Relato: Las aventuras de Lara (5) CAP�TULO V - Se acabaron las clases
Hab�a llegado el esperado momento para todas las alumnas:
el fin de curso. Por fin pod�amos dejar los pesados libros, las aburridas
clases, las inacabables lecciones y volver a nuestras casas, al lado de
nuestras familias y amigos. Las que hab�amos tenido el m�rito y la buena
suerte de sacar buenas notas, celebr�bamos con satisfacci�n nuestro paso al
siguiente curso, y so��bamos ya con hacernos mayores y dejar el colegio, para
integrarnos por fin en la vida social como personas independientes. Este era
el caso de casi todas nosotras, pues ninguna de mis amigas tuvo que
repetir curso. Tan s�lo Miriam y Cristina sacaron unas notas algo mediocres,
pero aprobaron.
En el plano sexual, sin embargo, me di cuenta de que aquello iba a suponer el
fin de mis emocionantes aventuras, pues Alicia y Rosa acabar�an el ciclo y
pasar�an a otro colegio, pensando ya en entrar en la universidad.
Probablemente nos separar�amos y ya no volver�amos a saber m�s unas de otras.
Pero no quiero adelantar a�n los detalles de nuestra marcha sin contar la
�ltima experiencia que pude vivir al lado de aquellas dos chicas tan
impotantes para m�. Ocurri� justo durante los ex�menes. Yo estaba en la
biblioteca estudiando para el de Literatura, llena de preocupaci�n y de
estr�s. Como soy muy seria y aplicada, me obsesiono a veces demasiado con los
estudios y me agoto. La verdad es que ya estaba harta y ten�a ganas de ir a
relajarme un poco, as� que agarr� los apuntes y sal� de la bibloteca. All�
estaban ellas dos, hablando tranquilamente por los pasillos. Nada mas verlas,
todo mi cuerpo reaccion� como reaccionar�a un explorador en el Sahara al ver
un oasis lleno de agua. Eran exactamente lo que buscaba: nada mejor que el
sexo para eliminar tensiones. �O a alguien se le ocurre una manera mejor de
quitarme el estr�s que una sesi�n de placer en el cuarto de mis compa�eras?
Me puse nervios�sima y me cost� enormes esfuerzos disimular, porque no quer�a
que se me notara la impresi�n que me causaba haberlas encontrado all�. Me puse
a caminar intentando aparentar naturalidad, pero estoy segura de que hasta
mis mejillas estaban encendidas en ese momento. Ellas me saludaron cuando me
acerqu� a donde estaban, y sonrieron, como si hubiesen adivinado mis deseos.
-Ey Lara, -me dijo Alicia- �no te apeter�a pasarte por nuestro cuarto un
momento? Seguro que es la idea que se te ha ocurrido al vernos.
-Vamos, Alicia, no seas tonta. �No ves que tengo que estudiar? Adem�s, ya
sabes que esas cosas me las hac�is vosotras porque quer�is, que a m� no se me
ha perdido nada en vuestra habitaci�n.
-Ja, ja, ja... creo que te equivocas -dijo entonces Rosa-. �O no recuedas
haber perdido all� mismo una cosa muy importante para las mujeres?
La muy cabrona se refer�a, evidentemente, a mi virginidad. Me ofend�, y tras
darles la espalda me fui de all� caminando a paso r�pido. Pero ellas me
siguieron y a los pocos metros Rosa me agarr� del brazo para que me detuviera.
-Venga, t�a, no te pongas as�. �Por qu� siempre nos lo pones tan dif�cil? Te
veo muy nerviosa, Lara. No puedes estar siempre estudiando. Anda, ven con
nosotras. Te sentar� bien pasar un buen rato, ya ver�s... -dijo mientras me
pasaba su brazo por el hombro, en un intento de abrazarme que rechac�.
-Vamos, Lara, -dijo entonces Alicia- ya es casi fin de curso y pronto
dejaremos esta escuela. Ya sabes que nos gustas: hemos disfrutado con tigo de
tantas cosas... Si me diesen a escoger los mejores momentos de mi vida, los
que me pas� viol�ndoe estar�an entre ellos. Te vamos a echar mucho de menos,
de verdad. Y cuando nosotras nos vayamos te quedar�s sin posibilidad de hacer
todas estas cosas que, aunque lo niegues, te gustan tanto como a nosotras.
Las mir� en silencio durante unos instantes, mientras meditaba qu� era lo que
deb�a hacer. Las palabras de Alicia me estremecieron: era cierto, faltaban
pocos d�as para que las perdiera, para que todo mi placer sexual en ese
momento tan importante de la vida de una joven se desvaneciese. Cuando ellas
ya no estuviesen all� s�lo me quedar�an los soitarios toqueteos que pudiese
hacerme yo misma, sola en mi habitaci�n. No: Hab�a que aprovecharlo, y adem�s
lo necesitaba. Por otro lado, les hab�a cogido cari�o y se lo deb�a. Eran un
par de cabronas, pervertidas y abusonas, pero me hab�an hecho descubrir mis
sentidos, y eso ya era algo.
-De acuerdo. Har� lo que me dig�is. Hoy ser� la �ltima vez.
-Vamos, -dijo entonces Alicia muy contenta- no te arrepentir�s.
Me llevaron entonces hasta su habitaci�n y nada m�s entrar comenzaron a
tomarse libertades conmigo. Rosa me dio una palmada en el culo riendo, y
Alicia se acerc� por delante y comenz� a tocarme las tetas.
-Eh, eh -protest� indignada-, no vay�is tan r�pido. �Qu� os hab�is creido?
-T� a callar zorrita -me dijo Alicia mientras me agarraba de la barbilla y me
miraba con ojos asesinos-. Te hemos tra�do aqu� para que seas nuestro juguete
y vamos a jugar contigo.
-S�, pero por favor, no me hag�is da�o.
-No est�s en condiciones de dar �rdenes -dijo Rosa agar�ndome del pelo y
acercando su rostro al m�o amenazadoramente-. Mejor que seas una buena chica y
no te resistas. �Vamos, en bragas!
-�Qu�?
-Que te quites la ropa y te quedes en bragas te he dicho.
Obedec�. En pocos segundos qued� de pie en medio de la habitaci�n, con mis
braguitas rosa como �nica vestimenta. Ellas estaban sentadas y hab�an ido
observando com placer c�mo me desvest�a.
-Disfrutas mostr�ndote, �eh? -me dijo Rosa con una sonrisa sarc�stica.
-Para nada. Me da mucha verg�enza y no quiero seguir as�. Dejad que me ponga
la ropa, por favor.
-Mentirosa. Te gusta que te miren, te encanta ser un objeto que provoque
excitaci�n, te gusta que te utilicen. Y puedes estar tranquila, que pensamos
hacerlo.
-Oye -me dijo Alicia con cierto enfado-, �qu� co�o haces tap�ndote? �Fuera
esas manos!
Apart� mis manos del pecho de un golpe y me puse casi firme. Mis pechos
quedaron ahora apuntando hacia ellas dos.
-Eso est� mejor -dijo Alicia m�s satisfecha-. Parece mentira que despu�s de
tantas sesiones a�n tengamos que ense�arte a comportarte.
-S� -a�adi� Rosa-, creo que esta falta de disciplina debr�amos castigarla, �no
crees, Alicia?
-Sin duda. �Qu� se te ocurre?
-Podr�amos pellizcarla un poco
-Ja, ja, ja,... S�, vamos.
Entonces se levantaron y se acercaron a m�. Iban dando vueltas en c�rculo,
como dos tiburones alrededor de una balsa con un pobre n�ufrago.
Aleatoriamente, me tocaban, me pellizcaban, me daban palmadas en el culo... Yo
intentaba no quejarme mucho para no hacerlas enfadar, pero lo cierto era que
los pellizcos me hac�an da�o y me obligaban a retorcerme y a lanzar alg�n que
otro quejido. Pero lo que m�s me fastidiaba era estar all� como una mu�eca de
trapo a la que pod�an hacer lo que quisieran. Y sin embargo... �Qu� divertido
era aquello, en comparaci�n con las cosas que hac�an mis amigas! En efecto,
aunque la escena en la que me encontraba me pudiese parecer rid�cula (a fin de
cuentas, �qu� hac�a yo all� en bragas aguantando los manoseos de dos
colegialas abusonas?), lo cierto es que resultaba pintoresca y, en cierto
modo, ten�a su gracia. Por lo menos se sal�a de lo corriente y resultaba
emocionante, cosa que no se pod�a decir de los pasatiempos cotidianos de mis
compa�eras de clase. Supongo que esta era la raz�n de que me excitase aquello,
aunque fuese humillante.
-Bueno -dijo Rosa-, creo que ya la hemos tocado bastante. Ahora tengo ganas de
quitarme la ropa. As� podremos pasar a cosas m�s serias.
-S� -le respondi� Alicia-, pero que sea ella la que nos la quite. Como si
fuese nuestra criada.
A Rosa le hizo gracia la propuesta, as� que lo tuve que hacer. Como una buena
sirvienta, le fu� desabrochando los botones de la blusa, se la saqu�, le
desabroch� los pantalones, le quit� los zapatos, le saqu� los pantalones, le
quit� los calcetines, le desabroch� el sujetador y fui a desvestir a Alicia.
-Eh, espera -me dijo Rosa-. �No te est�s dejando algo?
-Pero si s�lo te quedan las bragas.
-Bueno, �y no piensas sac�rmelas? �No ves que ya se me est�n mojando con tanta
tonter�a y que necesito airearme para gozar del todo?
Obedec�, y con mucho mimo puse mis dos manos en sus caderas. Entonces, tirando
suavemente hacia abajo, le fui bajando sus bragas blancas hasta llegar a los
tobillos. Mi rostro, que estaba a poca distancia de su cuerpo, iba siguiendo
el recorrido de la peque�a prenda, mientras el olor de su cuerpo excitado
impregnaba mi olfato y me pon�a a�n m�s caliente. Ella levant� su tobillo
izquierdo y luego el derecho, para que yo pudiera sacarle totalmente las
bragas, as� que acab� con ellas en mis manos. Yo estaba de rodillas frente a
su cuerpo macizo y bien formado, mirando hacia arriba, desde donde ella, con
aire dominante, me sonre�a. No s� por qu�, pero en ese momento la encontr�
maravillosa. La perspecitva de sus curvas desde abajo era encantadora. Su sexo
estaba recubierto por un fino vello, y los muslos que lo adornaban a cada
lado, eran firmes y bien hechos. Me habr�a lanzado a besarla por todas partes
si no me hubiese dado tanto respeto su presencia.
-Bueno, ni�a -dijo entonces Alicia con un aire algo celoso-, �te vas a quedar
ah� mirando o me vas a desvestir de una vez?
-Lo siento -dije con voz sumia mientras me incorporaba y avanzaba hacia ella
para quitarle la ropa.
-Eso est� mejor. Pero t�a, deja ya las bragas de Rosa, �o es que vas a seguir
con ellas en la mano todo el d�a?
Me qued� muy avergonzada ante la observaci�n. Era verdad, mi mano segu�a
llevando las bragas de Rosa, como si fueran una especie de recuerdo o de
trofeo. Lo curioso era que realmente no quer�a dejarlas, que me gustaba
tenerlas un poco m�s junto a m�, pero como aquello era algo rid�culo, las dej�
encima de la cama, junto al resto de la ropa. Luego me acerqu� a Alicia para
desvestirla, pero ahora estaba mucho m�s nerviosa. Lo de quitarle la ropa a
una mujer la pone a una m�s caliente de lo que parece, porque no queda m�s
remedio que tocarla mientras se hace, y adem�s la expectaci�n de ir
descubriendo lo que est� oculto siempre a�ade un gran inter�s; y Alicia estaba
a�n m�s buena que Rosa, de modo que cuando le puse las manos sobre la blusa,
hinchada debido al volumen de sus pechos, para desabrocharla, no pude evitar
estremecerme. Me costo un enorme esfuerzo depojarla de su blusa azul. Por fin
lo consegu�, y al ver su busto tan bien hecho y con unos senos tan firmes, no
pude evitar tocarla. Pero ella, en lugar de reaccionar cari�osamente, me
apart� la mano con violencia y, mir�ndome duramente me dijo:
-Quietecita, nena. Aqu� se viene a obedecer, �entendido? T� qu�tame la ropa
como una buena chica pero no toques nada hasta que yo te diga.
-Oh, vamos, Alicia -le dijo entonces Rosa-, no seas as�. La chica te ha visto
las tetas y le han entrado ganas de tocarte. Es normal: se la ve algo
cachonda.
-Pues que se joda -respondi� Alicia muy seria-. Ya me est� bien que se
caliente, pero cada una tiene que ocupar su puesto: las que mandamos mandamos
y las que obedecen obedecen. Vamos, Lara, qu�tame los tejanos.
Lo hice. La advertencia de Alicia me hab�a vuelto muy obediente. Mis dedos
desabrochaban botones o desun�an correas sin que las palmas de mis manos
tocasen nada, por miedo a molestarla. Fui realizando todas las operaciones con
sumo cuidado, hasta que Alicia estuvo en pelotas. Ahora ya est�bamos las tres
desnudas, aunque yo a�n conservaba mis braguitas rosadas. Sin embargo, no me
ordenaron quit�rmelas. En lugar de eso, Alicia se sent� en una silla que hab�a
all� y, elevando una de sus piernas un poco para exponerse mejor, me hizo una
se�al no su dedo �ndice para que me acercase. Yo comenc� a caminar, pero Rosa
a�n quiso a�adir algo:
-A cuatro patas, putilla. �No ves que Alicia quiere que la chupes? No
pretender�s hacelo de pie.
Ten�a guasa la cosa. Ahora encima ten�a que hacercarme como una perrita a
lamerle el conejito a la cabrona de Alicia. Pero en fin, no hab�a m�s remedio.
Me arrodill� y fui andando a gatas hasta llegar al objetivo, que me esperaba
bien depilado y h�medo, como tiene que ser. Me sorprendi� notar que Alicia
estaba ya algo mojada. No hab�a dado esa impresi�n por la frialdad con la que
hab�a estado reaccionando hasta entonces. Sin embargo, as� era.
-�Qu�? -me dijo- �Te vas a quedar ah� mir�ndome la almeja o te vas a decidir a
chupar? Parece mentira que te lo tenga que explicar todo.
Comenc� a lamer muy suavemente. Al principio mis labios ni siquiera la
tocaban: s�lo mi lengau tanteaba el contorno del agujero. Not� que algo me
tocaba el culo: era Rosa, que quer�a divertirse mientras miraba. La dej�
hacer, por supuesto, y me concentr� en mi trabajo. De pronto me entraron ganas
de hacerlo lo mejor posible: quer�a que Alicia se corriera como una loca, as�
que fui incrementando poco a poco mi actividad. Le daba besitos en la
entrepierna, de modo que los labios de mi boca se besaban con los suyos de la
vagina. Luego pas� a frotarla un poco, y de vez en cuando le met�a los
deditos. Ella parec�a muy excitada yo la miraba a los ojos con la mirada m�s
sumisa que era capaz de adoptar, y ella parec�a muy contenta de verme as�.
Para colmo, las caricias de Rosa me estaban volviendo loca, as� que acab�
perdiendo los estribos y me lanc� a chuparle el co�o a Alicia como si mi vida
dependiese de ello. Fue alucinante escuchar c�mo gem�a mientras se lo hac�a.
Me emocion� saber que se lo estaba pasando tan bien. Quer�a seguir as�,
hacerla llegar al final. quer�a que se corriera, y todos los lametones que le
daba me parec�an pocos: habr�a querido tener diez lenguas para chuparla mejor.
En ese momento yo ya hab�a perdido cualquier voluntad de resistirme. No
participaba, sino que las dejaba hacer, pero tampoco me resist�a lo m�s
m�nimo. Es m�s: no hac�a falta ser muy avispado para darse cuenta de que me
estaban haciendo disfrutar como una loca, y que lo �ltimo que quer�a era que
aquello se acabase: quer�a que fuese eterno, que durase toda la vida.
Mis braguitas, completamente mojadas por lo muy caliente que ya me hab�an
puesto, ped�an a gritos que alguien las apartase de all�, que no
obstaculizasen m�s el camino a los dedos que quer�an tocarme y a las lenguas
que quer�an chuparme. Fue Rosa la que se encarg� se sac�rmelas casi de un
tir�n. Qued� con el culo en pompa, casi mostr�ndoselo desafiante, y ella se
lanz� sobre �l como una loca. �Dios santo, c�mo me lam�a! Por mucho que
intentase contenerme, los gritos que escapaban de mi boca demostraban que
aquello me estaba enloqueciendo, y no tard� muchos segundos en tener el primer
orgasmo. Alicia, al ver que yo ya no estaba en condiciones de seguir
lam�endola, se arrodill� para estar a mi altura y me bes� en la boca. Bueno,
no s� si besar es el verbo correcto, digamos que me morre� a lo bestia, como
si quisiera recoger de este modo los l�quidos que yo le hab�a extra�do antes a
ella. Mis manos se perdieron en su cuerpo, pero esta vez ella no me rechaz�.
Al contrario, tambi�n comenc� a tocarme. Qu� pasada, nunca me hab�a sentido
igual, pero el caso era que Rosa ten�a intenci�n de hacer algo especial.
-Alicia, espera. Tengo ganas de follarme a Lara. Anda, deja que la utilice a
mi manera.
Cuando dec�a follarme se refer�a a ponerme boca arriba, con las piernas algo
abiertas, de manera que ella pudiera entrelazar las suyas y frotar su vulva
contra la m�a. Hicimos la postura y comenz� a agitarse. Uf, qu� energ�a daba a
sus movimientos; no creo ni que los hombres pongan tanto �mpetu a la hora de
dar placer a una mujer. Yo estaba en el s�ptimo cielo, y Alicia, que no quer�a
quedarse sin su parte, puso su co�o a la altura de mi boca para que pudiera
seguir lami�ndola. Me cost� un poco, porque los gemido que me arrancaba rosa
con su vaiv�n me obligaban a interumpir mi labor, pero lo cierto es que al
cabo de un par de minutos Alicia llegaba al �xtasis, y se arrodillaba para
besarme en la boca, mientras Rosa me follaba a su manera. Creo que as�
estuvimos al menos diez minutos, pero no se me hizo nada largo. Disfrutaba
como una loca, y Rosa consigui� llevarme al orgasmo una vez m�s antes de
correrse ella misma. Est�bamos agotadas, y nos besamos para poner la guinda al
mejor polvo de mi vida hasta entonces.
Una vez satisfechas las tres, nos quedamos tumbadas sobre la cama,
entrelazadas como si fu�semos un amasijo de piernas, culos y dem�s trozos de
carne. Nuestros cuerpos, mojados con los flujos segregados durante la acci�n,
ol�an a sexo, y la sensaci�n de estar all� tumbada junto a aquellos cuerpos
calientes era muy placentera. En esta especie de somnolencia llena de
sensualidad me relaj� much�simo. Me sent� muy bien durante la media hora, m�s
o menos, que pasamos las tres all� tumbadas, tonteando y d�ndonos besitos. La
verdad es que era la primera vez que se mostraban cari�osas conmigo. Supongo
que quer�an despedirme amigablemente.
Cuando por fin nos levantamos y nos vestimos, tuvimos una sensaci�n algo
triste, como si estuvi�ramos a punto de perder algo muy importante, pero el
caso es que la vida segu�a, y se nos hab�a acabado la diversi�n. Promet�mos
despedirnos el �ltimo d�a de curso y me fui de all� despu�s de que cada una me
estamp�se un efusivo beso en la boca. El resto de la tarde la pas� estudiando.
As� fue nuestro �ltimo encuentro. Luego ya no las volv� a ver. El �ltimo d�a
de clase las busqu� por todas partes, pero no las encontr� y no quise
demorarme, ya que mis padres hab�an venido a recogerme en coche y
evidentemente no les iba a explicar lo de mis amistades con Alicia y Rosa. Ese
d�a me fui muy apenada, y hasta mis padres se extra�aron de que estuviera
triste a pesar de que hab�an llegado las vacaciones y de que lo hab�a aprobado
todo. �Ignorantes! �Es que no saben que las cosas que realmente importan muy
pocas veces se cuentan?
El caso es que al cabo de cinco d�as me encontraba tumbada en la c�lida arena
de las playas de Matalasca�as, disfrutando junto con mi familia de unas
merecidas vacaciones en la playa. Hac�a un calor espantoso y la playa estaba
abarrotada. Nos aloj�bamos en un apartamento que mis padres hab�an comprado el
a�o anterior. Como no conoc�a a nadie por all�, los primeros d�as los pas�
yendo a la playa con mis padres y mis hermanos. Por la tarde, ellos se iban
por ah� con sus bicis y yo volv�a a tomar el sol. Por las noches... ah, no
pod�a dejar de pensar en lo que hab�a perdido. Solita en mi cama, me retorc�a
acarici�ndome continuamente pensando en las experiencias vividas con Alicia y
Rosa, y tambi�n, por qu� no decirlo, en el episodio de la revisi�n m�dica, que
en su momento me pareci� odioso, pero que ahora, una vez pasado, me resultaba
sumamente gracioso y excitante. A veces, incluso, pose�da por un aespecie de
nostalgia de las escenas pasadas, incluso de las menos agradables, sacaba mi
bote de desodorante para rememorar la manera en la que hab�a perdido mi
virginidad.
Esta fue mi vida durante unos d�as, pero entonces mis hermanos trabaron
amistad con una pandilla de j�venes, la mayor�a madrile�os como nosotros, que
veraneaban por all� cerca y se reun�an para ir por ah� juntos. Por supuesto,
acab� conoci�ndolos y al poco tiempo ya est�bamos integrados en la peque�a
comunidad. Como hab�a muchas familias en los bloques de la playa, los j�venes
no form�bamos un grupo compacto, sino que m�s o menos nos hab�amos distribu�do
en pandillas de tres, cuatro o cinco individuos, normalmente, y s�lo en
ocasiones nos un�amos para formar grupos m�s numerosos. L�gicamente, muchas de
ellas eran s�lo de chicos o s�lo de chicas, porque ya se sabe que con las
personas del mismo sexo hay m�s confianza y generalemente nos entendemos
mejor. Yo acab� unida a un grupo de tres chicas, dos madrile�as y una de
Ciudad Real. �bamos juntas a la playa por las ma�anas y pase�bamos por ah� por
las tardes, a veces mezcl�ndonos con la pandilla de mis hermanos o solas. Pero
voy a presentarlas: La mayor de nosotras era la chica de Ciudad Real. Ten�a 16
a�os y se llamaba Patricia. Era morena, con el pelo rizado, bastante mona.
Ten�a un cuerpo bastante bien formado y con mucha personalidad. De alg�n modo
era la l�der de la peque�a pandilla. Le segu�a Paula, que ten�a 15 a�os y era
algo m�s t�mida y atontada. No destacaba mucho pr su f�sico. Era poco
agraciada y su falta de car�cter la hac�a parecer a�n peor, pero no era mala
chica y la verdad es que siempre se port� de maravilla conmigo. Las dos m�s
peque�as �ramos Elena y yo. Ambas est�bamos a punto de cumplir los 15 y
congeni�bamos a la perfecci�n. Ella era mucho m�s simp�tica que yo, mucho m�s
alocada. Era algo as� como la alegr�a de la huerta, y todas la quer�amos. No
era una maravilla f�sicamente, pero su alegr�a la hac�a m�s bella. Ten�a el
pelo largo, liso y casta�o, y unos ojos marrones no muy espectaculares, pero
s� muy expresivos.
Pas� con ellas cuatro semanas, en las que la mayor�a de los d�as no hac�amos
nada que merezca resaltarse: diversiones de adolescentes y poca cosa m�s. Pero
entre paseos, ba�os, pel�culas de cine y charlas de jovencitas, hubo algunos
momentos en los que s� que mi mente se ocup� de ciertos asuntos algo m�s
interesantes. Lo m�s terrible ocurr�a por la ma�ana. Nada m�s llegar a la
playa me encontraba delante de todos aquellos cuerpos casi desnudos, y claro,
a mi edad estas cosas afectan mucho. Para colmo, mis experiencias en el
colegio hab�an encendido mi gusto por las chicas, de modo que no hab�a
salvaci�n: mirase a donde mirase pod�a encontrarme con alguien que me llamara
la atenci�n, tanto si era un chico como si no lo era. De hecho, me llamaban
m�s la atenci�n los cuerpos de las mujeres. Los encontraba m�s deseables, m�s
hechos para ser pose�dos. Los chicos me gustaban, pero de otra manera. Adem�s,
siempre me han ca�do gordos los chulos de playa que van presumiendo de
musculitos.
El caso era que no pod�a apartar la vista de todos aquellos culitos tan
redondos que se me pon�an enfrente. Me acordaba de los de mis compa�eras de
colegio, que tantas veces hab�an tocado mis manos o hab�an lamido mi lengua.
Me los imaginaba desnudos, mostrando las entrepiernas depiladas, en las que
resaltar�an sin duda los labios que protegen la entrada del sexo femenino. Y a
pesar de todo el inter�s que me provocaban, ten�a que intentar disimularlo, no
fuese a ocurrir que alguien sospechase de mis gustos. A veces me costaba
verdaderos esfuerzos mantener la calma cuando Patricia se presentaba en bikini
ante mi casa para que fu�semos juntas a buscar a Paula y Elena para ir a la
playa. Qu� buena la encontraba a veces, Dios m�o. Pero bueno, m�s o menos
pod�a aguantarme, ya que ni ella ni mis otras amigas eran precisamente unas
modelos de Playboy. Lo malo era llegar a la playa y encontrarte con
centenares de personas a tu alrededor, de las cuales, evidentemente, siempre
hab�a como m�nimo diez o doce que estaban para com�rselas. Las que llevaban
tanga, en particular, me tra�an loca. Me quedaba hipnotizada cuando ve�a sus
culitos al aire, simplemente recorridos por un delgado cord�n que se perd�a en
la raja que formaban los gl�teos. Para colmo, las t�as que los llevaban sol�an
ser precisamente las que estaban m�s buenas, y muchas, adem�s, hac�an
top-less, con lo que encima ten�a que soportar la visi�n de sus tetas al aire,
provoc�ndome m�s a�n. Hab�a veces que, presa de la desesperaci�n, y nerviosa
porque alguien pudiese notar mi trubaci�n ante aquel espect�culo, le ped�a a
Paula que me pusiera aceite en la espalda y me tumbaba boca abajo para tomas
el sol, cerrando los ojos para huir de todas aquellas tentaciones. Esfuerzo
in�til: a los pocos segundos mis p�rpados me traicionaban y volv�an a abrirse
para dejar entrar aquellas im�genes deliciosas hasta mir retinas. Para colmo,
las manos de Paula, a veces demasiado mimosas con mi piel, me hund�an a�n m�s
en la tentaci�n, y a veces ten�a que decirle que parase. Menos mal que Elena,
con su alegre conversaci�n y sus comentarios de ni�a, manten�a viva mi
atenci�n sobre nuestro grupo, y permit�a que mi mente descansase un poco de
todo aquello. Sin embargo, al llegar a casa me ten�a que dar una ducha bien
fr�a, no s�lo para quitarme la sal y la arena de la piel, sino tambi�n la
calentura. A veces no pod�a aguantar m�s y all� mismo, en la ducha, me
masturbaba como una loca. Otras veces pod�a aguantar hasta la noche y hacerlo
en mi cama, pero no hab�a un s�lo d�a que mi sensibilidad no se viese alterada
por aquellas im�genes deliciosas.
Y as� se pasaba el tiempo normalmente, con inocentes diversiones y placeres
solitarios, aunque pronto ocurrieron cosas que s� que vali� la pena vivir, y
que en seguida relatar�.
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Relato: Las aventuras de Lara (5)
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