HISTORIAS DE PUTAS II
Aquella pregunta era como un insulto. Si hubo un tiempo en el
que la virginidad pudo considerarse como una virtud, especialmente en las
mujeres, para el joven o�rse llamar virgen a su edad- se consideraba ya todo un
hombrecito- resultaba tan molesto como ser pillado por su madre haciendo cosas
guarras en el retrete. Cuando la argentina le condujo de la mano hasta el lecho
el joven procur� no mirarla, tan avergonzado que el aparato se estaba
deshinchando a ojos vistas. Antes de hacer nada ella extendi� su mano derecha y
como �l se quedara mirando, pasmado, la mujer comenz� a re�rse cari�osamente.
-�No pensar�s que lo vas a hacer gratis?.
Al fin comprendi�. Se dirigi� a la desvencijada silla donde
ella hab�a arrojado su ropa de cualquier manera y hurgando en el bolsillo del
pantal�n sac� un billetero de cuero, muy gastado. Tuvo que contar los billetes
dos veces porque con el azoramiento se equivoc� la primera vez. Le tendi� el
dinero con rapidez, mirando para otra parte, como si pensara que si lograba
olvidarse del dinero no le costar�a imaginarse que la argentina, aquella hermosa
mujer, hab�a sido seducida por su juventud.
-�No quieres un extra?. �Qu� te parece un franc�s?... Veo que
no me entend�s. �Una mamada?. �Te gustar�a que te hiciese una buena mamada?. Son
mil quinientas m�s. De verdad que te va a gustar mucho.
El joven pens� que estar�a bien contentar a la argentina la
primera vez. Estaba muy buena y era m�s cari�osa de lo que hab�a imaginado
podr�a ser una puta. Deseaba volver m�s veces y acostarse siempre con ella. Por
el dinero no hab�a problema porque hab�a sacado del banco todo lo que ten�a en
su cuenta corriente, pensando en la posibilidad de quedarse toda la noche. Ahora
no se atrev�a a propon�rselo, visto el ajetreo que se tra�an en aquella casa,
pero al menos se permitir�a el lujo de una buena mamada. En sus fantas�as hab�a
visto muchas veces la cabeza de una hermosa mujer subiendo y bajando sobre su
polla. Era la ocasi�n de probar si era tan bueno como parec�a.
-Toma. �Puedo pedir otro extra?.
-�Uy el pibito, c�mo se anima!. Claro que puedes, cari�o. Por
detr�s ser�an cinco mil m�s.
-Lo que me gustar�a ser�a poder besarte en la boca y
acariciar tus pechos. �Cu�nto me cobrar�as por eso?.
-�Besar?. �Oh, no, cari�o!. Ya sab�s que las putas no besamos
nunca. Es algo muy �ntimo. Podr�a enamorarme de ti. Eres un chiquil�n muy majo.
�Y qu� har�as t� entonces?. �Te casar�as con una puta?.
El joven trag� saliva. A punto estuvo de contestar que s�,
que se casar�a con ella. Pero vi� la sonrisa ir�nica en sus labios y se lo pens�
mejor.
-Me pod�s magrear un poco las tetas, no te cobrar� nada
porque me result�s muy simp�tico. Pero con cuidado. Ya sab�s que es una parte
muy delicada en la mujer.
Mir� sus tetas y la polla se le puso de nuevo como una gran
salchicha. La argentina hab�a guardado el dinero en su bolso y se extendi� sobre
la cama, boca arriba, doblando las rodillas y abriendo las piernas de tal manera
que el tri�ngulo p�bico qued� al alcance de sus narices. Pudo apreciar muy de
cerca los grandes labios abiertos, sonrosados, la enorme raja que parec�a
haberse dado de s� con tanto mete-saca. Estaba tan excitado que se vio obligado
a pellizcarse la polla para no explotar. Ella le miraba sonriente, esperando.
-Ven�, mi chiquil�n. Sin miedo. Que no te voy a comer. Si
quer�s un preservativo hay en el caj�n.
El se acerc� al lecho revuelto y sucio con la polla enhiesta.
Apenas pudo balbucear que no quer�a enfundarsela en un pl�stico que le impedir�a
disfrutar del contacto m�s intimo. Estaba asombrado de que le hubiese crecido
tanto. Cuando se masturbaba a veces se le pon�a muy tiesa, pero no tanto como lo
estaba ahora, larga, m�s larga de lo que nunca imagin� que pudiera tenerla y
gorda, a punto de estallar como un globo demasiado hinchado. Vista as� no le
parec�a peque�a. El ten�a complejo de tenerla muy peque�a a pesar de no haber
podido compararla con otras. No sab�a la raz�n pero a veces en los mingitorios
p�blicos ten�a miedo de que se la vieran y se rieran de �l. Se arrodill� en la
cama, frente a ella, y acarici� los muslos de la argentina que eran muy suaves y
c�lidos, perfectamente depilados. Estaba tan excitado que con aquel gordo y
dolorido trozo de carne entre las piernas se sent�a incapaz de encontrar su
chochito.
-�No quer�s acariciarme un poco antes?. No hay prisa.
Recuerda que has pagado por media hora.
El joven dej� la b�squeda del agujero entre la pelambrera y
se tumb� con precauci�n sobre ella. Mordi� sus pechos con cuidado. Estaban
suaves, deliciosos, como flanes de carne. Se los hubiera comido de un solo
bocado. Sac� la lengua y lami� sus pezones. La argentina comenz� a quejarse muy
suavemente, como con verg�enza de mostrarle que estaba sintiendo mucho placer. A
�l le result� extra�o la idea de que una puta pudiera disfrutar con un cliente.
Pensaba de ellas que eran fr�as como el hielo y hasta desagradables. Pero no
pudo seguir elucubrando porque el cuerpo de la argentina le esperaba, c�lido,
suave como el terciopelo y mullidito como una almohada. Acarici� sus caderas,
introdujo sus manos por debajo y magre� su prieto culo con deseo cada vez m�s
acuciante. Poco a poco fue haci�ndose con aquel cuerpo que a cada instante se le
aparec�a m�s como el de una diosa que como el cuerpo normal de una mujer. En el
fragor del deseo se lanz� sobre su boca e intent� besarla. Los labios de la
argentina le recibieron solo un instante, pudo sentir la saliva en su boca antes
de que la cerrara con brusquedad y le empujara hacia atr�s con sus brazos.
-En la boca no, chiquil�n, ya te lo dije o acabamos aqu� la
historia.
El joven pidi� disculpas, azorado, y escondi� sus labios en
los pechos de la argentina para vencer la tentaci�n de besarla otra vez. No pudo
continuar mucho tiempo besando y acariciando sus pechos ni conociendo el resto
de su cuerpo, porque su piel era tan suave y se estaba encendiendo con tanta
rapidez -hasta pod�a notar c�mo el calor iba subiendo unos grados- y su cuerpo
era tan, tan hermoso, tan rotundo, que su pene no dejaba de dar brincos,
buscando el agujero. En uno de aquellos saltos estallar�a en el aire. �Y
entonces qu�?. �Le permitir�a la argentina recuperarse e intentarlo otra vez.
Acarici� el sexo de la mujer con la palma de la mano y abri�
sus labios con los dedos para que pudiera penetrar su polla. No pudo conseguirlo
a la primera y tuvo que ayudarse con la mano. Sujetando aquel trozo de carne
palpitante se equivoc� un par de veces antes de que el falo penetrase con suma
facilidad hasta el fondo del agujero. Para su sorpresa encontr� que estaba
perfectamente lubricado. Un l�quidillo, de olor extra�o pero muy excitante,
estaba rezumando de su sexo, abierto como una puerta de par en par. Se detuvo un
instante para recuperar el resuello, que se le iba como si tuviese dificultades
respiratorias. La argentina se quejaba dulcemente y se remov�a como pidi�ndole
que no se detuviera. De pronto sus brazos se lanzaron hacia delante -los ten�a
quietos a los costados- y sus manos se aferraron a su espalda con tanta fuerza
que le hizo da�o.
El joven se movi� con suavidad, como con miedo de no poder
controlar la explosi�n. El interior de la vagina de la mujer era muy suave, muy
c�lido, lleno de jugos que incluso crey� poder oler. Con los ojos muy abiertos
escrut� el rostro de la argentina que ten�a los p�rpados ca�dos y mov�a la
cabeza suavemente de uno a otro lado. No pudo resistirse a emprender el
movimiento con sus caderas. Necesitaba poseerla, poseerla ya. Era hermosa, muy
hermosa y �l llevaba toda una vida deseando saber qu� placer experimentar�a al
sentirse due�o del cuerpo de una mujer.
Ella no permaneci� inm�vil. Sus manos resbalaron desde la
espalda hasta su culo y desde all� ayud�, empujando con �l en cada movimiento.
El joven parec�a pose�do por un furor demoniaco. Su polla entraba y sal�a con
deseo salvaje, sin dificultad, dentro del enorme agujero que era su chochito.
Quer�a llegar ya, que el orgasmo le inundase hasta el desfallecimiento. Ella
hizo una pausa en sus quejidos para rogarle que no se diera tanta prisa. Era
preciso hacerlo con calma para gozar m�s. El joven se relaj� y dej� reposar unos
segundos su miembro dentro de aquella cueva c�lida, cuyas paredes de carne
sent�a rozar suavemente con la punta de su polla. Se sent�a feliz, infinitamente
feliz de estar en contacto con un cuerpo tan c�lido, tan hermoso, que dese� que
aquel instante no terminara nunca. Pod�a notar los estremecimientos de la
argentina, c�mo el interior de su vagina se hac�a cada vez m�s blando, inundando
su polla y su bajo vientre de un calor dulce, muy dulce.
La amaba. Estaba enamorado de ella y quer�a demostr�rselo.
Intent� besarla por la fuerza, pensando que en el ardor del coito ella habr�a
olvidado ya su reticencia al contacto bucal. La argentina le hurt� la cara y con
voz muy dulce le dijo:
-No seas tonto, chiquil�n. Sab�s que eso no puede ser.
Era in�til resistirse. Necesitaba poseerla completamente. La
amaba y su cuerpo le estaba diciendo lo que no le dec�a su boca: que ella
tambi�n le amaba. Las manos de la mujer en su culo empujaban m�s y m�s, sus
caderas ahora le acompa�aban en el movimiento casi con frenes�. Sus quejidos le
excitaban tanto, penetrando hasta el fondo de su m�dula, que decidi� no seguir
luchando contra el deseo. Aceler� con todas sus fuerzas. Su polla esta
hinchad�sima y se hab�a estirado tanto que la imaginaba saliendo por el otro
lado. A pesar de sus embates salvajes el miembro no sal�a del agujero. La
argentina parec�a estar haciendo algo con los m�sculos de su vagina. Resultaba
incre�ble pero ten�a su polla amarrada y bien amarrada. Se mov�a en el canal
carnoso con toda facilidad, bien lubricada, cari�osamente acogida. Se sent�a muy
a gusto montando a la mujer que le acompa�aba en el trote, disfrutando con cada
embate tanto o m�s que �l.
El joven se dej� llevar sin reparos y la argentina le sigui�.
Su caderas se acoplaban a la perfecci�n al ritmo que �l marcaba. Not� que ella,
en el climas del deseo, le enroscaba las piernas a las caderas, para que no
pudieran separarse a pesar de la fuerza de sus embates. Se quejaba con dulzura,
como agredecida. Era muy agradable o�r aquel quejido, saber que ella tambi�n
estaba disfrutando. La sent�a en todo su cuerpo, en la punta del pene que se
estremec�a luchando por arrojar lo que llevaba dentro, aquel pantano que nunca
hab�a sido abierto, por la punta de la peque�a boca del glande.
De pronto estall� en un terrible golpe de placer. La polla se
estremeci� con movimientos espasm�dicos, como un caballo herido a mitad de la
carrera, y lanz� contra las paredes de carne lo que bloqueaba los doloridos
canales internos del miembro. Exhal� un gritito contenido y la argentina
continu� movi�ndose buscando ella tambi�n el final del placer. Al fin lleg�. Lo
not� en el estremecimiento de sus caderas, en la presa de sus piernas y sobre
todo en el grito segado de ra�z que estuvo a punto de brotar de su boca. El
joven se dej� caer sobre su cuerpo, que le recibi� maternal, acogedor. As�
quedaron, estrechamente unidos, intentando recuperarse. El la amaba y deseaba
tener los bolsillos repletos de dinero para comprar toda aquella noche y la
ma�ana siguiente y la siguiente noche... No pudo resistirse e inclin�ndose sobre
su oreja izquierda, susurr�.
-Te quiero, te quiero mucho.
Ella acarici� su nuca con una mano, muy dulcemente. El
imagin� por un momento que una l�grima se desprend�a de sus ojos. Pero no quiso
mirar para ver si era cierto. Hundi� la cabeza en la almohada, junto a su
cabellera y dej� que pasara el tiempo. En cuanto recuper� el ritmo normal de la
respiraci�n ella le oblig� a levantarse. Se dirigieron ambos a la palangana y la
argentina le lav� y restreg� en�rgicamente el miembro comentando que la pr�xima
vez deber�a usar preservativo.
-La primera vez se perdona, che, pero es muy arriesgado no
usar gomita. Pod�s coger una infecci�n y eso no es broma.
La mujer le alarg� una toalla y ella se puso a lavarse y
restregarse con extraordinaria energ�a, como si quisiera arrancarse la piel.
Introdujo su pelambrera en el l�quido de la palangana, acuclill�ndose para ello
en una postura que al joven le produjo un fuerte sentimiento morboso, por un
lado agradable y por el otro un tanto repugnante. Al ponerse en pie los pelos de
su chochito, rezumando l�quido, se estiraron y cayeron hacia delante como si
tuvieran vida propia. Con los dedos de una mano se abri� los labios y con la
otra intent� remojarse el interior. El joven lo contemplaba todo con los ojos
muy abiertos, sintiendo una mezcla de repugnancia y de intenso deseo. No
entend�a como la mujer pod�a manipular en su sexo con tanta brusquedad sin
causarse dolor. Se sec� con la toalla y luego, observando que el joven se hab�a
quedado pasmado contempl�ndola, le quit� la toalla, introdujo su sexo, que a�n
conservaba una peque�a erecci�n, en el l�quido y se lo volvi� a lavar muy
meticulosamente, abriendo la piel y sacando la punta para recoger las �ltimas
gotas de semen. Ten�a el pene h�medo y manchado por una sustancia pegajosa. Las
manos de la argentina manipularon h�bilmente, estrujando la polla para limpiarla
de todo resto de semen. Tom� un frasco y con el l�quido verde comenz� a frotar
toda su carne. Con dos dedos ech� para atr�s la piel que cubr�a el glande y le
limpi� la puntita a conciencia hasta hacerle da�o. Finalmente le frot� con el
l�quido todo el pellejo del glande -el joven vio las estrellas- y le pidi� que
se secara bien con la toalla.
El se sent�a muy avergonzado de que la mujer se estuviese
ocupando de cosas tan �ntimas. Quiso darle las gracias pero la verg�enza se lo
impidi�. Comenz� a restregarse con fuerza con la toalla y solo entonces fue
consciente de que estaba usando la misma toalla con la que ella se hab�a
restregado el co�o a consciencia. La suya estaba en el suelo. Se le hab�a ca�do
de las manos en el fragor de la contienda higi�nica. En lugar de sentir asco le
pareci� que aquel gesto sellaba su uni�n. Volvieron al lecho y la argentina
consult� su relojito de pulsera.
-A�n es pronto. Apenas hemos empleado cinco minutos. Has
pagado por un franc�s. �Quer�s que te haga una mamada, chiquil�n?. No te
preocup�s, es muy agradable. �Nunca te han mamado?.
El joven se sent�a tan feliz y relajado despu�s del coito que
a punto estuvo de negarse, pero la argentina parec�a tan deseosa de hacerle el
franc�s que �l se dej� hacer. Con gran pericia le pas� la lengua por todo el
pene. Con una mano dej� el glande al descubierto y con la puntita de la lengua
le hizo tales cosquillas que la polla comenz� a hincharse otra vez. Para su
sorpresa la argentina le pas� la lengua tambi�n por los test�culos, muy
suavemente. El se sinti� renacer. Una oleada de placer le inund� de nuevo. Ella
se introdujo la polla semifl�cida en la boca y comenz� a querer trag�rsela, pero
a�n no estaba suficientemente erecta para que le resultara placentero. Con una
mano tom� su cipote fl�cido, ech� para atr�s la piel, todo lo que pudo y con la
puntita de la lengua recorri� su glande con movimientos circulares. Se detuvo
largo rato en el agujerito, como si quisiera acabar introduciendo su experta
lengua por el interior del miembro y entonces el joven supo lo que era un
franc�s y el inmenso placer que puede producir una mamada. La carne al aire se
llen� de sangre, toda su polla pareci� revivir, hinch�ndose como si la argentina
estuviera soplando por el agujerito. Ella mov�a la punta de la lenguita con tal
maestr�a que a �l le hizo mucha gracia.
Pronto estuvo tan crecida como para que ella pudiera
introduc�rsela en su boca comenzando un masaje r�pido, con la cabeza hacia abajo
y hacia arriba, en un movimiento que cada vez se hizo m�s r�pido y gustoso. El
joven se quej� con agradecimiento. Ella sigui� as� un buen rato, hasta que el
cipote adquiri� de nuevo toda su potencia. La argentina lo ten�a en la boca,
mordisque�ndolo con los dientes, muy suavemente. Le gustaba hacerlo. Se la ve�a
disfrutar. El joven ten�a ganas de eyacular otra vez pero no hab�a nada en sus
test�culos desinflados ni en sus conductos que pudiera arrojar al exterior. Ella
dej� de mam�rselo y se puso de rodillas, contempl�ndole risue�a.
-Veo que mi chiquil�n est� en forma otra vez. �Quer�s probar
una vez m�s?. Pod�s ponerte por detr�s. Yo te ense�ar�... As�.
Ella, despu�s de echarle de la cama, se extendi� boca abajo,
flexion� las rodillas y apoy�ndose con los brazos, la cabeza hundida entre sus
pechos que se balanceaban l�bricamente, adopt� la postura de una perrita en
celo. Las rodillas estaban bien hincadas en el colch�n y su hermos�simo culo se
mov�a ligeramente, como llam�ndole a la posesi�n salvaje.
-Pod�s ponerte de rodillas, por detr�s. As�. No te esfuerces,
ya bajo yo el culo para que te sientas c�modo. Ay�date con las manos. Eso es,
chiquil�n, muy bien. Pero por el culo no, mi amor, que son cinco mil m�s, es un
extra, recuerda. Pasa la polla por debajo y con la ayuda de la mano m�temela en
el chochito...As�, eso es. �V�s qu� f�cil!.
El joven jadeaba, sudoroso. Aquel hermoso culo le atra�a como
un im�n. Era una l�stima no haber pensado antes en follarla por el ano. Ahora
tener que sacar otra vez la cartera y alargar el dinero quitar�a toda la magia
er�tica a la escena. Se aplic� para que la picha no se saliera del agujero. Se
movi� con sumo cuidado. Ella baj� a�n m�s el culo para adaptarse a su estatura.
El se ech� hacia delante, sobre su espalda. Tom� las dos tetas con sus manos y
oprimi�ndolas con deseo salvaje, las magre� a gusto y gana. Se sent�a de nuevo
tan excitado como al principio. Comenz� a moverse con ritmo salvaje, las manos
en las tetas de ella, y la cabeza apoyada en su espalda. Conforme fue aumentando
el ritmo el deseo se hizo tan bestial que apret� con demasiada fuerza sus tetas.
Ella se quej� y �l retir� las manos hasta apoyarlas en sus hombros. Desde all�
comenz� un mete-saca brutal. La argentina mov�a el culo con ganas, retorc�a todo
su cuerpo con lubricidad y se quejaba dulcemente, con aquel quejido que le
volv�a loco de deseo.
Se le escap� la polla y tuvo que ayudarse con las manos. Una
vez dentro inici� un ritmo m�s lento para evitar que volviera a salirse cuando
m�s excitado estaba. As� estuvieron largo rato. El no pod�a soportar m�s la
excitaci�n. Necesitaba explotar, llegar al orgasmo. Con todas sus fuerzas inici�
un embate final, apoy�ndose en sus caderas. A pesar de todos sus esfuerzos y su
excitaci�n no era capaz de eyacular. Su pene estaba seco como un ca�o en verano.
Sent�a los test�culos vac�os y por dentro de los canales de su polla flu�a aire.
La argentina disfrutaba y se quejaba. Debi� tener otro
orgasmo a juzgar por sus movimientos y sus quejidos entrecortados. Dej� que �l
siguiera y siguiera con aquel mete-saca salvaje pero acab� cans�ndose porque �l
no llegaba. Se dej� caer sobre el lecho revuelto y se dio la vuelta.
-No insistas m�s chiquil�n. No pod�s eyacular otra vez con
tan poco tiempo. Os hab�s portado muy bien. Nos vamos a lavar otra vez y tendr�s
que irte.
El joven contempl� con lubricidad, aumentada por la
excitaci�n que no hab�a podido desahogar, c�mo la argentina volv�a a mojarse la
pelambrera. Los pelos h�medos y r�gidos ca�an de su chochito como si fueran su
cabellera. Se abri� los labios hasta lograr una abertura enorme por la que
hubiera cogido la polla de un caballo y comenz� a lanzarse chorritos de agua
verdosa hasta el fondo de la vagina. El estaba excitado hasta el dolor m�s
lacerante. Ten�a la polla enhiesta como un ariete. Cuando ella acab� se acerc�
al joven y tomando el miembro entre sus manos, toda sonriente, lo hundi� en la
palangana como si fuera un peque�o Titanic. Le alarg� una toalla seca que sac�
del fondo de un desvencijado armario de madera y ella le dio el culo para
restregar su co�o a gusto.
-Ahora pod�s vestirte y salir. Otro d�a ven� con m�s tiempo,
mejor entre semana que hay menos gente. No tendr�s que esperar tanto y podremos
estar m�s tiempo.
El se visti� r�pidamente. Con dificultad pudo doblar la polla
hacia un lado para que no le hiciera da�o al rozar con el pantal�n. A pesar de
ello el paquete era bien visible. Sac� la cartera del bolsillo y dej� una
propina sobre la mesita. Todo lo que le quedaba. Luego, ya en la calle, m�s
calmado, calcul� a cu�nto hab�a ascendido la propina y se maldijo. Hubiera
tenido para otra sesi�n. Ahora tendr�a que esperar a cobrar el pr�ximo mes. La
argentina no se volvi� por lo que no pudo ver su generoso gesto. Estaba
inclinada y su culo se bamboleaba frente a �l. La excitaci�n le hizo da�o. Con
una mano volvi� a colocar la picha hacia un lado y se despidi�. Ella le chist�
para que se acercara. Dej� de restregarse con la toalla y se puso erecta,
d�ndose la vuelta. Sus pechos se ve�an plenos, hermos�simos. Su sexo aparec�a
tapado por la pelambrera h�meda. No obstante los labios aparec�an salidos, como
hinchados y hasta se pod�a ver como un trozo de membrana saliendo del agujero.
M�s tarde, ya en casa, intentando dormirse en el lecho, imaginar�a que aquella
membrana no era otra cosa que el cl�toris excitado y esa fantas�a le oblig� a
masturbarse con ganas. Esta vez s� consigui� eyacular.
Era una escena un tanto repugnante, pero extraordinariamente
excitante y morbosa. La mujer all�, en mitad de la habitaci�n, con el sexo al
aire del que brotaba como una membrana cori�cea, de reptil y que obstru�a en
parte su agujero. Tal vez aquello no les sucediera a todas las mujeres, solo a
las putas y a las putas muy excitadas. Los labios muy hinchados, que sobresal�an
del co�o como las paredes de un desfiladero, tampoco le parecieron muy normales.
Pens� que tal vez fuera una consecuencia de tanto mete-saca. �A cu�ntos hombres
se follar�a diariamente la argentina?. No pod�a apartar la mirada de aquel
pellejo de piel que sal�a claramente de su agujero. Por fin pudo elevar la
mirada. Ella le estaba gui�ando un ojo. Dio unos pasos en su direcci�n, le tom�
por la punta de la barbilla, le acarici� la cabeza y le bes� en la boca. Apenas
un roce, pero para el joven fue toda una promesa y la respuesta a sus oraciones.
-No dej�s de venir, mi chiquil�n.
El se volvi� con dolor. No deseaba marcharse. Hubiera dado
todo por ser millonario y poder contratar a la argentina por un mes, por un a�o,
por toda una vida. Al llegar a la puerta la abri� y sin atreverse a mirarla otra
vez pregunt� si cerraba la puerta.
-No te molestes, chiquil�n. Puedes dejarla abierta. Habr�
otro cliente esperando.
Camin� por el pasillo entre el goce supremo y la
desesperaci�n absoluta. Al llegar al vest�bulo observ� que hab�a m�s gente,
cuatro hombres m�s. Uno de ellos, un viejo canoso y sudoroso, hab�a metido la
mano a la portuguesa bajo la bata, justo a la altura del chumino.
-Vamos D. Anselmo no sea usted malo...Argentina. Est� aqu� el
se�or Anselmo. �Puede pasar?.
Grit� la portuguesa y el joven no quiso quedarse m�s. Se
acerc� a la puerta y la abri� de golpe. Se encontr� en el rellano a oscuras. No
consegu�a encontrar la llave de la luz. La portuguesa se escurri� a trav�s de la
puerta y encendi� la luz a la primera.
-�Todo bien?. �Has quedado contento?.
El joven se esforz� en dar los mejores informes de la
argentina a su patrona.
-�No quieres quedarte un ratito charlando?.
El observ� a los otros hombres, sentados en sillas, leyendo
revistas del coraz�n o fumando. Le pareci� repugnante. Dijo que ten�a prisa.
Otro d�a ser�.
Continuar�.