EL TIEMPO
Decidieron usar lo que nadie usaba... el tiempo. Decidieron
que ese don preciado que ten�an entre ambos creciera con el tiempo,
aliment�ndose de ellos, de su irreprimible amor.
Por ese motivo decidieron esperar, no dar ese paso que ahora
se produce tan a la ligera, decidieron no entregarse el uno al otro.
Ellos ya hab�an estado con otras personas, ya hab�an
experimentado el amor, el desenga�o, el dolor, el sexo... a veces todo a la vez.
Pero esta vez quer�an algo diferente, radicalmente diferente. En eso
coincidieron, como en tantas otras cosas.
Decidieron no besarse, no acariciarse, no hacer el amor.
Decidieron amarse con miradas, con palabras, con gestos. Entonces eran pareja,
pero s�lo de amor, de amor plat�nico. No les ver�as agarrados de la mano, ni
besarse dulcemente al despedirse, ni apasionadamente en el aparcamiento o en el
ascensor. Ellos lo hac�an con palabras y con miradas.
No s� cu�nto tiempo estuvieron as�, un par de meses quiz�s.
Por dentro se mor�an de ganas, el deseo les quemaba el interior, la pasi�n les
consum�a, pero ellos... quer�an algo especial esta vez. Quer�an torturarse para
demostrarse que ese amor irrefrenable que sent�an era algo puro, que esta vez no
iba a doler como en otras ocasiones. Ambos estaban tambi�n de acuerdo en este
breve verso de un poeta desconocido: "Amor, dolor; ambos siempre juntos pues no
existen el uno sin el otro".
De este modo pasaron los d�as, las semanas y los meses y su
amor aumentaba. Su deseo crec�a de un modo tremendo y su pasi�n les torturaba
por las noches. Ambos ten�an mil y un remedios para calmar estos sentimientos,
acarrear bultos, duchas de agua fr�a, paseos en la madrugada, deporte
convulsivo... Sus amigos m�s allegado les insist�an en que estaban locos, pero
ellos siempre replicaban: "S�, s�, pues espera a que llegue el momento".
Pues el momento lleg�, de la forma m�s est�pida, de la forma
m�s bella.
Hab�an quedado, como siempre, por la tarde para dar un paseo,
para charlar, para amarse de ese modo tan particular. Empez� a llover,
suavemente en principio, pero luego con una intensidad creciente. S�lo tuvieron
tiempo de refugiarse en la casa de la t�a de �l, a escasos veinte metros de
donde se encontraron. Su t�a les salud� con ilusi�n, pero les dijo que marchaba,
ya que ten�a que atender a su "sobrinita", la prima, que estaba enferma. De un
modo apresurado se larg� de la casa dej�ndoles en ella hasta que acabara la
tormenta.
La tormenta no acababa, sino que aumentaba constantemente.
Pr�cticamente ten�an que hablar a gritos, se ten�an que amar a gritos. Por eso
no iban a los bares de copas ni a las discotecas, porque en esos lugares les
quitaban la �nica forma que ten�an para amarse, las palabras.
No s� por qu� esa vez fue diferente, quiz�s hab�a llegado el
momento anhelado, pero ellos no lo descubrieron hasta que se separaron de un
dulce beso, de un beso de v�rtigo.
Se miraron fijamente y asintieron con la cabeza gravemente.
Ese fue el gesto que destap� todas sus emociones abraz�ndose con un profundo
suspiro y con l�grimas en los ojos.
Ya en el dormitorio se fueron desvistiendo lentamente,
grabando en su memoria todos los movimientos que iban realizando. �l la besaba
dulcemente sobre la ropa mientras la quitaba una prenda tras otra. Sus suspiros
eran inequ�vocos de que sus movimientos eran de su agrado. La besaba en los
pies, en las rodillas, en las manos, en la frente, en los p�rpados, en los
labios largamente.
Ella se entreten�a con su pelo, con su espalda, sus manos,
sus labios... los gemidos exhalados por ambos eran una alegor�a de la vida y del
deseo, ten�an vida propia.
Entonces sus caricias se hicieron m�s intensas, m�s
localizadas, m�s insinuantes. �l le acariciaba los pechos suavemente, los
pezones pellizcaba con delicadeza hasta que se ergu�an orgullosos, le volv�an
loco sus gemidos, sus movimientos insinuantes de desear m�s y m�s caricias.
Ella le acariciaba con insistencia los gl�teos,
masaje�ndoselos tan intensamente que algo creci� palpitando en el lado
contrario.
Todo lo que se hab�an reprimido durante tanto tiempo lo
estaban destapando lentamente esa tarde, mientras una ruda tormenta de granizo
arreciaba en el exterior.
En unos momentos ya estaban ambos desnudos, enredados en la
cama. Los cuerpos desped�an sensualidad, pasi�n, deseo y sexo. El ambiente
estaba cargado de olores elocuentes.
A ellos no les bastaba con oler, quer�an saborear aquello que
tanto han anhelado, por lo que tantas veces se han masturbado. Gir�ndose el uno
sobre el otro encontraron aquello que buscaban, una sonrisa cruz� sus caras.
Bes�ndose en partes tan �ntimas se les iba el tiempo, no
descansaban, no cesaban de darse placer el uno al otro. El cl�toris de ella
sobresal�a de forma espectacular por la excitaci�n del momento al igual que el
glande de �l lat�a de forma firme y segura. El placer les embargaba, les
mareaba, y en un momento de intenso v�rtigo les sobrevino el orgasmo, profundo,
llegando hasta sus entra�as.
Se abrazaron y lloraron, tanto amor desprend�an que no les
cab�a en el pecho, y parec�a que las l�grimas era la �nica v�lvula de escape.
Sin que quedase ah� la cosa se siguieron besando,
acariciando, abrazando, pellizcando y mordiendo suavemente sus cuerpos,
explor�ndose, sin perderse detalle.
Abraz�ndola a ella la tumb� en la cama boca abajo, situ�ndose
�l encima. Los abrazos, y los besos continuaron, �l derrochaba ternura sobre
ella, ella, por la posici�n, s�lo pod�a recibirla. Le acarici� los pechos, las
nalgas, las caderas, el ombligo, la cara, a la vez que la besaba.
Entonces la abri� las piernas y, a la vez que la acariciaba
suavemente el cl�toris, la penetr� lentamente. Un suspiro largo y ahogado
recorri� sus cuerpos. Una vez se unieron lo m�s profundamente que se pod�an
unir, se quedaron inm�viles, reteniendo todas las sensaciones en su memoria.
Sent�an c�mo se llenaban de la otra persona, c�mo se introduc�a en su alma, en
su coraz�n.
Despu�s de ese inm�vil disfrute empezaron a danzar
sensualmente. No se mov�an con br�o como otras veces, sino que bailaban.
Parec�an los bailarines principales de una pasi�n contempor�nea. Casi se pod�a
o�r la m�sica entre los gemidos de ambos, una m�sica "in crescendo", intensa,
r�tmica, beethoviana quiz�s.
Derramaron toda su pasi�n dentro del cuerpo del otro con unas
convulsiones, gemidos, gritos y suspiros que no dejaban lugar a dudas... se
amaban.
Abrazados, exhaustos de la danza sensual y acarici�ndose
dulcemente se susurraron bellas palabras, antiguos versos de amor, que siempre
ser�n nuevos.
Quiz�s estos dos amantes sean ellos, quiz�s seas t�, o yo...
o quiz�s nosotros.