Nunca pens� que Marta tuviese aquel instinto tan animal.
Desde hac�a tres meses se hab�a mudado a aquel piso en un inmueble a punto de
derrumbarse cuya �nica virtud era su envidiable localizaci�n en el centro de la
ciudad. Eso, y Marta por supuesto. Recordaba como, sudoroso, tras descargar las
�ltimas cajas toc� el timbre de su piso, y all� apareci� ella. Con la
respiraci�n entrecortada, en parte por el esfuerzo que acababa de hacer, en
parte deslumbrado por el cuerpo de su joven vecina, se present� y le explic� que
acababa de instalarse en el piso de al lado.
Desde aquella primera visi�n, Luis hab�a alimentado en
secreto su pasi�n por cada rinc�n del cuerpo de Marta. Apostado en su ventana
observaba clandestinamente como ella sal�a de la ducha completamente desnuda.
Tantos a�os sin vecino le hac�an ser extremadamente descuidada, aunque alguna
vez �l cre�a adivinar una mirada de reojo, como buscando la confirmaci�n de que
all� hab�a alg�n espectador que gozaba de la turgencia de sus senos y la
plenitud de su espl�ndido culo.
Pero si hab�a algo que volviese realmente loco a Luis era
aquellas tardes en las que ella tend�a su ropa. La inclinaci�n de la cuerda de
tender hac�a que ella se tuviese que abalanzar casi literalmente sobre la
ventana, dejando que sus pechos se bamboleasen como fruta madura al capricho de
la gravedad. Poco a poco iba colocando su colada procurando siempre que su
delicada ropa interior quedase al alcance de la ventana de Luis, como si aquel
lenguaje de cortejo fuese una invitaci�n a un algo m�s que nunca parec�a se iba
a concretar.
Y nunca se concretar�a, pensaba Luis, a juzgar por el desd�n
con el que le trataba Marta. Raras veces coincid�an en el ascensor, y cuando lo
hac�an apenas si ella le gru��a alg�n tipo de saludo desganado. Desde luego
aquella no actitud no concordaba con el baile de seducci�n que Luis cre�a
adivinar en los movimientos de Marta.
Sin embargo su relaci�n experiment� un giro radical aquella
tarde que Luis decidi� no volver a la oficina v�ctima de una molesta jaqueca.
Una de las razones para su traslado hab�a sido el acortar la distancia entre su
trabajo y su casa para poder aprovechar la cercan�a y comer en casa.
Habitualmente com�a algo r�pidamente y volv�a al edificio de su empresa bajando
las escaleras donde, rutinariamente, se encontraba a Marta que regresaba de su
facultad y que siempre sub�a andando, casi forzando sus casuales encuentros.
Mientras bajaba la persiana pudo ver como Marta llegaba de la
calle y se dispon�a a tomar una ducha. Aquel espect�culo bien merec�a no cerrar
completamente la ventana, as� que dej� una peque�a rendija desde la que
satisfacer su curiosidad como mir�n mientras su vecina, confiada en la ausencia
de Luis, abr�a de par en par la ventana de su cuarto de ba�o entallada en una
peque�a toalla que dejaba m�s bien poco a la imaginaci�n.
Conoc�a el rito de su ducha, aquella esponja embadurnada en
jab�n con la que frotaba todo su cuerpo. Su especial man�a en recorrer hasta
tres veces ciertas zonas del cuerpo como las axilas y las rodillas. Aquella
delicadeza sutil en su forma de lavar su co�ito. Siempre se deleitaba con los
detalles y con las furtivas im�genes que se colaban detr�s de la cortina de la
ducha de Marta. Conoc�a su cuerpo, pues al salir de la ducha su extraordinaria
figura quedaba completamente a disposici�n de sus ojos y conoc�a los movimientos
(la traslucida cortina ocultaba pocos secretos) y sin embargo nunca hab�a
disfrutado de la combinaci�n de tan deliciosas im�genes.
De repente algo m�gico ocurri� ante sus ojos. Marta entr� en
la ducha y abri� el grifo del agua caliente, regulando la temperatura hasta
alcanzar un punto deseado. Luis no pod�a creer lo que estaba sucediendo ante sus
narices. Marta hab�a olvidado un detalle. No hab�a corrido la cortina de la
ducha y su cuerpo desnudo quedaba a la entera disposici�n de su vecino. Luis
supuso que ella daba por supuesto que �l estaba en su oficina. Aquel dolor de
cabeza iba a ser mucho m�s productivo de lo que �l cre�a.
Las manos de Marta frotaban su cuerpo de manera despreocupada
llenando de espuma todos los rincones de su cuerpo. Ella entraba y sal�a de la
cortina de agua que formaba su ducha eliminando el jab�n para, acto seguido,
volver a cubrir su piel con gel. De pronto su esponja resbal� hasta el suelo de
la ba�era y ella se inclin� para recogerla sin flexionar las piernas. Aquella
postura dejaba indefenso su tesoro, una vulva redondeada y rasurada que
descubr�a unos labios carnosos y apetecibles. Permaneci� apenas un segundo en
esa postura lo que impidi� que Luis pudiese seguir disfrutando de tan hermosa
vista.
Lo peor era que el espect�culo estaba a punto de acabar. Ella
hab�a descolgado la ducha para el �ltimo aclarado, preludio que anunciaba el
final de su ducha. Siempre recorr�a su cuerpo con el chorro de la ducha antes de
cerrar el agua y abrir la cortina as� que Luis se olvid� de su mano mientras se
masturbaba, frotando con fruici�n su polla deleit�ndose en el recuerdo de la
visi�n del espl�ndido co�o de Marta. Sin embargo decidi� esperar su orgasmo al
observar otro cambio de rutina. Marta estaba cerrando el grifo pero no
completamente. El agua sal�a casi sin fuerza pero no paraba de brotar.
Ella volvi� a inclinarse y de nuevo apareci� ante sus ojos
aquella dulce rajita. El l�quido preseminal manch� sus manos como anticipo de lo
que parec�a inevitable. Luis, sin embargo, detuvo su mano. No quer�a correrse
antes de que concluyese aquella escena en la que su vecina orientaba el chorro
de la ducha hacia su co�o mientras abr�a y separaba sus labios para que el agua
hiciese su trabajo sobre su cl�toris. Ella dejaba su cuerpo cada vez m�s vencido
ante la inminencia de un orgasmo lo que mejoraba la calidad de la perspectiva de
Luis. Al tiempo cerraba m�s el agua, as� hasta que finalmente el grifo qued�
cerrado sin agua.
Luis estaba un poco confuso, pues ella segu�a en aquella
posici�n tras el fant�stico orgasmo que acababa de procurarse. Tal vez no
hubiera concluido su acto pues se gir� suavemente mientras introduc�a el peque�o
mando de la ducha dentro de su co�o. Suavemente el aparatito se perdi� dentro de
ella conectando su vagina con la manguera de la ducha. Al tiempo, ella, que ya
no necesitaba mano alguna para sujetar la ducha, hab�a abierto sus labios con
dos dedos mientras se hac�a una paja en toda regla.
El orgasmo no tard� mucho en llegar. Tambi�n para Luis, cuya
excitaci�n hizo que llenase las s�banas con su esperma con apenas un par de
caricias. Su leche sali� en tres o cuatro borbotones y en una cantidad que le
hizo recordar su primera adolescencias y aquellas masturbaciones semanales en
las que el esperma se acumulaba en cientos de erecciones previas a sus corridas.
Lo m�s sorprende fue cuando, al segundo de su orgasmo, Marta
elev� la mirada hasta su ventana y sonri� con malicia a aquella persiana bajada.
Era imposible que ella pudiese verle (la rendija era muy peque�a y s�lo ofrec�a
visi�n desde su �ngulo sobre la cama). Era imposible que ella supiese que �l
estaba en casa. �O no?