Relato: Juegos adolescentes



Relato: Juegos adolescentes


JUEGOS ADOLESCENTES



Por: Horny


Para todos los que me han pedido la continuaci�n del relato
"JUEGOS INFANTILES" publicado en esta misma Web. Para los que no tambi�n
puede leerse como un relato independiente.


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Resumen JUEGOS INFANTILES: A la edad de 9 a�os mi hermano
(1 a�o menor) y yo, nos confesamos nuestras respectivas (aunque breves)
relaciones incestuosas con nuestros primos. Nuestra inocente curiosidad nos
llev� probar entre nosotros y practicar el sexo oral.


*******


Cuatro largos a�os pasaron, a�os en los cuales la temperatura
de los juegos prohibidos entre mi hermano y yo fue subiendo gradualmente, a
medida que �bamos aprendiendo algo de anatom�a practicando en el cuerpo del
otro, explorando lentamente con nuestros deditos que se convirtieron en dedos,
con nuestras lenguas que cada vez se volv�an m�s expertas,� durante esos a�os
dejamos la ni�ez para entrar en la tormentosa adolescencia. Un d�a de tantos
llego a nuestras vidas una nueva hermanita pero eso no viene al caso, al menos
no en este cap�tulo.


El dormir en la misma habitaci�n nos facilit� siempre las
cosas al igual que la costumbre de dormir todos con la puerta de la habitaci�n
cerrada, la de mis padres, la de mi abuelita paterna (viuda hac�a muchos a�os) y
la nuestra. Despu�s del beso de buenas noches de nuestros padres esper�bamos
prudencialmente unos minutos hasta que sent�amos la puerta de su habitaci�n
cerrarse. Luego como si fuera parte de un ritual amatorio nos despoj�bamos de
toda la ropa, alguno se cercioraba que la puerta estuviera bajo llave y nos
acost�bamos juntos en alguna de las camas. Encend�amos una l�mpara de mesa para
observarnos mutuamente, detenidamente. Esa luz tenue era perfecta para nosotros,
por un lado no llamaba la atenci�n y por otro nos permit�a mirarnos, observar
nuestros gestos, detallar maravillados los cambios en nuestros cuerpos. Fueron
cambios muy graduales, no se dieron l�gicamente de un d�a para otro, pero nos
conoc�amos tan bien que cada nuevo pelo que sal�a, cada peca, cada mancha nueva
o forma corporal diferente era detectada y celebrada con una microfiesta
privada, con una manera de besar diferente, con una caricia nueva aprendida
entre nuestras s�banas de mu�equitos en la guarida secreta en la cual se hab�a
convertido nuestra habitaci�n.


Si me preguntan que sent�a por mi hermano en esa �poca no
sabr�a responder. No era el amor que siente cualquier mujer por un hombre, era
algo m�s sublime, grande y profundo. En esa �poca no sab�a que la palabra
incesto exist�a, no sab�a que lo que hac�amos era prohibido a los ojos de la
sociedad, nunca lo planeamos, no decidimos un d�a comportarnos como una pareja,
todo lo que ocurri� fue producto de la inocencia, de las ganas de experimentar
naturales de la infancia, ganas que en muchas personas perduran toda la vida.
Siempre supe lo que era el pecado, es m�s, nos criamos en una familia cat�lica y
practicante, de buenas costumbres, pero nunca se nos pas� por la cabeza que
fuera pecado lo que hac�amos cada noche sin falta al cerrar la puerta. Sab�amos
que no estaba bien, que no era correcto, que de seguro nuestros padres nos
castigar�an de saberlo, pero pecado nunca, nunca lo catalogamos como tal.


Entre semana era una tortura estar en el colegio. Mientras
mis amigas del colegio femenino de monjas se entreten�an en hablar sobre tal o
cual profesor que estaba m�s guapo o en los chiquillos de su barrio que las
pretend�an yo pensaba en mi hermano, pensaba en su verga que ve�a crecer a�o
tras a�o, recordaba su mirada transparente, su risa, su manera tierna de
tratarme y tocarme. Nunca a nadie le cont� nada, ni a mi mejor amiga siquiera,
algo me deten�a, una fuerza muy poderosa en mi interior me dec�a "calla, no lo
comprender�an, te se�alar�an con un dedo por hacer esas cosas, a lo mejor te
expulsar�an del colegio".


Ten�a 13 a�os, algunas de mis amigas ya hab�an perdido la
virginidad con alg�n primo lejano, con el novio o el mejor amigo. No todas se
atrev�an a contarlo, especialmente las m�s mojigatas, las que se las daban de
puras y castas. Unas incluso fing�an no saber lo que era la masturbaci�n. Mi
grupo de amigas comenz� a dividirse en dos, en un grupo "las mojigatas" y en el
otro las que ten�amos alguna experiencia. Para todas ellas yo era a�n virgen
pero les invent� una historia, les invent� un novio inexistente con el cual
supuestamente me besaba y tocaba pero que nunca hab�amos pasado de ah�. Con eso
satisfac�a su morbosa curiosidad y lograba que me dejaran en paz.


El llegar a la casa en las tardes y encontrarme con mi
hermano era como entrar a otro mundo, como ingresar al para�so. Mi abuelita
paterna como siempre, pendiente de nosotros toda la tarde.


Habr�amos hecho de las nuestras todos los d�as de no ser por
una se�ora muy quisquillosa que iba a colaborar con la limpieza y la preparaci�n
de alimentos todas las tardes sin falta. Esa mujer � Clemencia � nos ten�a entre
ojos por inquietos y se la pasaba vigil�ndonos. Pero esa tortura lejos de
alejarnos nos un�a m�s y m�s. El no poder tocarnos ni besarnos como y cuando
hubi�ramos querido, hac�a que a�or�ramos esos momentos en los cuales pod�amos
estar a solas.


La rutina era parte de nuestras vidas pero eso en lugar de
provocarnos el tedio que sienten la mayor�a de las parejas nos hac�a sentir m�s
seguros. Nos gustaba el ritual de encontrarnos despu�s de clases, a eso de las
3:30 p.m. (entr�bamos a las 7:00 a.m. a estudiar), dej�bamos nuestros �tiles
escolares en la habitaci�n y en orden, seg�n indicaciones de Clemencia la cual
ten�a carta blanca por parte de nuestros padres para "disciplinarnos";
posteriormente nos cambi�bamos el uniforme y ase�bamos manos y cara (ya no
tom�bamos el ba�o juntos por decisi�n de Clemencia la cual no lo estimaba
necesario por habernos ba�ado en la ma�ana) y almorz�bamos en la cocina pues
seg�n esa mujer no com�amos lo suficientemente bien como para sentarnos solos en
el comedor. De no haber sido por la compa��a de mi hermano no habr�a podido
soportar a esa bruja que nos martiriz� con su presencia durante m�s de dos a�os.


La parte buena de nuestras tardes era cuando nos sent�bamos
en el estudio para hacer las tareas. Clemencia observaba con mirada aprobadora
como nos desesper�bamos por sentarnos pronto a estudiar, casi ni pod�amos
terminar de almorzar cuando ya nos quer�amos ir a "hacer los deberes". El
estudio era grande, con una biblioteca de pared a pared, una sala de estar, el
escritorio de pap� y nuestra mesa de estudios. Ya ten�amos por costumbre mi
hermano Andr�s y yo colocar un mantel sobre la mesa supuestamente para no
mancharla ni ensuciarla. Que pillines �ramos, la realidad era otra, lo que
busc�bamos con la estupenda idea del mantel era poder cubrirnos del pecho hacia
abajo, lejos de la mirada de Clemencia. Nos sent�bamos de cara a la puerta la
cual deb�a permanecer abierta por orden de ella, sac�bamos nuestros l�pices y
cuadernos los cuales abr�amos convenientemente por si lleg�bamos a ser
interrumpidos. Por suerte el estudio estaba en el segundo piso y Clemencia
permanec�a la mayor parte de la tarde en el primero as� que si sub�a la
sent�amos en la escalera y nos separ�bamos de inmediato.


Lo primero que hac�amos tras abrir prudentemente nuestros
cuadernos era pegar nuestras bocas que ansiosas se abr�an dejando salir nuestras
lenguas que se enredaban con pasi�n, se fund�an en un beso breve pero
intens�simo. Por nuestra seguridad todo deb�a ocurrir de la mesa hacia abajo,
por consiguiente los besos en los labios no eran frecuentes por las tardes.
�ramos incansables, no pod�amos esperar hasta la noche para tocarnos. Mi ropa de
tarde consist�a en una faldita de algod�n de cualquier color o un vestidito del
mismo material, siempre sin ropa interior para facilitar las visitas de la mano
de mi hermano bajo la falda. Mi hermano a su vez usaba pantal�n corto de manga
ancha de modo que yo pod�a sacar su pito por una manga, remangando su
pantaloneta hasta la parte superior del muslo pues habr�a sido demasiado
riesgoso bajar su cremallera y sacarlo por all�. Lo ten�amos todo bajo control
pues no fue cosa de un d�a o una semana sino de a�os, a�os de una deliciosa
relaci�n lujuriosa y prohibida lo cual solo la hac�a m�s excitante.


Por lo general el comenzaba; apenas si pod�a esperar para
posar una de sus manos en una de mis rodillas, la que le quedaba m�s cerca.
Comenzaba all� una caricia suave, circular que me hac�a perder la respiraci�n
por completo, me hac�a sentir cosquillitas en la pierna, en la vagina y en el
est�mago por nombrar algunos lugares, aunque era bien sabido que mi hermano
lograba que se me estremeciera todo.


De la rodilla pasaba lentamente a mi muslo, acariciando cada
vello dorado de mis piernas, la parte externa e interna de ellas. En ese momento
yo las separaba y el comenzaba a subir sintiendo el calor que emanaba de mi
vagina, en la cual comenzaban a asomar los primeros pelitos de mujer, rizados y
casta�os. Para cuando su mano se posaba en ella ya estaba h�meda, ya lo esperaba
con ansias locas, con los ojos entrecerrados al igual que la boca. Respiraba con
dificultad, mi pecho adornado de dos peque�os senos en forma de medio lim�n
sub�a y bajaba r�pidamente denotando mi ansiedad por sentir su mano acariciar mi
conchita. Al fin esa deseada mano llegaba a mi gruta, la palpaba en todo su
contorno, solo alrededor, luego se introduc�a en ella lentamente, uno a uno sus
dedos hasta llegar a tres los cuales entraban hasta la mitad para volver a
salir, situaci�n que se repet�a una y otra vez. Luego uno de sus dedos se
concentraba en mi cl�toris que parec�a a punto de reventar, erecto, h�medo, casi
salido de sus casillas, loco de remate. El lo acariciaba en c�rculos, hab�a
aprendido a hacerlo estudiando mis reacciones, leyendo en mi rostro y en mis
movimientos, descubriendo cuando quer�a que aumentara la velocidad o la
disminuyera, cuando deb�a lubricar de nuevo sus dedos en mi cueva para volver a
acariciar mi bot�n, cuando deb�a acariciar al tiempo mi cl�toris y el interior
de mi vagina, cuando deb�a detenerse por completo. Todo esto ya lo sab�a como el
amante experto en el cual se hab�a convertido.


Era muy duro para mi tener que correrme en silencio,
temblando de pies a cabeza, estremeci�ndome toda, cara, cuerpo, interior de la
vagina, sudando a mares con los dedos de mi hermano a�n en mi interior. El me
miraba con un gesto triunfal, no hay nada m�s hermoso que ver a tu pareja
sintiendo un placer que t� le has proporcionado. Con las caricias de mi hermano
no tardaba m�s de cinco minutos en tener un orgasmo. Esto era porque viv�a en un
estado de excitaci�n constante todo el d�a, por el temor a ser descubiertos, por
las ganas que nos ten�amos el uno al otro, por las alborotadas hormonas de la
edad.


Yo no esperaba a reponerme del orgasmo cuando ya ten�a su
pito en mi mano. No nos masturb�bamos al tiempo pues habr�a sido no solo muy
inc�modo para ambos sino porque el que masturbaba al otro ten�a a la vez la
funci�n de tener los o�dos prestos a cualquier ruido que proviniera de fuera del
estudio. Mientras tanto el que recib�a las caricias pod�a tranquilamente
concentrarse en simplemente sentir, en gozar, lo cual habr�a sido dif�cil si
hubiera tenido que hacer varias cosas al tiempo.


El cl�max de mi hermano duraba en llegar lo que dura un
respiro. Nadie nos ense�o a acariciarnos y sin embargo lo hac�amos como los m�s
expertos; mis manos viajaban por la verga de mi hermano que a sus 12 a�os ya
ten�a de considerable tama�o, o al menos eso me parec�a pues era la �nica que
conoc�a en vivo y en directo. La tomaba con suavidad pero con firmeza y
comenzaba un movimiento lento hacia arriba y hacia abajo, muy lento porque bien
sab�a que no aguantaba demasiado y m�s despu�s de haberme visto orgasmar. Me
deten�a mientras el se sosegaba un poco y retomaba las caricias. Luego
acariciaba sus bolas cubiertas de una pelusilla suave y regresaba al tronco, a
su base y al glande ya cubierto de fluido preseminal. Cuando lo sent�a cerca al
cl�max (su respiraci�n agitada me avisaba) aceleraba los movimientos y el se
corr�a arrojando una gotita o dos de semen la cual yo tomaba afanosamente entre
mis dedos, me la llevaba a la boca para tragarla con desesperaci�n. Podr�a decir
que esperaba todo el d�a por ese premio, por esas gotas de n�ctar blanquecino.
Despu�s de nuestra mutua masturbaci�n hac�amos los deberes juiciosos no fuera
que nos fuera mal en los estudios por vivir pegados el uno al otro.


La suerte nos sonri� durante un tiempo y no fuimos
descubiertos. Pero como nada hay perfecto en este mundo, un d�a por confiados
nos descuidamos. Nuestro beso en la boca inicial se prolong� m�s de la cuenta,
cerramos nuestros ojos chupando y succionando los labios del otro, ajenos al
resto de la humanidad a la vez que nuestras manos se deslizaban por la espalda,
desde el cuello hasta las nalgas y luego por encima de ellas. En un momento dado
abr� los ojos y me encontr� con la mirada horrorizada de Clemencia. Me separ� de
mi hermano bruscamente, pegada a la silla sin atinar a decir nada� y es que en
un momento como ese las palabras sobraban. Clemencia reaccion� y comenz� a
llamarnos de todas las formas posibles, desde hijos del demonio hasta aberrados.
Se quit� el cintur�n y se dispon�a a golpearnos. Me abrac� al cuerpo de mi
hermano llorando y gritando. En ese momento entr� mi abuelita la cual acudi� al
escuchar la algarab�a, tom� a Clemencia por los brazos tratando de calmarla y al
ver que ella no reaccionaba la abofete�. Clemencia intent� explicarle a mi
abuela lo que hab�a ocurrido pero ella no quiso escucharla, con lo que hab�a
visto y o�do hab�a sido suficiente. Hab�a tratado de golpear a sus nietos y eso
era m�s de lo que pod�a soportar. Mi abuela llam� a mi pap� al trabajo mientras
Clemencia tomaba sus cosas para irse. Ese d�a la despidieron, fue la �ltima vez
que supimos de ella.


Sin embargo la v�bora venenosa de Clemencia esparci� su
veneno antes de irse, al parecer le cont� a nuestros padres lo que hab�a visto
entre nosotros. Lo hizo el d�a que fue a reclamar un dinero que le deb�an. Lo
supusimos porque una semana despu�s del suceso cambiaron a mi hermano de
habitaci�n. No supimos si mis padres le creyeron o no a Clemencia pero
decidieron que ya �ramos grandes para dormir juntos, que necesit�bamos
independencia y espacio. Como si eso fuera poco contrataron un profesor
particular para que nos ayudara con las tareas en las tardes. Adi�s deliciosas y
c�lidas tardes de masturbaci�n, adi�s noches de caricias inagotables.


Mi mundo se derrumb�.


CONTINUAR��




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