Gustavo Federico Pabl� (como Pablo pero con acento en la O
hab�a aprendido a aclarar desde chico), se hab�a mudado hac�a poco a su nuevo y
primer departamento. Grande para vivir solo, peque�o en comparaci�n con el piso
paterno del que proven�a.
Gustavo Federico Pabl� (con acento en la O) acababa entonces
de pasar sus primeros 40 a�os convencido que tendr�a otros 40 m�s, y otros m�s
despu�s de �stos, para hacer las cosas que la vida esperaba de �l, o las que �l
esperaba de la vida. Su terapeutamadre no era ajena a tal ilusi�n.
La casa estaba completamente puesta; algunas pocas cosas que
fueron de su madre, algunas menos de su padre, muchas compradas por un viejo y
fugaz amor, el primero despu�s del de su madre, el �nico, el �ltimo. Tan fugaz
casi como el enga�oso amor bastardeado que ven�a conociendo desde que ten�a
memoria, en los apretados ba�os de estaci�n ferroviaria, o en los impersonales
departamentos de aquellos j�venes que, "atienden en privado, en tu depto, u
hotel". Claro que este viejo amor (viejo por pasado y viejo por edad) hab�a
dejado marcas que el sexo no deja, este viejo amor, a diferencia de aquellos
otros, ten�a nombre y apellido. Tal vez por aquello de que "de cada amor que
tuve tengo heridas...", como dice el tango. Pero su terapeutamadre le hab�a
dicho que no estaba maduro para encarar, a�n, un amor.
Gustavo Federico Pabl� (con acento en la O) estaba orgulloso
de su casa que enfrentaba al r�o. Cada tanto se deten�a en alg�n �ngulo de su
espaciosa vivienda para contemplarla, para disfrutarla, para gozarla,
recorriendo con la mirada cada rinc�n, cada objeto, cada escondrijo, hasta que
su pensamiento se perd�a al descubrir una polilla, o alg�n otro insecto
devorador de libros de los que hab�a que cuidarse, como le hab�a ense�ado su
amigo bibli�filo.
Observaba su estudio donde hab�a ubicado el piano (sobre la
pared previamente aislada que hab�a armado para no perturbar a su vecino de
piso), y su computadora donde noche a noche se encontraba con infinidad de
acompa�antes ocasionales, de esos que no hablan, que s�lo sonr�en o que a lo
sumo, previo pago, obedecen sumisamente a las indicaciones que se les da,
teclado de por medio; y que le quitaban el sue�o, o lo ayudaban a conciliarlo,
tambi�n noche a noche. Se regodeaba con su living prolijamente decorado,
revisaba su ordenada cocina a trav�s de la barra que la comunicaba con su
improvisado comedor, frente a la chimenea; disfrutaba alternativamente de su
toilette revestido en venecitas multicolores o de su ba�o originalmente blanco,
pero finalmente de fuertes colores luminosos.
La casa paterna de Gustavo era enorme, con infinidad de
cuartos, con innumerables placares, con millones de pasillos que llevaban nunca
se supo demasiado bien a d�nde. Tal vez por eso Gustavo andaba medio perdido.
Sin embargo, para entonces, cuando Gustavo todav�a habitaba
este viejo piso de Belgrano, su vida transcurr�a entre las cuatro paredes de su
habitaci�n, (l�ase cuarto). All� ten�a su piano (siempre quiso uno de cola, o
siquiera de media cola, pero las dimensiones, aunque amplias, no daban para
tanto), su teclado (aqu�l que usaba en horas inusuales, auriculares de por
medio, para no perturbar al militar retirado del piso de arriba), su televisor,
sus video (ten�a m�s de uno para as� poder grabar las cintas de �pera que
alquilaba o las de sexo que aqu�l otro fiel amigo, tan amante como �l del sexo
f�cil y solitario, le prestaba), su computadora, sus archivos, su ropa. Gustavo
hasta com�a en su dormitorio, llev�ndose una bandeja y aisl�ndose del resto de
la peque�a familia que a�n conviv�a en el hogar en el que todos nacieron.
Ahora su casa, m�s peque�a por cierto, le quedaba grande.
Aquellos placares que hab�a dise�ado pensando en una eventual visita de su amigo
estadounidense que ven�a una vez cada diez a�os, permanec�an vac�os desde que
aquel amor se fue.
Miky hab�a sido compa�ero del master que Gustavo curs� en el
pa�s de norte a�os ha. Miky se defin�a como americano, arrog�ndose tal
calificativo, despojando del mismo a los que nacimos de este lado del planeta.
Miky se asombraba de lo pintoresco de este pa�s subdesarrollado al tiempo que
tem�a circular por Florida de noche o se maravillaba de la rudeza de los hombres
de los suburbios. Miky explicaba, cual cient�fico, que los "americanos" sol�an
ser obesos por la comida chatarra que consum�an debido a que las mujeres
trabajan todo el d�a, hasta las 5 de la tarde, llegando a sus hogares agotadas
de tanta producci�n, al tiempo que las comparaba con las argentinas a las que
segu�a imaginando bordando banderas en sus tiempos de desocupaci�n cotidiana.
Miky s�lo tomaba caf� de soja, yogurt diet�tico, verduras naturales, muchas
frutas y arroz integral, y por cierto, no se expon�a al sol, cuidando as� de su
salud a la que al mismo tiempo atacaba con un sexo promiscuo o con la sordidez
de los lugares a los que sol�a concurrir.
De todos modos Gustavo lo esperaba. Ten�a 40 a�os para
esperarlo, y 40 a�os m�s. Su terapeutamadre le hab�a dicho que a�n era joven. Y
mientras, el placard segu�a vac�o.
Un vestidor separaba el cuarto del ba�o principal. All�
Gustavo hab�a hecho poner un par de espejos enfrentados para poder verse cuando
se vest�a. El usaba cl�sicamente ropa de marca, no porque le importara lucir las
etiquetas sino por pensar que eran garant�a de calidad. Prefer�a el gris y el
azul, ante el riesgo de desentonar en la elecci�n de los colores o en las
combinaciones, m�s que por pura sobriedad. Ya tendr�a tiempo de aventurarse
cuando fuera m�s grande, le habr�a dejado entrever su terapeutamadre. Eso s�,
nunca marr�n le hab�a ense�ado el patriarca de sus amigos, el marr�n no es
elegante, no es propio de gente bien.
Este, como los restantes amigos de Gustavo, era de noble
estirpe, todo lo noble que existe en un pa�s sudamericano; es decir,
descendiente de inmigrantes que hicieron fortuna participando en las
expediciones de Roca al desierto y que luego fueron premiados con tierras
expropiadas a los indios. Otros luc�an apellidos ilustres a los que a�n sacaban
brillo, aunque tal vez, en m�s de un caso, fuera lo �nico que brillara en sus
vidas. Ninguno de ellos ten�a gl�bulos rojos, todos eran colorados, de la misma
manera que no iban al cine a ver pel�culas sino "films". Estaban al tanto de
cada comida importante que la oligarqu�a organizaba, y hasta participaban de
algunas de ellas (muchos lograban hacerse invitar), pod�an comentar el men�,
c�mo estaba vestida la ex embajadora cultural o el nuevo cuadro que hab�an
comprado. Sab�an a la perfecci�n el nombre cient�fico de cada �rbol, arbusto o
yuyo que crec�a en los campos heredados o por heredar; pod�an recitar de memoria
el �rbol geneal�gico de los Duques de Alba recordando que son de los pocos que
pueden tener trato casi �ntimo con los coronados reyes de la madre patria.
Pod�an recorrer imaginariamente una larga excursi�n por los castillos europeos
discutiendo, en ocasiones, si tal o cual pintura estaba en tal o cual otra sala.
Se regodeaban mirando viejas Plus Ultra reconociendo en ellas alg�n antepasado,
las m�s de las veces, el de alg�n conocido Y por cierto pronunciaban muy
argentinamente los apellidos "distinguidos" de origen extranjero como clara
se�al de distinci�n que los marcaba como diferentes a los advenedizos que
afrancesaban un nombre de ese origen. Iban "a Col�n", a palcos prestados, a
"deleitarse" con cada �pera, para luego compararla con la que hab�an puesto en
el 94, o era el 95?. Nombraban a los "films" con sus t�tulos originales ya que
sol�an desconocer el nombre con el que se los hab�a traducido; las palabras
extranjeras salpicaban sus discursos por no encontrar las adecuadas en espa�ol,
o por mero lucimiento personal.
Sus billeteras y agendas estaban colmadas de tel�fonos aunque
no todos de apellidos tan famosos y reconocidos, no por lo menos del ambiente
aristocr�tico en el que se mov�an, en realidad, en el que se escurr�an. Muchos
de esos n�meros eran de aquellos j�venes que circunstancialmente hab�an conocido
en alg�n ba�o p�blico o recorriendo la Avenida Santa Gay, aunque rara vez
repet�an el mismo cuerpo. Y si lo hac�an sol�a ser por error, por haber olvidado
la cara, o los atributos de aquel sujeto al que hab�an regateado una y otra vez
la tarifa pedida por el servicio brindado.
Muchos de ellos sab�an de las golpizas recibidas en algunas
de esas ocasiones antes de que les robaran el rolex que pretenciosamente luc�an
en sus mu�ecas izquierdas, y hasta de alg�n que otro calabozo al haber sido
sorprendidos "in fraganti" en actitudes "non sanctas". Pero las influencias
siempre hab�an logrado que sus antecedentes policiales lucieran intactos, como
sus apellidos.
Eran, en efecto, amigos. Amigos de travesuras, de correr�as,
propios de la juventud eterna que la terapeutamadre vaticinaba, alentaba,
disculpaba.
En medio de esta soledad acompa�ada, de esta adolescencia
tard�a, Gustavo organizaba alguna que otra cena (l�ase comida) donde �l o alguno
de sus "j�venes" amigos deleitaba al resto con una sonata de Schubert o alguna
otra dif�cil pieza de Beethoven. Pero esas comidas nunca superaban los 4
invitados, no por falta de vajilla (aquel viejo amor, en su momento, hab�a
comprado una docena de copas de cristal adem�s de las heredadas de mam�). El
tema era que m�s de 5 personas no pod�an sobresalir, a pesar que Gustavo era de
perfil bajo, prefer�a escuchar a exponerse. S�lo el patriarca pod�a darse tal
lujo, �l sab�a como hacer para ser siempre el centro, para que todo girara en
torno a �l.
As� es como los d�as de Gustavo Francisco Pabl� (con acento
en la O) transcurr�an ocup�ndose de su trabajo (al que hab�a entrado, como
primera responsabilidad, bordeando los 30, casi un ni�o dir�a su
terapeutamadre), de su gimnasio y de su casi cotidiana y rutinaria recorrida por
la calle Lavalle buscando ansioso, desesperado la mirada clara de quien
r�pidamente se dirigiera a alguno de los ba�os � cita.
Volv�a luego a su casa para comer algo desprolijamente
(aunque deb�a cuidarse del colesterol que llegaba a cifras preocupantes), y
envolverse en la soledad de las paredes.
Con frecuencia, y recordando la soledad de aquel cuarto del
hogar paterno, ante la inmensidad de su nueva morada, Gustavo llevaba una silla
al vestidor, colocaba una peque�a mesa plegable, y all�, entre los espejos que
le permit�an ver por reflejo las im�genes que le regalaba el televisor ubicado
en el dormitorio, com�a solo, acompa�ado en todo caso por su propia imagen de
joven tard�o.
Un segundo, no mucho m�s que eso, alg�n recuerdo le tra�a a
la memoria a aquel viejo amor que parec�a haberle ofrecido una vida diferente
para la que, al decir de su terapeutamadre, no estaba a�n preparado. Un segundo,
s�lo eso, porque pronto, unas escalas en el teclado de su piano despejaban ese
recuerdo dando lugar luego a un nuevo encuentro frente a la pantalla de su pc,
poblada de j�venes musculosos, de hombres enfundados en cuero, de botas con
cordones multicolores.
Y as� pas� parte de los siguientes 40 a�os, sin volver a
repetir nunca a nadie "que sue�es con angelitos", sin volver a escuchar nunca de
nadie "entonces so�ar� con vos". Pero no pudo llegar a los 40 restantes y
prometidos por su terapeutamadre. Muri� antes. Solo. Frente a los espejos,
recordando cuando alguna vez dec�a, "mi amor, qu� bien que la paso con vos"
mientras a lo lejos se escuchaba a la Callas clamando a Manrico "Addio! Io
moro!.
Berroto Salinas