DIEZ SEGUNDOS
Diez segundos, nueve, ocho. Acaso toda la vida esperando una
llamada, un cigarro prendido junto al suyo, un mensaje grabado en el contestador
de casa, una proposici�n indecente que poder rechazar de una chica bonita o de
un hombre enamorado.
Definitivamente, V�ctor para casi todos y Victoria para
algunos, siempre estar�a solo.
Todo empez� hace mucho. �l casi no lo recuerda pero intuye
que V�ctor quiso ser Victoria cuando descubri� que su padre se acostaba con
prostitutas y su madre hab�a perdido la virginidad a los ocho a�os, fruto de una
violaci�n.
Ahora, veinte a�os despu�s, todav�a parece un adolescente
esperando que lo echen de la carnicer�a donde trabaja de lunes a viernes,
esperando reconciliarse con su mejor amiga, Lisa, que lo dej� en la estacada por
un gramo de coca o ser raptado por su pr�ncipe azul.
A veces tiene miedo. Y nadie lo dir�a de un joven que los
fines de semana se disfraza de Victoria convirti�ndose en una fabulosa mujer
rubia platino, falda de tubo y tacones de treinta cent�metros. Pero es cierto.
El miedo no le permite dormir de noche, cuando cierra la carnicer�a y se va a su
casa. No le permite dormir ni comer, por eso cada d�a V�ctor adelgaza m�s y
nadie se da cuenta, solamente los hombres que buscan a Victoria para meterle
mano.
Sin embargo, a estas alturas de su vida el sexo ya no le
interesa. Ya lo ha probado todo. Ha follado con j�venes y con viejos, ha follado
por amor y por necesidad. La necesidad dur� mucho y el amor casi nada. La vida
es as�. Cada d�a un nuevo disfraz, un nuevo numerito, un nuevo escenario, una
nueva persona.
�Ay, el amor!, a�n recuerda la primera vez que lo hizo por
amor. Fue hace much�simos a�os, cuando �l ten�a quince y el amor de su vida
cuarenta. Se llamaba Andr�s, estaba casado y ten�a dos hijas. Lo primero que le
gust� de �l fue la mirada, aquella mirada madura, experta, eterna, y su aspecto,
descuidado aunque elegante.
Ni siquiera ocurri� en un hotel si no en el coche de Andr�s,
un Mercedes precioso que V�ctor no se atrev�a a acariciar. Apretujados all�
dentro todo ocurri� tan r�pido que ninguno de los dos tuvo tiempo para nada.
Unos besos sencillos, un magreo r�pido, un poco de sexo oral (que le practic�
V�ctor desde luego) y nada m�s.
Ese hombre desapareci� de su vida y ya no lo volvi� a ver. Y
aunque a partir de entonces los d�as se hicieron m�s largos y las noches m�s
cortas, V�ctor comprendi� que rechazarlo a �l era muy f�cil, al fin y al cabo,
era un joven t�mido e inseguro, pero que rechazar a Victoria, musa del sexo,
experta provocadora, era casi imposible y, �que mas daba ser V�ctor o ser
Victoria si �l jam�s hab�a tenido claro quien era, si era andr�gino, si era
hombre y mujer al mismo tiempo?.
La pregunta nunca obtuvo respuesta y ahora, veinte a�os
despu�s, veinte a�os que han pasado volando, -quiz� solamente despertarse un d�a
y recordar- todav�a necesita cosas, sigue siendo humano o humana, a veces hombre
y a veces mujer.
Los fines de semana, por la noche, se convierte en Victoria,
que es una mujer distinta a V�ctor, igual que V�ctor es un hombre distinto a
Victoria. Con su lengua sibilina empalma al ejecutivo m�s estresado, con su mano
extendida recoge los billetes que resbalan de bolsillos insulsos.
Pero despu�s, por la ma�ana, tan vac�o o vac�a, V�ctor se
siente observado por mil pares de ojos, por mil pares de manos que le acechan,
le acosan, le acusan desde las paredes. Duerme hasta las tantas los domingos por
la ma�ana y durante la semana padece de insomnio, siempre las manos y los ojos,
siempre los mismos sue�os, las mismas pesadillas.
Luego, cada d�a al despertar, baja los pelda�os de dos en
dos, cruza las calles angostas ataviado en unos vaqueros, en una camiseta
sencilla y una chupa de cuero y a veces, vuelve a casa con el peri�dico, la
leche y los cruasanes m�s calientes. No sabe c�mo puede continuar as�. Tan solo,
tan sola.
Victoria no se quejar�a, la voz del demonio le apremiar�a
para que se apresurara a vivir la vida intensamente, escap�ndose de camas donde
los amantes duermen despu�s de hacer el amor, chut�ndose gramos robados,
dej�ndose invitar a birras, a cubatas, a tequilas, confiando tan solo en sus
compa�eras de pista, las drags m�s solicitadas de la ciudad.
Pero, �y los dem�s?. Los viejos verdes que se contentan con
mirar, los quincea�eros que a escondidas pagan dos billetes por una paja, los
casados de vida estable, mujer, secretaria y ni�os, los frustrados
exhibicionistas que sue�an con ser vistos, los pervertidos que escriben anuncios
en revistas S/M solicitando esclava o se dejan torturar, acaso ellos, �creen que
Victoria es siempre as�?, de veras, �piensan que Victoria desaparece de Lunes a
Viernes, a las siete de la ma�ana cuando despiertan los horneros y los alba�iles
o cuando las madres llevan al colegio a sus hijos?. Pues no, que lo sepan, no
desaparece, Victoria es entonces V�ctor, inocente como un cachorro, con sus
vaqueros y su camiseta sencilla y su chupa de cuero, y espera, acaso toda la
vida, una llamada, un cigarro prendido junto al suyo, un mensaje en el
contestador de casa de una chica bonita o de un hombre enamorado. A veces la
vida es injusta pero es as�, y a veces ya no cambia.