Relato: Virgen a los cuarenta Esta historia es real.
Algunas d�cadas atr�s trabajamos en la misma instituci�n, t�
ten�as un trabajo temporal atendiendo una biblioteca en Chile, lo que me daba
pretexto para ir y mirarte, pues siempre has sido linda.
Pero por una raz�n que no he logrado descifrar, siempre
tuviste distancia a los hombres, neg�ndote toda posibilidad de conocerlos, o de
salir con ellos incluso cuando te ofrec� llevarte a casa te negabas, pero las
d�cadas han pasado y no logro sacarte de mi cabeza, vuelvo a ti y aceptas salir
conmigo, esta vez est�s decidida a dejar el pasado y salimos a bailar, un tema
suave nos permite apretarnos y sacas tu pelo para apretar tu mejilla contra la
m�a. Entras en una linda etapa, la vida te sonr�e, las hormonas se desatan y
recorren tu cuerpo, te relajas y disfrutas dejando que mis manos te acaricien,
pero tu falta de experiencia te traiciona y no me dejas avanzar. Pasa algunos
meses y te das cuenta que seguir virgen a los cuarenta a�os no es de ninguna
gracia, y menos para ti misma. Has luchado tantos a�os por mantener tu
virginidad que solamente has logrado estar sola, siento que, finalmente, te has
reconocido a ti misma que mantener lejos a los hombres ha sido una mala idea.
Un domingo me acompa�as a reparar una puerta en una casa de
campo, no sospechas que una inocente invitaci�n para el medio d�a tendr�
consecuencias, pero tu inconsciente sabe a que va y va feliz.
Despu�s de los trabajos me tiendo en un sill�n cama y te pido
que me acompa�es, pasado un tiempo comienzas a relajarte bajo mis inocentes
caricias. No te das cuenta, pero tu pelvis empieza a gritar por ser presionada,
mi mano te acaricia suavemente, y percibo tu crispaci�n cuando, de un r�pido
movimiento, te suelto el sostenedor, pareces resignarte, y vuelves a descansar
calmadamente, pero mis inocentes besos en el cuello te hacen respirar m�s
r�pido, hace un calor de diablos, estoy sin camisa y te gusta la idea de tener
toda mi piel para acariciarla, despu�s de un momento te saco la blusa y beso tus
grandiosos senos, los que reaccionan con alegr�a, y un largo suspiro te sale
desde tu alma, y comienzas a disfrutar de la tarde.
Me apretas contra tus senos, esta no es la primera vez que
nos acercamos, pero antes est�bamos en una estaci�n de metro, y a pesar de tu
entusiasmo y lo linda que estabas no lograste liberarte de una vida de
obligaciones y arrancarnos esa tarde a darle curso a la vida.
Pero hoy tenemos todo el tiempo del mundo y ninguno quiere
parar. Beso tus gloriosos senos una y otra vez, como si el mundo se me fuera
acabar, mientras mi pene erecto roza tus piernas, mis manos recorren tu cuerpo y
nuestras pelvis comienzan a pegarse. Me percibes duro como madera, pero yo debo
guiar tu mano al cetro de la vida, lo grande y caliente te sorprende, pues nunca
hab�as tocado a un hombre, cae el resto de tu traje, pareces no saberlo, pero tu
cuerpo ya sabe que hoy si conocer�s el cielo.
Te asusta la evidente desproporci�n y cuando me pongo arriba
instintivamente tratas de juntar tus piernas para cerrar el paso, pero mis
rodillas te fuerzan a separarlas, te resignas y te tranquilizas a ti misma
haci�ndome prometer que solo jugar� en la entrada, el cielo est� empedrado de
promesas que ambos sabemos que no se cumplir�n. Vibras al sentir el contacto con
mi glande, el que se desliza verticalmente entre tus labios mayores, los que se
encargan de lubricarlo. T� cl�toris agradecido crece, y pronto tu espalda se
pone r�gida y los l�quidos fundamentales de tu cuerpo me rodean, anunciando tu
orgasmo e indic�ndome que soy bienvenido. Tus labios menores se separan
espont�neamente, cual rosa de primavera, y capturan mi capullo, pel�ndolo. Ya
los movimientos verticales se hacen imposibles, y queda solo una direcci�n
factible. Nuestras pelvis gritan por acercarse, incremento la presi�n y siento
como tu himen comienza a distenderse alrededor de mi glande y tus ojos a
agrandarse. La membrana es fuerte y resiste, hasta que te apreso por los hombros
y con una estocada final me recibes triunfante, taladrando. Tres embestidas m�s
te hacen recibirme entero, consumando totalmente nuestra uni�n, siento que ahora
estoy empujando contra el cuello de tu �tero. Por tus mejillas corren las
l�grimas, mujer loca, solo a ti se te ocurri� creer que era bueno seguir virgen
a los cuarenta a�os, �no te explicaron que el himen se pone m�s resistente y
doloroso con la edad?
Tu cuerpo me toma como un guante de la mejor gamuza, y
empezamos a recolectar la alegr�a del cielo, te sorprende que te haga poner tus
rodillas en mis axilas, pues tu vida retirada en la biblioteca no te permit�a
identificar alternativas. Te aprisiono fuertemente, y comienza un salvaje
golpeteo, que te llevar� al cl�max, recibo tu ins�lita solicitud de que termine
afuera, pero no lograr�s que abandone una posici�n tan favorable, el golpeteo de
mis test�culos contra tus nalgas se incrementa, as� como tus quejidos de placer
y los del mueble, siento los r�tmicos apretones de tu vagina que hacen expandir
mi glande, y sale un disparo, dos, tres.... tu �tero agradecido se repleta, la
ex-doncella me mira con los ojos dilatados y se pregunta en voz alta a si misma,
�as� es que, as� de buenos son los hombres?, Me abrazas y mientras nuestras
almas son una sola me dices, gracias, t� eres lo que yo he so�ado en tantas
noches solitarias.
Al otro d�a me preguntas p�caramente si no habr� otra
reparaci�n que hacer en la casa de campo, confes�ndome que sientes como si te
hubieran apaleado, desde las clases de deportes del colegio que no hac�as tanto
ejercicio.
El pr�ximo fin de semana vas confiada y alegre pues ya sabes
que eres toda una mujer y no te lastimar�s, lo que no sabes es que hoy me
entregar�s otra virginidad, tal vez m�s dura que la primera...
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Relato: Virgen a los cuarenta
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