Relato: Juegos Secretos





Relato: Juegos Secretos

Juegos Secretos



Autor: Incestuosa




POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO




Otro estimable lector, estimulado sin duda por las
confesiones reveladas por m� en el relato "",
se decide a confiarme los m�s �ntimos secretos de su vida con la misma
finalidad: Que sea yo quien la cuente a ustedes, siempre y cuando su identidad
se mantenga en el anonimato. De modo que lo hago ahora, comprometida como estoy,
en primer lugar, con quienes me hacen el favor de leer mis historias, y en
segundo, con el prop�sito de cumplir mi compromiso con el protagonista. He aqu�,
pues, lo que �l mismo me confi�, y cuyos originales guardo celosamente por
razones obvias.



Salud.




Incestuosa.





Cap. I.


La historia que os contar� es ver�dica, y lo hago hoy despu�s
de haber analizado por a�os la necesidad que siento por revelar mi propia vida
tal como fue, para que todas esas vivencias sexuales que yo mismo experiment� en
carne propia sirvan al menos de algo a quienes las lean. Ignoro si todo esto sea
para bien o para mal, pero no puedo callar m�s lo que mi conciencia guarda desde
hace tanto tiempo, y que irremediablemente me llev� a internarme en la vor�gine
salvaje del descubrimiento de los placeres de la carne de un modo prematuro. Hoy
que soy adulto, debo decirlo, todo eso que aprend� como entre juegos, sigue
marcando la pauta de mi vida y de mi conducta de tal forma que, he comprendido
lo in�til de intentar cambiar mis costumbres a la edad que tengo ahora.



Quisiera empezar diciendo que nac� en un peque�o pueblo de la
costa colombiana, donde los paisajes son hermosamente exuberantes, y donde la
misma naturaleza volc� toda su creatividad para regalarnos generosamente un
pedazo de mundo tan rico; un entorno de verdor tan incomparable y tan bello, que
dif�cilmente se puede hallar un sitio igual en alguna otra parte del mundo. Yo
creo que por eso mismo la gente de aquel lugar era alegre, despreocupada; estaba
llena de vitalidad y de pasi�n por el sexo, y las relaciones entre los lugare�os
era magn�fica.



No quisiera que nadie me tachara de insensato, pues todo lo
que contar� es la pura verdad; y siendo todo tan cierto, no creo que exista
alguien que pueda decir que la verdad es sin�nimo de insensatez. En fin.



Los primeros recuerdos claros que me vienen a la mente
provienen de cuando ten�a unos 9 a�os, pues fue en ese entonces cuando
comenzaron los primeros juegos. Y digo juegos, porque en realidad todo comenz�
siendo eso: extra�os y placenteros juegos en grupo. Yo empec� a conocer los
primeros secretos del sexo como un juego; un juego secreto y escondido; juegos
especialmente emocionantes y apasionados; en los cuales yo participaba
activamente junto con otros chicos de la vecindad.



Cada d�a, cuando el sol se estaba ocultando y pardeaba ya la
tarde, era cosa segura que nos reuni�ramos para jugar en grupo en un amplio
campo de b�isbol rodeado de espesura boscosa. Hab�a all� ni�os y muchachos,
peque�os y m�s grandes, que form�bamos la bola. �ramos al menos veinte o m�s, y
ten�amos por costumbre en ese entonces jugar a las escondidas.



Hab�a una base, que era el mont�culo del campo, y desde all�,
despu�s de hacer la cuenta de rigor, todo el grupo sal�a corriendo a buscar un
lugar alejado donde esconderse. Quien era hallado primero ser�a quien despu�s la
har�a de buscador, de modo que todos procur�bamos meternos en lo m�s intrincado
de los matorrales, intern�ndonos entre la abundante maleza, para no ser vistos
ni encontrados. Algunos, que eran los menos, sol�an irse a esconder solos;
otros, que era la mayor parte, en parejas; y otros m�s, los m�s grandes,
procuraban aventurarse m�s all� del horizonte permisible junto con otros m�s
peque�os, ya que como he dicho, la zona estaba rodeada de densos bosques, y el
entorno era ideal para mantenerse escondido a la perfecci�n. Yo participaba en
el juego porque mis dos hermanos mayores, que tendr�an a la postre 11 y 13 a�os,
todas las tardes me llevaban a jugar con ellos. As� fui aprendiendo y d�ndome
cuenta de todo lo que se pod�a hacer "tras bambalinas" en esos jueguitos de
grupo, en la soledad de los escondites secretos.



Cuando la declaratoria de "Todos a esconderse" se
escuchaba, inmediatamente corr�amos en estampida. El buscador contaba
hasta veinte, antes de darse a la tarea de meterse entre los �rboles y el
follaje para hallar a su sucesor. Por lo regular las sesiones demoraban entre
veinte minutos y media hora, dependiendo de la astucia del buscador. Pero dadas
las condiciones del boscoso sitio y la habilidad de los dem�s para no ser
encontrados, no era tan f�cil hallar a alguien tan pronto.



En cierta ocasi�n me toc� llegar corriendo a mi escondite con
otros cuatro chicos. Nos metimos todos en bandada debajo de un alto matorral,
algo lejano del campo. Los cuatro nos arrodillamos con la intenci�n de
internarnos lo m�s dentro posible de la espesura. Era por eso que nuestros
sudorosos cuerpos se frotaban unos con otros. Hab�a entre nosotros un ni�o
llamado Lorenzo, que ten�a m�s o menos mi edad. Yo y �l �ramos los m�s peque�os.
Los otros tres eran mayores, como de 12 � 13 a�os.



Silenciosos, procur�bamos mantenernos a la expectativa a fin
de no hacer ruido. Uno de los chicos mayores llamado Mario, estaba pegado al
cuerpo del peque�o Lorenzo. Vi que lo abrazaba con fuerza por detr�s y el otro
no dec�a nada. El adolescente frotaba disimuladamente sus piernas sobre el
trasero del m�s peque�o sin que �ste manifestara disgusto. Yo, en ese tiempo,
a�n no ten�a referencia alguna en cuanto al sexo, pero no por eso dejaba de
observar el extra�o comportamiento de los dos. Algo me dec�a que aquello no era
normal. Todo el tiempo que estuvimos escondidos, Mario estuvo apretando el
cuerpo del rubio Lorenzo sobre el suyo, sin que los otros chicos lo advirtieran.
O quiz�s se hac�an de la vista gorda. Pero yo estaba muy atento a lo que
suced�a. Todo eso era nuevo para m�.



Sin que Mario dejara de apretar el cuerpo del peque�o Lorenzo
contra el suyo, algo vino a interrumpir su fugaz coloquio, ya que los pocos
minutos se escuch� el grito de "Salgan todos", que indicaba que alguien
hab�a sido encontrado. R�pidamente abandonamos el refugio y corrimos hacia la
base. Vi all� a Juli�n y a Oscar, mis dos hermanos, que siempre se iba a
esconder cada quien por su lado, y que por alguna raz�n nunca me llevaban con
ellos. Tal vez lo que deseaban era que yo mismo fuera aprendiendo por mi propia
cuenta aqu�l juego entre varones, con el fin de que poco a poco fuera haci�ndome
tan independiente como ellos. Y eso me agradaba.



Observ� entre la bola a Lorenzo, el ni�ito rubio y pecoso,
m�s o menos de mi edad, que mostraba su el rostro colorado por el esfuerzo, y
que no se apartaba para nada del chico aqu�l que hab�a visto que lo abrazaba por
detr�s. Ese descubrimiento me hizo sentir una extra�a curiosidad, de manera que
cuando o� de nueva cuenta el consabido "Todos a esconderse", hice todo lo
posible por seguirlos. Entre el desordenado tropel de muchachos que corr�an, de
pronto los perd� de vista. Pero m�s adelante, al doblar un recodo entre la
tupida maleza, advert� que esta vez los dos se hab�an apartado solos en pareja,
y buscaban afanosamente un sitio m�s alejado donde apartarse de los dem�s. Yo,
por alguna raz�n, no quise agregarme a ellos, sino que me mantuve cerca. Cuando
me di cuenta que hallaron un lugar ideal para meterse, busqu� la forma de
internarme entre el follaje para quedar muy cerca de ellos.



Todo estaba en silencio. Eso era parte del ritual del juego.
Quien hac�a ruidos era f�cilmente encontrado. Me fui acercando al otro lado del
enramaje para ver m�s de cerca a Lorenzo y su amiguito mayor. Descubr� que
ahora, sabi�ndose solos y seguros, el m�s grande se mostraba mucho m�s sol�cito
con el peque�o rubio, quien tambi�n cooperaba con m�s audacia en aquel jueguito
secreto y perverso. El adolescente llamado Mario, lo manten�a de nuevo
fuertemente abrazado por la espalda, y lo reafirmaba sobre s� mismo movi�ndolo
contra su cuerpo. El peque�o Lorenzo suspiraba casi en silencio a causa del
abrazo, que por lo visto le despertaba emociones desconocidas. Quise seguir
observando lo que hac�an sintiendo que mi respiraci�n, por alguna causa, se
aceleraba por todo lo que estaba viendo.



En un momento dado, el mayor se mostr� m�s resuelto en su
accionar, ya que sent�ndose sobre el pasto, vi que de pronto acomod� a Lorenzo y
lo sent� sobre sus piernas abiertas. �ste, por lo visto, no era la primera vez
que jugaba as� con �l, ya que su actitud era de total cooperaci�n. Mario comenz�
a mover la grupa del pecoso sobre su pubis, y Lorenzo, disfrutando sin duda del
momento, se balanceaba r�tmicamente sobre las piernas del otro.



Despu�s de algunos minutos de ansiosos jugueteos, el mayor
levant� las nalgas de Lorenzo con la intenci�n de ir m�s all� en sus calientes
escarceos. Vi que llev� una mano al cierre de su pantal�n y lo baj�, para
despu�s buscar afanosamente dentro de la prenda. A poco se sac� el pito, que ya
estaba medio erguido, y empez� a frotarlo con fuerza, seguramente con la
finalidad de ponerlo m�s duro. Y as� fue en efecto, ya que advert� que luego de
ser un peque�o estiletillo semi fl�cido, pronto se convirti� en un mediano pene
endurecido que medir�a a lo sumo unos 12 cent�metros. Ahora que soy mayor, puedo
decir que aquellas dimensiones no estaban nada mal para su edad, pero en ese
entonces yo no ten�a una idea clara de todo esas cosas.



Vi que Lorenzo volteaba a mirar todo lo que hac�a su amigo,
sin dejar de observar la verga que �ste ten�a entre sus manos, y que mov�a para
todos lados. En cierto momento y al sentirla endurecida, Mario le hizo se�as al
rubio y �ste se fue sentando sobre su pene. Aquel juego secreto era para mi un
poco raro, pues ve�a a Lorenzo con sus pantaloncillos cortos puestos, mientras
que por encima de la tela, el mayor le frotaba su pito entre sus nalgas
cubiertas. Se mantuvieron varios minutos en ese estado, movi�ndose los dos con
suavidad, sin que la cosa pasara a mayores.



Yo estaba confundido por todo lo que estaba viendo, alertado
por descubrir por primera vez un acto de esa naturaleza. Ignoraba que dos chicos
del mismo sexo pudieran practicar todo eso. Pero en el fondo, tengo que
confesarlo, comenc� a sentir no s�lo curiosidad, sino cierta especie de deseos
muy �ntimos por saber lo que Lorenzo estaba experimentando en aquellos momentos.
Ve�a al peque�o rubio tan naturalmente cooperativo y animoso, entregado
totalmente a aquel juego con su compa�ero adolescente, que me lleg� a parecer
una cosa normal que se pudiera hacer aquello entre dos varones. Pero por otro
lado y en esos instantes, tal vez debido a mi corta edad, a�n no alcanzaba a
comprender del todo la diferencia que exist�a entre los sexos, pasando a ser,
como he dicho, un asunto m�s que natural para m�. No hay que olvidar que era mi
primer descubrimiento en ese aspecto.



Los dos amiguitos ya no pudieron continuar en sus maniobras
subrepticias debido al repentino grito que se oy� de "Salgan todos". De
inmediato el mayor levant� a Lorenzo de entre sus piernas y se puso de pie,
guard�ndose su erguido instrumento con rapidez. En seguida los dos salieron
corriendo de all�, y yo los segu� a corta distancia hasta la base. Por alg�n
motivo no quer�a que ellos supieran que los hab�a estado espiando.



A los pocos minutos el juego sigui� su curso, y toda la
pandilla en desbandada volvi� a perderse entre la verdosa amplitud de los altos
y tupidos �rboles del entorno. Por supuesto que yo le segu� los pasos a la
pareja, que de nueva cuenta busc� como escondite el mismo lugar de antes, por
considerarlo seguro. Pronto estaba yo acurrucado en mi antiguo sitio observando
las peripecias de los dos muchachillos. Era indudable que la sesi�n anterior
hab�a puesto caliente a Mario y a Lorenzo, a juzgar por lo que hicieron en esta
ocasi�n.



Deseando de seguro aprovechar el poco tiempo de que
dispon�an, esta vez los dos fueron m�s all� de lo que yo hab�a visto. El mayor,
d�ndose prisa, se baj� con prontitud y temblor la cremallera y se sac� el pito,
que ya estaba bien parado, estimulado por las caricias a que lo hab�a sometido
minutos antes. Sin que mediaran palabras, el peque�o rubio se deshizo
r�pidamente de sus pantaloncillos cortos y los baj� presto hasta sus rodillas,
enrollando con �l sus calzones. Mario se sent� sobre el suelo y abraz� con
pasi�n al m�s peque�o, conduci�ndolo poco a poco hacia abajo, hasta que lo
coloc� cuidadosamente sentado sobre su pubis. Su pito aparec�a levantado y duro.
Vi que escupi� varias veces sobre su mano y fue removiendo la saliva alrededor
de su colorado glande. Las nalgas descubiertas del peque�o Lorenzo pronto
alcanzaron el cenit de carne del mayor, cuya verga ahora aparec�a brillante y
h�meda. Cuando Mario sinti� que las peque�as bolas traseras del pecoso tocaban
la punta de su pito, deshizo el abrazo y le abri� los cachetes de sus nalgas,
acomodando la punta de su polla en el centro de su esf�nter.



Yo miraba con desconocida lascivia aquel cuadro tan novedoso
y excitante, descubriendo por primera vez c�mo mi peque�o bulbo que ten�a por
pito se encend�a hasta ponerse durito. Por alguna raz�n desconocida quise
palparlo como hab�a visto hacer a Mario, y baj�ndome lentamente el short, lo
saqu� tembloroso de su prisi�n. Lo cierto es que apenas si se me ve�a entre las
manos. Era un pitito tan peque�o que me daba verg�enza compararlo mentalmente
con la polla de Mario, que por lo menos era cuatro o cinco veces m�s larga que
la m�a. Quise ver a Lorenzo de frente para ver qu� tan larga la ten�a, pero el
�ngulo de observaci�n no me permit�a hacerlo.



A estas alturas, Mario trataba desesperadamente de
introducirle la cabeza al peque�o Lorenzo sin conseguirlo. Pero lo que m�s
asombro me causaba era ver las facciones del pecoso, quien no hac�a muecas de
disgusto, sino que m�s bien parec�a sonre�r mientras manten�a los ojos cerrados,
embelesado por el accionar del otro en sus partes traseras. Era obvio que al
rubio le gustaba se dejaba hacer. Y era patente tambi�n que Mario llevaba la
batuta en el jueguito. El mayor estaba entregado a la ansiosa b�squeda del breve
hoyito trasero de Lorenzo, intentando insertarle all� la punta de su endurecido
p�jaro. Al ver que no pod�a insertar su verga en el culo del m�s peque�o,
escuch� cuando le dijo en un susurro:



-Lorenzo�.as� no se puede�mejor acu�state en el suelo�.como
el otro d�a.



El rubio pecoso obedeci� de inmediato la petici�n de su amigo
y fue a tenderse boca abajo sobre el pasto. Al hacerlo, qued� unos instantes
frente a m�, pudiendo descubrir su peque�o pitito inflamado. Era evidente, como
ya he dicho, que todo aquel juego le gustaba, y que tambi�n lo disfrutaba al
igual que su amigo. Los dos mostraban, cada uno en sus propias dimensiones, la
protuberancia penil en toda su extensi�n. Ahora ya no me quedaba duda de que el
jueguito era el causante de las claras manifestaciones de excitaci�n, y que �sta
se hac�a presente en forma de erecci�n en el pito de los tres, porque hasta yo
mismo acusaba el efecto de lo que ahora observaba escondido.



Al quedar Lorenzo recostado de espaldas, Mario se acomod� con
soltura entre las piernas del peque�o, haci�ndolas a los lados. Despu�s de
abrirle las nalgas, se fue dejando caer sobre la grupa del otro, no sin antes
haberle acomodado la punta de su polla en el centro de los dos albinos cachetes
traseros. Habi�ndole puesto la punta en la entrada, comenz� a empujar suavemente
sobre el cuerpo tendido del peque�o. Como Lorenzo hab�a quedado de cara hacia
m�, pod�a ver perfectamente sus reacciones. El pecoso rubio manten�a una actitud
totalmente pasiva y sumisa ante la animosa actividad del mayor, quien ya
arremet�a con m�s fuerza sobre las nalgas paradas de su amiguito de juegos. Se
entretuvieron as� por algunos minutos, y no tuve duda de que el mayor logr�
penetrar por completo a Lorenzo, a juzgar por los gemidos ahogados que de pronto
ambos comenzaron a emitir.



Y las circunstancias ayudaron esta vez, pues por lo visto el
buscador no hallaba a nadie, prolong�ndose m�s de lo normal el tiempo de aquella
sesi�n de escondite. A los pocos minutos escuch� que Mario le dec�a al otro en
voz baja:



-Anda Lorenzo�comienza a moverte�pero mu�vete r�pido porque
ya me voy a venir�.mu�vete�.mu�vete r�pido�.



El peque�o rubio arreci� los movimientos de sus nalgas y
Mario, urgido por la inminente sensaci�n de la anunciada eyaculaci�n, comenz� a
hacer lo propio con mayor fuerza dentro del imberbe culito del rubio, jadeando y
sudando copiosamente. En un momento dado, el mayor tens� todo su cuerpo y ahog�
un grito de placer, jalando las nalgas estremecidas de su receptor contra sus
sudados muslos. Observ� la cara de Lorenzo, totalmente arrebolada por la
lascivia, que permanec�a entregado con los ojos cerrados, disfrutando de la
feroz culeada.



El consabido grito de "Salgan todos" se escuch� de
repente, interrumpiendo de golpe el colof�n de aquel subrepticio acoplamiento.
Yo no quise salir en seguida de mi escondite para no ser descubierto, y me
esper� para ver lo que los dos chicos hac�an. R�pido como el rayo, el mayor sac�
su pito de la prisi�n trasera de Lorenzo y le dijo en un susurro:



-Anda�.ya vamos a arreglarnos� no quiero que nos vayan a
descubrir.



Lorenzo se puso de pie y se subi� con rapidez los
pantaloncillos con todo y calzones. Vi que Mario, con movimientos presurosos,
antes de guardar su lechosa herramienta en el pantal�n, comenz� a limpiarla con
las manos. Por primera vez descubr� aquel l�quido blancuzco y espeso que le
escurr�a por las manos. Hizo algunos movimientos agitando las manos con fuerza
para que aquel extra�o aceite chicloso se le despegara, y despu�s se las limpi�
con su trusa. Luego se la guard� y le dijo al otro:



-Ya v�monos, anda�.que ya deben estar todos reunidos.



Y as� fue. Cuando ellos salieron de su escondite, esper�
algunos instantes y me fui corriendo por la senda contraria. Casi llegamos al
mismo tiempo a la base. Para cualquiera que no supiera lo que los dos amigos
hab�an hecho en secreto, nunca hubieran imaginado lo que yo hab�a descubierto,
pues tanto Mario como Lorenzo aparentaban una actitud de completa indiferencia
ante el resto del grupo. Fue all� que me di cuenta de que por alguna causa esas
cosas deb�an hacerse de ese modo, siempre a escondidas de los dem�s, manteniendo
una actitud muy distinta a la que se sol�a tomar cuando practicaban todo aquello
en secreto.



Pero si debo decir la verdad, lejos estaba yo de suponer en
ese momento que aquellos jueguitos sexuales, en realidad, eran pr�ctica com�n
entre la mayor�a de los varones del grupo. La �nica diferencia es que hab�a
muchachillos activos y otros que eran pasivos. Y algunos otros se pasaban la
estafeta, dando y recibiendo como si fuera un pacto secreto entre ellos. Pero al
fin y al cabo casi todos lo hac�an. Aunque eso lo supe despu�s. Ahora, habiendo
descubierto a los dos amiguitos en plena faena, mi mente infantil se abr�a a
nuevas posibilidades que por lo pronto me hab�an causado extra�as sensaciones
placenteras.



A causa de lo que hab�a visto hacer a la pareja, mi peque�o
pitito se manten�a semi r�gido bajo mi pantaloncillo corto, y de vez en cuando
bajaba mi mano para tocarlo gustoso. Me agradaba mucho sentir esa deliciosa
sensaci�n de deleite que tanto me ruborizaba. Y cuando recordaba lo que acababa
de ver, pod�a darme cuenta de que mi peque�o botoncito de carne volv�a a
adquirir el t�pico endurecimiento que tanto me excitaba. Lo bueno para m� es que
por el tama�o tan peque�o, el diminuto bultito ni siquiera se me notaba.



Esa noche, por lo visto, no habr�a m�s juegos entre los dos
amigos, pues minutos despu�s, en la siguiente sesi�n de escondite, tanto Mario
como Lorenzo cogieron caminos distintos. Aquello me dio en qu� pensar. Fue
entonces cuando comprend� que esa nueva actitud se deb�a a que ambos ya hab�an
logrado lo que deseaban, y que ahora se dedicar�an a disfrutar del juego de las
escondidas sin repetir aquella pr�ctica sexual tan agradable para mis ojos.



Al darme cuenta de que cada cual tomaba rumbos diferentes yo
no supe que hacer, y de pronto me v� solo, corriendo entre el follaje y otros
cuerpos, buscando ansiosamente un lugar donde esconderme.



Entre el desordenado tropel y por pura casualidad, fui a dar
a otro sitio mucho m�s apartado, donde me met� entre los altos arbustos y me
acost� sobre el pasto. Ahora quer�a estar solo, deseando con avidez volver a
tocar mi pajarito. Me daba cuenta que las sensaciones reci�n descubiertas me
provocaban extra�as palpitaciones que me llenaban de una emoci�n desconocida. Y
para ser sincero, sent�a que todo mi cuerpo temblaba. Era una excitaci�n tan
extra�a como incre�ble, pero bonita. Todo aquello me gustaba.



Sabi�ndome totalmente apartado de los dem�s, baj� un poco mi
pantaloncillo y saqu� mi pedacito de pene endurecido. Aunque era muy peque�o, v�
que segu�a tenso. Lo agarr� con la puntita de mis dedos y comenc� a sobarlo
lentamente, disfrutando con fruici�n de la suave caricia. Las sensaciones eran
extra�amente fant�sticas. Aquellas cosas que poco a poco descubr�a me estaban
gustando. En esas me encontraba cuando o� ruidos de pasos. La noche ya hab�a
ca�do, pero la luna alumbraba con claridad los senderos por donde sol�amos huir
para escondernos. Sin embargo, en el interior de las enramadas, la luz no
alcanzaba a penetrar completamente, de modo que nadie que pasara por all� podr�a
verme.



Dos figuras se bifurcaron por el caminillo y se internaron en
la espesura, muy cerca de donde yo me hallaba. De momento no supe de quienes se
trataba, pero era indudable que los dos chicos buscaban un lugar apartado donde
esconderse. Yo no quise descubrir mi posici�n, pues eso era parte del juego. Me
mantuve tocando mi peque�o pitito en completo silencio y s�lo me volte� hacia el
otro lado para prevenir que pudieran ver, en todo caso, lo que yo estaba
haciendo. De pronto escuch� claramente el di�logo que se dio en voz baja entre
los dos:



-R�pido, Orlando�. porque en cualquier momento pueden gritar.


-Si. �dijo el otro- Pues ya.


-Me la voy a sacar para que me la chupes.


-Si�.pero ap�rate. �respondi� el otro-



Al escuchar esas palabras volvi� a despertarse mi furor
infantil y mi innata curiosidad, y quise ver lo que la pareja pretend�a hacer,
aunque ya lo imaginaba. Ahora ya nada me detendr�a despu�s de haber descubierto
al peque�o Lorenzo y a Mario jugando de aquella forma tan novedosa para m�. Como
pude me fui acercando a ellos tratando de pasar desapercibido. Pronto me ubiqu�
tras unos setos que imped�an que ellos me descubrieran.



Como mis ojos se hab�an acostumbrado a la oscuridad, la
visi�n era clara para m�, de manera que me mantuve recostado tras la espesura.
Vi que uno de los chicos era mayor, como de 12 � 13, y el otro, nombrado
Orlando, era a�n m�s peque�o, como de unos 9 � 10 a�os. El m�s grande se hallaba
de pie y se estaba sacando el pito. Cuando lo hubo desenfundado, comenz� a
manosearlo con velocidad, en tanto Orlando se manten�a de rodillas sobre el
piso, muy cerca de su amigo, observando atentamente sus maniobras.



El m�s grande, llamado Francisco, actuaba de prisa, como
deseando lograr la total erecci�n con rapidez. Y eso se deb�a al poco tiempo de
que se dispon�a entre cada sesi�n de escondidas. Todo ten�a que hacerse r�pido,
porque si no aparec�as en la base despu�s del llamado, los dem�s podr�an
descubrir la ausencia de alguien entre el grupo. Y todos se cuidaban de eso.



A poco, y estimulado por las ansiosas manipulaciones a que
era sometido, el aparato de Francisco comenz� a crecer, poni�ndose tan duro y
parado como la verga que le hab�a visto portar a Mario. Compar�ndolas
mentalmente, conclu� que sus vergas eran casi del mismo tama�o, aunque la de
Francisco, al observarla bien, aparec�a un poco m�s gruesa. Cuando su pito
alcanz� toda su dureza, �ste le dijo a Orlando en voz baja:



-Ya�ac�rcate�..y m�tetela en la boca�.pero ap�rate�



Sin hacerse esperar m�s, el peque�o Orlando acerc� su boca
abierta al enhiesto pene del mayor y, tom�ndolo con las dos manos, comenz� a
moverlo de atr�s hacia delante. Vi que el pellejo que cubre el glande se mov�a
con plasticidad, apareciendo debajo una roja y atractiva cabeza que se ergu�a
hacia el horizonte, como intentando doblarse hacia arriba. Orlando ten�a prisa
por saborear aquel manjar, pues m�s pronto de lo que supuse, se lo meti� con
ansias en la boca y empez� a chuparlo con golosidad. Honestamente yo no sab�a
que aquello pudiera hacerse de esa forma, pues era la primera vez que ve�a a un
chico mamarle la verga a otro.



Este nuevo descubrimiento volvi� a ocasionarme las t�picas
punzadillas en mi pelvis, sintiendo claramente que mi peque�o pitito se pon�a
mucho m�s tenso de lo que ya estaba. Lo agarr� con una mano y continu� sob�ndolo
suavemente, sin dejar de observar lo que los dos amigos hac�an a escondidas de
los dem�s.



Para entonces, Orlando ya se hab�a metido totalmente la
tranca del m�s grande en la boca, y ahora mamaba aquel pito parado con extra�a
devoci�n. Pero lo que m�s asombro me caus� fue ver como �ste, al tiempo que
chupaba aquella paleta de carne, no dejaba de tocar ni un solo momento la base
del tronco, llena de abundantes pelos, yendo despu�s a acariciar con suavidad
los inflamados huevos de su compa�ero. Era claro que ambos lo disfrutaban, pues
ve�a que Francisco echaba su cabeza hacia atr�s con los ojos cerrados y el
rostro enardecido, al tiempo que lanzaba leves gemidos de placer.



Ahora descubr�a que exist�an otras formas de jugar
sexualmente entre los varones de la pandilla, y aquel pensamiento me hac�a
experimentar las m�s locas ideas en mi mente infantil. El peque�o Orlando
continuaba pegado a aquel pedazo de carne endurecida, mientras el falo de
Francisco entraba y sal�a una y otra vez del interior de su boca abierta. Con
sus labios apretaba fuertemente el tolete de su amigo, quien de repente repegaba
por completo su pubis a la cara del otro, poniendo sus manos tras su nuca.



Aunque en ese momento no lo sab�a, despu�s descubrir�a que
cuando se es tan joven como aquellos dos, la leche fluye r�pidamente del
interior del cuerpo, debido a la vitalidad, a la energ�a de la edad, y a la poca
experiencia en esos menesteres. Y pronto escuch� que Francisco le dec�a
angustiosamente a su amigo mamador:



-Me vengo�me vengoooooo�.m�mala m�s r�pido�m�mala m�s
r�pidoooooo.



Como si hubiera sido una orden, Orlando intensific� la
violencia de sus chupadas, mientras llevaba una mano al trasero de Francisco.
Como estaban de perfil, pude ver cuando los dedos del m�s peque�o se abr�an paso
entre las nalgas del mayor, buscando con desesperaci�n su oquedad posterior.
All� me di cuenta de lo que puede hacer un mamador mientras se deleita con el
pito del otro, pues Orlando, introduciendo su dedo medio en el culo de su
felador, lo fue hundiendo lentamente hasta que la falange desapareci�.



Gratamente estimulado por la caricia de Orlando, Francisco
arreci� los movimientos ondulatorios de sus nalgas, que al mismo tiempo
contribu�an a que su pene entrara y saliera con mayor fuerza de la boca de su
chupador. M�s pronto de lo que cre�, los estertores de Francisco lo hicieron
estremecerse de lujuria, eyaculando con abundancia en la cavidad bucal de
Orlando, quien se debat�a entre la mamada y la atragantada de leche caliente que
flu�a con furioso frenes�.



La vaciada de Francisco debi� ser fenomenal, pues vi escurrir
un gran torrente de l�quidos lechosos por las comisuras de los labios del
peque�o. Al cesar los estertores, r�pidamente los amantes se separaron. Ambos
procedieron a limpiar los restos de semen con sus camisas, y el mayor se guard�
el pene, ahora semi fl�cido, bajo su pantal�n. Pero aunque hab�an acabado su
juego sexual, a�n no se escuchaba el grito que daba t�rmino a la sesi�n. As� que
los dos se acurrucaron en el suelo y comenzaron a platicar casi en susurros.



-�Te gust�? �le pregunt� Francisco-


-Si, mucho�.cu�nta leche echaste esta vez� -dijo Orlando-


-Oye si�. ahora s� me vine como nunca antes�


-Eso vi�esta noche andabas mucho m�s caliente que otras.
�Verdad?


-Si. Es que como ten�a d�as que no lo hac�amos, yo creo que
fue por eso �coment� el mayor-


-Si. Debe ser por eso. Pero no hab�a podido venir antes. Mi
mam� no me dejaba por las quejas que le dieron en la escuela. Y tuve que ponerme
a hacer todas las tareas pendientes.



Se hizo un breve silencio. En seguida Orlando volvi� a
hablar, diciendo:



-Aunque el otro d�a que llegu� tarde, vi que te fuiste a
esconder con el pecoso de Lorenzo.



Francisco se qued� callado. Pens� unos instantes y respondi�:



-Si. Es cierto. No te lo puedo negar. Pero es que �l mismo me
busca.


-�Y qu� le hiciste al pinche rubio ese?


-Nada�nada�


-No me digas eso, que no te creo. �dijo Orlando medio
molesto-


-No, en serio�..bueno, la verdad es que s�lo me la chup�.


-�Te la chup�? �.mmmmm�.y dime��Te gust�?


-No�casi no. El rubio casi no sabe mamar. Necesita aprender
primero a hacerlo bien.


-�Ser� cierto? �pregunt� dudoso Orlando- �No ser� que t�
mismo le est�s ense�ando a hacerlo?


-No�.no�ya te lo dije. Creo que debe ser porque a�n est� muy
chico.



Orlando se qued� pensando unos segundos. Luego dijo:



-Ya no quiero que te vayas a esconder con �l, Francisco.
Mejor v�monos nosotros dos solos.


-�Eso quieres? �pregunt� el mayor con inter�s-


-Si�.eso quiero. �afirm� el m�s peque�o-


-Pues as� ser�te digo que Lorenzo no sabe chuparla bien.


-Pero bien que le gusta que se la metan �No?


-Bueno, eso no lo s� aunque me imagino que s�.


-Hummm�.�En verdad no lo sabes? �pregunt� dudoso de nuevo
Orlando-


-No�. y la verdad es que no quiero met�rsela�.est� muy
chico�y tengo miedo de lastimarlo.


-Oh, no lo creo�.ese chiquillo, as� como lo ves, debe tragar
m�s verga que t� y yo juntos.


-�Por qu� dices eso? �pregunt� Francisco con evidente
inter�s-


-Porque lo he visto�.ya sabes que Mario lo trae de su cuenta.


-�Mario? �.eso no lo sab�a.


-Pero yo s�. los he visto varias veces�.los he espiado
cuando se esconden juntos�y bien que se lo coge el cabr�n.


-Mmmm�.y a poco se la aguanta toda.


-Claro que se la aguanta�ya te dije�.y vieras c�mo le gusta
el pito al canijo guerejo pecoso.


-Bueno�.pues t� no digas nada� que a nosotros dos tambi�n nos
gusta eso.



Orlando no contest�. Su silencio me hizo comprender al punto
que el comentario de Francisco era verdadero, y que yo acertaba al pensar que no
era aquella la primera vez que ellos lo hac�an. Y de igual forma entend�a
tambi�n que todos en el grupo se dedicaban a hacer todo aquello en la soledad de
sus propios escondites.



En ese momento se escuch� el cl�sico grito de "Salgan
todos".




Esper� a que los dos abandonaran su escondrijo para
escurrirme silenciosamente por el sendero contrario. Mientras me iba hacia la
base, ya iba recreando en mi mente todo lo que acababa de ver y o�r entre ellos.
Hab�a comprobado que muchos de los chicos del grupo practicaban aquellos juegos
sexuales en secreto, y que el asunto de las escondidas era s�lo un magn�fico
pretexto para que cada cual desfogara sus propias ansiedades homosexuales, como
si todo fuese un juego.



No pude evitar pensar en mis dos hermanos y di por hecho que
ellos eran tambi�n parte de todo aquello. Ese pensamiento me hac�a entender
ahora el por qu� de su actitud. Sab�a que siempre se iba cada uno por su lado.
Ni siquiera ellos dos andaban juntos, y tampoco me llevaban a m� con ellos
cuando nos �bamos a esconder. Ahora yo estaba cierto de que hasta mis dos
hermanos, cada cual por su cuenta, sab�a guardar muy bien sus propios
secretitos.



Descubrir toda esa serie de acontecimientos que hasta ahora
os he narrado, como comprender�n, abri� mi mente hacia otros horizontes mucho
m�s excitantes. Por esa causa, ahora era yo quien deseaba ardientemente tener
alg�n tipo de contacto o participaci�n sexual en forma de juego, con alguno de
mis compa�eros de pandilla. Pero no estaba tan seguro de saber c�mo hacerle.



Fue por ello que en la sesi�n siguiente me fui a esconder
solo, para pensar en alguna forma de proceder, aunque ciertamente yo era un
inexperto en esas cosas. A�n as�, me daba cuenta de que no podr�a insinuarme as�
de pronto con cualquiera, pues de seguro las cosas no acabar�an bien. Ten�a que
actuar con tiento. De modo que llegu� a la conclusi�n de que s�lo pod�a tener
�xito si lo intentaba con alguno de los chicos que ya hab�a visto jugar al sexo
secreto. Era lo m�s prudente que se me ocurr�a de momento. Pero ten�a que
esperar mi oportunidad. Y as� lo decid�.





Cap. II



Pasaron los d�as entre juegos y espiadas, inmerso entre la
turba sudorosa y el griter�o de los chicos cuando est�bamos en la base. Para mi
fortuna, pude volver a recrearme varias veces con las calientes observaciones de
Mario y Lorenzo jugando a las cogidas, y tambi�n con Orlando y Francisco en sus
trepidantes felaciones. Descubr� igualmente que �stos �ltimos tambi�n
acostumbraban gozarse mutuamente, cule�ndose el uno al otro e intercambiando
posiciones, al amparo del tupido verdor del intenso follaje del bosque. Todo
aquello me parec�a incre�ble. Era un mundo diferente, pero demasiado excitante
como para no intentar ser parte de �l, disfrut�ndolo a plenitud, como casi todos
lo hac�an.



Por supuesto que durante estas visiones pude ir aprendiendo
m�s y m�s sobre la sutil forma en que se pod�an hacer todos aquellos jueguitos.



Ahora ya sab�a claramente que se pod�a chupar un pito,
deleit�ndose con �l metido en la boca. Sab�a tambi�n que �ste se pod�a insertar
por el hoyito de atr�s, para despu�s mover el cuerpo velozmente para
intensificar las sensaciones de gratitud anal. Sab�a igualmente que los m�s
grandes ya pod�an eyacular ese l�quido viscoso y blancuzco, y que el semen se
pod�a tragar con tanto gozo como si fuese alg�n tipo de crema l�ctea, muy
parecida por cierto a esos productos que vend�an en las tiendas de la esquina.



Hab�a aprendido los secretos artificios de las diferentes
posiciones en que se pod�a coger, y tambi�n la actitud que debe guardar aqu�l
que est� siendo pose�do. Hab�a descubierto a lo largo de mis secretas
observaciones, que un chico puede adoptar una actitud pasiva y entregarse al
otro; pero igual puede tambi�n de pronto cambiar de posici�n y volverse activo,
de manera que ambos puedan disfrutar de la sensaci�n de penetrar y ser penetrado
por detr�s, en un complaciente goce rec�proco.



Por otra parte, me hab�a dado cuenta de que era obvio para mi
edad que yo no podr�a a�n protagonizar el interesant�simo papel de cogedor
activo, pues mi pene, como he dicho, era todav�a demasiado peque�o. Me faltaba
llegar al desarrollo pleno para que mis atributos masculinos experimentaran un
crecimiento aceptable. A mis casi nueve a�os no se pod�a esperar otra cosa, pues
ni siquiera pod�a a�n eyacular. As� que tendr�a que esperar a cumplir los 12 �
13 para poder jugar el papel de un macho activo. Y a�n faltaba mucho para eso.
Quiz�s unos tres o cuatro a�os, que s� yo.



Por lo tanto deduc�a que si quer�a experimentar en los juegos
sexuales, como ya lo deseaba ardientemente, s�lo me quedaba la opci�n de jugar
como un ni�o pasivo receptor, tal como lo hac�a el rubio Lorenzo, o el espigado
Orlando. Y francamente aquella idea no me desagradaba en lo absoluto. Me
excitaba tanto pensar en esas cosas, que todo el d�a andaba con mi puntillita
parada, sin que se me bajara para nada. Y era l�gico. No hab�a un solo momento,
en aquellos tiempos de mi infancia, en que no pensara en todas las actividades
sexuales secretas que hab�a descubierto sin querer.



Significaba algo tan novedoso y al mismo tiempo tan
tormentoso para m�, que la sangre hac�a arder mis sienes y la excitaci�n se
desbordaba por todos mis poros. S�lo ansiaba ardorosamente que se me presentara
una oportunidad para hacerlo. Y sinceramente yo ya la estaba buscando desde
hac�a d�as. Pero por lo visto, cada cual se manejaba por su cuenta con su
parejita del momento. Lorenzo con Mario; Francisco con Orlando; Roberto con
Germ�n; Carlos con��.



�Con una chingada! Ya no pod�a esperar m�s. Mi sangre herv�a,
mi pubis se revelaba, mi pasi�n se acrecentaba cada d�a, a pesar de mis pocos
a�os. Estaba viviendo un violento y precoz despertar al sexo, en medio de
aquella vor�gine de encuentros homosexuales entre los chicos del grupo.



Los d�as pasaban entre juego y juego, sin que yo pudiera
acoplarme con alguno de los compa�eros que sab�a que hac�an todo eso. Cierta
noche me percat� de que Lorenzo el rubio, por alguna raz�n, no hab�a aparecido
entre la turba, pues hac�a rato que no lo divisaba para nada. Tal vez su madre
no le habr�a permitido salir por alguna raz�n que desconoc�a. Lo cierto es que
ve�a a Mario s�lo, busc�ndolo ansiosamente entre el nutrido grupo, sin �xito.
Aquel descubrimiento me estremeci� de pasi�n. Era mi oportunidad, pero
necesitaba hacer algo. S�lo que antes de actuar, ten�a que cerciorarme de que el
pecoso Lorencito no llegar�a.



Con esta idea en mente, esper� con paciencia a que pasaran
varias sesiones del juego, y de paso, aprovech� para seguir a Mario de cerca,
para saber donde se escond�a. Me di cuenta de que �ste siempre acud�a al mismo
sitio donde lo hab�a visto cogerse varias veces al peque�o rubio, tal vez con la
esperanza de que �ste llegara. Yo, por mi parte, me quedaba muy cerca de �l,
pero sin dejarme ver para nada. No deseaba que mi plan se echara a perder.



Habiendo pasado un par de horas, y al ver que Lorenzo
definitivamente no aparecer�a, resolv� llevar adelante lo que ya hab�a pensado.
As� que cuando o� el siguiente grito de "Todos a esconderse", mi coraz�n
dio un vuelco de agitaci�n dentro de mi pecho. R�pidamente divis� a Mario entre
la turba que corr�a, y que ya se dirig�a rumbo a la espesura. Y yo me fui tras
�l. A los pocos minutos est�bamos los dos en el mismo lugar donde siempre lo
hab�a visto con Lorenzo. Mario, al principio, se extra�� de verme all�, pero no
dijo nada. Era costumbre buscar siempre un lugar oculto, y a menudo se juntaban
m�s de dos en un mismo sitio por la premura de no ser encontrados.



Permanecimos silenciosos y acurrucados, intentando pasar
desapercibidos. En un momento dado, y sintiendo que todo mi cuerpo temblaba por
la enorme emoci�n y lascivia, comenc� a moverme hacia �l, tratando de fingir que
me quer�a esconder m�s adentro del follaje. Con esta maniobra logr� quedar
delante de �l. Mario no se mov�a, pero yo no pod�a estar quieto. Lleg� un
momento en que procur� rozar mi cuerpo contra el suyo. El adolescente sinti� el
roce y no hizo movimiento alguno. Su actitud me dio �nimos para continuar.



Haciendo de tripas coraz�n me volv� a pegar un poco m�s,
tratando de no darle a conocer mis ocultos deseos. Lo que en realidad anhelaba
es que fuese �l quien iniciara el juego sexual, ya que yo no ten�a a�n
experiencia en eso, por ser la primera vez que lo intentaba. No obstante, mi
sangre corr�a en furioso torrente dentro de mis venas, y toda mi cara aparec�a
enrojecida por el deseo.



Para mis adentros, deseaba con furor que la sesi�n se
retardara lo m�s posible. Poco a poco me iba acercando m�s a Mario, y ya
nuestros cuerpos estaban totalmente pegados. El chico ol�a a sudor, y yo
tambi�n. Pod�a sentir su aliento sobre mi nuca, pues procur� quedar de espaldas
a �l. En un acto de arrojo, me ech� lentamente hacia atr�s como si hubiera
perdido pie, a fin de que el chico pudiera tomarme, aunque fuera de modo
involuntario, entre sus brazos. Anhelaba sentir sus manos sobre m�, como hab�a
visto que hac�a con Lorenzo. De hecho, ya envidiaba a Lorenzo desde el primer
d�a que hab�a visto lo que los dos practicaban a escondidas.



Este inusitado movimiento hizo que mi cuerpo fuera a dar
contra el cuerpo de Mario, quien sin moverse, se vio obligado a tomarme con sus
manos para evitar que cayera sobre �l. Y all� pude sentirlo al fin tocando mis
dos brazos sudorosos. Era maravilloso. Y aunque mi peque�o pitito ya estaba
alzado desde hac�a rato, esta vez sent� c�mo se estremec�a y se tensaba ante el
ansiado toque de sus manos.



Sin desear apartarme de �l, deliberadamente no me mov� para
nada, sino que me qued� quietecito. Nunca podr� decir si Mario, acostumbrado
como estaba a tener siempre a su acompa�ante junto a �l, se reflej� en esos
momentos en m�. No lo puedo asegurar con certeza. Tambi�n podr�a ser que, ante
la patente ausencia de Lorenzo, �l anduviera caliente y deseoso de jugar, sin
tener con quien hacerlo aquella noche. Pero lo que s� puedo decir sin
equivocaci�n es que el chico, ante la cercan�a de mi presencia, no pudo evitar
abrazarme. Y lo hizo igual como hab�a visto que siempre lo hac�a con su rubio y
peque�o amante.



Impulsado de seguro por un escondido pero manifiesto deseo
por los chicos m�s peque�os, que evidentemente prefer�a, y cavilando quiz�s que
yo podr�a ser un objeto potencial para calmar sus secretos ardores, de pronto me
pregunt� al o�do sin soltarme para nada:



-Oye, Ren�.�Y cuantos a�os tienes t�?


-Nueve. �le dije enseguida, haciendo un esfuerzo para que no
notara mi voz quebrantada-


-Mmmm�tienes la misma edad de Lorenzo.


-Si. �le dije- Somos de la misma edad.


-Oye �me dijo- �Y t� no tienes una pareja con la que siempre
te escondas a jugar?


-No �le contest�- Siempre me escondo solito.


-Ah�.�Y eso por qu�?


-Porque s�.a�n no s� jugar con otro. �le dije
deliberadamente-



El se manten�a abrazado a m�. Aventurando la pregunta, le
dije:



-Y t��..�Tienes una pareja con la que siempre te escondes?


-Bueno�no tanto as�. Pero acostumbro esconderme a veces con
Lorenzo.


-Ah, si�.el pecoso�


-Si�.pero hoy no vino. �me dijo-


-�No? �fing�- �Qu� le pasar�a?


-No lo s�. Lo he estado esperando pero ya no vendr�. Es
tarde. Quiz�s venga ma�ana.


-Ah, si. Seguro que ma�ana si vendr�. �le contest�-


-Oye.


-�Si?


-Entonces t� no has jugado nunca a solas con alguien cuando
est�s escondido� �No es cierto?


-�Jugado? �.�A qu�? �volv� a fingir descaradamente, pero
temblando ya de deseo-


-A hacerse cositas�. A lo que siempre se hace cuando nos
escondemos.



Me di cuenta de que Mario, sin ninguna duda, estaba
explorando el terreno con sus obvias preguntas, pues �stas eran tan directas que
en seguida supe a donde quer�a llegar. Yo le contest� r�pidamente:



-No...nunca� �Qu� cositas? Me gustar�a saber eso. �le dije,
con ganas de estimularlo para que continuara-


-Oh, pues a sacarse el pito y esas cosas �me dijo, con el
deseo brillando ya en sus ojos-


-Pues no�. pero la verdad, me gustar�a aprender. �le contest�
animoso-


-Entonces dime�.�Quieres que te ense�e?


-Si�.si�si quiero. Pero t� dime c�mo es, porque yo no s�.


-Mira Ren�. Todo tiene que ser como un juego. Pero lo
importante no es eso, sino guardar el secreto.


-�Guardar el secreto?....


-Si�guardar el secreto siempre�no tienes que cont�rselo a
nadie. Ni a tus padres ni a nadie. Esa es la cosa. Porque si lo haces, tendr�s
problemas, y ya no te dejar�n venir a jugar con la pandilla�


-Ah si ya�.entiendo�pero no har� eso�.yo no dir� nada� �le
respond� seguro-


-�Entonces�qu� dices?


-Que si. Que si quiero�.y ya te dije que siempre guardar� el
secreto. �le coment� lo m�s r�pido que pude-



Mario se lo qued� pensando unos instantes, como sopesando el
asunto, y despu�s me susurr�:



-Bueno, mira... primero hay que empezar poco a poco. Y si te
gusta, pues seguimos. Y si no, ah� lo dejamos�pero aunque no hagamos nada�de
todos modos no tienes que decir nada��Quieres?


-Si�est� bien�.pero empieza t��.yo no s� c�mo se hace todo
eso �le ment� de inmediato, obnubilado ya por la calentura-



Por toda respuesta, Mario se acerc� m�s a mi. De pronto sent�
sus piernas apretando y abrazando mis caderas. Comenz� a presionarme con fuerza,
mientras su pubis se repegaba ansiosamente a mis nalgas, restreg�ndome el bulto
endurecido. Ambos ten�amos la ropa puesta, pero a�n as�, sent�a que el mundo se
me ven�a encima. �Tanta era mi excitaci�n!



No tard� mucho en sentir en plenitud la dureza de su polla
restreg�ndose fuertemente contra mi culito. Yo aprovech� para cooperar lo m�s
que pude, ech�ndome hacia atr�s para pegarme m�s a �l. En esas est�bamos cuando
se oy� el grito de "Salgan todos".



-�Puta madre! �dijo Mario con evidente molestia- En qu�
momento hallaron al pendejo que se dej� encontrar.


-Si. �le dije- no dur� nada este juego.



El se me qued� mirando intensamente. En sus ojos se
manifestaba el ardor y el deseo en toda su potencia. Fue entonces que me dijo:



-Mira, Ren�.haremos esto�. en la siguiente, nos vemos aqu�
mismo. �Quieres? �Me pregunt� con la vista ardorosa por la brama-


-Si. �le asegur�- Aqu� nos vemos.



Salimos corriendo rumbo a la base. Estando entre la bola, me
di cuenta de que el adolescente no apartaba ni un momento su vista de m�. Yo
sent�a su afiebrada mirada como si fuese un fuego que me quemaba, por lo cual no
pod�a evitar bajar mis ojos hacia el suelo. A los pocos minutos se dio la orden
de ir a esconderse. Todo el grupo sali� corriendo en tropel rumbo a la zona
boscosa.



Tomando un sendero distinto, me dirig� por un atajo hacia el
mismo lugar. Cuando llegu�, Mario ya me esperaba acurrucado sobre el pasto. Sin
decir palabra, los dos nos internamos lo m�s adentro que pudimos, perdi�ndonos
entre el denso follaje. Est�bamos silenciosos, pero nuestras vibrantes
respiraciones se escuchaban claramente. Est�bamos calientes y embramados,
viviendo intensamente aquel momento tan sublime. De pronto sent� que Mario, sin
ning�n pudor, me tomaba en sus brazos y me apretaba contra su cuerpo. Ambos
est�bamos a�n de pie.



Pude sentir su bulto endurecido golpeando contra mi vientre.
Por dem�s est� decir que mi peque�o botoncillo ya estaba plenamente enhiesto. En
seguida me dijo:



-Bueno, Ren�, espero que esta vez s� tengamos m�s tiempo para
jugar.


-Si. �le respond�- Pero ens��ame t�...t� dime c�mo se hace�
�le respond� con ansiedad-



Por toda respuesta, Mario llev� sus manos al cierre de su
pantal�n. R�pidamente sac� su polla bien parada y la agit� violentamente, y
mostr�ndomela me dijo:



-As� es el juego� ahora tienes que sacarte la tuya.


-Pero es que�.traigo short �le dije- No tiene abertura.


-Entonces b�jatelo�pero r�pido. �me orden�-



Conduje mi mano hasta la cintura y cog� el delgado resorte de
mi pantaloncillo corto, baj�ndomelo de prisa con todo y trusa. Mis nalgas y mi
pubis quedaron expuestos ante la vista de mi compa�ero de juegos. Mario me
observ� con atenci�n. Sin duda se estaba dando un banquete de ojo con mi precoz
desnudez. Y de seguro, me comparaba mentalmente con su rubio amante secreto. Al
ver su lasciva y brillante mirada, comprob� lo que ya sab�a. Aquel adolescente
sent�a una especial preferencia por los ni�os menores como yo. No pude evitar un
estremecimiento de lujuria cuando me dijo con la voz quebrada:



-Vaya, Ren�.qu� lindas nalguitas tienes�.y tu pichita es
igualita a la de Lorenzo. La tienes a�n muy chiquita�del mismo tama�o que la de
�l.


-�En serio? �.no�.no lo sab�a�.�alcanc� a responder
tembloroso-


-Si�.pero te dir� algo m�s. T� eres m�s moreno y eso me
gusta. Ya me di cuenta de que me atraes m�s porque no eres rubio. �me confes�,
no s� si para acabar de convencerme-


-Qu� bueno. �le respond� ansioso- �Y ahora qu� sigue�.?


-Yo te lo dir�pero tenemos que apurarnos. Anda, ven aqu�.
�me urgi�, sin dejar de manosear su erguido tolete-



Me acerqu� lo m�s que pude a �l. Mario, habiendo adelantado
su pubis, me dijo:



-Anda�.t�cala un poco�hazlo igual como viste que yo le hice�


-Sssi.



De pie como estaba, tom� su pito estremecido con mis manos y
comenc� a moverlas sobre el pellejito, descubriendo una y otra vez su roja
cabeza erguida, imitando al caliente y rubio Lorenzo. Yo sent�a que el piso se
hund�a bajo mis pies a causa de la brama. Y no era para menos, pues era la
primera vez que tocaba la verga de otro chico.



Despu�s de estarla sobando por un rato, y habiendo visto que
el pito de mi compa�ero de juegos se tensaba en todo su esplendor, �ste me
orden�:



-Ahora, ponte de rodillas y abre la boca��brela todo lo que
puedas.



Sin contestarle nada, me puse en la posici�n indicada. Abr�
mis labios a todo lo que daban y Mario, acerc�ndome su pija, me la puso entre
los labios. Sabedor de que aquella era mi primera vez, el listo adolescente se
dio cuenta de que ten�a que ense�arme a mamar. Fue por eso que me dijo con voz
queda:



-Tienes que chuparla�pero suavemente. No uses para nada los
dientes�.s�lo utiliza tus labios y tu lengua�.ch�pala como si fuera un
caramelo�pero con suavidad.



Hice lo que me pidi�, y me insert� la cabeza en la boca.
Comenc� a chupar aquel palpitante pedazo de carne caliente y sent�a que me
desmayaba del placer. Es incre�ble, pero las sensaciones que se experimentan a
esa edad, aunque no lo crean, suelen ser tanto o m�s intensas que las que se
sienten en una relaci�n heterosexual entre adultos.



Tratando de seguir al pie de la letra sus indicaciones, me di
a mamar su parada verga chupando golosamente su glande, hasta que el deseo y la
lujuria me llevaron a met�rmela casi toda en mi boca. Mi lengua recorr�a los
alrededores del tronco enhiesto, y mi saliva se entremezclaba confundi�ndose con
sus l�quidos preseminales, que ya brotaban abundantemente.



Por varios minutos me deleit� en mi iniciaci�n de mamador,
deslizando mis labios por su pito, deseando com�rmelo a causa de la lascivia tan
intensa que todo aquello me despertaba. Escuchaba los gemidos ahogados de Mario,
quien por lo visto hac�a esfuerzos para no derramarse dentro de mi breve
garganta.



En esas est�bamos, cuando de repente escuch� que me dec�a
quedamente:



-Ahora su�ltala�ya su�ltala�quiero que te sientes sobre
m�.pero lo har�s como yo te diga.



Vi que Mario se sent� sobre el pasto con el pito en ristre, y
poni�ndome a modo y de espaldas a �l, me orden�:



-Ahora, b�jate poco a poco�..y vete sentando sobre m�.



Para entonces, yo ya estaba con la sangre encendida,
anhelando solamente una cosa: Sentir por vez primera la verga de Mario rozando
mis nalgas. Mientras me iba agachando sobre �l, v� que mi amigo escup�a saliva
en sus manos y la frotaba lentamente contra su pene parado. Comprend� al punto
lo que intentaba hacerme. �Pero eso era lo que m�s deseaba!



Cuando mis nalgas chocaron con la punta de su pito, sent� la
humedad abundante y tibia que me hizo estremecer de pasi�n. D�ndose cuenta,
Mario me pregunt�:



-Dime una cosa��Nunca lo has hecho as�?


-No�.nunca�es la primera vez�.


-Oh��De verdad?...entonces te tendr�s que sentar muy
despacio�as� se debe hacer cuando es la primera vez.


-Ssi. �le dije con la voz estremecida-


-Anda, mi ni�o�.haz lo que te digo. �me dijo con ternura-



Lentamente y con tiento, me fui bajando hacia la punta de su
verga, la que muy pronto sent� tocar la puertecilla virgen de mi culito imberbe.
Pude sentir que mi amigo respiraba agitadamente, en tanto unos gemidos casi
inaudibles sal�an de su garganta. Pronto mi estrecha entradita se vi� forzada
ante la intrusi�n de la cabeza de la verga de Mario. �ste, sabedor de que no me
la hab�an metido antes, quiso manejar las cosas con calma. De seguro no quer�a
arriesgarse a lastimarme, y de paso, correr el riesgo de que por esa causa se
armara un esc�ndalo, al verme obligado a revelar la verdad a mis padres. Pero
por fortuna no fue as�.



Ya ve�a que mi amigo ten�a mucho m�s experiencia de la que yo
supon�a, a�n cuando no tendr�a m�s de 13 a�os. Sin duda y vistas sus
preferencias, la frecuencia de aquellos juegos secretos lo hab�an llevado a
experimentar con varios chicos de mi edad, y yo me imaginaba que a muchos de
ellos, �l mismo los hab�a iniciado en los candentes juegos sexuales,
rompi�ndoles el culito por vez primera, como estaba a punto de suceder conmigo.



Con ese c�mulo de pensamientos en mi mente, me abandon� por
completo a las apasionadas �rdenes de mi amigo, quien como ten�a por costumbre,
le gustaba siempre llevar la voz cantante. Ahora que soy adulto, puedo decir con
toda certeza que Mario era el cl�sico macho activo, a quien s�lo le gustaba
cogerse a los m�s peque�os. Igualmente descubr�, en �sta que fue mi primera vez,
que yo estaba destinado sin remedio a ser un homosexual pasivo; un chico al que
le gustar�a en adelante recibir el placer proveniente de una verga dura y
lechosa; y sobre todo, a entregarme por completo y sin chistar a hombres de
mayor edad que yo. Pero eso lo ir� relatando poco a poco m�s adelante.



Mario, con una parsimonia impresionante, me fue llevando paso
a paso a la consecuci�n de sus ardientes deseos. Sent�a que de repente me
quitaba su endurecido pito de la entrada del esf�nter con el fin de embadurnarlo
con m�s saliva, para despu�s volver a la carga, pero con suavidad. Era indudable
que el chico lo hab�a hecho muchas veces con ni�os peque�os como yo. Para
entonces la raja de mi culito se hallaba toda salivosa y humedecida, y algunas
gotas de l�quido resbalaban por mis nalgas estremecidas.



El momento de la verdad lleg� cuando mi amigo, conociendo que
mi orificio estaba m�s que preparado, se ech� sobre m� y me hundi� por fin la
cabeza de su pene por detr�s. La abertura de mi ano virgen acus� un leve
dolorcillo que me hizo apretar los dientes, pero me mantuve con decisi�n en la
misma posici�n sin proferir ning�n grito, aunque no niego que deseaba hacerlo.
El chico, al darse cuenta de que hab�a logrado penetrarme con la punta de su
parada polla, se mantuvo unos instantes quieto. Pero poco despu�s volvi� a
arremeter con soltura contra el breve orificio de mi peque�o y ansioso culo.



Poco a poco sent� deslizarse su pene endurecido por mi
apretado conducto, transform�ndose las primarias molestias en deleitosos
espasmos de placer. Fue por eso que no pude evitar decirle:



-Ay, Mario�qu� rico siento�.qu� rico
sientoooo�.as�as�m�s�m�s�m�temela un poquito m�s�quiero m�s�quiero m�ssss�



Al escuchar mis ansiosos grititos de aprobaci�n, mi amigo ya
no tuvo tanto cuidado y comenz� a empujar su verga con m�s fuerza dentro de mi
rajita. La daga de carne se fue hundiendo sin misericordia en el interior de mi
pasadizo secreto, desgarrando lentamente y para siempre las virginales paredes
interiores de mi recto.



El adolescente, despu�s de haber logrado penetrarme hasta los
huevos, inici� el t�pico movimiento ondulatorio de sus caderas, tal y como lo
hab�a visto hacerle tantas veces a Lorenzo. Yo, menos avispado que �l,
permanec�a quieto. Fue por eso que me dijo:



-Ahora, mu�vete�pero mu�vete lento�no tan r�pido�poquito a
poquito.



Empec� el suave movimiento de mis nalgas, como intentando
imitar al peque�o rubio cuando estaba siendo culeado. Sent�a la verga de Mario
totalmente acoplada con mi laberinto trasero, y mis paredes interiores apretaban
febrilmente aquel pedazo de carne caliente que me ten�a traspasado. �Era genial!
Tal como lo hab�a supuesto en mis m�s calenturientas cavilaciones, eran las
ricas y tremendas sensaciones las que hac�an que Lorenzo le diera siempre el
culo a Mario, goz�ndose mutuamente en sus entregas secretas. Su verga era
exquisita y dura. Y ahora yo, al sentirme penetrado hasta el tope, comprobaba en
carne propia la raz�n por la cual la mayor�a de los chicos del grupo practicaban
todos aquellos jueguitos a escondidas.



Todo esto que comento sucedi� en menos de treinta minutos, y
seguramente inducido por el apretamiento de mi culo reci�n desvirgado, Mario no
pudo contenerse m�s y se desbord� en abundantes r�os de leche, llen�ndome de
l�quidos tibios y pegajosos hasta lo m�s profundo de mis entra�as, al tiempo que
yo recib�a gozoso todo el torrente seminal

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Relato: Juegos Secretos
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