Juan se sorprendi� alegremente cuando C�sar y Laura le
pidieron que fuese el Padrino de su primer hijo. C�sar y Laura eran amigos muy
queridos de Juan y se hab�an casado hace dos a�os, con una boda sencilla pero
alegre.
El trabajo de Juan le imped�a verlos muy seguido,
especialmente desde que se mud� al otro extremo del pa�s, hace 3 a�os. Le hab�a
costado mucho abandonar el tranquilo ritmo de su pueblo natal, y cambiarlo por
el apresurado traj�n de una gran ciudad.
Por eso le alegr� mucho que todav�a lo tuviesen en tanta
estima como para pedirle que sea el Padrino de su hijo.
- �Y qui�n ser� la Madrina? - pregunt�.
- Juliana � le respondi� C�sar.
Juliana era la hermanita menor de Laura. La �ltima vez que
Juan la hab�a visto fue hace dos a�os, en el casamiento de C�sar y Laura. La
recordaba como una ni�a regordeta de 13 a�os, de rostro sombr�o y car�cter
reservado. Durante la fiesta se hab�a mantenido apartada en un rinc�n, sin
hablar pr�cticamente con nadie. A decir verdad, siempre hab�a sido as�. Juan la
conoc�a desde peque�a y nunca le hab�a simpatizado esa ni�a de mirada cabizbaja.
No hablaba mucho y se la pasaba sentada frente al televisor.
Juan lament� que la hubiesen elegido para ser la Madrina del ni�o, pues no ten�a
mucho "feeling" con ella.
Un mes despu�s, el d�a del Bautismo, Juan viaj� a su pueblo
natal y pas� por la casa de C�sar y Laura, para llevarlos en su autom�vil a la
Iglesia. Cuando lleg� la peque�a familia se hallaba elegantemente vestida y
lista para partir.
- �Y Juliana, d�nde est�? � pregunt� Juan.
- Va con mis Viejos directo a la Misa � contest� Laura.
- �Misa? � exclam� sorprendido Juan.
-Si � le dijo Laura � Antes de la ceremonia del Bautismo
hay una Misa; y el P�rroco nos puso como �nica condici�n para celebrar el
Bautismo, que antes asistamos con los Padrinos a la Misa.
Juan pute� para sus adentros. Hac�a a�os que no iba a Misa y
le aburr�a enormemente la ceremonia... Ya encontrar�a algo interesante en que
pensar para distraerse mientras discurr�a la Misa.
Llegaron a la Iglesia del Pueblo y en la puerta bajaron Laura
y C�sar con el beb�. Ellos entraron en la Iglesia mientras Juan iba a estacionar
el auto.
Cinco minutos despu�s Juan entr� a la Iglesia solo. La Misa
hab�a empezado. Decidi� sentarse en alguno de los bancos de atr�s para estar lo
m�s lejos posible del Cura. Recorri� con la vista las �ltimas filas de
feligreses, y de pronto vio algo que le hizo olvidar el disgusto de tener que ir
a Misa. Sentada en la pen�ltima fila, del lado del pasillo lateral, hab�a una
chica de pelo negro con una minifalda blanca como la nieve y un peque�o saquito
azul marino ce�ido a la cintura. Hab�a encontrado un excelente (y justificado,
pens� Juan) motivo para no concentrarse en lo que dec�a el Cura.
Pero lo que hac�a a esta chica verdaderamente muy llamativa a
los ojos de Juan, era el contraste entre su peque�a minifalda blanca y sus altas
botas negras. Se acerc� despacio desde atr�s y se regode� en la visi�n de sus
piernas, enfundadas en medias de lycra de tonalidad blanca. Su pelo negro, lacio
y muy largo, le cubr�a la mitad izquierda de la cara. Finalmente Juan lleg�
hasta su lado. Se inclin� y le dijo en voz baja:
- Permiso, me hac�s un lugar - con toda la intenci�n
de sentarse a su lado.
Cual no fue su sorpresa cuando la chica se volvi� hacia �l,
lo mir�, le sonri� y le dio un beso en la mejilla, al tiempo que se corr�a un
poco a la derecha para hacerle un lugar en el banco. Hab�a reconocido en su
rostro los rasgos de la peque�a Juliana.
Fue tan grande su sorpresa que no se le ocurri� nada que
decir, sencillamente le sonri� y se sent� a su lado.
Por lo visto, se dijo, en los dos a�os transcurridos desde el
casamiento de C�sar y Laura, la peque�a, sombr�a y regordeta ni�a se hab�a
convertido en una infartante teenager. Era m�s esbelta que antes y su cuerpo era
ya el de una mujer; prueba de ello era como le hab�a atra�do a Juan cuando la
vio.
Pero no era s�lo ese el cambio que llamaba su atenci�n;
estaba tambi�n su atrevida forma de vestir. Jam�s se hubiese imaginado que la
t�mida Julianita usar�a minifaldas cuando creciese.
Se dio cuenta de lo turbado que estaba. La mir� de reojo. El
pelo negro ca�a sobre el lado izquierdo de su rostro y Juan no pod�a ver bien su
cara. Baj� la vista hacia sus piernas. �"Qu� gambas"!, pens�. Ahora que estaba
tan cerca pod�a ver claramente la textura de las medias de lycra envolver sus
bellas piernas. Se estaba empezando a excitar. En ese momento ella, que ten�a
las piernas cruzadas (derecha sobre izquierda), le toc� accidentalmente la
pierna a Juan con su bota derecha. Lo mir� como pidiendo disculpas, descruz�
lentamente las piernas y las cruz� hacia el otro lado. Gracias a este movimiento
Juan pudo ver un buen pedazo de su muslo izquierdo, y le dieron unas terribles
ganas de pasar su mano sobre el y sentir su piel bajo la media.
Se pregunt� si ella era consciente de lo que provocaba. M�s
tarde tendr�a la respuesta.
Mir� un rato hacia delante, pero no pudo contenerse y volvi�
a dirigir su vista al muslo de Juliana. Con los peque�os movimientos la
minifalda se hab�a levantado un poco m�s y dejaba a la vista una generosa parte
del muslo. Fresco, joven, firme. Juan estaba hipnotizado. Desliz� su vista por
las torneadas piernas y lleg� a las botas. Eran botas de ca�a alta, de cuero
negro, bien ajustadas a la pierna, rode�ndola suavemente. Observ� como se
continuaba la l�nea de la pierna por la pantorrilla de cuero negro hasta llegar
al taco. Su miembro hab�a comenzado a hincharse, por lo que Juan intent�
controlarse, y levant� la vista.
Al hacerlo se dio cuenta de que Juliana lo estaba observando
mientras �l la miraba libidinosamente