Relato: El oficial gay El maric�n soldado P�rez del batall�n de Puerto Carre�o, Colombia, atend�a la secci�n de lavander�a, equipada con dos lavadoras. Muchas personas del batall�n conoc�an las costumbres sexuales de P�rez pues lo hab�an sorprendido en sus amor�os noct�mbulos y como era agraciado el soldado sus aventuras eran usuales.
Coincidencialmente descubri� a cinco soldados robando los v�veres del economato, siendo ambas faenas castigadas, por lo que optaron por ser c�mplices: como anhelaban darse el gusto de ver a su compa�ero de la lavander�a revolc�ndose con alg�n hombre de la guarnici�n, concertaron les avisar�a cuando tuviera uno de esos encuentros y a cambio, �l no contar�a el asunto de la rater�a, adem�s de prometerles una noche con todos ellos.
A las once de una calurosa noche estaba P�rez d�ndose una vuelta por la secci�n de lavado pues no ten�a sue�o y entrando el teniente Meneses le pregunt� si pod�a lavarle la ropa. El teniente Meneses era muy apuesto y muy velludo en sus brazos, como le agradaban al soldado P�rez los hombres de pelo en pecho, luego supon�a su vellosidad se prolongaba por todo el pecho, el vientre y empataba con sus genitales.
Dialogaron de trivialidades del campamento pero al saberse solos y conociendo sus intenciones el teniente lo desvisti� con la mirada de arriba abajo y de abajo arriba, haci�ndose el soldado el que nada hab�a visto y continuaron su insulsa charla.
Sinti� el soldado cuando le frot� con suavidad una mano por su brazo y c�mo se le erizaron sus vellos. El teniente percibi� su acompa�ante cerr� los ojos ante la caricia, por lo que le bes� inicialmente con delicadeza y luego apasionadamente, desaboton� la guerrera, con la otra mano resbal� tiernamente de la nuca a la corona, la baj� lentamente por la espalda, meti� los dedos bajo la pretina de su pantal�n, se deleit� palpando de derecha a izquierda, mientras P�rez tambi�n solt� uno a uno los botones de la camisa del teniente y goz� el interminable �sculo, hasta o�r el estruendoso sonido de un golpe que los dej� estupefactos.
El teniente se azar� y se visti� r�pidamente, el soldado imit� su acci�n, organiz� su desabrochada camisa y sali� el oficial como si nada hubiera ocurrido.
El soldado P�rez hizo esfuerzo para no re�r a carcajadas, sab�a el ruido era una travesura de sus cinco amigos. Mas admit�a el soldado que el teniente ten�a sus ma�as para otro d�a hacerlo sentir muy caliente.
Los roba comestibles segu�an haci�ndolo regularmente y cre�an nunca los iban a pillar hasta que un d�a el teniente Meneses orden� formaci�n, pidi� pasaran al frente los soldados que estaban atracando los comestibles y no los nombraba porque sab�a qui�nes eran los responsables.
El teniente Meneses no ten�a ni idea de qui�nes eran los responsables pero era su m�todo para intentar descubrirlos. Del miedo a ser desenmascarados salieron cinco de la fila y los dem�s se fueron a cumplir sus labores. Los invit� el teniente al alojamiento de los soldados y dijo �ustedes no vieron nada cuando estuve en la lavander�a, pero si no lo olvidan y cuentan la historia los inculpo de la p�rdida de las raciones y saben a qu� delito se refieren�. Respondieron que de sus bocas no saldr�a nada y con gusto hicieron el aseo del acantonamiento. El teniente Br��ez se hizo amigo del grupo de soldados implicados y al d�a siguiente se invent� para ellos una patrulla para un registro del �rea. Como a dos kil�metros, en el potrero El Pastal, los reuni� de pie en un c�rculo y les cont� que debido a que confiaba en ellos les confesaba le gustaban los hombres aunque no deseaba se hiciera p�blico.
En adelante el grupo sali� con permiso al pueblo con mayor frecuencia. Despu�s P�rez afligido les dijo hab�a olvidado la ropa civil en la lavander�a y al ir por ella tres soldados lo encerraron, lo trataron como quisieron y lo violaron. No comunic� nada a los superiores porque aunque sab�an de su estilo de vida no le creer�an, deseando venganza.
Una d�as despu�s en compincher�a con sus amigos, P�rez cit� a los tres violadores en puesto Bruja a las diez de la noche y donde todo el batall�n dec�a se presentaban ellas.
Asistieron con apetito encontr�ndose rodeados por cinco encapuchados con pasamonta�a y camuflaje al rev�s para ocultar sus respectivos apellidos, los desnudaron y amarraron con guindos, piolas con que ataban las hamacas, introdujeron bolas de algod�n en sus bocas para que no reconocieran las voces dici�ndoles �Eso les pasa por meterse con alguien que no les ha hecho da�o, tiene gustos diferentes a nosotros pero se porta bien con todos... debieron conquistarlo para que pasaran ratos felices y si se vuelven a meter con �l les ir� peor... es el comienzo de meterse en problemas con una amistad�.
Los cinco amigos de P�rez se incitaron con la desnudez de los violadores y todos ten�an sus penes a mil, recibiendo uno a uno clavadas en sus anos que los hac�a gritar. A continuaci�n les dieron una zurra con fuertes tablazos en las posaderas, turn�ndose cada uno y repitiendo. Gozaron de los gritos que no oyeron los dem�s militares durmientes y los dejaron solos y desnudos.
Al terminar la ma�ana los encontraron y solo contaron los hab�an violado cinco inc�gnitos soldados... alguno lleg� a insinuar no se trataba de soldados violadores sino de otros individuos que se vistieron con uniforme.
Los apabullados violadoreses violados no volvieron ni a dirigirle la palabra al soldado P�rez.
Con el tiempo el teniente Meneses sigui� visitando tarde en la noche la lavander�a y estando advertidos por P�rez de la cacer�a nocturna del oficial, los dejaban tranquilos, aunque sab�an la noche siguiente ser�a turno para estar el soldado gozando del quinteto de amigos.
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Relato: El oficial gay
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