cont� unas de mis apreciaciones, al
hacerlo sobreactu� mi narrativa para divertirla, pues advert� que la combinaci�n
de vino, sensualidad y risa le estaba sentando muy bien, adem�s, su risa me
estaba hechizando.



-D�jame te cuento que en una ocasi�n vi un programa
medianamente desagradable que se llama Actor Studio, que fundamentalmente es una
tomada de pelo; en �l hay un sujeto sopor�fero que entrevista a actores
invitados. Digo que es una tomada de pelo porque el invitado ya sabe qu� le van
a preguntar, sabe de qu� van a hablar, y aunque se supone que hay riesgos de
quedar mal al final porque hay una sesi�n de preguntas y respuestas con el
p�blico, resulta que el p�blico est� integrado por estudiantes en una escuela de
cinematograf�a que admiran al personaje invitado, o sea que todo est� bellamente
arreglado. Adem�s no se transmite en vivo, de manera que si un estudiante hace
una pregunta inconveniente los dem�s pueden echarlo y editar su intervenci�n.
Bien, ya que te cont� esto te dir� que estaba yo cambiando los canales de aquel
peque�o e insignificante televisor que ves all� cuando vi que estaba como
invitado Jerry Lewis. Desde siempre pens� que Jerry Lewis era un comediante que
me exasperaba. Creo haber visto una de sus pel�culas en medio de un desagrado
que me abarcaba en muchos niveles. Hac�a muecas y gestos que no me provocaban la
m�s m�nima risa, adem�s, la pel�cula no era sino un pretejo para mostrar sus
cualidades chistosas. En fin, me pareci� muy desagradable.


-A mi me gusta Jerry Lewis...


-Bien, dej�moslo en que yo no lo comprendo, que yo no
comprendo su humor. Te sigo contando. Hay una secci�n en que le hacen preguntas
r�pidas para obtener respuestas r�pidas, como si ello garantizara que las
respuestas son ver�dicas. Le preguntan que es lo que m�s le gusta y contest�
r�pido "La Risa", luego le preguntan qu� es lo que m�s detesta y contest�
r�pido "El Aburrimiento". M�s adelante el entrevistador, al cual yo nunca
hab�a visto tan humano ni tan acertado, le empieza a preguntar varias cosas
interesantes acerca de c�mo se sent�a al haber sido sometido a una operaci�n del
coraz�n, que c�mo se siente de tener una hija de cinco a�os siendo que �l es un
viejo, etc. Recuerdo que le dijo "Parece obvia la pregunta, pero tengo qu�
hac�rtela �Qu� es mejor, el drama o la comedia?"
y Jerry Lewis con su
respuesta defini� todo lo que soy. �l contest�. "Hace un momento te coment�
que necesito de la risa de los dem�s para vivir. Imagina esto, un hombre viejo
es sometido a una operaci�n de su coraz�n y sobrevive, lucha por sobrevivir
porque a pesar de ser un viejo tiene una hija muy peque�a, y a �l lo �nico que
le importa es que esa ni�a se r�a, no importa la payasada que tenga que hacer ni
los medios que necesite utilizar, �l vive para hacer que esa risa brote, pues
para eso vive, vive para que los dem�s se r�an, pues eso es lo que lo mantiene
con vida. No tiene elecci�n, debe hacer re�r porque esa es su misi�n. No s� que
opines tu, pero para mi la vida de ese hombre que necesita de las risas, de la
felicidad de los dem�s para seguir viviendo me parece la historia m�s dram�tica
que puedo concebir. Puede ser que te diga que elijo la comedia, pero en el fondo
no hay diferencia".



-�Qu� bello!- Exclam� ella en medio de un suspiro.


-Pienso lo mismo. Si no fuera por risas como la tuya yo
sencillamente me hubiera quitado le vida hace mucho, pues tal como dice Jerry
Lewis, lo peor en esta vida es el aburrimiento. En consecuencia no soy un payaso
com�n, dise�o mis rutinas, no las improviso, mezclo situaciones y aprendo de la
risa, pues mi deseo es dise�ar la rutina c�mica perfecta, una rutina que perdure
en la mente de quien la ve, que puedan recordarla y sonre�r aunque est�n en la
situaci�n m�s desesperada. Y he de conseguirla.



Salimos de la tina y no perdimos el tiempo en secarnos. La
belleza de Gloria me calaba en los ojos. Era tan perfecta que me resultaba
inconcebible que esta lindura se sintiera tan halagada de estar compartiendo su
primera vez conmigo, aunque pens�ndolo bien, puede que su olfato est� en lo
correcto, pues soy un amante muy generoso, un caballero que siempre busca
primero el placer de mi mujer, pues hacerla feliz es mi principal religi�n. El
vino la hab�a puesto algo contenta, s�lo contenta, no ebria. Ella era consciente
de absolutamente todo. Encend� unas velas y un incienso. Ella salt� al espejo
para quitarse una basurita del ojo, yo vi sus nalgas de gacela saltando y
suspir�, ella se coloc� frente al espejo, vio que la ve�a y se ri�, se sac� la
supuesta basurita y se dispuso a regresar conmigo a la cama, pero antes de
regresar se vio unos segundos, con detenimiento, como si ansiara haber sido
tomada por mi para regresar al espejo y ver las diferencias, sus diferencias.



Se ech� un clavado a la cama y cay� con sus piernas abiertas.
Yo la sujet� de las piernas para dej�rselas abiertas y ella not� que yo hab�a
comenzado a poseerla. No toqu� su sexo todav�a, simplemente le mantuve abiertas
las piernas, adelant� mi cara y le bes� en la boca largo rato, ahora si hubo
lenguas, ella respiraba agitada y me mord�a, como si la virgen que hab�a en ella
se resistiera a �ltimo momento con mordidas salvajes. Le tom� un pecho con la
mano y baj� mi rostro hasta esa altura para lamerle y morderle el pez�n, ella
lanz� un gemido. Sin m�s pre�mbulo la recost� en mi colch�n y la comenc� a besar
camino a su co�o, ella respiraba muy profundamente como si estuviese en trabajo
de parto, pero cuando pudo predecir que mi boca har�a contacto con los labios de
su sexo contuvo la respiraci�n. Vi su cl�toris bien tenso, tan tenso que casi
zumbaba, as� que decid� que extraer�a mi larga lengua y har�a contacto justo en
ese peque�o bot�n del placer. Al contacto de mi lengua con su cl�toris ella se
retorci� y lanz� un gemido de llorona, pero era un gemido que envolv�a la
palabra "si". Empec� a darle la mamada m�s intensa que hubiese dado en mi vida.
Era un co�o ya demasiado impaciente, necesitaba tener vida sexual, necesitaba
nacer. As� que mantuve mi boca d�ndole las caricias m�s h�biles que mi boca
conociera. No quer�a ser procaz, pero siento que ella no me hab�a elegido a mi
por taimado o bien educado, sino que ella esperaba de mi lo que yo era, un
amante considerado, pero que dejar�a bien claro por qu� la naturaleza del hombre
siempre se ha asociado al vigor. Lo m�o no era el exceso de artima�as, sino la
penetraci�n vigorosa, fuerte.



El co�o de Gloria estaba muy hinchadito. Ella estaba tendida
en la cama sin moverse, como dej�ndome a mi todo el trabajo de empezar,
poni�ndose en mis manos. Yo tom� un poco del lubricante que siempre tengo en
casa y me embadurn� la verga. Aunque tal vez no fuese necesario por la cantidad
de jugos que estaba derramando Gloria, quise colocarme ese apoyo para hacer m�s
f�ciles las cosas. Tom� la mano de Gloria e hice que con ella tomara mi verga,
quer�a que ella la orientara hacia donde la quer�a, ella me hizo la invitaci�n
final coloc�ndose la punta de mi verga en el co�o. Ya no hab�a marcha atr�s.
Hab�a sido objeto de la invitaci�n m�s sublime. As� que fui bombeando
suavemente, dilatando aun m�s su cavidad, aunque estaba ya bastante preparada
con el h�bil trabajo de mi lengua. Ella gem�a muy dulce, tan dulce como es su
risa. Yo llegu� a sentir su himen, primero bombee un poco s�lo hasta ah�, pero
luego con un embiste certero romp� la fr�gil tela. Ella sonri� de descubrir que
no hab�a dolido tanto. Yo me qued� metido un rato antes de empezar a bombear.
Sali� un poco de sangre, pero la experiencia hab�a sido f�cil. Ella estaba
feliz, pues era un momento que tem�a que fuera traum�tico.



Ah� yo ya comenc� a considerar que ten�a en mi cama una mujer
y no una adolescente, as� que comenc� a tratarla como tal. Le abr� las piernas y
coloqu� mis manos debajo de sus nalgas para dejarle ir toda la longitud de mi
verga, ella segu�a gimiendo, gozando de cada impulso m�o. Luego la coloqu�
sentada encima de mi para que me montara un rato, as�, ella me montaba a su
ritmo y por momentos ella alzaba y dejaba quieta su cadera y yo la barrenaba con
gran rapidez. Mientras ella estaba sentada y bien empaladita yo voltee al
tocador y vi una escena bell�sima, mi cuerpo tendido bajo el de ella, metiendo
el grueso y venudo cilindro en aquel aro rosa que yac�a bajo unas nalgas tan
redondas como el durazno m�s bello. La curvatura de la cintura de gloria marcaba
sus m�sculos con una fortaleza admirable y mis manos casi abarcaban por completo
su cintura. Le ped� que volteara al espejo y viese lo que yo estaba disfrutando
y a ella le agrad� mucho ver su propio cuerpo empalado, de hecho sigui� con la
vista fija en el espejo y curve� m�s sus caderas para dejar salir al m�ximo mi
pene y ver c�mo resbalaba nuevamente a su interior. La vi tan interesada que en
definitiva me alc� de la cama con ella encima. Mis fuerzas eran suficientes para
cargar el exquisito y fr�gil cuerpo de Gloria. Ella vio m�s de cerca, m�s en
vivo, lo que le estaba pasando. Mov� la silla del escritorio y la empin� de cara
al espejo. Ella qued� tan cerca del espejo que casi besa el reflejo de su propia
cara, y detr�s se ve�a un hombre que se la tiraba con mucha energ�a. Ella se
hipnotizaba a si misma, le gustaba ver que era ella la que estaba siendo
penetrada, ella viviendo por fin su sexualidad.



La llev� a la cama y le hice el amor de ladito, como si
estuviera empinada a lo perro, pero ambos recostados. Ella segu�a vi�ndose al
espejo, yo le mord�a muy levemente los hombros, las orejas, detr�s de las
orejas, el cuello, y ella m�s gem�a. Era muy ligera, pod�a acomodarla como yo
quisiera, penetrarla en los �ngulos m�s inveros�miles, pero la idea no era darle
un trato de actriz porno, sino sencillamente que aprendiera a gozar del amor.



La hice acostarse con los brazos justo a sus costados y con
las piernas cerradas. Esta posici�n no era un espect�culo fascinante para verse
en el espejo, pero ella comprendi� bien pronto de olvidarse del espejo y
sencillamente dejarse penetrar. En esta posici�n el huesito de mi pelvis se
apoya indirectamente con el cl�toris, presion�ndolo con mi pubis y el tronco de
mi pene, mismo que tiende a doblarse justo en el necesitado cl�toris. La tom�
as�, le coloqu� las manos en las nalgas, quise tocarle el arillo del culo pero
decid� dejar esos excesos para una futura ocasi�n, si es que la hab�a, y segu�
penetrando; no tard� mucho en que su respiraci�n se hiciera notoriamente m�s
agitada, hasta que estall� en un grito de placer, al suceder esto yo pegu� aun
m�s mi pene para presionar el cl�toris, provocando un segundo orgasmo casi
inmediato. Intent� seguir pero al parecer el cl�toris hab�a quedado tan sensible
que no soportaba m�s presi�n, as� que opt� por penetrarla de lado, en una
posici�n que casi no toca el cl�toris pero sin embargo coloca al pene en una
posici�n tan placentera que obliga a regar el semen. Ella miraba mi rostro y por
fin me conoci�. Cuando hago el amor, y sobre todo cuando estoy a punto de
regarme, empiezo a sonre�r de dicha. Yo no soy como casi todos los hombres que
al hacer el amor ponen cara de angustia, de estar realizando un trabajo muy
rudo, y que al eyacular ponen cara de muerte, no, a mi me da por reflejar mi
dicha como la dicha se refleja, es decir, con una risa, la risa m�s pura y
di�fana que proclama a los cuatro vientos que soy feliz, feliz, feliz, y ah� es
donde mi vigorosa forma de hacer el amor, por fuerte y ruda que parezca, est�
exenta de violencia, porque no es mi deseo destrozar a la dama que me regala su
placer, tampoco quiero someterla de ning�n tipo, ni dominarla, sino s�lo hacerle
aquello que le gusta tanto y yo ser feliz con ello. Desde luego es una sonrisa,
no una carcajada que extinguir�a todo el fuego, sino una risa de dicha y de
gozo. Ella hab�a puesto una de sus manos en mi cadera, como siguiendo una
instrucci�n primitiva de ordenarme que me regara en su matriz. Desde luego usaba
un cond�n, pero eso se olvida. Ella con su mano me exig�a el semen, y yo habr�a
de d�rselo. Mi risa emiti� un chasquido y comenc� a verter toda mi leche,
haciendo que ella sintiera los estertores de mi verga. Ella tambi�n se ri�. �Se
ri�! Nos besamos muy tiernamente. Ambos est�bamos sudados.



Yo hubiera preferido que se quedara a dormir, pero ella me
coment� que la esperaban en casa. Mientras se vest�a camin� sin falda, s�lo con
bragas, hasta el espejo, y divis� que su cadera hab�a nacido, que su mujer hab�a
nacido. Sus caderas eran una belleza y podr�a estarlas penetrando toda una vida.
Sin embargo, era como si fu�ramos uno del otro, por ahora que todav�a el perfume
com�n de nosotros flotaba en el aire, pero present� que eso durar�a tal vez
hasta que ella saliera de mi departamento, de mis dominios.



-Camino distinto, �Verdad?- me dijo cuando me sorprendi�
vi�ndole las nalgas a trav�s del reflejo del espejo.


-Es lo que suele suceder cuando ya no se es la misma.


-�No me vas a felicitar?


-Felicidades. Por cierto, quiero pedirte algo que es muy
importante para mi.- le dije a la vez que ten�a en la mano el pir�grafo
encendido al rojo vivo.


-Como no sea dejarme quemar con eso o que te queme yo a ti,
acepto.


-Quiero que inscribas tu marca, lo que signific� este momento
para ti, a trav�s de un dibujo, nada de letras ni palabras, s�lo un dibujo. Toma
el pir�grafo y dibuja ese s�mbolo en las maderas de mi cama, es como si me lo
marcaras en la piel, as�, en las noches que me sienta solo podr� invocar el gozo
de tu signo, y so�ar contigo.



Ella tom� el pir�grafo con su mano izquierda y comenz� a
dibujar una flor muy sencilla, de esas que se trazan dibujando una bolita, luego
cuatro semic�rculos que hacen las veces de p�talos, luego un tallito que hace
las veces del cuerpo de la flor y hojitas. En el circulo de la flor dibuj� una
carita sonriente y muy tierna. En el tallo dibuj� un coraz�n. Hay estudios que
dicen que los dibujos infantiles revelan cuando el ni�o es feliz, y en este caso
este dibujo casi infantil revelaba la historia de una ni�a feliz. Encima, casi a
lado de los p�talos, dibuj� una luna menguante.



-Desde que era ni�a dibujo esta flor, pero si bien siempre ha
sonre�do porque siempre he sido una ni�a feliz, nunca le hab�a dibujado coraz�n.
Ahora lo tiene porque el coraz�n se me ha activado. El tallo nunca ten�a estas
ramitas as�, abiertas, y es porque antes mis piernas estaban cerradas, y ahora
est�n felizmente abiertas. Esta luna eres tu, es tu sonrisa cuando est�s
teniendo tu orgasmo. Fue lindo.



Se qued� viendo su dibujo y acaso se le humedecieron los
ojos. Luego desvi� su mirada al resto de la base de mi cama, sus cejas se
fruncieron un poco, tal vez de notar que hab�a m�s de doscientas inscripciones
en la base de madera. Tuve que aclararle:



-No creas que cada marca corresponde a una cita. No soy tan
atractivo. Lo que s� te puedo asegurar que cada una corresponde a un recuerdo
intenso. No siempre es la huella de amar, una pl�tica o un suceso pueden estar
ah�. Algunos, la mayor�a, los inscribo yo, el resto quienes yo quiero y les
permito hacerlo. Tu desde luego ten�as que estar acompa��ndome aqu�, para
siempre.



Acept� mi explicaci�n, se puso su falda y me hizo saber que
deb�a irse. Me ofrec� a acompa�arla. Hablamos poco en el camino, ella si acaso
me daba las gracias, y yo no cab�a de la impresi�n de escuchar semejante cosa,
aquella belleza agradeci�ndome. Tal vez deber�a valorarme m�s a mi mismo.



La llev� hasta muy cerca de su casa, que era en colonias de
dinero. No quiso que la llevara m�s all�. Promet� ir al dentista durante la
pr�xima semana, y lo cumplir�a.



Para cumplir la promesa que hice de acudir al dentista es que
estaba ahora en el lujoso consultorio. Hab�a que repararme la dentadura y
afortunadamente ten�a algunos ahorros, pues no me va mal con mis actuaciones,
adem�s Gloria me hab�a advertido que era inaplazable que me atendiera los
dientes.



Por fin me pasaron con la dentista. Era una mujer que tendr�a
unos cuarenta a�os, quiz� m�s, pero muy bien conservados. Su tez era morena, su
cara redonda, su cabello ondulado. Sus ojos eran bonitos a su manera y
reflejaban una dulzura interminable, acaso tambi�n reflejaban una pena oculta.
Sus labios eran muy delgados, su nariz m�s bien puntiaguda. Su cabello, al menos
lo que alcanzaba a verse m�s all� del gorro que llevaba puesto, era casta�o
oscuro y ondulado. Su rostro era redondo y me inspiro confianza a la primera.
Como hombre no pude evitar intentar descifrar si mi dentista estaba buena o no,
as� que la observ�, pero qued� en las mismas, sab�a que no era gorda y que desde
luego no carec�a de pechos ni caderas, pero ignor� si hab�a cintura o lo que
sea, pues la ropa m�dica no permit�a conocer nada.



Su comunicaci�n era muy t�cnica, como impersonal, sin
embargo, casi de inmediato e inevitablemente mi oficio sali� a flote y le rob�
una risita, misma que emiti� muy a su pesar. Su risa era linda, sin embargo, mal
se ri�, reprimi� su risa volviendo al orden. Desde un inicio esta mujer me
pareci� un misterio, como si fuese una alacena de felicidad pero la llave
estuviese moment�neamente perdida. Nos simpatizamos, seg�n pienso, lo cual era
adem�s conveniente porque me puso a ver en un monitor aquello que una camarita
muy peque�a registraba en mi boca, ella dec�a:



-�Cu�l es su nombre?


-Basil.


-�Es de aqu�?- lo preguntaba como de rutina, como si les
hubiesen instruido en la escuela c�mo distraer al paciente antes de empezar a
hacer una carnicer�a en sus bocas. Me sacaba pl�tica pero no estaba seguro de
que fuesen sinceras sus preguntas.


-Si, nac� aqu�, en la ciudad de M�xico? �Y Usted?


No me contest�, en cambio me dijo �Mire Basil, �Ve en la
pantalla esas manchas negras? Son caries, esta y esta y esta muela son las m�s
da�adas. Definitivamente hay que poner empastes, al menos a esas tres que est�n
en riesgo de que llegue al nervio. Pero si quiere de una vez solucionar su
problema, en total son trece las piezas que necesitan atenci�n, adem�s una
limpieza, y si quiere lucir esos dientes que tiene, una blanqueada.


-Me gustar�a, pero, �Cu�nto ser�a?


-Costar�a mil cien pesos por cada pieza, con la mejor
porcelana importada.


-�Y con esta tarjeta?


-Ser�an cinco mil setecientos veinte de los puros empastes,
m�s ochocientos de la blanqueada. La limpieza te la regalar�a. S�lo que hay un
inconveniente, esas tarjetas s�lo valen hasta el d�a �ltimo de este mes, pues el
programa de apoyos del gobierno se termina, as� que tendr�amos que hacer el
trabajo en los pr�ximos diez d�as. Tendr�as que venir a las horas en que yo
pueda, una vez en la ma�ana y otra vez en la tarde, o en la noche si es
necesario, dos piezas por d�a. Ha venido muy tarde.


-Por favor no me hable de usted, me siento raro. Puede
tutearme.


-Est� bien. �Qu� decides?


-Si, me someter� a sus condiciones.


-�Traes dinero para pagar un adelanto?


-Si.


-Pasa con mi secretaria, le pagas y regresas conmigo, un
cliente cancel� una de sus citas y podr�a atenderte una pieza en este momento.



Hice lo que me pidi� y regres�. Mi dermat�logo era hombre, y
casi nunca me toca, sin embargo, en esta ocasi�n mi dentista era mujer y me
tocar�a mucho. Se puso unos guantes de l�tex, me recost� en una camilla y me
coloc� encima una lupa gigante con luz. Al otro lado de la lupa pude ver a
detalle sus ojos, que eran color miel, intent� meterme a su interior, pero me
atrap� y volte� un poco la luz para que me diera en plena cara, mis ojos
comenzaron a llorar y me dijo:



-Disculpa, si te irrita los ojos te voy a pasar un pa�uelo
para que te cubras.



Me dio un pa�uelo de papel y me cubri� los ojos. As�, ella me
convirti� en un invidente y me conden� a que mi contacto con el mundo dependiera
de mi o�do. Ella comenz� a manipular mis labios como si le pertenecieran, con su
dedo enguantado me coloc� vaselina en los labios para que no se partieran al
abrirme la boca como la de un tibur�n blanco saltando por un bocadillo, y yo
comenc� a hacerme preguntas acerca de la �tica m�dica, pues para mi s� importa
tocarle los labios a alguien extra�o, pero a la doctora al parecer le da lo
mismo. Me pregunto si a algunos se las pone con m�s suavidad que a otros, y me
r�o de la imposibilidad que tales sujetos tendr�an de comprobarlo.



-Te va a doler un peque�o pinchazo, es la anestesia.



Sent� como un pellizquito. Ella, luego de ponerme la peque�a
inyecci�n, me comenz� a dar masaje a la altura de la enc�a anestesiada, por
afuera de la mejilla, claro est�. Me meti� las manos en la boca para verificar
si estaba ya insensible la parte inyectada, yo asent� con la cabeza. Me puso una
manguera que me absorb�a la saliva y la tiraba en un bote. Encendi� un taladro
cuyo zumbido ha traumatizado a muchos y comenz� a destruirme una muela para
luego repararla.



En repetidas veces ella me dec�a que tal o cual cosa me iba a
doler, y ella presionaba y en veces dol�a y en otras no. La verdad era un
suplicio porque la doctora me amenazaba muy seguido de que algo me iba a doler,
as�, yo me pon�a tenso por el futuro dolor, y luego me decepcionar�a del da�o
tan leve. Sus manos entraban y sal�an de mi boca como Juan por su casa. Supon�a
que no ser�a agradable verme ah� tendido, con la mand�bula abierta como una
lamprea de mar, con un tubo sac�ndome saliva. La doctora hac�a su trabajo en
silencio, claro est�, pues no es conveniente que cuente chistes o que hable de
su vida con alguien que no puede ni re�rse ni contestarle, en cambio pon�a
m�sica en una peque�a grabadora, discos sopor�feros de Kenny G, alguno de
New Age y otro de oldies. Desde la primera vez not� que cuando
empezaba una canci�n de Neil Daimond que se llama Love on the rocks
ella le sub�a un poquito, y eso me desconcertaba, �C�mo una mujer tan
aparentemente rob�tica sent�a alegr�a con una canci�n cuyo principal fuerte es
la pasi�n? Sin querer comenc� a distinguir el sonido de sus pies, comenc� a
contabilizar su peso, su volumen. Constru� con mi mente una visi�n de aquello
que no alcanzaba a ver, aprend� a identificar el aliento de la doctora y hasta
el ritmo de su respiraci�n, pues era lo �nico de inter�s estando ah� tendido,
pues por lo dem�s s�lo quedaba sentir todo lo que ella hac�a en mis piezas
dentales.



Termin� ese d�a y me pregunt� c�mo me hab�a sentido. Le
contest� que bien. Ella me dio un vasito con agua y me invit� a enjuagarme. No
s� si a prop�sito dej� de advertirme que con la anestesia no controlaba bien mi
mand�bula, que ni sentir�a la cara interna de mis mejillas, y esper� a que
intentara absorber el agua para enjuagarme y escupir, s�lo para ver el pat�tico
cuadro de c�mo el agua se derramaba de mi boca como la papilla de un beb� que
voltea en el momento justo en que su madre le ofrece una cucharada, algo as�
como un v�mito causado por la estupidez de la boca al retenerlo. En medio de esa
aclaraci�n t�cita de que yo estaba en sus manos nos despedimos. Ella no s� en
qu� momento digitaliz� mi sonrisa y me puso frente a un monitor y me dijo:



-As� quedar� tu sonrisa luego del tratamiento.


-Bien. No me contest�.


-�Qu�?


-De donde era.


-Oh. Disculpe, disculpa. No soy de aqu�, sino de Colombia.
Pero me vine a ac� a estudiar y aqu� me cas� y me qued�.



Pude notar que apur� a intercalar entre su primera referencia
personal que era casada. �Me preven�a o me retaba? Me preven�a, supongo. Volv� a
ver la foto que me mostraba. Y ah� estaba, mi sonrisota en mi carota, blanca
como la nieve, pero igual de delirante que siempre. Esa foto arreglada es la que
ir�a a parar a mi expediente. Vaya cosa, la foto arreglada era la que iba estar
en mi carpeta, como si ya hubiesen terminado todo el trabajo. Mi sonrisa tal vez
no servir�a para anunciar pastas dentales, pues la gente supondr�a que la pasta
en cuesti�n produce locura; tampoco sirve para ser modelo, pues no siento que
pueda atraparse en una fotograf�a fija, pues su esencia es din�mica, pero en
definitiva s� es la sonrisa adecuada para mi oficio: payaso ambulante.



Entre los d�as del tratamiento trabaj� poco, pues las citas
con la dentista eran impredecibles. En una de las pocas funciones que pude
ofrecer, escuche de nuevo la risa de Gloria. La busqu� con la mirada y descubr�
que ah� estaba, pero dej�ndose abrazar por un muchacho m�s de su edad. Sent� no
s� qu�, sent� tal vez alegr�a de haber dado el banderazo de arranque a aquella
mujer, pero en secreto me hab�a quedado un poco prendado de su trato. Me
preguntaba si esta incomodidad al verla acompa�ada no se tratar�a de pura
vanidad de mi parte, del deseo de ense�arle m�s cosas, en fin, ella se ri� de mi
acto como siempre, me salud� desde lo lejos y el chico que la acompa�aba se
sorprendi�, y puedo decir que se sinti� orgulloso, de ver que su chica conoc�a
personajes tan emblem�ticos de la fauna local de la ciudad de M�xico como yo. Me
sent� as�, como un personaje de diversi�n, como una especie m�s de la fauna
local, como una atracci�n, pero ni cabe renegar de eso, pues eso es lo que soy.



Durante los siguientes d�as que dur� el tratamiento tuve que
estar viendo a la doctora, tratarla m�s. Los discos que ella pon�a eran
aburrid�simos, y descubr� que eran s�lo tres. Dado que not� que era recurrente
que en la canci�n de Neil Daimond le sub�a un poquito, decid� llevarle un
regalo que sus pacientes, y en especial yo, agradecer�a: un disco doble que
agrupaba lo mejor de las primeras �pocas de Neil Daimond, entre otras
canciones estaba la chotead�sima Love on the rocks, pero tambi�n ven�an
otras, unas de las cuales me encantaban, tales como Girl you�ll be a woman
soon
. Al recibirlo su postura ante mi cambi�. Sonri� y con agrado confirmaba
que sonre�a muy bonito. Me dio una sensaci�n muy extra�a su reacci�n, pues not�
como si no hubiese recibido un obsequio tan inesperado desde hace mucho tiempo,
y no era el disco en s�, sino el hecho de que alguien estuviese atento a sus
deseos y los materializara gratuitamente, sin inter�s de sacar provecho, como si
fuese una muestra de estima inesperada.



Ese mismo d�a, durante el tratamiento, lo primero que hizo
fue estrenar sus discos de Neil Daimond. Eso al menos me liber� de la tortura de
escuchar a Kenny G. Al regalarle los discos le hice saber que hab�a notado su
gusto por Neil Daimond, le aclar� que no soy un fan�tico de este cantante pero
que hab�a canciones que me parec�an geniales, como la de Girl you�ll be a
woman soon.
Fue sorpresivo para mi que ese d�a, le subi� no s�lo a la
canci�n que le gustaba a ella, sino que record� la que me gustaba a mi y tambi�n
le subi� en esa. Eso era un mensaje de amabilidad. Resulta que a esta mujer le
importaba hacer felices a los dem�s, no solamente era una carnicera de muelas.
Aprovech�, al final de la sesi�n, las muchas veces que me hab�a prevenido del
dolor y le dije:



-Mire doctora. Hagamos un trato. No todo lo que produce
sensaciones debe llam�rsele dolor. Algunas cosas son dolor y otras cosas
simplemente son una sensaci�n inusual. Aun as�, si fuera dolor, hay dolores
buenos y dolores malos. Los dolores buenos van a ser bienvenidos. Los dolores
malos son otra cosa. Aun si son dolores malos, podr�an lastimarme o podr�an
incluso gustarme de alg�n modo. Hagamos esto. Yo le har� saber cu�ndo un dolor
me resulta insoportable o molesto. Los dem�s dolores que me infrinja no deben
preocuparle. Yo s� que de todas maneras no encontrar�a manos m�s h�biles para
esto que las suyas. Si sus manos no pueden hacerlo m�s compasivamente, nadie lo
har�.


-De acuerdo. Podemos hacer otro trato. Yo te tuteo desde el
primer d�a y tu sigues habl�ndome de Usted, �Podr�amos cambiar eso?


-Sin duda que podemos. �C�mo se tutea a la dentista de uno?


-La dentista de uno tiene nombre, y puede llam�rsele...


-Aleida- Me apresur� a decir.



Yo not� que con los d�as ella era menos cortante, aunque no
pod�a evitar comportarse as� en ciertos casos. Not� que segu�a aumentando el
volumen del disco de Neil Daimond en nuestras canciones. Incluso, sent�
como que ahora me pon�a la vaselina con m�s cari�o, me pinchaba las enc�as con
mayor dulzura y destrozaba mis muelas con m�s compasi�n. Supongo que �ramos algo
parecido a amigos, y deb�amos serlo luego de que ella ten�a sus manos en mi boca
tan seguido. En veces para atenderme llegaba a reposar uno o dos segundos alguno
de sus pechos en mi cuerpo, pero era algo tan incidental que no llegu� a
considerar que fuese a prop�sito. Ella conoc�a instantes deplorables de mi,
conoc�a mis caries, conoc�a lo mal que me lavo los dientes, me ve�a escupiendo
saliva en un lavabo porque la anestesia me imped�a sentir si ten�a agua o no en
la boca. Fueron d�as entretenidos con todo y que eran extenuantes. Mis quijadas
ya estaban bastante maltrechas de tanto castigo.



Por fin se lleg� el �ltimo d�a de tratamiento, la cita fue
casi en la noche, ella me hab�a dado a escoger entre ir a la �ltima cita de en
la noche o a la primera del d�a siguiente, a eso de las ocho de la ma�ana, yo
sin titubear eleg� la cita de la noche. Al llegar a su consultorio vi que ese
d�a ella iba demasiado arreglada, lo que nunca, llevaba tacones y exhib�a lo
bonitos que eran sus pies mientras que el cintillo que apretaba su tobillo me
dec�a lo bien formado de sus chamorros. Se ve�a un peque�o borde de vestido
debajo de su bata m�dica, su cara estaba maquillada y su gorro m�dico estaba muy
mal acomodado porque seguro se estaba preocupando por no estropear su peinado.



Me puso un trapito en los ojos, pude oler su perfume
delicioso, estaba vestida para una fiesta o cena, no s�. No era un d�a com�n.
Yo, anticipando que extra�ar�a ser torturado por esta mujer que hab�a llegado a
apreciar, me dediqu� a absorber cada detalle de esta consulta, su tacto, c�mo me
abr�a la boca, todo lo que me hac�a, el sonido de sus pasos, de su respiraci�n,
cada detalle lo guard� en mi coraz�n. A medio tratamiento escuche que son� el
tel�fono. Me pidi� permiso para ir a contestar porque su secretaria ya se hab�a
marchado y ella esperaba una llamada de su marido. Cuando aclar� lo de su marido
me sent� est�pidamente envidioso. Pude escuchar los pasos que dio para llegar al
tel�fono, veintitr�s en total, y pude incluso parar la oreja y escuchar lo que
ella dec�a al tel�fono, como un vil chismoso, y not� que se enfad� con su
marido, seguramente porque algo hab�a pasado que cancel� el baile o cena
planeados. Escuch� "�C�mo que tienes que irte a Quer�taro de urgencias?"
Silencio. "No, no me importa si llegas ma�ana al mediod�a o pasado ma�ana.
Adi�s." Colg� con furia. No me quit� el pa�uelo de los ojos, pero la o� moquear,
seguro que hasta llor� un poco. Yo me enderec� y fing� estar m�s dopado de lo
que en realidad estaba, como d�ndole la pauta de callar su secreto. Sin embargo,
cuando regres� conmigo a la camilla, ya era la misma y profesional doctora de
siempre.



-Voy a subirle a todo el disco de NeilDaimond, al cabo no hay
ya nadie en el consultorio.



Termin� la consulta y me sent� en �nimos y deseo de invitarle
un caf�. Con la enc�a adormecida y con un hablar torpe, le dije:



-Aleida, ha sido un placer estar en tus manos, me has dejado
una dentadura perfecta. Nada me gustar�a m�s que agradecerte tu trabajo
invit�ndote un caf�.


-No s�, no ha sido un buen d�a para mi.


-Precisamente.


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Relato: Nunca danzar�s en el circo del sol (01)
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