Relato: El Establo



Relato: El Establo

(Julio 2000)



La tarde se inclinaba sollozando
al occidente, sobre la pampa argentina y también sobre la estancia
de los Moyano.



En el final de ese largo verano
ya se había levantado la cosecha principal y las tareas nuevamente
pasaban a ser más tranquilas. Abundaban las mateadas y el ocio,
madre de tantos vicios. De los jornaleros temporales muchos ya se habían
vuelto para sus pagos.



A esa hora la peonada se juntaba
a tomar siempre mate con tortas fritas, y las bromas entre risotadas eran
la forma de celebrar el final de la jornada. Todo tenía más
quietud y más aún con el crepúsculo.



Don Francisco era el capataz, un
salteño curtido, grandote, sonrisa ancha coronada por un bigotazo,
si bien ya pisaba los 50, era fornido, con un pecho muy velludo, brazos
musculosos, linda estampa, medio autoritario, famoso en el pueblo por payador,
pijudo y buen cogedor.



Antonio era mendocino, el responsable
de la caballeriza y del mantenimiento de la maquinaria, bueno para cargar
fardos y tareas pesadas, con un corpacho también impresionante,
tendría unos 36 años, su sonrisa algo desdentada por abandonado
le daba un aire temerario y la contra era que cuando se mamaba se ponía
muy pesado.



El Cholo, era de Misiones, tractorista
por excelencia, 27 años, rubio oscuro, piel curtida por el sol,
muy alto, delgado, culo chico, bulto marcado, muy gracioso y ocurrente.
Siempre llevando la batuta.



Lisandro, era el más nuevo,
pampeano de 19 años, contextura mediana, 1,65; lampiño, inocentón,
callado, medio nabo, había trabajado de boyero y después
lo pusieron como ayudante de campo, lo tenían un poco de acá
para allá y muchas veces era objeto de bromas pesadas.



El resto de la peonada ya se había
retirado para las casas y sólo quedaban los cuatro alrededor del
fogón crepitante, mientras se hacía la noche cerrada. Don
Francisco arrimó una botella de ginebra que tenía guardada
y pasando de boca en boca al rato ya estaban todos chispeados, mientras
contaban cuentos campestres y chistes verdes inmundos.



La cosa se fue poniendo más
caliente y en un momento dado, para reforzar la historia que estaba contando,
El Cholo se entreabrió el pantalón bombacha y empezó
a sobarse el pito. Ahí nomás Don Francisco acomodó
el facón y se puso a mear contra un árbol, pero bien a la
vista de los demás revoleando el chorro.



Esto muy festejado por Antonio,
que también pelando la pija propuso una payada de porongas para
ver quién la tenía más grande. Todos reían,
menos Lisandro que no se animaba, entonces El Cholo se le arrimó
por atrás y de un tirón le bajó la bombacha paisana
ante las risas de todos.



Don Francisco llevando la voz cantante
sentenció que el que la tuviera más chica, tenía que
satisfacer a los demás ganadores. Todos se empezaron a pajear y
más o menos estaban entre los 21 y 24 cm. , mientras que el pobre
Lisandro no pasaba de los 16 cm.



Se pusieron a palmotear como gurises
mientras se relamían e intercambiaban miradas pícaras, cargándolo
al paisanito. Por más que protestaba, entre todos le sacaron la
ropa a Lisandro y con las mangas de la camisa le ataron las manos. Antonio
lo hizo agachar y le dijo que para empezar abriera la boca. Antes que los
demás se dieran cuenta ya le estaba metiendo la poronga entre los
dientes. Temblando, sólo atinó a tragarse el pedazo como
pudo. Las bolas bien peludas quedaron bamboleándose contra su mentón.



El Cholo para no quedarse atrás
también lo agarró de la cintura y empezó a lamerle
el culo. Don Francisco se seguía riendo mientras se pajeaba, hasta
que haciendo uso de su autoridad, lo sacó del medio al Cholo y agarrándolo
de la cintura al Lisandro, le mandó un escupitajo en el medio del
orto y se lo apoyó con todas las ganas.



Antonio le estaba dando cada envión
al peoncito que éste por momentos se ahogaba con tanta pija. Se
la metía y se la sacaba un poco para volvérsela a meter.
Para acabar con tuti le dio tal empujón que Lisandro reculó
y ahí nomás Don Francisco que estaba muy caliente, aprovechó
para mandársela a guardar dentro de ese culito ya suficientemente
ensalivado.



Lisandro se dobló del dolor,
pero tanto Antonio como El Cholo enseguida lo sostuvieron de los brazos
mientras Don Francisco se lo seguía garchando sin compasión.
La poronga entraba y salía del flamante culo emitiendo un ligero
sonido por el intenso bombeo. Se hizo un silencio donde se podía
escuchar a los grillos en contrapunto con el sonido de la cogida y algún
que otro quejido del muchacho.



Después de un buen rato,
la acabada fue generosa, con aplausos y al soltarlo de los brazos Lisandro
quedó tirado sobre el pasto, despatarrado, gimiendo, sin poder ni
moverse. Como ya estaba refrescando, lo agarraron de las piernas y lo arrastraron
hasta el viejo establo pegadito al lado de la caballeriza.



Lisandro se sentía indefenso
y se dejó llevar casi sin luchar, además al ser arrastrado
desnudo, los yuyos y ortigas le estaban lacerando el cuerpo. Mientras don
Francisco encendía un par de faroles, Antonio con ayuda del Cholo
ataron a Lisandro en cruz, a una gran rueda que estaba atornillada a un
poste, mientras éste intentaba gritando despertar compasión.
Para no escucharlo más, le metieron un poco de estopa en la boca
y lo amordazaron con su propio pañuelo sudado de paisano.



Don Francisco le dijo que estaba
muy mal eso de gritar y que para que aprendiera le iba a enseñar
a portarse bien. Blandiendo la fusta larga del sulky lo azotó hasta
cansarse; allí se pasaron el rebenque de mano en mano para que los
demás participaran. Mientras tanto iba circulando la segunda botella
de ginebra y todo duró hasta que se bajaron la botella entera y
el cansancio general los obligó a un respiro. Lisandro estaba muy
marcado, dolorido y más que aterrado.



Los caballos estaban agitados con
tanto movimiento y levantaban un poco de polvareda con las coces, que hacia
el aire por momentos irrespirable. Seguidamente y para que no enfriar la
cosa, el Cholo sacó su verga más que empalmada y también
sé lo garchó infernalmente; mientras tanto Antonio totalmente
en pedo, lo mamaba al Lisandro a través de los rayos de la rueda,
apretándole de a ratos los huevos, hasta que se le cortaba la respiración.



Una vez que el Cholo acabara, sin
ninguna tregua Antonio tomó su lugar, y de un saque lo penetró
a fondo, poniendo un ritmo frenético en el bombeo, hasta conseguir
que el mismo Lisandro eyaculara de tanto darle. Mientras tanto los demás
le retorcían los pezones sin ninguna piedad. La acabada de Antonio
fue importante y duró un montón entre estertores. El culo
de Lisandro estaba todo colorado, contrastando con su cuerpo pálido.



Pero los muchachos todavía
querían seguirla, se codearon mutuamente con ademanes cómplices.
Entonces lo desataron, lo limpiaron un poco y lo obligaron a que arrodillado
se la mamara a cada uno, diciéndole que como buen paisano tenía
que aprender a ordeñar bien con la boca, hasta sacarles la última
gota de leche y tragándose todo el semen. Así fue.



Con la sorpresa de Lisandro que
pensaba haber ya finalizado por fin todo ese infierno, lo arrastraron de
los pelos hacia la caballeriza. Lo tumbaron rudamente boca abajo sobre
unos fardos de alfalfa y lo ataron en posición medio fetal con sogas
al alambre de esos fardos, cuidando de dejarlo con el culo bien paradito.



Lisandro se sentía agotado,
la alfalfa lo pinchaba por abajo, los alambres se le metían en la
carne y el culo le ardía terriblemente. Estaba totalmente aterrado
y con el cuerpo entumecido. Empezaba a hacer frío.



Antonio arrimó un padrillo
alazán y lo ubicó sobre Lisandro, que estaba cada vez más
asustado de lo que se veía venir. El Cholo se puso a pajear al caballo
con bastante éxito porque enseguida un descomunal miembro se asomó
desde la bolsa del escroto hasta desplegarse en toda su imponencia y exudando
un líquido viscoso. Le acomodó la punta en la entrada del
orto de Lisandro, mientras Don Francisco sujetaba las riendas, diciendo
que el caballo era como parte de la peonada y que también había
que satisfacerlo.



Dicho esto tiró un poco para
que el alazán diera un pequeño paso al frente con lo que
la poronga se proyectó contra el ano de Lisandro. Pero la gran pija
se arqueó porque el culo, si bien estaba muy dilatado, era aún
pequeño para tanta verga. El caballo relinchaba pero la poronga
no entraba, entonces El Cholo lo apartó un poco y observando pensativo
el ano, sentenció que había que agrandar un poco más
ese agujero. Mirando alrededor, no se le ocurrió nada mejor que
agarrar una horqueta tipo rastrillo gigante que se usaba para acomodar
la alfalfa y que tenía un mango de madera gruesísimo. Sin
esperar ninguna mejor opinión, le enterró el palo al ya recontragarchado
Lisandro y lo fue girando lentamente como un torno durante un par de minutos.



El paisanito quedó empalado
y casi atornillado por esa madera infernal que no cesaba de girar haciendo
un trabajo de matricería en lo que quedaba de ese ano. Cumplida
la tarea de dilatación mecánica, volvieron a acomodar al
alazán y simultáneamente tanto Antonio como el Cholo agarraron
cada uno una nalga del sufrido Lisandro y las separaron al máximo
para disminuir toda resistencia y aumentar la dilatación posible,
controlando que el terrible choto del equino no se saliera de lugar.



Don Francisco riéndose a
las carcajadas, tironeó firmemente de las riendas obligando al caballo
a adelantarse un poco más y fue ya suficiente para que ante tanta
presión, empezara a penetrar ese culo. Lentamente la verga negra
y brillante se fue colando por el orto, tendría en la punta unos
6 cm., pero rápidamente se engrosaba al doble, mientras Lisandro
se retorcía dentro de lo que las ataduras le permitían.



Una vez vencida la entrada, la poronga
equina invadió rápidamente la cavidad con toda esa masa de
carne palpitante, hasta llegar al fondo y un poco más. Fue impresionante
ver a Lisandro sometido y ensartado por semejante bestia. Era casi más
poronga que culo. Algo nunca visto por esos pagos.



Todos estaban tan excitados por
el espectáculo, que no solo ya se habían desnudado; sino
que también se estaban pajeando frenéticamente, se mamaban
entre ellos, se mordisqueaban pezones, se lamían espaldas y culos.
Era la apoteosis. Todos con todos y descontroladamente. Hasta que uno a
uno como pudo fue acabando nuevamente sobre la cara de Lisandro. Ante tanta
joda no les quedaba casi nada de leche. Después de algunos forcejeos,
entre relinchos y polvareda, el padrillo eyaculó a borbotones dentro
de Lisandro, éste sintió como palpitaba la verga caliente
y un flujo tibio le invadía los intestinos. Era tanta la eyaculación
que la leche sobrante manaba por una fisura del ano dejando un reguero
sobre los fardos de alfalfa. Todos saltando festejaron el logro. Peor que
chicos traviesos. El único que no festejaba era el enfiestado que
prácticamente se había desmayado



Luego de vestirse, fumaron cada
uno su pucho y lo convidaron también al Lisandro, palmeándolo
silenciosamente en el hombro como un mínimo consuelo.



Don Francisco le dijo: Bien paisanito,
nos diste trabajo, pero te sacamos bueno.



¡Eso si que es ser hijo de
puta!.



Después de un rato lo desataron
totalmente, lo lavaron con una manguera y quedó inerte descansando
en el establo, cubierto por unas mantas. Los demás se fueron silbando
bajo, a las casas. Se sentían bien machos y con la misión
cumplida.



Al día siguiente lo buscaron
por todas partes, pero Lisandro ya no estaba, se había ido esa misma
madrugada con todas sus cosas y para siempre.




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