Relato: Memorias de la joven Candy
Memorias de la joven Candy
Siendo muy joven, cuando a�n no cumpl� los 16 a�os, deb�
decidirme a dejar el pueblo rural donde viv�a para ir hacia la ciudad procurando
continuar mis estudios, para lo cu�l, por razones econ�micas, ten�a que
trabajar. Mediante una vieja amistad de mis padres, logr� ser aceptada en una
familia compuesta por un matrimonio de mediana edad y un solo hijo que seg�n me
dijeron apenas era ligeramente mayor que yo. Las referencias obtenidas por mis
padres, fueron excelentes, respecto a la familia que me recibir�a, brind�ndome
la posibilidad de estudiar medio d�a, y pagar mi albergue y alimentaci�n con un
liviano trabajo de ayuda en las labores del hogar a la se�ora de la casa,
pag�ndome adem�s un regular salario que me permitir�a costear mis estudios; por
lo que part� hacia mi nueva residencia llena de optimismo y entusiasmo.
Al llegar v� que mis espectativas fueron superadas, pues, el
matrimonio me recibi� con mucho afecto y mucho respecto, trat�ndome dede el
principio como alguien mas de la familia, y no como una simple empleada. El hijo
de los se�ores era alto y muy guapo, pero lo not� un tanto distante y seco en su
trato. Despu�s me enter� que ten�a un car�cter hura�o, con el que disfrazaba sus
buenos sentimientos de excelente hijo, disciplinado y muy estudioso. Me
asignaron una peque�a pero bonita habitaci�n donde v� que dispondr�a de todo lo
necesario para vivir sin lujo, pero con bastante comodidad.
Despu�s que inici� mi nueva vida, comenzando mi asistencia al
colegio en el que me ayud� la se�ora de la casa a obtener una plaza, fui
acostumbr�ndome a una rutina que comenzaba muy temprano, pues, ten�a el deber de
dejar el desayuno preparado para la familia, antes de ir a mis estudios. Cuando
llegaba despu�s de medio d�a, luego de un corto descanso ayudaba a la se�ora en
diferentes menesteres, aprendiendo con ella muchas cosas nuevas, de las que
ten�a total ignorancia en mi pueblo. Despu�s que llegaba de su trabajo el se�or
de la casa, y era atendido por su esposa y por m� que ayudaba a servir la cena
preparada para �l, yo me retiraba a mi pieza para hacer mis deberes, y despu�s
para descansar hasta el d�a siguiente.
Al hijo del matrimonio lo ve�a muy poco, pues, estaba
continuamente atareado con sus deberes y estudios en la universidad local.
Cuando nos cruz�bamos en casa, apenas me saludaba, mientras que yo no dejaba de
mirarlo a hurtadillas, pues, realmente era atractivo y me gustaba ver su figura
alta y un tanto desgarbada, pero muy atrayente, tanto que sin propon�rmelo, al
poco tiempo de vivir en esa casa, ca� en cuenta que estaba enamorada de ese
apuesto muchacho, sin que �l se d� cuenta de ello.
El clima de la ciudad donde fui a vivir era c�lido, lo cu�l
me obligaba a usar en casa una ropa liviana, la misma que escog�a con cuidado,
usando blusas ligeras y escotadas que dejaban ver mis hombros desnudos; tambi�n
llevaba la espalda descubierta. Apenas llegaba del colegio, cambiaba mi uniforme
escolar por un corto short, y una de esas livianas blusas o escotadas poleras
que antes describ�.
A esa edad, yo era una joven desarrollada en la vida de campo
con un cuerpo esbelto y fuerte. Ten�a mis senos en pleno crecimiento, y por
tanto de vol�men reducido, pero turgentes. Se notaba sobresalir mis pezones, por
lo que supe que ten�an un tama�o y conformaci�n que result� la envidia de mis
amigas, las que me dijeron que mis piernas y nalgas eran atractivas y
correspond�an al estilo que mas gustaba a los muchachos de la escuela. No s� si
sus palabras eran sinceras, pero not� que los varones, en el colegio, me miraban
int�nsamente, y muchos me lanzaban piropos mas o menos encendidos, lo que
halagaba un tanto mi vanidad femenina, pero sin originarme ninguna otra
reacci�n. Despu�s me enter� que muchos me consideraban una chica sexualmente
atrayente, pero con una actitud demasiado seria que m�s parec�a de desd�n o
indiferencia hacia los chicos. Tambi�n me enter� que en esa �poca fui objeto de
la apuesta de los muchachos que se proponian cortejarme, hacerme el amor y
desflorarme, sin que ninguno de ellos haya conseguido su prop�sto, pues, yo los
rechazaba sistem�ticamente, pensando que �nicamente me entregar�a y ser�a de
aquel joven en cuya casa viv�a y a qui�n amaba en silencio, deseando ser
iniciada en el amor solo por �l.
En la vida real las cosas fueron diferentes a cuanto deseaba,
puesto que el objeto de mi amor oculto, ni siquiera me dirig�a mirada alguna, y
apenas me hablaba lo muy necesario, caus�ndome su actitud mucha tristeza, ya que
resultaban vanos mis esfuerzos por llamar su atenci�n, puesto que me arreglaba
para �l, tratando de lucir bien esmer�ndome en el cuidado de mi persona para
resultarle atractiva. En mi af�n de llamar su atenci�n, llevaba en casa unos
shorts muy ajustados y una ropa lo mas ligera posible, pues, deseaba atraerle y
queria sentirme deseada por �l. Lo atend�a con presteza y le prodigaba mis
mayores atenciones, cuando requer�a mis servicios. Hasta llegu� a dejar de usar
corpi�o cuando sab�a que �l estaba en casa, procurando ense�arle mis senos en
una forma de llamar su atenci�n. Con pena reconoc�a que ninguno de mis esfuerzos
resultaba y continuaba brind�ndome un trato distante que no daba lugar a
expresarle de otra forma mis sentimientos hacia �l. Seguramente a causa de mi
juventud, mi amor se fue convirtiendo en deseo, por lo que pensando en ese
apuesto joven, durante la noche me excitaba recordar su figura e imaginar que
estaba siendo abrasada y besada por �l, que sus fuertes brazos tomaban mi
cintura y luego subian hasta acariciar mis senos encima de la blusa que llevaba
y luego me desnudaba para hacerme el amor apasionamente. Bueno, esos
pensamientos y el estado de excitaci�n al que me llevaban, hac�an que termine en
la cama llevando mis manos hacia mi intimidad, la que aprend� a acariciar,
descubriendo el m�gico boton con el que llegaba a mis primeros estados de goce,
masturb�ndome largamente hasta lograr deliciosos e inacabables orgamos
juveniles.
Al poco tiempo de ir descubriendo mi sensualidad alimentada
por estas sesiones de �ntimo gozo solitario, ca� en cuenta de algo que primero
me caus� extra�eza y luego una gran sorpresa cuando decubr� que era objeto de
las intensas miradas del se�or de la casa, cuyos ojos no se apartaban de mi
cuerpo, escudri�andolo con detenimiento en cada ocasi�n que se presentaba. Hasta
entonces solo ve�a a ese maduro hombre con todo el respeto que inspiraba su
condici�n de amo y se�or, despu�s reci�n descubr� que era muy apuesto, y a pesar
de ser un cuarent�n, ten�a una naturaleza fuerte, aunque lo que mas me llam� la
atenci�n de �l fue su mirada intensa, la que sent�a recorrer mi rostro, bajando
luego a mi busto y desdendiendo despu�s hacia mi vientre y mis piernas, aunque
yo sent�a que parec�a detenerse en mi sexo, pareciendo querer adivinar c�mo era,
observando por encima de mi chort. Cuando yo estaba de espaldas a �l, sent�a que
su mirada no se despegaba de m�, apreciando la redondez de mis nalgas o la
tersura de la piel morena de mi amplia espalda. Tambi�n not� que cuando pod�a me
lanzaba breves y disimuldos piropos, aunque cada vez los dec�a con mayor
descaro, haciendo que yo termine confundida y sin saber como reaccionar.
Fu� as� que comenc� a tener extra�os sue�os er�ticos, en los
que eran mezcladas las im�genes del joven objeto de mis amores y deseos, y las
de su padre. Al primero ve�a en mis sue�os observando con indiferencia mis
requiebros amorosos, y al padre posey�ndome, a veces viol�ndome, o a veces
gozando conmigo de mil formas que terminaban por hacerme despertar presa de
intensa excitaci�n que despu�s aplacaba acarici�ndome, estrujando mis senos y
masturb�ndome con frenes�. De esta manera fui haci�ndome casi una adicta del
sexo, el cu�l disfrutaba a solas, pero llena de sue�os y fantas�as en las que
mezclaba las im�genes del padre y del hijo. No puedo decir que lleg�e a
enamorarme del se�or de la casa, como lo hice del hijo, pero cuando sent�a en mi
cuerpo esa profunda mirada que describ� antes, nac�a en m� un raro deseo que
conclu�a en un agradable cosquilleo debajo de mi vientre, notando despu�s que mi
sexo estaba h�medo y mis labios genitales dilatados, como en espera de ser
penetrados por un fuerte miembro que rompa mi virginidad.
En este estado de cosas, mi retorno a la casa despu�s del
colegio, significaba el inicio de una intensa jornada vivida �ntimamente sin que
pueda ser expresada hasta que en la soledad de mi cuarto, llegada la noche,
encontraba la forma de desahogar mi creciente excitaci�n, masturb�ndome hasta
llegar a un intenso orgasmo que no era suficiente para aplacar mi deseo, pues,
precisaba continuar hasta lograr saciarme solo despu�s de obtener tres o cuatro
orgasmos, dejando mi cl�toris hinchado y adolorido.
Despu�s, ya mas tranquila, me pon�a a pensar, meditando c�mo
concluir�a mi situaci�n en la casa, pues, no estaba segura si llegar�a a ser
amada por el joven muchacho, o si ser�a pose�a por su padre y convertida en su
amante. Tal incertidumbre me atra�a cada vez mas y dejaba vagar mi mente
pensando en ambas posibilidades, pues, mis sentimientos en ese entonces no me
dejaban ver que exist�an fuera de aquella respetable casa, muchas otras cosas en
un mundo exterior que no conoc�a.
Los acontecimientos que narrar� despu�s dieron un vuelco
completo a mi vida, por lo que los narrar� fielmente, ya que deseo que reflejen
lo que sent� al perder mi virginidad y c�mo fue que sin dejar el h�bito de
masturbarme, el acto sexual con una pareja se convirti� en una necesidad de mi
cuerpo de mujer joven y ardiente.
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Relato: Memorias de la joven Candy
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