Relato: Un mundo raro UN MUNDO RARO
Una vez parado en pleno Z�calo de la Ciudad de M�xico me dio
por pensar muchas cosas. Pensaba en que a veces las mejores cosas me ocurren
cuando estoy justo donde no debo de estar. Mi predilecci�n musical es el rock
progresivo y el heavy metal, aunque no desde�o cualquier otro g�nero o disco o
canci�n que derrame devoci�n de un artista al hacerla. Digamos que aborrezco la
canci�n de Serrat que se llama "Cuando duerme el rock and roll", que me parece
musicalmente racista y apergatada. Se la han de haber escrito, pues suena senil
y el alma de Serrat no es senil. Con estas pocas l�neas ya habr�n advertido que
no soy precisamente un fan�tico de Joan Manuel Serrat, sin embargo muchas de sus
canciones me parecen muy intensas.
Una cadena de azar me hizo decidir ir a ver a Serrat. Por
principio, debo decir que entre mi casa y el asta bandera del Z�calo de la
Ciudad de M�xico hay un trayecto de 7 horas con trece minutos en coche. Vivo en
Michoac�n, en Uruapan para ser exactos. M�s de uno dir�a que es un exceso
manejar semejante trayecto s�lo para ver a Serrat. Pienso sin embargo que
podr�amos dividir a la humanidad entre dos tipos, los que hacen locuras tan
impr�cticas como esa o los que se quedan seguros en casa, sin atreverse a nada
por pereza. Yo definitivamente siempre he estado en el primer grupo, y me vali�.
Tentativamente fui a ver a Serrat, pero en realidad acud� a una cita m�gica en
la que Serrat no fue sino un brujo provocador que coloc� un polvo extra�o en
nuestros vasos.
Las coincidencias se tejieron m�s o menos as�:
Primero, acud� el lunes 26 de mayo de 2003 a la Feria del
Libro en Uruapan. Presentaron un espect�culo de un grupo que se hace llamar
La Giralda, al cual fui a ver porque se hac�an acompa�ar de Rita Guerrero,
la vocalista del grupo alternativo Santa Sabina.
La mirada de Rita siempre me ha parecido muy enigm�tica, de
hecho, si tuviera que ser esclavo de una mujer me gustar�a que fuese ella mi
ama. Su boca roja, sus colmillos puntiagudos, sus cejas, su voz, su cuerpo
entero, eran razones suficientes para ir a ver a aquella agrupaci�n. Esperaba
que ella fuese vestida de odalisca, que mostrara el vientre, un poco de sus
pechos, o sus pies, sin embargo, nada de eso hizo. No hubo lobas en ese
espect�culo. Pese a ello, fue una noche de m�sica �rabe muy emotiva.
Si bien Rita y su fama funcionaron en mi caso -como en el
caso de muchas otras personas- como ese se�uelo que agita el pejesapo para
atrapar pescadillos incautos en el mar, fue una trampa que agradec� porque ella
cant� maravillosamente la m�sica �rabe y el vocalista masculino cant� aun mejor.
Lo interesante de esta velada fue que contaban cuentos de la tradici�n musical
de medio oriente y luego lo alternaban con cantares de esa misma tierra.
En lo personal ellos me transportaron muy lejos. Muy, muy
lejos. Y como me transportaron hasta una �poca sin tiempo, puedo atreverme a
contar lo que pas� en primera persona, pues as� fue como lo sent�: Me v� montado
en un caballo de fuertes nalgas, alto, blanco, fuerte. Montado en �l acariciaba
su crin porque adem�s de ser mi medio de transporte era mi amigo. Mir� mi mano y
sin mucha sorpresa advert� que en ella llevaba puestos cuatro anillos, uno para
cada dedo, cada uno de ellos superior a los dem�s. Me llev� la mano al rostro y
acarici� el tupido bigote que s�lo en sue�os tengo. Mi ropa, blanca, fresca,
suave. Un sirviente se dirigi� a mi en una lengua que, aunque extra�a, me
pareci� perfectamente entendible. Me dijo que est�bamos llegando al palacio de
mi buen amigo el rey Maz Habib. A mi paso la gente me miraba con regocijo,
alguien me extend�a una fruta. Era muy querido. Al entrar a las puertas del
palacio, y una vez baj� del caballo, sent� la verdadera suavidad de mis ropas.
Al entrar al palacio de Maz Habib escuch� a lo lejos una voz sublime que me
hechiz� desde el primer instante. Mi amigo me salud� y abraz� con la calidez de
un padre y me agradec�a los a�os de amistad que hab�amos tenido, haciendo
hincapi� en que, para su desgracia, no hab�a �l concebido hijas, pues gustoso me
las dar�a todas. Si bien yo ech� de menos las hijas que �l no tuvo y los
placeres que me dar�an las hijas de tan ilustre rey, mi cabeza empezaba ya a
dise�ar una forma en que �l pudiera agradecerme mi amistad. Mi atenci�n completa
estaba en una mujer que vest�a con una burca negra con bordados rojos, cubierta
de pies a cabeza, que si bien no mostraba un solo pedazo de su piel, emit�a
aquella voz celestial que me hac�a estar en el para�so. Al irme de su palacio le
pregunt� si de verdad me dar�a algo que �l amase mucho. �l me dijo que s�, que
lo que yo pidiese. Fue entonces que le ped� que me regalase la esclava de la
burca negra, la cantante. Maz Habib palideci�, su mirada se torn� triste y
desamparada. Suplic� como suplican los reyes, con dignidad y dolor, y pidi� que
no le pidiese yo esa esclava, que a lo largo de los a�os muchos momentos s�lo
valieron la pena porque ella estaba ah�, para cantar, que en los triunfos
reinventaba la dicha, y en las batallas perdidas tra�a el consuelo. Suplic� que
no le pidiera esa esclava en particular. Ofreci� incluso darme cien de sus m�s
bellas sirvientes, pero yo me negu�. Dolido en su orgullo me hizo saber que
nunca me regalar�a a la esclava, y que si ella era motivo de discordia entre
nosotros, �l prefer�a matarla, ello en acato a la tradici�n de no poder negar la
venta de una esclava a otro rey. Entristec�. Propuse una soluci�n que bien
podr�a salvarnos. Le ped� la esclava en matrimonio. Maz Habib enmudeci�,
conmovido por mi amor, triste por s� mismo, feliz por Yodaya, la esclava. Una
esclava podr�a no querer venderla, matarla inclusive, pero el honor no le
permit�a negarme una esposa. Antes de aceptar me coment� que, por raro que
pareciera, �l, que era un rey, no pod�a decidir por Yodaya, a quien guardaba un
gran aprecio, de esta manera fue a preguntarle a ella si aceptaba mi propuesta.
Maz Habib regres� y de sus labios llen� mis o�dos de respuestas, y dijo que si
en verdad deseaba yo a Yodaya como esposa deb�a prometerle a ella que nunca la
tocar�a y nunca le mirar�a sus carnes, ni sus ojos. "�C�mo podr�a?" balbucee.
Maz Habib contest� como todo un se�or, "Podr�s hacerlo como yo lo he hecho por
a�os". Al escuchar esto supe que mi amor por ella ser�a m�s fuerte que el de Maz
Habib, que cumplir�a mi promesa. Y as� sucedi�, la voz de Yodaya llen� mi
palacio hasta que un negro d�a call� para siempre. Muerta. No fue sino hasta que
tuve que preparar personalmente la despedida de su cuerpo que conoc� el secreto
de Yodaya. Era una anciana, de noventa o quiz� cien a�os, incapaz de hacerme
feliz con su carne, pero que me hac�a el amor con su voz. Y llor�, llor�
profundamente. Y en justo homenaje aloj� en mi mente su m�sica para siempre, y
ello me ha hecho vivir en amor.
Cuando ces� su canto, y escuche aplausos, volv� en el tiempo
y el espacio, degrad�ndome de pr�ncipe a simple ciudadano, volviendo de mi
palacio a un edificio improvisado, y en vez de la voz de Yodaya, la de Rita. Con
Rita si har�a muchas cosas, pero no fue.
Me qued� clara una cosa, que la m�sica es irrepetible; que
para algunos m�sicos la m�sica es literalmente su vida; que las canciones de
alguna manera le pertenecen a su autor y son una sola sustancia con �l, son el
destello de su alma y, lo m�s profundo, que para entender un poco las canciones
hay que o�rselas cantar precisamente al autor. Ellos hab�an narrado la historia
de Yodaya para luego de que la contaron decir: "La canci�n que el pr�ncipe oy�
aquella tarde fue esta..." Y dan paso a la canci�n, interpretada por Rita. �C�mo
era la voz de Yodaya en su vejez? �Cu�l era su dulzura, cu�l su pasi�n? �C�mo se
escuchaba aquella voz en el palacio mientras el pr�ncipe le hac�a el amor a sus
concubinas inspirando su cuerpo en la voz de Yodaya?. Cuando uno muere se
pierden para siempre sus talentos. Muere el timbre de la voz, el brillo del ojo,
el olor particular, el peso, el tacto, la humedad, el sabor de las cosas que uno
cocina, la fuerza de la mano al saludar, la vida es un despliegue de
performances y nosotros artistas �nicos cuya arte se extingue con nosotros.
Cabe decir que me hab�a enterado tarde de los conciertos que
Serrat dar�a en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de M�xico. Decir tarde
significa una semana antes del primero de esos conciertos, momento en el cual ya
estaban agotadas las localidades.
Que habr�a conciertos lo supe mediante un fugaz comentario en
la televisi�n local de una chica que, desde ese instante, se convirti� en la
peor para rese�ar los espect�culos que he visto en mi vida. Recuerdo bien que
ella hab�a dicho con voz temblorina y mirada asustada, prisionera de la hojita
donde previamente hab�a escrito lo que dir�a en pantalla:
"Les comento que este fin de semana tendr� una serie de
conciertos Juan Manuel Serrat en el Museo de Bellas Artes. Presentarse en este
recinto es un capricho que este se�or tuvo, y creemos que est� bien porque es
muy bueno. Estos conciertos forman parte de la gira que el artista realiza en 10
ciudades de nuestro pa�s para promocionar su �ltimo disco. Le deseamos mucha
suerte a Serrat para cada una de estas fechas."
Me qued� anonadado. No s�lo hab�a dicho mal el nombre de
Serrat y el del Palacio, que no Museo, de Bellas Artes. Como quien no quiere la
cosa le hab�a llamado caprichoso, ignorando que Joan Manuel Serrat no es ya un
nuevo talento, aunque siempre sea un talento nuevo. Por �ltimo le desea suerte,
como si necesitara de �sta un hombre de su capacidad humana.
Sin embargo, por andar de necio criticando a la chica de los
espect�culos, no puse atenci�n en la informaci�n de valor que Dios le hab�a
encomendado decirme: �Que eran 10 las ciudades en las que se presentar�a Serrat!
Y as�, me enter�, tambi�n tard�amente, que hab�a estado Serrat en Guadalajara y
en Morelia, ciudades que quedan a tres y 1 hora de camino de Uruapan,
respectivamente. Sobre todo en la segunda de estas ciudades lament�
profundamente no haberme enterado a tiempo.
Bien, al d�a siguiente de haber visto a La Giralda,
recibo en mi oficina una carta de la Seventh Records, que es una casa disquera
que edita los discos de Magma, Offering y dem�s proyectos musicales de rock en
oposici�n y jazz que realiza Christian Vander, un verdadero genio. Dado que soy
cliente f�cil de todo lo que haga Vander (cosa que saben por mis constantes
pedidos que les hago por Internet), me invitan a comprar un box set de cuatro
discos de Offering, mismos que han remasterizado conmemorando el XX aniversario
de la agrupaci�n. No dejo de notar que, en celebraci�n, Offering, agrupaci�n
extinta desde los ochentas, dar�a una serie de cuatro conciertos en Par�s. Es
m�s, mientras yo le�a esa carta bien podr�a Christian Vander estar cantando,
aunque al otro lado del mundo, la canci�n Ehn Deiss, que es la que quiero que
toquen en mi velorio. Pens�, qu� bueno ser�a estar all�, escuchando de la voz de
Vander esa pieza que s�lo �l sabe cantarla como se debe, y detr�s de esta idea
yac�a Serrat como un cabello dulce en mi sopa.
Al d�a siguiente veo en un noticiero que Serrat dar�a un
concierto gratuito en el Z�calo de la Ciudad de M�xico. Ni hablar, tanta
insistencia del destino me empujaba a ir. Saber que no habr�a comodidades era
algo f�cil de adivinar. Serrat ha dicho alguna vez que M�xico es su amante, pues
bien, no habr�a confort pero a cambio de ello uno podr�a ser testigo de c�mo
Serrat le hac�a el amor a esa amante suya, ya no s�lo a parte de ella, sino a
toda ella.
Uno no va a la cama con la mujer amada y le reserva el
derecho de admisi�n a un vello, a una cana, a su olor, al labio superior, al
vientre o al dedo me�ique del pie. La inmensa masa ser�a no s�lo una mujer
desnuda y en lo oscuro, sino que, adem�s, ser�a una mujer completa, sin excluir
a nada, sin excluir a nadie. Estar�an ah� justo los que quisieran estar. Repito,
no habr�a comodidades, pero en la incomodidad subyac�a el encanto de la
situaci�n. Formar parte de ese idilio sin limites era ya de por s� interesante.
Hab�a que llegar desde temprano si lo que se quer�a era tener
un buen lugar. Por principio, integrantes del Sindicato de Maestros ten�an
tomado el Z�calo de la Ciudad. El gobierno tuvo que negociar con ellos para que
permitieran el concierto. El resultado de sus negociaciones fue que los
manifestantes quitaron sus carpas del centro del Z�calo, abriendo una franja del
ancho de la catedral que atravesaba la plaza de cabo a rabo.
A los lados continuaban carpas de lona plastificadas que
hac�an las veces de deprimentes circos sin show, cajas de cart�n desmanteladas
que hac�an las veces de camas, en una de ellas, dormido en plana tarde, un
maestro que m�s bien parec�a un indigente, hornillas con carbones ya jubilados,
en uno de ellos todav�a yac�a un sart�n de peltre con un poco de migas de
tortilla con tomate. Se�oras bordando un mantel y un par de ni�os jugando. El
olor hace que la gente se pregunte d�nde se duchan estos maestros, d�nde hacen
del ba�o. De un lado carpas y de otro la gente que entra a tomar su sitio para
disfrutar del espect�culo, y entre ellos una barandilla de metal, tipo jaula de
un zool�gico en el que a ambos lados se cree que la bestia en cautiverio es la
del lado opuesto.
Los maestros ven al p�blico como parte de un mundo insensible
y fr�volo, como si fuera el p�blico una burgues�a a la que nada le ha hecho
falta en la vida. El p�blico ve a los maestros y de alguna forma los repudia, la
simpat�a que algunos les profesan se debe a que simpatizan con cualquier cosa
que se queje del sistema, cualquier cosa que huela a revoluci�n, pero no se
solidarizan con su causa, pues en el m�s de los casos desconocen cu�l es esa
causa, de hecho, la mayor�a intuye que muchos de los paristas ni siquiera son
maestros, otros piensan que son holgazanes y m�s de uno masculla "Ya vayan a dar
clases y dejen de estar chingando". La gente los ve, no les comprende. �Este
paro se debe a causas pol�ticas dado que se avecinan elecciones? �Les pagan por
dar esta imagen de inestabilidad? �Algunas veces quedar�n satisfechos con el
sueldo que perciben estos maestros manifestantes?, �Por qu� siempre se
manifiestan los maestros de los estados y municipios con educaci�n m�s jodida,
si ganan lo mismo que otras zonas m�s progresistas del pa�s? Nadie tiene
respuestas a estas preguntas. Ese examen no lo aprueba nadie. O tal vez la
respuesta correcta no nos gusta nadita.
La gente va entrando y se empieza a apretujar la masa. Yo
estoy a unos quince metros del escenario, pues llegu� a las 6:15 siendo que el
concierto estaba programado para comenzar a las 7:30. En breve ya hay mucha
gente, aunque entre una persona y otra hay todav�a peque�os huecos que son
aprovechados por ese gandul an�nimo que, como una lombriz, est� seguro de que
con empe�o y perjuicio de los dem�s llegar� hasta el centro mismo de la tierra.
Tampoco puede uno cerrarse demasiado, pues esos huecos le permitan a uno trotar
en sus cuarenta cent�metros cuadrados de privacidad para descansar los pies.
Pronto se ve que muchos no ver�n nada. Y para ellos hay un enjambre de
ingeniosos merolicos que aparecen como bocanada de aire fresco para muchos, y
van diciendo: "Lleve los telescopios, mire, lleve los telescopios, son de a
diez, son de a diez".
Los telescopios son en realidad unas cajas largas hechas de
cart�n, robadas seguramente de la farmac�utica donde se empacan las pastillas de
Naproxen que reparte el Seguro Social, acomodadas ingeniosamente con un par de
espejillos que, siguiendo el principio de los periscopios de los submarinos,
permiten ver a la gente bajita lo que ocurre en el escenario por encima del
nivel del mar de gente. Llegu� a contar ciento ochenta y tres mal llamados
telescopios, y lo curioso es que luego la gente alta tuvo que comprar
telescopios para poder ver por encima del mar de telescopios de la gente bajita.
No entiendo el principio, pero mucha gente que s� pod�a ver miraba el mundo a
trav�s de los espejillos, lo �nico que se me ocurre es que de tanto esperar el
demonio del ocio comenz� a proponer idioteces y �stas sonaban razonables a los
o�dos de muchos.
Mientras est� ah� uno parado no hace nada, s�lo esperar. Yo
ya hab�a empezado a mirar hacia todas partes, nada parec�a fuera de su sitio.
Edificios por todos lados, el gent�o. Fue entonces que mis ojos fueron a dar a
un quinto piso de un hotel que queda justo frente al Z�calo. Este hotel, ubicado
en un sitio privilegiado, tiene balcones que dan justo a la plaza mayor del
Z�calo, su amanecer amanece con el asta bandera, con la catedral, enfrente tiene
al Palacio Nacional, la ciudad deambula, ese hotel tiene vista al meritito
coraz�n de M�xico. Bien, en uno de esos balcones alcanc� a ver una novia,
vestida de blanco, con sus codos puestos sobre el peque�o barandal del balc�n,
con su velo echado para atr�s. Atr�s de ella, pasando de una habitaci�n a otra
estaba un tipo en traje de novio, caminando deprisa, con su mano al o�do,
seguramente llamando por un tel�fono m�vil. La escena me parec�a extra�a, la
novia aburrida viendo las hormigas humanas que se re�nen en la plaza mientras el
novio pasea como le�n enjaulado con un tel�fono m�vil. La habitaci�n en que
ellos estaban abarcaba dos de las ventanas que dan al Z�calo, por lo que se
debi� tratar de alguna suite o algo parecido. Si la novia estuviese llorando
dar�a congruencia a la expresi�n de sus hombros, pero era algo que yo no
sabr�a... por ahora. Lo �nico cierto era que por alguna extra�a raz�n deseaba
que ella me estuviese mirando espec�ficamente a mi, as�, sin raz�n alguna. �Qu�
motivos tendr�a ella para fijarse justo en m�? Ninguna, iba vestido de novio,
pero de novio pobre, m�s bien de oficinista que toma su coche directamente del
trabajo y maneja cinco horas para llegar hasta ac�. Ella me ve�a, pues yo, y
quienes me rodeaban, form�bamos la muchedumbre, yo era la muchedumbre.
Ya eran las 6:40, faltaban, tentativamente, 50 minutos de
espera. En las enormes pantallas hab�an ya puesto hasta el cansancio unos
anuncios del Gobierno del Distrito Federal, "Dfiesta en el Distrito
Federaaaaal", una y otra vez. En eso, sale al escenario un tal Humberto V�lez,
sacado de no s� d�nde, contratado para hacer matar el tiempo de espera.
Comprendo que no ha de ser tarea f�cil lidiar con una muchedumbre que, de
inicio, no est� ah� in�tilmente parada por gusto, sino m�s bien por necesidad de
tener un buen lugar, pero lo cierto es que el tipo fue, poco a poco, teji�ndose
una soga al cuello. Primero se mostr� entusiasta y salud� con esa confianza de
quien prefiere dar por hecho que la gente le conoce en vez de demostrarlo; luego
intent� aplicarle a la masa el viejo truco de "Vamos a ver quien aplaude m�s,
las mujeres o los hombres", luego, "Vamos a ver quien est� m�s prendido, los de
la derecha o los de la izquierda", como la t�cnica no funcionaba, empez� a
descalificar a esos personajes gritones del p�blico que nunca fallan, en este
caso, el turno le toc� a una "g�erita". Tampoco funcion� el viejo truco de
humillar a alguien en particular, as� que empez� a cantar. Horrible.
Cabe hacer notar que el concierto era un concierto de Serrat
y que el p�blico, digamos, era gente al menos medianamente sensible, sin
embargo, la actuaci�n de este se�or V�lez hizo sacar a flote la peor parte del
p�blico. Yo la verdad no pod�a sino admirar la capacidad de este sujeto para
soportar los insultos y los improperios. Cant� primero la canci�n "Amigo" de
Roberto Carlos, que cantada por �l se convert�a m�s bien en "Enemigo". Luego se
ameniz� con una canci�n de Napole�n que se llamaba "Ella se llamaba Martha" que
habla de que al tipo lo abandonan. El ingenio del p�blico r�pido empez� a
conjeturar que este abandono era merecido. Cuando el fulano amenaz� con cantar
la tercer canci�n se abri� un silencio maravilloso que sirvi� de marco para el
alarido de un hombre joven que grit�: �Descon�eeeecteeenmeeee!. La gente
carcaje� s�lo de imaginar que el tipo era un robot y que ante la amenaza de una
canci�n m�s de parte de este interprete lo mejor ser�a estar apagado o muerto
para no escuchar.
Es cierto que el tipo cantaba mal, pero hab�a que entender
que �l no hab�a sido contratado para brillar m�s que el artista estelar, sino
por el contrario, hab�a sido teledirigido para que la gente no se aburriera
tanto mientras esperada ah� parada en pleno Z�calo. As�, me atrevo a decir que
la funci�n del tipo rayaba en lo terap�utico y era como una pelota antiestr�s.
As�, el fulano uni� al p�blico en el �nico objetivo de odiarlo. El cabr�n V�lez
soportaba tanto castigo que yo ya empezaba a sospechar que era indestructible.
Otro silencio que hizo marco para la voz de un chiquillo de 6
o 7 a�os que gritaba: "�Yaaaaa Caaaaaaallaaaaaateeeeee!". Otra vez la carcajada.
Luego comenz� a llover, muy poco, pero dado que el cielo estaba gris, un gris
pesado de agua, nadie se mostraba optimista. Cubrieron los instrumentos, mala
se�al. Los merolicos, cansados de vender telescopios sacaron el nuevo producto
de novedad: "Le traemos a la venta los impermeables, lleve los impermeables
unisex, son de a diez". Nuevamente las v�ctimas, imaginando lo peor, compraron
sin chistar los llamados impermeables, que no eran otra cosa que bolsas para
basura tama�o jumbo con un par de tiritas de hule para anudar al cuello; en un
horrible color celeste no pod�a yo imaginar en qu� consist�a lo unisex.
Humberto V�lez comenz� a caer todav�a m�s bajo. Como no hab�a
logrado ganar la simpat�a de la gente, comenz� a trabajar para lograr la
absoluta antipat�a. Comenz� a hacer escarnio de lo mucho que nos �bamos a
empapar. La lluvia espor�dica segu�a. La gente segu�a haciendo blanco en el
pobre de Humberto, y en muchos de los casos tambi�n en su madrecita santa. Cont�
un chiste, dijo: "Llega un compadre con otro y le pregunta: �Oye compadre, a ti
te gustan los tr�os?, y el compadre contest�: "No s�, supongo que s�". "Pues
c�rrele a tu casa con tu esposa que ya nom�s faltas t�". La gente, a ser
honestos, se ri� de buena gana con el chascarrillo, pero m�s se rieron cuando
despu�s de contar este chiste, el buen Humberto pregunt�: �Qu� canci�n quieren
que les cante?" y un tipo le contesta con un grito que retumb� clarito en todo
el Z�calo: "Y a ti, �Te gustan los tr�os?". Humberto lo busc� con la mirada,
imposible hallar al grito an�nimo. Cant� todav�a una canci�n m�s, una que se
llama "Secreto de Amor" de un tal Joan Sebasti�n, cuya interpretaci�n requiere
de un pasito sexy que en el traje del Sr. V�lez luci� m�s bien c�mico. Termin�
de cantar y acto seguido sugiri� que el espect�culo no comenzar�a hasta las 8 de
la noche, y se march�.
Los pies dol�an ya. Muchos se sentaron en el suelo para
ahorrar energ�as para el concierto, o para disminuir la hinchaz�n de los pies.
La nube negra ces� en su intento de mojarnos pero sin hacernos perder la
esperanza de darnos un buen ba�o. Por un momento no hab�a ni anuncios en las
pantallas gigantes, ni un Humberto V�lez a quien gritarle. Yo me segu�a
entreteniendo mirando al novio que hablaba en un tel�fono m�vil recargado en el
balc�n del quinto piso del hotel, colgando, luego marcando otra vez al tel�fono,
luego hablando, luego colgando, como si fuese un corredor de bolsa o algo
parecido, mirando �l a la muchedumbre como hormigas mientras hablaba y daba la
espalda a su acompa�ante. En el interior de la ventana completamente abierta se
ve�a la novia, con su vestido blanqu�simo y su corona de azahares, caminando en
la habitaci�n como le�n enjaulado. Me pareci� la luna de miel m�s extra�a,
probablemente estaban en ese lapso que existe entre que termin� la misa y
comienza la fiesta, tal vez esperaban consumar la boda haci�ndose el amor frente
al balc�n mientras Serrat cantaba "El Amor", no lo s�.
Una nueva diversi�n apareci�. Extinta ya la lluvia, los
camar�grafos empezaron a tomar al p�blico, quien comenz� a verse en las
pantallas gigantes. Lo que no pudo hacer el buen Humberto V�lez lo consigui� el
deseo del p�blico de salir en la televisi�n, de ser el foco de atenci�n por
segundos. En las pantallas gigantes aparec�an entonces los rostros de gente
normal que se volv�a m�s bella e interesante al saberse capturada por la lente,
muchos sonre�an, otros fing�an que no sab�an que estaba su cara en la
megapantalla, y esa era la representaci�n que regalaban al mundo, una chica
bail� afro antillano y otra lanz� un beso, un se�or se alis� el bigote y una
pareja se bes� en p�blico. Las caras, todas distintas, todas deseosas de
participar en esa nada que fue salir en la pantalla. Por un momento divagu� en
la posibilidad de que alguien se enamorara a primera vista de alguien que era
capturado por la c�mara, que le buscara, que diera con �l, o que imaginara que
se trataba de un fantasma. Otra idea vino a mi cabeza, tal vez la novia del
balc�n sabr�a de mi si mi cara saliera en la pantalla, despu�s de todo, la
megapantalla era bastante amplia como para que ella, desde su quinto piso, me
pudiese divisar.
Voltee hacia el hotel para buscar a la novia. �Estaba ella
viendo los artistas involuntarios? No lo s�. El novio la abrazaba por detr�s, el
vestido estaba alzado de alguna rara manera. Pudiera ser que me equivocara, pues
estaba yo muy lejos de aquel balc�n. Sus codos no estaban ya sobre el barandal,
sino que ahora eran sus manos las que se as�an del borde del mismo como si fuese
una guacamaya parada en un trapecio. El novio la agitaba de atr�s para adelante,
y ella se dejaba poseer teniendo como vista rom�ntica la plaza del Z�calo
infestada de gente. �Era acaso una fantas�a? El velo blanco se mov�a tembloroso
como una orqu�dea que resiste las gotas de lluvia. �Alguien m�s estaba viendo
aquel acto? Voltee para todos lados, y nadie, nadie miraba en direcci�n de la
ventana del balc�n donde estaban poseyendo aquella novia, todos miraban la
pantalla. El novio abraz� fuertemente a la novia, y ella volvi� el rostro hacia
la espalda para agradecer con un beso la penetraci�n. Sent� ver con claridad el
cuello de la novia, y me excit�. Segundos despu�s, ella estaba de nuevo con los
codos sobre el barandal, y el novio volvi� a las andadas de llamar con el
tel�fono.
Sali� un �nico y solitario tipo a quitar el pl�stico del
piano, de los platillos de la bater�a. Encendieron unas l�mparas que pend�an del
cielo falso del escenario con forma de caracolas rebanadas a la mitad, probaron
tambi�n unas columnas de tela que se iluminaban en rojo.
Por fin salieron los m�sicos y desapareci� el dolor de los
pies, el espacio pareci� suficiente por momentos, un bosque de telescopios se
alzaron. Sali� por fin Serrat. Repito, no soy muy fan de Serrat, y tampoco fui
al concierto a tomar nota ni de los nombres de las canciones ni el orden de
�stas. Empez� con una canci�n que culmina diciendo "Nac� en el Mediterr�neo".
Fue muy buena. Luego, Serrat se tom� un tiempo para hacer algo que, supongo, le
pareci� prioritario, que fue, disolver la diferencia entre maestros y p�blico,
ya no mandando quitar la reja de metal que nos divid�a, sino la otra reja, esa
que es todav�a m�s indestructible, la reja de indiferencia, la reja en que un
grupo y otro se siente distinto y mejor que el otro. Serrat pr�cticamente dedic�
ese concierto a los maestros y cuid� de hacer patente que �l se solidarizaba con
ellos (no con su causa ni nada por el estilo, sino con ellos, como gente que
son, lo que me pareci� brillante), invit�ndoles a disfrutar de ese espect�culo,
invit�ndoles a compartir esa noche en que se ten�a la suerte de coincidir. As�,
el buen Serrat disolvi� de inicio las diferencias, convirtiendo, ahora s�, a
todo el Z�calo en p�blico. No pod�a cantar para todos sin cantar para ellos
tambi�n.
Sigui� cantando, las canciones me parecieron unas tiernas,
unas profundas, otras francamente aburridas. M�s all� de su m�sica estaba �l,
mostrando toda serie de expresiones. En lo personal estaba ah� parado y
entusiasta esperando una canci�n en particular, que no era Pen�lope, ni
Luc�a, ni Cantares, ni Ser�a Fantastic. Iba yo por
"M�rame y no me toques", del disco Utop�a, el �nico de Serrat que he
comprado, y precisamente por contener esta canci�n que me es tan importante,
significativa e inspiradora para mi que he escrito una novela en su honor, para
bien o para mal pornogr�fica -que es el �nico g�nero que s� concluir- que
me enternece mucho.
Esta novela relata una historia de amor duro y rom�ntico a la
vez que me parece muy intensa, y cuya historia ocurre en gran medida en la
estaci�n del Metro Insurgentes de la Ciudad de M�xico, y en los propios vagones.
Si bien Serrat no tra�a dentro del repertorio ensayado esta pieza de "M�rame
y no me toques", si me sorprendi� y conmovi� hasta las l�grimas con esa de
"La Bella y el Metro". Mi novela ya tiene dentro de las frasecillas que
preceden a cada uno de sus cuatro grandes partes una cita de la letra de "M�rame
y no me toques", y ahora tendr� que agregarle alguna cita de esta pieza de "La
bella y el metro" pues eso es lo que mi historia es, una que habla de una bella
y de un metro, y de alguien que la mira.
Me distraje del espect�culo para voltear a ver a la novia, a
la que ya hab�a olvidado por un tiempo. No s� si fue la situaci�n la que me
inspir� a voltear o si fue la simple curiosidad la que me hizo enfocar aquella
ventana en el momento justo en el que el novio se pasaba a la habitaci�n de
junto a donde estaba la novia, cerraba con llave la divisi�n existentes entre
las dos habitaciones, y segu�a hablando al tel�fono. Entr� en eso una mujer
vestida de negro en la habitaci�n donde estaba el novio. Para mi sorpresa, la
mujer de negro se abraz� del novio y comenzaron a besarse. Desde donde yo estaba
pod�a concluir que una de las manos del novio, cuya novia estaba en el balc�n de
la habitaci�n continua, le palpaba las nalgas a aquella invitada, dama de
deshonor, o lo que fuera. Tal vez mi mirada fija en la novia hizo que ella
tuviera la necesidad de ir a la otra habitaci�n, aunque la escena no ser�a grata
para ella. Tragu� saliva y pens� que si por alguna causa el novio comenzara a
magrearse a las dos yo si me sorprender�a. La novia dej� el balc�n y de un
empuj�n tumb� la puerta. Encontr� a su novio bes�ndose con la dama de deshonor.
La novia se abalanz� sobre ambos y comenz� a pegarle al novio. �ste, sin
gentileza, le dio una bofetada que la mand� al suelo. Ella se levant� y no
intent� pegarle m�s, y se perdi� entre aquellas habitaciones. Probablemente se
marchaba.
Por un momento pens� de ir a su encuentro, pero �Qu� le
dir�a?, �Qu� sent�a pena por ella? No. Nada ten�a que decir. Adem�s, desde hac�a
un rato estaban impidiendo que la gente pasara hasta lugares como aquel en el
que yo estaba, as� que si mi plan, si es que lo hab�a, fallaba, ya no podr�a
regresar ni estar ligeramente cerca del escenario. As�, turbado por tantas
historias, las de Serrat y las de los balcones, volv�a al espect�culo.
Otra canci�n que me gust� much�simo fue la de "Disculpe el
se�or". Hay que decir que el grupo que acompa�a a Serrat tiene una calidad
interpretativa indiscutible. De ah� a que la melod�a que interpreten me guste
hay cierto trecho. Por ejemplo, la de "La Mala Racha" la sufr� bastante, pues me
son� a un jazz ligth, aunque me de risa que Serrat maldiga a quien lo maldijo.
Repito, mi formaci�n es m�s bien roquera. Sin embargo, el
arreglo que hicieron de "Disculpe el se�or" me pareci� bello y espeluznante. Por
alguna raz�n soy bastante sensible a la injusticia y s� que en mi pa�s hay
mucha. Ahora bien, el arreglo de esta canci�n para este concierto me suena con
una intensidad parecida a la de Mike Outfield en su "Tubular Bells", que
para quien no recuerde le dir� que es la canci�n tema de la pel�cula de El
Exorcista, que para quien siga sin recordar es el filme en que Linda Blair es
pose�da por el demonio y deja patentado, para siempre y como suyo, el numerito
de la vomitada verde y horizontal, as� como la volteada de cabeza a trescientos
sesenta grados.
�Qu� tiene que ver esto con Serrat? Sencillo. La canci�n
"Tubular Bells" provoca catarsis a mucha gente que vio la pel�cula de El
Exorcista, su tonada, aunque dulce, aunque bella, anuncia un desastre. La
tonadita de "Disculpe el se�or" va por la misma l�nea, es r�pida, es energ�tica,
omnipresente, como una espera dram�tica pero segura, es como el dique de una
presa que comienza a admitir que tiene fisuras y comienza a escurrir hilillos de
agua y chorros que por ahora parecen una simp�tica fuente, pero anuncian algo
mayor y terrible. La letra es perfecta y retrata la ceguera que puede producir
el poder y la opulencia. No quiero decir que la riqueza, el poder o la opulencia
sean necesariamente malas, sino solamente que estos tres factores pueden ser
nefastos cuando son indiferentes al entorno, cuando no coexisten con el todo.
En M�xico habr� alg�n sitio en que viva ese se�or, y tambi�n
hay pobres que cada vez son m�s pobres y tambi�n m�s osados. Una rebeli�n
violenta es algo bien posible. Esta canci�n es muy buena en el disco, pero en
este concierto la encuentro insuperable. Si a ello agregamos que Serrat la
interpreta con mucho dramatismo solidario, explicando de una manera sencilla y
profunda a la vez que no puedes desatender que el pr�jimo tambi�n existe,
concluir�amos que nos interpret� no una canci�n, sino una obra de teatro, o un
posible libro de historia. Canciones como esta son peligrosas en M�xico, pues
pueden abanderar movimientos sociales, y este es un gesto muy interesante de
Serrat, que con tantos a�os de andar por la senda del �xito, que no obstante que
quepa perfectamente en el mainstream, en el orden de las cosas, puede resultar
peligrosamente comprometido con la justicia. Oyendo esta canci�n un campesino, o
por qu� no, los maestros que hacen su manifestaci�n, se nutren de esperanza y de
valor, y el avaro y el pol�tico insensible de verg�enza. Serrat goza, sobra
decirlo, de una credibilidad que no ri�e con su fama. En �l parece que la fama
es m�s bien una herramienta de lo que tiene que decir.
Si bien la c�mara tomaba mucho a Serrat, en ocasiones tomaba
al p�blico, y fue en una de esas tomas que, detr�s de una dama de rostro
bell�simo, me pareci� ver una r�faga blanca que atropellaba gente detr�s. Voltee
de inmediato hacia donde estaba el camar�grafo y calcul� la inclinaci�n de la
c�mara para dar con un punto aproximado de d�nde pudiera estar la novia en fuga.
Por un momento dud� que se tratara de ella, pues ya no dejaban pasar a nadie,
pero vamos �Qui�n le dice que no a una novia vestida de blanco? Seguro el
portero no tuvo coraz�n para impedirle que entrara a la mejor zona del
concierto.
Corr�, atropell� gente, intent� divisarla, hasta que lo hice.
Mir� instintivamente al balc�n y en el balc�n estaba el novio, con sus codos
recargados en la barandilla, como si buscase su novia perdida entre la multitud.
Me acerqu� a ella, ella dej� de correr, como si me percibiera, y se detuvo. Me
par� enfrente de ella para descubrir que no ten�a nada que decirle, al menos no
algo que no fuese una estupidez. Me le qued� viendo a la cara, d�ndole la
espalda al buen Serrat. Era de piel blanca, nariz aguile�a, mejillas saltonas,
muy bonitas, con una boca muy roja, y unos ojos irremediablemente tristes. Pens�
en lo �nicos e irrepetibles que �ramos, y me naci� una inquietud absoluta por
descubrir aquellos detalles que hac�an �nica a esta novia. Por una precauci�n
absurda voltee al balc�n del quinto piso s�lo para descubrir que el novio ya
ten�a empinada a la dama de deshonor sobre el barandal del balc�n, esta s� con
la falda levantada, sujet�ndole el culo por los lados, tom�ndola con descaro
exhibicionista. Ella volte� y vio lo mismo que yo ve�a, luego me volte� a ver a
mi y de sus ojos eyacul� una l�grima por cada ojo.
El destino es as�. En ese momento, la c�mara dio con
nosotros. Supongo que el camar�grafo solt� una sonrisa cuando nos vio a la novia
y a mi, pues pudo suponer que �ramos reci�n casados y que como un detalle
rom�ntico hab�amos venido a ver a Serrat, lo cual el p�blico aplaudir�a. Ella,
al verse retratada en la megapantalla, se abalanz� sobre mi y me comenz� a dar
los besos m�s salvajes que hubiese yo recibido, con una lujuria y abandono muy
extra�o. El p�blico aplaudi�, creyendo que estaba presenciando un beso de dos
reci�n casados, aplaudieron en nosotros la posibilidad de que la gente se pare
una enfrente de otra y diga "S�, quiero vivir contigo. Quiero estar a tu lado
para siempre.", aplaudieron en nosotros lo que supusieron la promesa de una
noche sexual e intensa, una noche de gozo, aplaudieron en nosotros la relaci�n
que siempre quisieron, atemporal, instintiva. Yo comenc� a besar tambi�n.
Comenc� a abrazar, a tocar. La gente nos miraba y se enamoraba de nosotros. Sin
embargo, entend�a que para ella aquello hab�a sido estupendo, pues mientras su
esposo le hac�a el amor a la invitada, �l podr�a ver en la megapantalla lo f�cil
que era que su reci�n desposada novia encontrase otro hombre con quien joder.
"Con quien joder" era la parte que me gustaba de toda aquella historia. Los
besos que ella me dio eran muy extra�os, pues no era que me besara a mi, sino
que en su beso concentraba todos los besos que no le dar�a a su hoy esposo,
todos los besos que le ser�an negados, yo era el resto de los hombres con quien
ella joder�a por mera venganza. Eran besos de desamor, de un profundo desamor
que me supo casi al mayor amor. Pareci� ser que el novio efectivamente nos vio,
pues par� un momento de joder a la invitada para mentarnos la madre con los
brazos.
Serrat cant� "Pen�lope" y las no s� cuantas miles de almas
que abarrotaban el Z�calo vivieron y se conmovieron con esta adorable mujer.
Hubo sin embargo, y a mi juicio, un detalle imperdonable. Dada la euforia,
Serrat dej� que fuera el p�blico quien cantara el "tu no eres quien yo espero".
Es cierto, Serrat es mucho m�s que esas seis letras, de hecho canciones como "Pueblo
Blanco" pueden ser tan o m�s intensas que "Pen�lope", pero tambi�n es
cierto que miles de personas, incluy�ndome, estaban ah� para o�rle decir esas
seis palabras. Por menos que eso excomulgu� a David Torres en su refrito de la
misma canci�n por decirlo sin gracia. En fin, no lo hace malo pero pudo ser
mejor. Adem�s, mi mente estaba en otra parte, pues abrazaba por la espalda a la
novia. No nos hablamos ni nos dijimos nada, ella estaba ah� para mi. Cumplir�a
su amenaza, para mi suerte. Parec�amos dos novios, sin conocernos siquiera,
durante el resto del concierto fingimos ser esa pareja de reci�n casados, ella
lo quer�a creer, yo quer�a hac�rselo creer. Acabar� de contar lo del concierto
como si nada, para luego volver a mi novia.
Siguieron las canciones hasta que, literalmente, Serrat quiso
acabar con la fiesta. Quiso acabar con "La Fiesta". Se retir� del
escenario y la gente core� bastante poco pero bastante fuerte el "Otra, otra,
otra" para hacerlo regresar. �Se iba a ir sin interpretar "Cantares"? En
realidad nadie lo cre�a capaz de ese crimen. Volvi�. Y fue para interpretar "Cantares".
Fue un instante sin precio. La totalidad de la gente cantaba la misma canci�n,
como si la tonada fuese parte de la atm�sfera misma. Serrat cant� pocas estrofas
de la canci�n, supongo que porque la sonrisa inevitable le imped�a de alguna
forma cantar. Ignoro la cantidad de gente que estaba ah�, pero todos cantaban y,
probablemente, sent�an lo mismo.
Se volvi� a ir y volvi� a regresar para cantar "La Saeta". A
partir de este encore, ocurri� algo singular. Terminada "Cantares" muchos
empezaron a creer que todo hab�a terminado. As�, se ausentaba Serrat y terminaba
el concierto para muchos... pero continuaba para los que se quedaran. La gente
gritaba pidiendo que regresara. Inocentes, algunos dec�an "Se�ora, Se�ora,
Se�ora" pretendiendo que, en agradecimiento al �xtasis, Serrat cumpliera ese
capricho de cantar la canci�n prohibida para quien ya no se siente yerno
maldito. Otros repet�an el "Se�ora, Se�ora, Se�ora" s�lo porque es una palabra
sencilla de repetir. Yo ya me empezaba a resignar de que no cantar�a "M�rame y
no me toques", pues me sab�a adem�s imposibilitado para pedirla, ya que de
gritarlo nadie me apoyar�a con semejante t�tulo de ocho s�labas. Era m�s f�cil
repetir las tres de se-�o-ra.
Acabada "La Saeta" se ausent� de nuevo. La gente gritaba y
Serrat no sal�a. Sin embargo nadie recog�a los instrumentos, ni encend�an la luz
del escenario para que la gente saliera pac�ficamente. Hab�a esperanza. Regres�
para cantar "Luc�a". Este irse y volver trajo consigo un detalle, para mi,
varios detalles de colecci�n.
Detr�s de mi estaba una mujer de unos treinta y cinco a�os.
Me quedaba claro que adoraba a Serrat. Ese era el qu�. El c�mo era m�s o menos
as�. Dec�a en voz alta lo que pensaba, sin preocuparse l�gicamente por lo que
pensaban los dem�s, por una sencilla raz�n, para ella no exist�an esos
dem�s. Serrat dec�a alguna cosa y ella dec�a, "Hay Serrat, Serrat, Serrat".
Era extra�o, pues lo dec�a en voz bastante alta, con una intimidad tan
abrasadora que no pod�a uno sentir sino envidia del Primo Nano de Sabina.
Pareciera que se lo estuviese diciendo a Serrat dentro de una habitaci�n, como
si fuesen amantes desde hac�a mucho tiempo, con familiaridad, o m�s cerca aun,
al o�do, como si bastase que ella pronunciara su nombre para que �l entendiera
todo lo que ella era, y mejor aun, todo lo que ella le har�a. Todo es tan
ef�mero. Esas palabras fueron dichas con una dulzura y entrega absolutas. Pero
no se enter� el �nico que deb�a enterarse.
Vi aparecer un tipo de aspecto singular. Su pantal�n era de
un azul tan brillante como podr�a estar un pantal�n de tela sint�tica remojado
en agua de cemento, o harina, o lo que sea que pueda opacar. En el torso llevaba
solamente una camiseta sin mangas, de esas que se ponen los oficinistas debajo
de la camisa. Su cuerpo robusto y su rostro duro y dif�cil. Ceja en�rgica,
bigote poblado. Verle daba un poco de miedo, pues ten�a un talante se asesino o
m�nimo de ex presidiario. Y he aqu� que maldijo no s� que. Sin embargo estaba
hecho un rom�ntico cantando las canciones de Joan Manuel. Serrat por fin cerr�
el concierto con "Un Mundo Raro" de Jos� Alfredo Jim�nez. La mexicanidad se
enajen�.
La gente comenz� a dispersarse. La novia me abraz� de la
cintura y peg� su mejilla a mi hombro. Entend� que aquello era una ruleta rusa,
pues yo la llevar�a a un hotel y le har�a el amor, siempre y cuando antes no nos
encontrase el esposo verdadero. Supe que eso era as� en medida de que me
abrazaba, se agazapaba en mi, y luego alzaba la cabeza para buscar, como si
desease que el novio apareciera y la salvara de mis garras, que llegara y
peleara por mi, que atacara salvajemente al raptor, que sacara mi sangre en
defensa suya, que descargara en mi cuerpo su pistola, esa que guarda siempre en
su malet�n, junto al tel�fono m�vil. Mi posici�n era incierta, pues si llegaba
el novio habr�a, sin duda, la pelea, y yo me habr�a peleado a cambio de nada. Yo
cruc� los dedos.
Ella, conforme sal�amos, primero de la gran plaza, luego de
la muchedumbre, se entristec�a un poco. La habitaci�n del quinto piso estaba
apagada, con las puertas abiertas al vac�o. �Acaso el novio estaba ya en las
calles buscando su novia? �Habr�a apagado las luces para gozar aun mejor de la
dama de deshonor?. Caminamos hacia un hotel que no ten�a nada qu� ver con las
cinco estrellas de aquel en el que se hospedaba horas antes. Estuve a punto de
decirle que jug�ramos un juego, que imagin�ramos que efectivamente �ramos marido
y mujer, pero al abrir la puerta de la habitaci�n y ver la cama de hotel de paso
que probablemente no hab�a sido arreglada luego del �ltimo revolc�n que ah� se
sucedi�, supe que proponer aquel juego era algo de tan mal gusto que con un
peligro y ella correr�a. Dentro del Z�calo quise pasar mi mano por su cabello
con ternura, pero ella quit� la cabeza como con asco, o repudio, no quer�a nada
de lo que yo era, sino todo aquello que yo no era, es decir, su rico marido.
Supe entonces que mi papel no era otro que el de un simple sujeto que por una
mezcla de venganza y suerte ten�a a esta novia para mi, que lo m�o era
aprovecharme de ella, lucrar con su cuerpo, sacarle partido a aquella mujer que
no era ni ser�a para mi, es decir, darle un trato de objeto hermoso, pero objeto
al fin. Creo que ella no esperaba de mi nada, ni amor, ni romance, ni despu�s,
por ella, si estuviese m�s feo y borracho mejor. Mientras m�s la utilizara su
venganza ser�a m�s profunda.
Aclarado el punto me dispuse a cumplir con aquel bello
trabajo. La tumb� sobre la cama, la obligu� a ponerse en cuatro patas. Sin
apagar la luz me met� debajo de su blanco y enorme vestido. Me puse de rodillas
en el suelo, para alcanzar con la boca la altura de su sexo. Debajo de aquel
circo redondo que se formaba con el amplio vestido estaba un par de piernas
gruesas y fuertes, enfundadas por unas medias blancas sujetas con un liguero de
encaje. Bragas no hab�a. Sus nalgas estaban rosas, con un color pastel que se
tornaba p�lido u amarillento a la presi�n de las ligas. Su sexo ten�a una mata
de cabello muy abundante y su olor me embriagaba como si estuviese enfermo de
soledad y mi madre me pusiera a esta mujer como vaporizador, d�ndome a respirar
vapor de co�o, descongestionando mi deseo, activando mi circulaci�n, provocando
que mi sangre se agolpara en mi verga.
Quise lamerle el ano, pues no me result� agradable pensar que
lamer�a los vestigios que su novio le hubiere dejado luego de haberla penetrado
en el balc�n. Sin embargo, lo hinchado de su culo y el exceso de lubricante en
�l me indic� que hab�a sido penetrada precisamente por ah�, as� que me encaj� en
su co�o directamente. Primero repas� con mi lengua, como si no quisiese tocar
los labios de su sexo, dando apenas un contacto. Ella tembl�, as� que continu�
con ese procedimiento por un buen rato, para luego empezar a abrir el surco de
su cuerpo con mi lengua cada vez m�s estirada, jugando a ser un oso hormiguero
que se alimenta de su hormigueo, que no es lo mismo. Si bien comenc� libando sus
jugos como una mariposa, termin� lami�ndola como un perro muy hambriento, como
si su co�o estuviese repleto de un nutriente caldo del cual no quer�a dejar ni
una sola gota por comer. Parec�a muerto de hambre lamiendo la vasija, como
furioso porque el jugo se acaba, y ella emanando m�s, como una fuente de un
gusto dulce. La verdad me estaba poniendo muy caliente todos los gemidos que
aquella novia estaba emitiendo. Sus piernas, antes rosas, ahora estaban casi
rojas. El blanco del fondo, de las medias, del liguero, volv�an m�s intenso el
color de su excitaci�n.
Me par� y le levant� el vestido, era como ver el interior de
una orqu�dea. Sus piernas casi rojas, fuertes, tensas. Ella me mir� con
angustia, y la abertura de su boca lo dec�a todo, as� que le di una nalgada.
Gimi�. Luego, san� la marca roja de mi mano con mi lengua, caus�ndole un alivio
supernatural. As� vinieron otras cinco nalgadas, y ella hac�a muecas de dolor,
pero sonre�a. A mi no me llama la atenci�n eso de estar da�ando, pero este no
era un da�o en s�, pues era como si las nalgadas solo fuesen hechas para marcar
de rojo la nalga, para poner la carne mas dispuesta a la dulzura, mas sensible a
la caricia, como si la nalgada fuese s�lo un pretexto para ver como aquel par de
nalgas temblaban ante el amasamiento rudo.
Ella se sac� de la boca algo y me lo ofreci�. Era una
pastilla refrescante de menta, se esas que luego de chuparse un rato permite que
uno aspire aire y �ste se sienta helado. Yo la aloj� en mi boca sin entender.
Pero ella, alzando hacia arriba el culo me dio la indicaci�n a seguir. Comenc� a
mamarle el co�o con la pastilla en la boca, mis labios estaban ardiendo por
dentro pero helados por fuera, y sin duda su sexo se estaba sintiendo igual de
discordante. Ella se pon�a m�s caliente conforme yo m�s le chupaba con mi boca
congelante. Sent� que tuvo un orgasmo, aunque ella intent� que yo no lo notara.
Lo com�n era que la comenzara a penetrar, me pusiera
caliente, me regara dentro de ella, y listo, pero yo no ten�a intenciones de que
esto terminara r�pido, y creo que ella quer�a ser usada mucho m�s, quer�a volver
a su hotel dici�ndole a su marido que la noche de bodas la pas� a lado de otro
hombre, decirle que estaba cansada, que no quer�a ya fornicar m�s, que le arde
el culo y el co�o, que le ponga crema en la boca porque trae la boca reseca de
tanto chup�rmela, le gustar�a llegar con su esposo y decirle que est� agotada,
acostarse a su lado y darle un beso de buenas noches que le hiciera saber todo
lo que su boca hab�a tragado minutos antes, era mala, y era buen�simo que lo
fuera.
La dej� as�, en cuatro patas, yo todav�a vestido. Con mi mano
derecha comenc� a meterle unos dedos, masturb�ndola con distintas t�cnicas muy
delicadas. As�, parado a su lado, viendo ese espect�culo que era tenerla tendida
co�o arriba, con sus medias y ligueros blancos, con su vestido de novia vuelto
hacia arriba como una flor bien abierta. Le met�a dos dedos en la vagina y el
pulgar en el culo, intentando confrontarlos dentro del cuerpo de ella. Poco a
poco comenzaba a rozarle la verga, aun empantalonada, en las caderas, para que
sintiera mi dureza y se fuera haciendo a la idea.
En un movimiento brusco se baj� de la cama, estando yo aun
parado, y se puso de rodillas, cuidando de extender el c�rculo de su falda de
novia, para verse como un cisne sumiso. Su cara estaba ebria, como ida, de
rodillas, sugiriendo una sola cosa. Yo me saqu� el miembro y lo fui a insertar a
su boca. Primero me hice el rudo, tom�ndola de la nuca y haciendo que me tragara
toda la verga, que no pareci� resultarle muy f�cil, luego le tom� de la cabeza y
comenc� a penetrarala por la boca a caderazos. Conclu� que el mensaje estaba
entendido, que ella ya se sent�a utilizada, y a partir de ah� la dej� hacer. �Y
vaya que si sab�a hacer!. Engull�a mi verga con la misma hambre que yo hab�a
mostrado a su co�o, como si fuese una perra hambrienta que disfruta de un hueso
duro que ha encontrado. Se met�a el tronco entero, luego lo recorr�a de lado,
luego se pasaba a mis test�culos y hac�a gargaras con ellos, luego se bajaba a�n
m�s a morderme el tronco, la costurita que se hace entre los test�culos y el
ano. Me mordi� tanto ah� que no necesitar� hacerme prueba alguna de c�ncer de
pr�stata en a�os. Por poco me deja el culo leporino de tantas mordidas.
La volv� a poner en cuatro patas cuando me cans� de que me
mamara tanto, o mejor dicho, cuando era ya insoportable no penetrarla. Puso su
par de nalgas majestuosamente dispuestas. Me coloqu� detr�s de ella y primero la
tom� de las nalgas de fea manera. As�, agarr�ndole las nalgas con cada mano,
fing�a torpeza a la hora de encajarle mi verga, un poco para aplazarlo m�s. Ella
misma dirigi� su mano a mi sexo para instruirle el camino, agit�ndolo un poco,
masturb�ndome, como si quisiera pon�rmelo impaciente. Una vez que lo coloc� en
ruta no le di tiempo de pensar y se lo dej� ir hasta el fondo. Luego de lo que
le hab�a hecho con las manos no pod�a presumir que lo ten�a indispuesto, sino
todo lo contrario. Me centr� no en lo que sent�a mi verga al meterse en tan
h�meda y caliente selva, sino que me qued� largo rato viendo como la parte
interna de mis caderas chocaban con aquel par de nalgas que temblaban redondas y
pesadas a cada metida que daba, y eso era lo que disfrutaba, ver c�mo las nalgas
temblaban redondas, y como mi trozo se perd�a en aquel co�o oscuro, como de
negra, que se ocultaba en aquel valle rosa que era su piel.
Nos pusimos de pie y yo la recargu� en contra del muro, le
hice que levantara su pierna derecha y que con ella me abrazara las nalgas, y
as�, de pie, empec� a fornicarla en un �ngulo ladeado. Y no fue sino hasta ese
momento en que ella empez� a besarme en la boca, ya no besando lo que yo no era,
sino besando la jodienda que le estaba yo dando, que empec� a bajarle la
cremallera de la espalda. El sost�n, sobra decir, era blanco y de encaje. Y as�,
penetr�ndola, estaba hipnotizado viendo c�mo aquel par de tetas generosas se
aplaztaban contra mi torso desnudo.
Me separ� un poco para quitarle todo, menos el velo y las
medias y el liguero. Me sent� a la orilla de la cama y la obligu� a montarme
frente al espejo para ver c�mo hac�amos ese engranaje perfecto, la obligu� a
ver, y toda su lujuria se concentr� en sus ojos, as� que comenz� a dar de
caderazos m�s fuertes para ver c�mo mi verga se doblaba y se torc�a toda
brillante para perderse entre aquel par de nalgas. En ocasiones ella frenaba y
yo la barrenaba mec�nicamente, lo cual se siente menos intenso, pero en el
espejo se be bien. Como pude la cargu� para que ella se viese de lado en el
espejo.
Cuando estaba ya a punto de regarme, ella se puso de rodillas
y comenc� a met�rsela entre las tetas mientras ella aprisionaba con los labios
la punta de mi verga. Comenc� a manar mi leche entre sus labios y ella no
quitaba la vista del espejo para ver c�mo le ba�aba la cara. Ella tallaba mi
verga exprimida en su rostro, diseminando la blanca sustancia. Se par� y no me
dej� opci�n de evitar besarme. Como que le puso caliente saber que me estaba
obligando a la mariconada de beber semen. Not� que, aunque me hab�a regado en su
cara, mi verga segu�a enhiesta.
Eso me pasa cuando me corro afuera de la vagina, se me queda
tiesa. Si me riego dentro no ocurre eso. Ella tom� algo de semen de su mejilla y
se lo disemin� en el ano. Se recost� dando cara el culo al espejo, y yo entend�
lo que ella quer�a. As�, le clav� la verga en su ano, dej�ndole ver en el espejo
su pobre culito barrenado. Mi verga, brillante y dura, hac�a que todo aquello se
viese grotesco, y era aquella bizarrez la que hac�a que ella mirase el espejo
perdidamente. Con una de sus manos comenz� a masturbarse, o mejor dicho, a
intentar acariciar mi verga por dentro de su vagina. Cerr� sus ojos, ahora s� no
le import� que me diera cuenta de su placer. Yo tuve otro orgasmo, que no fue
placentero, sino doloroso, una sensaci�n que me rebas�.
Se meti� a ba�ar sola, no intercambiamos palabra alguna, ese
era el plan. Yo me met�a a ba�ar, al salir del ba�o ella no estaba. Mir� por la
ventana s�lo para ver que abordaba un taxi.
Las experiencias sucedieron as�, y no hay conclusiones ni
filosof�as. Serrat de alguna manera sab�a que estas historias pueden pasar si �l
est� cerca. Debo comentar sin embargo que esto no par� aqu�. En una de mis
visitas por la ciudad de M�xico comenc� a ver que proliferaban videos amateurs
con t�tulos inquietantes, algo que s�lo se ve en esta gran ciudad. "Video Casero
Hoteles de Tlalpan", "Video Casero Hoteles de Cd. Neza", "Video Casero Hoteles
del Centro", "Video Casero Hoteles de la Narvarte". Pas� por un puesto de esos
que tienen una peque�a televisi�n para "probar" los videos. No es novedad que ya
no tienen verg�enza y te pueden probar un video sexual en plena calle. De reojo
vi, reconoc� la cara, reconoc� la verga. ��ramos nosotros!
Compr� tres copias de ese video, uno de ellos no
correspond�a. El que me lo vendi� me vio con admiraci�n, como si tuviese
enfrente a su �dolo. Tal vez el novio se d� cuenta bastante tarde se que la
venganza de su mujer fue descomunal, y ni siquiera por causas que ella
controlara, ahora tendr� que vivir con la humillaci�n de que cualquiera pueda
ver a su mujer cogiendo conmigo en su noche de bodas. Sus amigos podr�an
masturbarse viendo a su mujer viendo al espejo, es decir a la c�mara, gozando de
verse empalada. O probablemente se ponga caliente, no lo s�. Yo por mi parte de
vez en cuando saco mi video, y me acuerdo. Vaya que me acuerdo.
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Relato: Un mundo raro
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Tiempo de lectura: 35minuto/s
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