Relato: El violento deseo de la tarde





Relato: El violento deseo de la tarde

Horte


Creo que nunca podré olvidar esa tarde
en que le mostré mis pechos desnudos a mi hermano Oscar.


Él me lo había pedido la primera
vez de una manera tan simple y natural que no pude reaccionar indignada, como
correspondía, sino permanecí muda y simplemente le dije que no.


Un no que me salió en forma espontánea,
sin buscarlo. Un no que seguramente venía desde un interior mío
poderosamente condicionado por la estricta educación de mi familia.


Oscar, que tenía en ese tiempo diecisiete
años, o sea ocho menos que yo, no pareció sorprendido de mi negativa,
mas bien creo que la esperaba, de modo que no hizo mayor comentario y siguió
ayudándome en las tareas de ordenar algunas cosas en la bodega de nuestra
casa de campo.


Pero al día siguiente volvió
a pedirme que le mostrara mis pechos desnudos y sin esperar mi respuesta, como
asumiendo que de nuevo seria negativa, siguió moviendo cajas y sacos
a los lugares que yo le indicaba mientras decía cosas en voz alta como
hablando consigo mismo.


Me decía que nunca había visto
los pechos desnudos de una mujer, que se los había imaginado muchas veces,
sobre todo se imaginaba los míos, que eran los que él tenía
y sentía mas cerca.


Casi no hacía pausas al hablar.


Me dijo que se imaginaba mis pechos redondos,
como globos, que los veía grandes, ligeramente alargados, con unos pezones
oscuros, directos, dilatados como dedos, rodeados de una aureola morada que
brillaba en la oscuridad.


Me dijo que el pensaba que a mi mis pechos
seguramente me dolían por retenerlos a la fuerza dentro de mi sostén
y que estaba seguro que mis pezones, en la noche, cuando yo me acostaba, deberían
estar delicados y que yo me los acariciaba para apacentarlos y para que pudieran
descansar el uno junto al otro tibiamente.


Yo me di cuenta demasiado tarde que no debería
haberle permitido hablar de esa manera, pero era el caso que Oscar me decía
esas cosas como si en realidad estuviera describiendo lo que veía, como
si nada pecaminoso hubiese en eso, de tal modo que al fin lo dejaba hablar como
si yo no lo escuchara.


Pero lo escuchaba. Era imposible no escucharlo
y era muy difícil no creer en la sinceridad de sus palabras que me llegaban
sin ningún dejo de malicia y únicamente las veía como la
manifestación de una curiosidad sin limites.


Era así que yo escuchaba lo que el
me decía cada tarde, sin que por eso estuviese yo dispuesta a acceder
a lo que me pedía, simplemente quería oírlo hablar, pensando
también que de esa forma el podría descargar la tensión
que parecía invadirlo debido a su deseo insatisfecho y algún día
quizás ya no insistiría y olvidaría todo.


Pero no sucedió así.


Alentado por mi silencio se atrevió
a contarme otras cosas y a decirme que ya el deseo de ver mis pechos desnudos
se le había transformado en una especie de obsesión que no lo
dejaba dormir tranquilo, que durante el día me miraba, sin que yo me
diera cuenta y que estaba toda la mañana esperando ansioso que llegara
la tarde para encontrarse conmigo en la bodega y decirme lo que le pasaba, porque
de esa manera se sentía embriagado por un deseo creciente, que mi silencio
hacia crecer mas aún.


Me dijo que me miraba cuando yo me inclinaba y por el borde de mi blusa alcanzaba
a percibir ese tajo profundo en el centro de mi pecho y que realmente sufría
cuando mis pechos se levantaban y descendían por mi respiración
agitada, allí en la bodega y que había encontrado uno de mis sostenes
en el baño después de mi ducha y lo había besado y había
puesto sus labios allí donde habían estado mis pechos y que seguramente
yo sabía lo que a mi me pasaba en esos momentos, dándome a entender
que se masturbaba habitualmente pensando en eso.


Yo había podido comprobar eso, cuando
al ordenar diariamente las ropas de su cama había observado las gigantescas
manchas amarillentas que sus eyaculaciones ocasionaban y que me obligaban a
cambiar en silencio sin contarle nada a mi madre.




Fue así como llegó esa tarde de febrero, caliente y solitaria.
Había un olor especial en la bodega, un olor de encierro seco y era esa
hora de media tarde en que todo parece dormirse en el campo, en que ningún
ruido llene el espacio y el tiempo parece detenido. Una hora de soledad.


Cuando me buscó, no me encontró,
porque yo estaba escondida tras unos cajones grandes llenos de maíz,
pero el sabia que yo estaba en alguna parte. Había comenzado a hablarme
lo de siempre, cuando yo le puse mi mano en la boca y el se quedó sorprendido.





Fui abriendo con lentitud los broches de mi blusa mi sostén blanco quedó
expuesto y pudo comprobar que efectivamente, como me lo había descrito,
mis pechos parecían querer estallar dentro de esa prisión sutil.


Entonces, con la habilidad de las mujeres maduras, llevé mis manos a
la espalda y con un solo movimiento aparté los broches y mis pechos surgieron
insolentes hacia la libertad llenando el espacio frente a sus ojos.


No puedo olvidar la expresión de su
rostro, el brillo de sus ojos y el ligero palpitar de sus labios.





Se recuperó rápidamente de la sorpresa del regalo y sus manos
extendidas acariciaron su anhelado tesoro, casi con temor de poder romper el
hechizo, pero fue mi voz la que lo convenció que estaba en la realidad.


Le dije que eran suyos, que yo se los regalaba,
que podía jugar con ellos cuanto quisiera, que a mi gustaba que el los
tuviese, que eso me hacía feliz.


Entonces entró en la realidad y los
acarició con vehemencia, los aprisionaba en sus manos, los recorría
saltando de uno a otro, sosteniendo su gravidez, levantándolos y juntándolos
apretando los pezones entre sus dedos mientras yo lo abrazaba para que pudiese
tenerlos mas cerca y para sentir el aliento caliente de su boca sobre mi piel
pecadora.


Y entonces vinieron otras tardes. Todas las
tardes que restaban de ese verano. Esas tardes en que yo se los entregaba en
cada momento, en cada rincón, cuando aprendió a mamarlos con delicadeza,
a veces, y con furia otras, en que me sentí amamantando a un animal joven,
hambriento y mío y en que los dos nos dejábamos llevar por este
juego diabólico que nos llenaba cada día de un deseo creciente.


Y yo quedaba con los pechos dilatados y dolorosos,
pero felices de saciar su boca cada día mas anhelante de deseos prohibidos.
Y en las noches, cuando frente al espejo recorría la mordida geografía
de mis pechos, sentía que nada ni nadie me había dado nunca mayor
felicidad intima que este secreto nuestro.


Nunca me diría nada nuevo, ni me pediría
otras caricias que no fueran las descritas. Mientras yo, ahora en una espiral
de deseo de hembra excitada me dejara abrazar en mis noches por fantasías
audaces.


El únicamente estaba haciendo realidad su deseo de mis pechos, como si
un destete prematuro hubiese implantado en su mente esa necesidad que ahora
satisfacía tan plenamente.


Habría de ser yo entonces quien debería
contenerse y estaba dispuesta ha hacerlo para no romper el hechizo de nuestros
encuentros.


Hasta que llegó última tarde
del verano y habríamos de volver a la ciudad.


Ninguno de los dos quería hacer diferencia
esa tarde. No queríamos admitir la separación, de modo que le
ofrecí mis pechos como siempre con ansias de prolongar el disfrute cuanto
pudiéramos.


Lo sentí recorrerme como nunca, como
si quisiera dejar improntada en mis pechos su máxima caricia y me sentí
hervir cuando mis pezones eran azotados por su lengua y me sentí crecer
en su boca de una forma desmesurada y mi cuerpo comenzó a latir como
no lo había experimentado antes.


Mis manos, que sostenían su cabeza
entre mis pechos, comenzaron a impulsarla hacia abajo, recorriendo mi vientre
desnudo, siempre hacia abajo, hacia ese centro que me latía desesperado,
anhelante y solitario, hacia ese centro entre mis piernas que se estaba derritiendo,
que manaba deseo liquido sin interrupción que se abría como una
flor madura mostrando descaradamente sus hojas abiertas y calientes como labios
impúdicos.


El no ponía resistencia alguna, con
su boca pegada a mi piel entró en la zona de mi bosque, duro y espeso,
sin detenerse, hasta que encontró el obstáculo en mi clítoris
dilatado inflamado de deseo palpitante y supo que había encontrado su
tercer pezón, el mas duro, el mas caliente, el mas escondido, que lo
estaba esperando sin yo saberlo desde el comienzo de nuestras tardes secretas.


Y su boca ya diestra lo hizo suyo, sin detenerse
un solo momento, sin negarle ninguna caricia ningún mordisco, ningún
beso. Su lengua entrando y saliendo de mi para volver a besarlo y llevando el
aroma de esos besos hasta mis profundidades que ahora eran suyas, sin que me
lo pidiera porque yo se las estaba brindando de una manera brutal y hermosa,
mas hermosa en el momento en que sentía que me vaciaba sobre su boca
hundiendo su cabeza en mi, para que nunca mas pudiera hablarme de lo que deseaba
porque yo se lo daría todo sin necesidad que el me dijese una sola palabra.




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