Relato: Doce horas de sexo





Relato: Doce horas de sexo

Doce horas



Nota del autor:

Hace tiempo que ten�a este relato en mente, dividido en seis cap�tulos. Escrib�
y publiqu� el primero que hoy, ligeramente modificado, sigue aqu�. Se titulaba
antes "Amalia en la piscina".

Son nuevecitos, frejcos frejcos, los cap�tulos 2 y 3. Los cap�tulos 4 a 6 est�n
a punto, pero si lo subo todo junto quedar�a m�s largo que la cuaresma.

Va, sin mas. Si quieren, s�ltense el cap�tulo primero.



1. La tarde


No recuerdo lo que celebr�bamos, pero s� que nos reunimos en
casa de C�sar, quien adem�s de su fama de gay ten�a una hermana guap�sima y una
casa grande con piscina. Hicimos un asado, bebimos cerveza (yo no me exced�:
prefer�a ver la semidesnudez de mis compa�eras) y a las siete de la noche s�lo
qued�bamos C�sar, Erick, Ang�lica, Laura y yo, que �ramos, todos, buenos amigos.




Erick, muy bebido, hostigaba a Laura, que no era un modelo de sobriedad. Se
tocaban y besaban, Laura fingiendo huir hasta dejarse alcanzar y besar. Los dos
se re�an fuerte y mostraban mucho sus cuerpos. C�sar, Ang�lica y yo los ve�amos
y re�amos, hasta que yo deslic� la palma de la mano dentro de la mini de
Ang�lica, que dio un respingo pero no dijo nada. Acarici� por debajo de la mesa
su firme muslo, sin dejar de prestar atenci�n a los correteos de Erick y Laura.
Poco a poco fui subiendo la mano hasta quedar cerca de su ingle y, cuando empec�
a acariciar el borde de sus braguitas, pregunt�:




-C�sar, �es cierto que eres gay?


-La verdad... no se. Tengo dudas, muchas dudas. Pero nunca he
besado ni a un hombre ni a una mujer... y ya no digamos algo m�s que un beso.


Ang�lica era una chica linda. Acababa de cumplir los 18 a�os
y ten�a bonito cuerpo y cara p�cara. La jal� hacia mi, le di un beso y sin
sacarle la mano de bajo la falda interrogu�:


-�Se besar�an?


Ang�lica, ni tarda ni perezosa, dio vuelta y empez� a besar a
C�sar, que la tom� de la cintura. Yo llev� mi mano m�s hacia el centro y
acarici� su sexo sobre el algod�n de la braga. As� est�bamos cuando, detr�s de
nosotros, se escuch� la voz de Amalia, la hermana mayor de C�sar:


-�Qu� hacen?


-Mis amigos �dijo C�sar, luego de un silencio inc�modo �est�n
ayud�ndome a resolver mis dudas, hermanita.



-�De verdad? �pregunt� Amalia, con evidente entusiasmo.



-Parte de sus dudas �aclar� yo.



-�No le dar�as un beso tu? �me pregunt� Amalia, que entendi� el sentido de mi
acotaci�n.


En ese momento tom� una decisi�n. Amalia me encantaba desde
hac�a dos a�os. Ella iba en sexto cuando nosotros �bamos en cuarto y me enamor�
plat�nicamente de ella, aunque durante todo el a�o apenas me atrev� a saludarla.
Era una rubia alta, de ojos verdes, con un cuerpazo de concurso. Yo ten�a 16 y
ella 18 y babeaba por sus bubis, sus largas piernas asomando bajo la falda
escocesa, cuya abertura yo espiaba con dedicaci�n digna de mejor causa.


Luego, ella se fue a la Universidad y yo tuve una novia...
pero esa es otra historia. Esa noche Amalia ven�a con un vestidito corto, de una
pieza y, por lo visto, de otra fiesta, porque ol�a bastante a alcohol y un poco
a mariguana.



-Lo besar� si luego me besas tu �le dije.



-Pero d�jenme terminar a mi �dijo Ang�lica, a quien C�sar siempre le hab�a
gustado.



-No �dijo Amalia. �Que primero pase Pablo.


Yo cerr� los ojos e imagin� que besaba a Amalia mientras
sent�a la h�meda lengua de C�sar explorando mi boca y sus manos acariciando mis
nalgas. Finalmente se separ� y sin decir agua va, aprovechando la pausa,
Ang�lica se le fue encima. Yo entonces abrac� a Amalia y la empec� a besar.



-�Sabes que te am� plat�nicamente, que te sigo amando? �le pregunt�.


Lo sab�a. Nos besamos. Yo estaba excitad�simo. Ang�lica le
estaba poniendo a C�sar un faje de miedo y del lado de Erick y Laura ya no se
o�a nada... Besaba a Amalia, la apretaba con fuerza, sent�a su cintura y la
dulce curva de sus caderas, cuando el timbre de la puerta son� con estridencia.



-Deben venir por nosotras �exclam�, asustada Ang�lica, y grit� -�Laura!


Laura sali� de tras los setos, acomod�ndose la ropa, y Erick
igual, acomod�ndose la verga en los pantalones. Le dijo a Laura que si pod�a
acompa�arla y salieron los tres, escoltados por C�sar. Parados junto a la
piscina yo volv� a besar a Amalia y C�sar tard�, porque fajamos rico unos pocos
minutos. Yo estaba caliente, muy caliente, hundido en el cuerpo, en los labios,
en los ojos de tan hermosa chica, cuando fui empujado, junto con ella, a la
alberca.



-Joder, chicos �dec�a C�sar, que regres� sin que lo vi�ramos- al agua, porque
est�n muy calientes. Es hora de enfriarse.


Amalia, completamente mojada, qued� frente a mi. Sus grandes
y redondos pechos se ve�an deliciosos y sugerentes bajo el vestido mojado y la
volv� a besar, nos seguimos besando bajo la mirada de C�sar, que volvi� a
interrumpirnos.



-�Y yo me voy a quedar as�, nom�s mirando y con el pene erecto?


-O sea, hermanito, que te encant� Ang�lica �dijo Amalia.



-S�, me encant� y voy a tener la muerte del caut�n: de un calent�n.



-Espera...


Amalia se sent� en la orilla de la alberca, con las piernas
hacia dentro y le dijo a C�sar:


-D�jame ver tu pene, hermanito. Y tu, Pablo, ac�rcate.


Dentro de la alberca, yo llegu� a su altura. Ella jal� mi
cabeza hacia sus piernas. Mi boca quedaba a la altura de su sexo, yo dentro de
la alberca y ella sentada, con las bellas piernas bien abiertas. Le levant� el
vestidito y descubr� que no llevaba bragas, as� que empec� a chupar su cl�toris,
a buscar sus labios con mi lengua, a beberme los l�quidos.


Ella se quit� el vestido, por arriba de la cabeza, quedando
desnuda, con sus grandes y redondos pechos al aire, mostr�ndose orgullosos,
desafiando las leyes de Newton. Atrajo a su hermano y de lado, lami� su largo y
blanco pene.


Yo estaba en lo m�o, chupando su cl�toris, hurgando en su
vagina, jalando los rubios pelitos del monte de venus, sin poner mayor atenci�n
a la mamada que le estaba propinando a mi amigo. Los hermanos empezaron a gemir
y mi verga, a pesar de estar dentro del agua fr�a, segu�a dura. Bien dura.


C�sar se vino en la boca de su hermana con un largo gemido y
yo saqu� mi lengua. Recost� a Amalia a un lado de la alberca y la cubr� con mi
cuerpo. La penetr� y empec� el viejo mete-saca. Estaba ella tan caliente que
antes de que yo me viniera ("afuera, por favor", me rog� cuando mis gemidos
anunciaron la proximidad de mi climax) ella alcanz� tres orgasmos. Me vine sobre
su est�mago y sus blancos pechos y luego la abrac� ah�, mientras C�sar nos
miraba.


Entonces ella dijo:




-Pablito, ll�vate mi coche. Las llaves est�n tiradas junto a la puerta. Es el
jetta que est� afuera. Tr�emelo ma�ana y te dar� un premio, hijo, pero vete ya,
que esta noche tengo mucho que hacer.


Yo, empapado y feliz le hice caso, o fing� hacerlo: sal� pero
dej� la puerta entreabierta. Arranqu� y dej� el coche a media cuadra. Regres� y
escondido entre los �rboles, los espi� haciendo el amor sobre una colchoneta, a
la luz de la luna, como dos bellos dioses, porque lo parec�an: si Amalia mide
1.75 y tiene un cuerpo de concurso, resultado de sus clases de tenis y la buena
crianza, si es un cromo, rubia y linda, C�sar es tambi�n un bello ejemplar
masculino, alto y de m�sculos marcados. Hasta pens� que no hubiera estado mal
probar con �l el sexo con varones.


Pero por lo pronto, los espiaba: ve�a a Amalia cabalgar a
C�sar, sacudirse, gemir... su hermanito s�lo gozaba. Con sus manos en las nalgas
de Amalia y los ojos cerrados murmuraba frases ininteligibles. Escondido entre
los �rboles, not� la pronta resurrecci�n de la carne, y estuve a punto de
interrumpirlos pero me pareci� de mal gusto.


Con la verga parada sal�, con suma discreci�n, y ya que
estaba armado de un jetta, me fui por ah�, de pesca...





2. La noche


Al volante del flamante jetta plateado llegu� al bar de mis
pecados en menos de diez minutos. No pasaba de la una y el lugar estaba lleno.
Reconoc� a los habituales en el rinc�n de la barra y, sent�ndome junto a ellos,
ped� una cerveza.


Ten�a la verga amorcillada, la confianza en mi mismo que da
el hecho de haber pose�do a una rubia escultural poco tiempo antes y un estado
et�lico bastante menor que el del resto del personal, por lo que no result�
extra�o que al poco rato terminara bailando con Leticia, vieja conocida con fama
de calientapollas pero cuerpo espectacular.


Al bailar besaba su cuello y acariciaba sus nalgas por debajo
de su falda, restregando la verga, ya bien dura, con su est�mago. No eran las
tres de la ma�ana cuando susurr� a mi o�do:


-Ll�vame a mi casa.


En el trayecto, que dur� menos de cinco minutos �aunque pudo
conducirnos al pante�n, dada la velocidad e imprudencia con la que conduc�a-, me
fue acariciando la verga por encima del pantal�n y, al llegar a su casa, abri�
silenciosamente la puerta y me pidi� en voz muy baja:


-No hagas ruido.


Sin encender la luz me hizo sentarme en una silla del comedor
y se sent� a horcajadas sobre mi, cuidando que su sexo quedara a la altura del
bulto de mi pantal�n y se frot� contra mi, gimiendo en sordina, haciendo
concierto con unos sonoros ronquidos que llegaban del fondo de un oscuro
pasillo.


Le levant� la blusa, solt� su sujetador y apliqu� boca,
lengua y dientes a unos peque��simos pero duros pezones, que coronaban sus
grandes y lechosos pechos. Mordida, lengua, succi�n, gemido suyo, suspiro m�o,
sus u�as en mi espalda y la s�plica:


-No hagas ruido.


La gir� sobre su eje de modo que siguiera a horcajadas sobre
mi, pero d�ndome la espalda en lugar del pecho (con tanta succi�n, nunca tan
propiamente dicho). Mi mano izquierda fue a su teta, a pellizcar y acariciar,
mientras la derecha se abri� paso entre la falda y las bragas y mi dedo medio
qued� sobre la herida de su sexo, empapada y abierta. La palma not� un
protuberante y peludo monte de venus, que palpitaba al son de mi verga.


-En mi cl�toris �pidi�.


Obediente que es uno, sub� los dedos unos cent�metros para
masajear su delicada protuberancia, hasta que una larga emisi�n de flujos y un
largo suspiro me anunciaron su orgasmo. Pensaba bajarla, ponerla a cuatro patas
y a�n sin desvestirnos, buscar en su c�lida cueva el alivio para mi necesitada
verga, pero antes de que yo hiciera nada ella se acuclill� frente a mi,
desabroch� el pantal�n, hurg� entre las ropas y, cuando encontr� lo que buscaba,
lami� mi verga desde los huevos hasta el glande.


Inmediatamente despu�s se la zamp�. Sus labios bajaron y
subieron a lo largo del tronco. Su lengua, dentro de ellos, su lengua recorr�a
la sensible cabeza y la cicatriz que ocupa el lugar de mi prepucio (punto
particularmente sensible, debo decirlo). Sus dientes raspaban con delicadeza la
no menos delicada piel que recubre el ansioso miembro... y hala, vuelta a
chupar, vuelta a succionar, y por mas que quise aguantar, tanto va el c�ntaro al
agua que avis� con vos ahogada:


-Me vengo.


�Creen que por eso dej� lo que hac�a? Al contrario: abri� mas
la boca y succion� con fuerza, bebi�ndose el resultado de mis espasmos mientras
yo trataba de obedecer sus instrucciones y no estallar en los gritos que hac�an
falta.


Se incorpor� acomod�ndose falda y blusa y me dijo:


-Ahora vete.


-�Ahora? �pregunt� yo, con la mano en la verga, o al rev�s.


-S�, porfa, soy virgen y quiero seguir si�ndolo.


Ante mi at�nita mirada y tras un largo silencio, a�adi�:


-Si te vas ahorita �susurr� con una voz muy cachonda-, la
pr�xima vez dejar� que me des por el chiquito.


Ante semejante juramento, sal� al fr�o de la madrugada,
ah�to, feliz, necesitado de una cerveza fr�a y fantaseando con el culo
prometido.


Sin embargo, debo confesar que camino a casa, al volante del
jetta, mientras me tocaba la verga y esta se empalmaba potra vez, lentamente,
fui olvidando la espectacular mamada recibida, fui borrado de mi memoria el culo
prometido, para recordar las im�genes de Amalia desnuda, para recrear la
sensaci�n de su viscoso co�o envolviendo como un guante mi verga. Record� su
promesa (la primera de esa noche, llena de ellas) y me hice un plan.


Pas� al �nico bar abierto por una cerveza. A la �nica
farmacia abierta por unos condones y luego recorr� diez kil�metros para buscar a
mi camello particular (ese no cierra de noche), al que le compr� diez gramos de
coca�na de la mejor calidad disponible. Inhalamos juntos parte de mi compra (que
yo necesitaba despertar del todo) y regres� a mi casa.


Puse el despertador a las seis de la madrugada y dorm� tres
horas. Al abrir los ojos, alterado por el sonido del artefacto en cuesti�n, me
met� otra raya de coca y regres� al punto de partida: la casa de Amalia y C�sar.





3. La aurora


Al llegar a su casa toqu� a la puerta con los nudillos antes
de abrir. No estaba el veh�culo de sus padres y supuse que estos seguir�an
fuera, no obstante lo cual, entr� con extremado sigilo a la casa gracias al
llavero que inclu�a las llaves del jetta. Sub� silenciosamente las escaleras
dirigi�ndome a la rec�mara de Amalia, aprovechando mi conocimiento de la
disposici�n de las habitaciones. Cerr� la puerta de la habitaci�n de C�sar tras
verlo dormido en su cama, y segu� de frente.


El pasillo que daba a la rec�mara de Amalia estaba igual de
silencioso que el resto de la casa. Gir� el picaporte y la vi, ba�ada por la luz
del amanecer, boca abajo, despatarrada bajo la s�bana. La habitaci�n ol�a a
alcohol sudado y bajo ese olor penetrante se percib�a el almizclado aroma de los
fluidos sexuales.


Me acerqu� lentamente, apreciando la pl�cida expresi�n de su
cara. Levant� cuidadosamente la s�bana y apreci� su desnudez espl�ndida, de
piernas fuertes y breve cintura y entre ellas, la firme curva de sus nalgas.
Eran dos nalgas soberbias, de saludable color y delicadas proporciones que, con
las piernas abiertas, como estaban, mostraban el ojete del culo y una hilera de
vellos rubios que bajaban hacia los abultados labios de su vagina.


Me desnud� en silencio y me acerqu� a su cama. Acarici�
lentamente la curva de esas nalgas sublimes. Me entretuve en la entrada del
estrecho orificio, explor� la l�nea de carne que divide ambos hemisferios y la
verga se me fue parando al mismo ritmo que su respiraci�n se agitaba.


Buesuq� acomodo junto a su cuerpo y frot� mi glande con la
suave piel de su muslo. La palma de mi mano prosigui� la exploraci�n de la tersa
superficie de sus nalgas y de aquella l�nea incandescente que divide ambas. Mis
labios, secos y ardientes, se posaron en su m�rbido hombro, momento que ella
eligi� para entreabrir los ojos y lanzar un rayo verde hacia los m�os.


-Acabo de adivinar que no eras C�sar �murmur�.


Me deslic� sobre ella, colocando con cuidado mi dura verga
entre sus dos apetitosas nalgas. Descubr� su oreja haciendo a un lado sus rubios
cabellos y con la punta de mi lengua busqu� el orificio de su o�do, mientras mi
pelvis empezaba a balancearse sobre su coxis.


La lengua se entretuvo largo rato en su o�do, explorando los
canales y ventr�culos, mordiendo los filos y l�bulos, chupando, acariciando,
mientras ella, boca abajo, gem�a. Sin tregua, restregaba mi verga entre sus
nalgas y mord�a su oreja, recorriendo despu�s con la lengua lo explorado por los
dientes.


Sus gemidos aumentaban de volumen e intensidad aunque mi
acci�n no variaba dse ritmo: segu�a succionando despacito su l�bulo, lamiendo
sin prisa su cuello, acariciando sus nalgas con la verga, hasta que susurr�:


-�M�teme la verga!


Por una vez rechac� una invitaci�n semejante: aunque el
miembro aludido estaba firme y listo para la acci�n exigida. Dej� su oreja en
paz para dedicar lengua y manos a su cuello y sus hombros y seguir bajando
lentamente para chupar cada parte de su espalda y detener la lengua en el
glorioso inicio de sus nalgas.


En un movimiento coordinado (quer�a esmerarme chicos, hacerla
mi amante), llev� mi lengua a su ojete y los dedos �ndice y medio de mi mano
derecha a la entrada de su sexo. Un movimiento vigoroso de su pelvis insert� mis
dedos en su viscosa cavidad, empapada y hambrienta.


No esper� mas. Saqu� mis dedos, hice que levantara su grupa
de diosa y le met� la verga de un golpe. Los condones hab�an quedado en el
bolsillo de mi pantal�n y decid� someterme otra vez al terror�fico coitus
interruptus... pero, entre tanto, entraba y sal�a sin contemplaciones de esa
vagina so�ada tanto tiempo y que, por segundo d�a consecutivo, era m�a.


Al sentir su orgasmo le saqu� la verga, olvid� mi prop�sito
inicial y me puse apresuradamente un cond�n. Le di vuelta, penetr�ndola en la
cl�sica posici�n del misionero. Mi orgasmo estaba lejano y yo bombeaba sin
piedad, pensando solo en mi placer. Sus gemidos eran gritos ahora y su pelvis se
mov�a al comp�s de mis embates:


-�M�s duro, cabr�n, m�s duro! �gritaba.


Separ� mi pecho del suyo elev�ndome sobre los brazos, permit�
que rodeara mi espalda con sus piernas, hinqu� las rodillas en el lecho y golpe�
con ferocidad. Sacaba lentamente la verga, sintiendo la caricia de sus h�medas
paredes, hasta sentir que la entrada de su sexo se cerraba en torno a la cabeza
del m�o para, en ese momento, penetrarla vigorosamente, hasta el fondo de un
solo envi�n.


Al desplomarme sobre ella, con un �ltimo jadeo, advert� que
C�sar, verga en mano, nos miraba desde el quicio de la puerta.


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Relato: Doce horas de sexo
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