Relato: Antonio Galvache y hermanos, pintores decoradores ANTONIO GALVACHE Y HERMANOS, PINTORES DECORADORES.
Por Beno Gutt
Una vieja historia ambientada en una ciudad provinciana
durante los a�os anteriores a la Guerra Civil Espa�ola, cuyo protagonista es
homosexual, con drama, ternura y profundas contradicciones personales
ANTONIO GALVACHE Y HERMANOS, PINTORES DECORADORES (I)
El ni�o Antonio Galvache descubre su homosexualidad y,
adolescente, tiene su primer encuentro sexual.
Amigos de "", hace tres meses que estoy "malito" y
he hecho lo que nunca hab�a hecho: leer porno con simpat�a. Me he re�do mucho y
he pasado ratos muy divertidos, de tal modo que me siento un poco deudor de los
autores y amigo de los lectores, y me he decidido a enviar tambi�n yo mi relato,
un poco at�pico para esta p�gina, porque tambi�n yo soy at�pico en estas lides.
Por eso creo preciso una presentaci�n previa.
Soy casi un cincuent�n, soltero empedernido, calentorro y
cachondo, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni guapo ni feo, de lo m�s vulgar
del mont�n. No os hablar� de mi vida sexual porque no vale la pena, no soy ni
gay, ni bi, ni tri (detesto los encasillamientos), soy polimorfo como la vida
misma y cuando hay hambre me gusta todo lo que es bueno. Como en la cocina
espa�ola, los guisos han de ser elaborados a fuego lento y han de hacer "chup,
chup" mucho rato. Soy profe de universidad y mis alumnos y exalumnos me aprecian
bastante y no s� si aprenden mucho de m�, pero en mis clases r�en mucho. Escribo
cr�nicas de arte en peri�dicos y revistas de mi ciudad; tengo el atrevimiento de
decir lo que es bueno y lo que es malo en arte contempor�neo y de poner notas a
los trabajos de mis alumnos. Por eso soy reacio a calificar los "relatos" que
leo en estas p�ginas. Soy de derechas pero muy poco convencional, de modo que
mis amigos son todos de izquierdas. A veces me dicen que soy c�nico; m�s bien
soy esc�ptico en casi todo, menos en el aprecio y el respeto a la gente, tal
como es, en su sexo y en su dignidad m�s all� de su sexo.
Hace unos a�os sal� en un programa de TV hablando de un
pintor reci�n muerto, a quien conoc�a personalmente y del que hac�an una
exposici�n p�stuma. Era un artista tambi�n at�pico, "hiper-realista" en estos
tiempos. Hab�a sido dibujante forense y estaba especializado en pintar cad�veres
y heridas traum�ticas. �ltimamente, cuando se sinti� morir, pint� una "Piet�",
en la que aparece, con asombroso realismo y una luz m�gica, el cad�ver
totalmente desnudo de un joven torturado, blanco como la cera, y lleno de
hematomas, sobre la falda de su madre. Todo el mundo conoce este tema. El pelo
del joven estaba lleno de co�gulos de sangre. La cr�tica "progre" ignor� la
exposici�n; un cat�lico intransigente rasg� con una navaja el cuadro por
indecente. Como pude, expliqu� a los televidentes los pros y contras de esa
pintura y abogu�, como hago siempre, por la libertad creativa tambi�n de los que
no son progres en la gran selva del arte contempor�neo, por eso soy de derechas.
Pocos d�as despu�s del programa, me telefone� un se�or
pidi�ndome una entrevista a t�tulo personal; a toda costa quer�a tener una larga
conversaci�n conmigo. Le di fecha y hora y el d�a fijado se present� a mi
estudio particular un viejecito de ochenta y muchos a�os, alto, flaco, muy
atildado, perfumado y cuidado en su manera de vestir. Mi primer mal pensamiento
fue: "un maric�n viejo que quiere hacer testamento y quiere un expertizaje
gratis aprovech�ndose de las circunstancias". Mis malos pensamientos suelen ser
de este g�nero y por suerte casi siempre me equivoco. Me dijo que se llamaba
Antonio Galvache y que cuando me oy� por la tele, se dijo: Esta es la persona
con la tengo que hablar: ni un cura ni un juez. Ten�a los ojos llorosos y me
dijo que el cad�ver desnudo de la "Piet�" le hab�a impresionado terriblemente
hasta hacerle dar ese gran paso, explicar su historia a alguien que pudiera
comprenderle y no le juzgara. Aquel cad�ver le evocaba el recuerdo nunca
olvidado de su hermano Miguel, con el cr�neo destrozado, que �l tuvo en su
regazo hac�a la friolera de 56 a�os.
Bebimos algo, me pidi� calma y tiempo y empez� a contarme una
historia alucinante. El anciano se iba de un tema a otro y cuando le interrump�a
con preguntas y precisiones, perd�a el hilo y era peor. Se trataba de algo muy
personal y me supo mal conectar la grabadora, opt� por tomar notas a pluma que
vuela, y Antonio al denotar mi inter�s hablaba y hablaba, mezcl�ndolo todo.
L�stima que las notas que tom� y que conservo se refieran especialmente al tema
profesional de la "pintura decorativa popular en la primera mitad del siglo XX",
pero guardo bien el recuerdo y los principales datos biogr�ficos para poderles
contar esta interesante historia, en la que no faltaron abundantes referencias a
la vida sexual del protagonista, pero evidentemente nunca entr� en detalles.
Estos, haciendo de tripas coraz�n, me los he inventado a partir de lo que s� de
estas cosas; pero me he abstenido de echar sal gorda, porque no es mi estilo.
Desde ahora hablar� en primera persona, como si Antonio Galvache explicara su
propia historia.
�ramos tres hermanos que nos llev�bamos justamente dos a�os
cada uno. Yo, Antonio, el mayor, alto y espigado, moreno de pelo, pero de piel
muy blanca y sensible, ojos verde botella, callado e introvertido; de ni�o no me
gustaba jugar a la pelota ni mezclarme con los dem�s, me pasaba la vida mirando
lo que suced�a a mi entorno y sab�a que m�s all� de mi pueblo de Martigalejo
hab�a un mundo muy grande que desconoc�a y que me atra�a. Mariano, era el
segundo y era bastante m�s bajo que yo, como mi madre, le gustaba charlar y
cuchichear con todo el mundo, se met�a en peleas y habitualmente sal�a
perdiendo, pero no aprend�a; era y siempre lo fue una mediocridad. Miguel,
Miguel�n le llam�bamos nosotros, era una mezcla de mi padre y de mi madre,
tambi�n era alto, pero era parlanch�n, juguet�n, y ten�a un coraz�n de oro, me
idolatraba y pasaba a mi lado largos ratos haci�ndome preguntas de toda clase
hasta cansarme, pero en realidad era porque no pod�a soportar verme triste.
Viv�amos en una majada, a media hora del pueblo y ten�amos
unas hect�reas de tierras de secano plantadas de olivares y almendros, un
peque�o reba�o de cabras y ovejas, y un corral donde conviv�an gallinas,
conejos, y un par de cerdos. All� �bamos todos a hacer nuestras necesidades. Los
tres hermanos orin�bamos juntos y concurs�bamos a ver quien llegaba m�s lejos.
Dorm�amos los tres en el mismo cuarto y en invierno en la misma cama para darnos
calor, porque no ten�amos mantas para todos, por eso nuestros cuerpos no ten�an
secretos, nos toc�bamos y nos hac�amos cosquillas y as� fueron nuestros primeros
escarceos con el sexo. No pod�a ser de otra manera. Ya desde entonces, los doce
y trece a�os, tuve la certeza de mi homosexualidad: no me interesaban las ni�as,
ya que mi mundo era el que conoc�a y el que dominaba, la masculinidad de mis
hermanos.
�bamos a la escuela con bastante regularidad, sobre todo yo,
que quer�a aprender y marchar del pueblo. Don Teodoro, el maestro, me prestaba
libros de aventuras y de tierras lejanas que me avivaban la imaginaci�n. El
mismo d�a que cumpl� catorce a�os dej� de ir a la escuela y a la semana
siguiente mi madre me llev� a Cuenca, a ganarme la vida por mi cuenta. En casa,
ni yo quer�a estar, ni mis padres me ve�an con temperamento de pastor y
agricultor. T�a Felisa, hermana de mi madre que estaba casada con un ferroviario
de la capital, se encarg� de encontrarme un trabajo y darme cobijo en su pobre
casa.
La situaci�n no era f�cil. Ni mi t�o el ferroviario
�alcoh�lico- ni mis primos, brutos como animales, todos mayores que yo, me
quer�an en casa, porque no hab�a sitio para compartir. Pero t�a Felisa, que era
cojonuda como mi madre, se cuadr� y les dijo: - �Como hay Dios, que Anto�ito se
queda en esta casa y no le ech�is al arroyo, malparidos!" En el cuarto donde
guardaban las escobas y la le�a, me colocaron un jerg�n, un palanganero con agua
para lavarme y un orinal, que mi t�a vaciaba por las ma�anas. Cuando me desped�
de mi madre, no llor�, pero me sent� infinitamente solo en un mundo desconocido
y hostil, donde ten�a que abrirme paso al precio que fuera.
El oficio que me encontr� mi t�a result� providencial:
aprendiz de pintor de paredes. Me present� y se trataba de una cuadrilla de seis
pintores. El jefe se llamaba Segundino, ten�a algo m�s de treinta a�os y a mi me
parec�a muy mayor, era el "primoroso" que una vez que los oficiales hab�an
pintado las paredes seg�n el color elegido por �l, entraba al ataque pintando
florecillas y arabescos, entrelazados y festones. Se le consideraba el "artista"
de la empresa. Los otros eran tambi�n mayores, todos casados; el m�s joven era
Victori�n, que ten�a dieciocho a�os, y hab�a dejado de ser aprendiz para pasar a
oficial. Yo le substitu�a y �l se encargaba de darme las instrucciones y
ense�arme a realizar las tareas m�s elementales, lavar pinceles, cocer la cola
de conejo hasta darle la pegajosidad justa, conocer los colores que adquir�amos
en polvo. Enseguida me gust� el oficio y todos me trataron bien; la mayor�a de
las bromas que me gastaban no las entend�a, pero poco a poco fui cogiendo la
onda. No eran malos, s�lo eran groseros; era cuesti�n de soportar las bromas,
algunas bastante pesadas, pero ya a los quince d�as me hab�a hecho el prop�sito
firme de que un d�a no lejano, yo ser�a como Segundino, es decir artista, pero
mucho mejor que �l.
No hab�an pasado diez d�as, que una vez Victori�n a la salida
del trabajo ya de noche me dijo: -"S�gueme". Le pregunt�: "�A d�nde?" .
Respondi�: "Somos amigos, �no? F�ate de mi y no te arrepentir�s". �bamos por
callejones oscuros desconocidos por m�; me llevaba deprisa, nervioso,
apret�ndome fuertemente del codo. Al llegar a un almac�n, abri� una puerta y me
dijo: "Entra sin miedo". Las pulsaciones del coraz�n se me aceleraban. No ten�a
la menor idea de lo que quer�a Victori�n, pero mis delgadas piernas temblaban y
ten�a el est�mago encogido. Entr� en la oscuridad y all� mismo, detr�s de la
puerta que Victori�n cerr�, me tom� por los hombros, me apret� fuertemente y me
dijo muy serio: "�Hazme una paja!". �"Una �qu�?", dije yo sorprendido y
perplejo. �"�Nunca te has hecho una paja?" Mis ojos se hab�an acostumbrado a la
oscuridad y pod�a ver la cara de extra�eza que pon�a Victori�n. �"Pero �qu� es
eso?", le preguntaba yo con ansiedad. Victori�n sonri� con mofa. �"Anto�ito, tu
eres un trabajador, �es posible que aun seas como un ni�o de doctrina?" Y sin
decir ni una palabra se puso manos a la obra. Me abri� la bragueta y me sac� la
pija y las bolas. Las toc� acarici�ndome todo el aparato y coment� entre risas:
"Es muy suave, parece de seda, casi no tienes pelos, es como la de un ni�o, es
casi tan larga como la m�a, pero es delgada y parece un gusano". "Eso tiene una
soluci�n muy f�cil,- dije- yo cuando quiero hacer eso me lo hago as�" Y empec� a
frotarme la pija con la mano despacio y r�tmicamente. "�Pues eso se llama
hacerse una paja!, pero tu lo haces como una puta. Los hombres lo hacemos as�" y
empez� a masaje�rmela fuertemente, que casi me hac�a da�o. Al momento mi pija se
puso derecha como un pararrayos. "�Joder, no me esperaba esto de ti. La tienes
para parar un tren. Esto hay que verlo para creerlo!" A los tres minutos me
corr�a en su mano. El no sab�a qu� hacer con mi semen, por el suelo encontr� un
saco y se limpi� la mano viscosa y me advirti� enfadado. "Eso se avisa antes. No
me lo vuelvas a hacer m�s, si no te lo har� lamer". Yo qued� avergonzado y m�s
cuando me dijo, "Muchas bolas, pero poca leche y adem�s no es la propia de un
hombre, parecen los mocos de un cr�o. Ahora te toca a ti, a ver si has
aprendido"
Hice exactamente lo que �l me hab�a hecho; su pija estaba
parada y era algo m�s gruesa que la m�a, pero m�s basta y rugosa, con un
prepucio largo de manera que le sobraba piel. Era diferente a la m�a, pero
tambi�n era bonita, me gustaba, la habr�a besado, pero tem� que Victori�n me
llamara puta, as� que comenc� a frotar. Lo hac�a suavemente y con mucho cari�o,
pero Victori�n me cogi� la mano y me dijo: "As� ", marcando un ritmo trepidante,
bestial, agresivo. "Te quiero como amigo, pero no como marica, �me entiendes?" A
los dos minutos Victori�n eyaculaba en mi mano sin avisar. Yo hice lo mismo que
hab�a hecho �l, limpiarme con el saco y despu�s con el pa�uelo, le mir� a los
ojos y no le dije nada. Victori�n me abraz� fuertemente como hacen dos amigos y
me dijo al o�do: "Anto�ito, eres mejor que yo, me gusta mucho estar a tu lado,
siempre ser�s mi amigo y esto lo repetiremos muchas veces".
Por primera vez mir� a Victori�n de otra manera, no solamente
era un buen amigo, hab�a sido mi iniciador sexual. Yo ten�a catorce y �l
dieciocho a�os, �l era m�s fuerte, pero no m�s apuesto que yo, mi relaci�n con
�l no era la de hembra y macho dominante, sino la de dos chicos totalmente
masculinos que compart�an su hombr�a y su amistad, d�ndose placer. Pero, uno m�s
mayor, otro casi un cr�o, todav�a ten�an que aprender mucho del sexo y de la
vida, entre otras cosas que nada hay que pueda darse por definitivo y que "cada
caminante ha de recorrer su camino".
ANTONIO GALVACHE Y HERMANOS, PINTORES DECORADORES (II).
Lucha tenaz de un joven homosexual en una ciudad provinciana
para abrirse paso en la vida al precio que sea.
El sueldo de aprendiz que ganaba no me daba ni para comer.
Suerte que t�a Felisa me dejaba en el cuarto manzanas, nueces y alguna que otra
tortilla sin que lo supieran sus brutos hijos, a los que ni ve�a.
Victori�n se convirti� en mi amigo inseparable. A pesar de
ser mayor, no era m�s alto que yo, ni tampoco especialmente guapo, era cuadrado
y fuertote, a veces rudo pero leal y sincero. A menudo en el trabajo nuestras
miradas se cruzaban y Victori�n me sonre�a p�caramente. Un par de veces a la
semana, a la salida del trabajo, me llevaba "a hacer cosas". Hab�a descubierto
un lugar seguro y m�s confortable que el almac�n. Era el pajar de casa de su
abuela, a las afueras de la ciudad. Nos ca�a lejos pero nos gustaba andar juntos
en la oscuridad sin decirnos nada. All�, sobre el heno y la paja nos
desnud�bamos de cintura para arriba y comenz�bamos a revolcarnos como si
jug�ramos a luchar y siempre acab�bamos haci�ndonos la consabida paja. De este
modo, sin que nadie nos ense�ara nada, aprendimos por instinto y experiencia los
secretos del sexo entre hombres. Aprendimos a besarnos no con morosidad, como se
hace con las mujeres, sino con golpes de legua y peque�os mordiscos en los
labios. Descubrimos el placer de las caricias y del lamer todo el cuerpo, pero
no con flojera sino d�ndonos fuertes masajes hasta hacernos un poco de da�o.
Finalmente un d�a Victori�n me pidi� que le chupara la pija, pero no como lo
hacen las putas sino solo como lo hacemos nosotros.
Yo lo deseaba hac�a mucho tiempo, aunque nunca lo hab�a hecho
ni lo hab�a visto hacer. Comet� muchos errores como el morder, que �l corrigi�
severamente, hasta que llevado por la intuici�n acert� a encontrar un equilibrio
entre la fuerza ejercida por la mano, el frote de la lengua y de la boca y un
ritmo vigoroso y excitante. Por primera vez le o� gemir de placer echando su
cabeza hacia detr�s. Fue un momento indescriptible cuando acab� en mi boca y me
tragu� todo su semen. Era la primera vez y not� que sab�a como la tapioca, algo
salado, suave aunque consistente, nada especial, pero descubr� que no me daba
asco ni lo asociaba ya con los mocos de la nariz ni con los escupitajos.
Victori�n me dijo: "Anto�ito, lo tuyo es mucho mejor que lo que me hacen las
putas. Nunca he sido tan feliz con nadie." Despu�s me lo hizo �l, pero tambi�n
mord�a y no me dio satisfacci�n. Fui yo quien poco a poco le ense�� a hac�rmelo,
como yo se lo hac�a, pero con m�s suavidad, tom�ndole la cabeza con mis manos y
marc�ndole el ritmo que yo deseaba. Posteriormente vino el sexo anal. Nos cost�
mucho llegar a �l. Victori�n no lleg� nunca a encontrar placer en ello, yo s�
pero no me volv�a loco. Victori�n lo consider� siempre algo de putos y
maricones.
Las relaciones con Victori�n duraron tres a�os. Nunca me
enamor� de �l, pero por las noches, solo en mi jerg�n, so�aba en su cuerpo, en
sus pectorales, en sus sobacos, y a�oraba su mano acarici�ndome el canal de la
columna vertebral de mi espalda. Un d�a Victori�n me anunci� en el trabajo que
se hab�a echado novia. No me extra��, era lo natural; sent� pena al pensar que
nuestros encuentros acabar�an. Un domingo los encontr� en la calle y la conoc�.
Era peque�a, regordeta y tetuda, bastante fea para mi gusto. A los quince d�as,
Victori�n me pidi� volver al pajar de su abuela. Su novia no le dejaba hacer
nada, ni siquiera le permit�a besarla y cuando la toqueteaba, ella le pegaba en
la mano y se pon�a furiosa. "Anto�ito, -me dijo- lo tuyo, lo nuestro es
diferente y no puedo pasar sin ti". Me call�, sonre� y nos fuimos al pajar como
si nada hubiera sucedido.
Cada d�a aprend�a m�s y mejor el oficio de pintor y me
gustaba el trato campechano de mis compa�eros de trabajo. Muchos de ellos me
daban comida y me hac�an encargos de comprarles tabaco solo con pretexto de
darme una propina. Nadie sospech� ni me coment� nunca el car�cter de mi
"especial" amistad con Victori�n. Ahora creo que en aquellos a�os, - eran los de
la Primera Guerra Mundial-, en Cuenca, todo el mundo hac�a la vista gorda. Ese
tipo de relaciones oficialmente no exist�an y, si se daban, hab�a una sabia ley
del silencio y de no entrometerse nadie en esos asuntos escabrosos.
Algunos d�as Victori�n me llevaba a El Metro. Era una taberna
de mala muerte, en un s�tano � para acceder se ten�an que bajar muchas escalera,
por eso ten�a ese nombre-. All� Victori�n se encontraba con sus amigotes de
siempre, los de su edad. Beb�an vino tintorro de la peor calidad, jugaban a
cartas sin dinero, porque nadie ten�a un real, y cuando se caldeaba el ambiente
ten�an conversaciones guarras. Explicaban lo que hac�an con sus novias, lo que
les gustar�a hacer o lo que se inventaban, los viajes de tal o de cual a los
prost�bulos de Madrid. Yo escuchaba mudo, no sab�a nada de eso. Tem� que alg�n
d�a Victori�n bebiera m�s de la cuenta y dijera algo de lo nuestro. Un d�a, mi
presencia pasaba tan inadvertida, que uno de los chavales refiri�ndose a m�,
mencion� "al chico puto de Victori�n". Sent� como si se me tragara el mundo. Por
suerte Victori�n se levant� deprisa y dio un fuerte pu�etazo al centro de la
cara del insensato, que inmediatamente empez� a sangrar abundantemente por la
nariz. Todos los dem�s se pusieron de parte de Victori�n y m�a y recriminaron al
bocazas que corri� hacia el lavabo. Victori�n echando fuego por los ojos dijo:
"�Que no vuelva a o�r eso nunca m�s, si no aqu� pasar� algo gordo!". Nos
marchamos y jur� no poner m�s los pies en El Metro. Al cabo de un tiempo,
Victori�n se fue a la mili. No hicimos ninguna despedida especial, nunca m�s
supe nada de �l, en realidad ni siquiera sab�a su apellido, a pesar de los tres
a�os que hab�amos pasado juntos, pero su recuerdo me ha acompa�ado toda la vida.
Al terminar el trabajo me sobraba tiempo y no ten�a d�nde ir.
Se me ocurri� apuntarme a las clases de dibujo de la Academia Pel�ez, pero iba
muy escaso de dinero y no sab�a de d�nde sacarlo. Mi t�a Felisa me encontr� un
peque�o trabajo y me avanz� la primera mensualidad para pagar las clases. Don
Ruperto Pel�ez era de Madrid y ten�a toda la carrera de Bellas Artes. Se cas� en
Cuenca, donde su mujer ten�a una mercer�a, y �l daba clases de dibujo y pintura
sin pena ni gloria. Todo consist�a en copiar l�minas de vegetales, paisajes,
narices y manos. Los m�s aprovechados pasaban a copiar esculturas de yeso y aqu�
se acababa la carrera de arte que se pod�a hacer en Cuenca. Don Ruperto me
acogi� con simpat�a y me dijo que ten�a cualidades, lo que me anim� mucho, pues
�l era de Madrid y deb�a saber lo que se dec�a.
La sorpresa mejor fue el nuevo trabajo que me ofrecieron por
mediaci�n de mi t�a. Hab�a cumplido ya los quince a�os y me hab�a desaparecido
la inicial timidez y cohibici�n, de manera que en medio de mi seriedad natural
hab�a aprendido a desenvolverme con espontaneidad y gracia. Me present� a casa
de los se�ores Ferrer de la Vega para que me conocieran y me confirmaran el
trabajo. Eran unos de los m�s ricos de la ciudad, terratenientes y amos de la
harinera y de una f�brica de sopas y fideos. Do�a Mar�a Luz as� que me vio, dijo
"perfecto", me hizo andar por el pasillo, se interes� por mi trabajo y mi
situaci�n familiar. Al cabo de un rato me dijo que fuera inmediatamente a casa
del sastre, que ya me esperaba. All� me tomaron medidas y me hicieron dos
uniformes, uno ordinario y otro de gran gala: pantal�n negro, chaquetilla con
botones dorados y cordonaje, camisa hecha a medida y corbatines de varias
clases, zapatos negros de charol y gorra de plato para salir fuera de casa.
Ser�a el botones de los domingos por la tarde, que era el d�a de recepci�n en
aquella casa. Los domingos ya com�a all�, con las criadas, y aquel d�a me
quitaba el hambre de toda la semana. Mi trabajo comenzaba a partir de las tres
de la tarde, cuando llegaban los invitados al caf�; a las cinco se serv�a el te
con otros invitados y a las siete empezaba la soir�, en la que se daba siempre
un peque�o recital de m�sica o canto. Mi oficio consist�a en abrir la puerta a
los invitados y tomarles los abrigos y sombreros, anunciar su llegada a los
se�ores y acompa�arlos al sal�n. Despu�s servir el caf� y el te junto con otras
dos criadas j�venes vestidas de uniforme negro y delantalitos blancos de
"frivolit�".
Ya el primer d�a, una se�ora mayor pregunt� a Do�a Mar�a Luz,
de d�nde hab�an sacado a ese chico tan guapo. Me puse colorado y baj� los ojos.
A los pocos domingos not� que muchos se�ores me miraban y me repasaban de arriba
a bajo y que cuando les tomaba el sombrero estiraban los dedos para tocarme la
mano. Al principio temblaba, pero me fui acostumbrando a no hacer caso y a
comportarme con toda naturalidad y cortes�a. Cuando serv�a el caf� o el te
algunos me rozaban el culo con su brazo o con la mano, cosa que no hac�an con
las dos chicas. Nunca esquiv� ninguna mano ni dej� de sonre�r a nadie. Tambi�n
frecuentaba la casa de los Ferrer de la Vega un famoso can�nigo, que me miraba
con la misma voluptuosidad que los dem�s hombres. Un d�a me abord� y me dijo que
no me hab�a visto nunca por la catedral y que fuera a verle. Yo le contest�,
mintiendo pero con todo aplomo, "Yo voy siempre a Santo Domingo", que es una
iglesia de frailes que hacen la competencia a los can�nigos. Con esto zanjaba
definitivamente la cuesti�n. Un d�a, un tenor gordo como un cap�n, despu�s de su
actuaci�n, al momento de irse me empuj� hacia una habitaci�n que daba al
recibidor y empez� a sobarme descaradamente y contra mi voluntad. Me resist� y
grit� y cuando vino Do�a Maria Luz, aquel tenor se march� precipitadamente dando
traspi�s por la escalera y nunca m�s volvi� a poner los pies en aquella casa.
Do�a Maria Luz me dio un gran beso en la cara y me dijo: "Anto�ito, mi vida,
eres un chico muy guapo y esto en la vida te ayudar�, pero tambi�n te traer�
problemas. Has de saberte hacer valer y respetar como has hecho hoy".
Estuve casi tres a�os en casa Ferrer, de los quince a los
diecisiete o dieciocho. All� conoc� a toda la gente rica e importante de la
ciudad. Ten�a la edad de crecer y toda la ropa se me quedaba peque�a a los pocos
meses. Do�a Mar�a Luz, que me quer�a mucho, me proporcionaba la ropa usada de
sus dos hijos, que ten�an m�s o menos mi misma edad y talla, y que estaban
internos en un colegio de jesuitas. Ella misma me probaba la ropa y me mandaba
hacer los retoques necesarios. Un d�a al darle las gracias, me retuvo, me bes�
la frente y la mejilla y apret�ndome el codo con su mano me susurr� al o�do:
"Anto�ito, mi �ngel, hacerte el bien a t� es la manera m�s bonita y agradable
que tengo de ganarme el cielo". Entonces supe que me quer�a con una especie de
amor maternal de segundo orden. Cuando en la Guerra Civil del 1936 los
revolucionarios mataron a su esposo Don D�maso Ferrer de la Vega y a sus dos
hijos, cuya ropa hab�a aprovechado, llor� a l�grima viva y, a pesar de muchas de
mis convicciones, con toda mi alma dese� que ganaran la guerra los contrarios.
Al salir del trabajo, y hasta para ir a la academia, me
vest�a como un dandi con la ropa de los chicos Ferrer, de modo que en la calle
llamaba la atenci�n y muchos se giraban al verme pasar. Las chicas se me com�an
con los ojos y yo me sent�a el rey del mundo, a pesar de no tener ni un real.
Un d�a Don Ruperto Pel�ez me dijo que pensaba hacer grandes
reformas en la academia y que contaba con mi colaboraci�n. Se suprimir�an las
clases nocturnas de dibujo y se substituir�an por unas sesiones selectas de
dibujo de academia al natural. De momento ya se hab�an apuntado seis pintores y
se esperaba que asistir�an diez o doce. Don Ruperto me hab�a escogido a m� como
modelo de desnudo masculino y a su sobrina Flora para el femenino; yo tres d�as
a la semana, de ocho a diez de la noche, y Flora s�lo dos. La matr�cula era cara
y mi sueldo, por seis horas semanales, superaba con mucho lo que ganaba con la
cuadrilla de pintores de Segundino, de la que ya era oficial. No me lo pens� dos
veces e inmediatamente di mi conformidad. Ten�a dieciocho a�os, mi cuerpo en el
trabajo se hab�a hecho fuerte y ten�a una musculatura m�s que aceptable. Hab�a
llegado el momento de decir adi�s a los Ferrer de la Vega, pues hab�a dejado de
ser un adolescente y me sent�a un hombre, que ya no sirve para hacer de botones.
Un d�a t�a Felisa me avis� que mi padre se hab�a muerto y que
fuera corriendo a Martigalejo. Me sent� culpable de haberme desentendido de mi
familia y corr� para llegar al entierro. La gente me mir� con extra�eza al bajar
de la tartana en la que hab�a llegado: iba vestido de se�or y llevaba un
reluciente malet�n con mis pertenencias como si fuera un millonario. Una abuela,
amiga de casa, me par� para increparme: "�Mal hijo, descastado, no sabes lo que
han sufrido los Galvache mientras tu te lo pasabas bien por la capital!". En el
cementerio, aun pude ver el cad�ver de mi padre, pero no pod�a llorar. Sent�a un
dolor seco y un grave sentimiento de culpabilidad. En casa bes� a mi madre que
parec�a una anciana, a pesar de tener solo cuarenta y dos a�os. Se hab�an tenido
que vender todo el reba�o para atender la enfermedad de mi padre. De las �ltimas
cosechas no hab�an sacado casi nada. Mis dos hermanos, de catorce y diecis�is
a�os se hab�an tenido que poner a trabajar en una majada vecina, s�lo para que
les dieran de comer, sin sueldo. Llor� y les jur� que antes de seis meses me los
llevar�a a todos conmigo y que yo les abrir�a paso en la vida al precio que
fuera.
ANTONIO GALVACHE Y HERMANOS, PINTORES DECORADORES (III).
La Academia Pel�ez era algo m�s que una academia de dibujo.
Don Ruperto hab�a hablado con sus amigos de Madrid y se
dispon�a a hacer el negocio de su vida. Se arriesgaba mucho, pero es que nunca
hab�a hecho nada. En la sala trasera de la academia se hab�an cegado balcones y
ventanas para evitar la indiscreci�n de los vecinos y se hab�a convertido en un
peque�o hemiciclo en degradaci�n, donde cada pintor gozaba de una visi�n
completa del modelo, iluminado por grandes pantallas el�ctricas. El modelo
posaba totalmente desnudo y con el cuerpo rasurado sobre un podio donde ten�a
que mantener una pose en absoluta quietud.
En Cuenca no se hab�a hecho nunca una cosa como �sta, por lo
que se llevaba este asunto con un discreto sigilo. Los pintores pagaban por
sesi�n. Los modelos ten�an un sueldo fijo. Las poses eran las cl�sicas de las
academias, fijadas unas por la tradici�n secular, otras eran la copia exacta o
una peque�a variaci�n del �lbum de academia que hab�a pintado en Roma Mariano
Fortuny, en el siglo XIX. Entre ellas figuraban: el condesito (reposo de pie y
frontal), el segador, el lancero, el disc�bolo, el tocador del p�fano, el
crucificado, el cargador del muelle, y la m�s dif�cil de mantener, el
cantarillo, aguantando un jarra pesada para que se marquen bien los b�ceps y una
pierna flexionada de modo que todo el peso cae sobre una sola pierna. Cada
semana se cambiaba la pose una o dos veces, seg�n la dificultad que encontraban
los dibujantes.
Antonio explic�: el primer d�a, me desnud� con toda
naturalidad, me coloqu� en el podio y adopt� la postura del ta�edor de campanas,
mirando hacia lo alto, piernas semiflexionadas y tirando de unas cuerdas que
pend�an del techo. Mi desnudez no me dio ninguna verg�enza, me sent�a una
escultura viviente y miraba con halago la inspecci�n y la dedicaci�n que
aquellos artistas dedicaban a mi cuerpo. La sesi�n comportaba cuatro descansos.
Algunos pintores se acercaron a mirarme de m�s cerca las facciones y los
m�sculos, y hasta quisieron tocar. Yo por mi parte no pude resistir la tentaci�n
de mirar los dibujos que me estaban haciendo. Todos felicitaban a don Ruperto
por la elecci�n del modelo, bello, d�cil e impasible, como una estatua de Miguel
Angel pero viva y transpirante. Don Ruperto sonre�a satisfecho.
No sin extra�eza vi que algunos pintores se absten�an de
modelar detalladamente toda mi zona genital, para sugerirla simplemente con unos
pocos trazos; otros en cambio la trataban con id�ntico inter�s que el resto del
cuerpo; hab�a uno, bastante sinverg�enz�n, que se tomaba la licencia de pintarme
el falo bastante m�s largo y grueso de lo que era en realidad y con una cierta
erecci�n que no ten�a. No me enfad�, sonre� a todos y nunca protest� de los
supuestos abusos; sab�a que me conven�a ser transigente y que todo pod�a
redundar en bien m�o.
A los pocos d�as, empezaron a llegar algunos visitantes
especialmente invitados por Don Ruperto, que se colocaban al final del
hemiciclo, sentados y mirando en absoluto silencio.
Por mi sexto sentido not� que me miraban con una insistencia
demasiado elocuente. Cerr� los ojos y tem� que no me sobreviniera una erecci�n
que pod�a suscitar un pasmo general. Respiraba hondo y empec� a pensar lo que
pod�a sucederme en un futuro no muy lejano. Sent�a repugnancia y halago al mismo
tiempo. Pens� en mis hermanos y en mi compromiso hacia ellos y me decid� a
afrontar con coraje lo que pudiera sobrevenirme, pero sacando el m�ximo provecho
de las circunstancias.
Pronto aprend� a discernir los buenos pintores de los
mediocres, procurando ser amable con todos, pero gan�ndome el favor
especialmente de tres profesionales que frecuentemente se desplazaban de Madrid
solo para pintarme durante dos horas y se alojaban en el hotel Londres. Tambi�n
me di cuenta de que entre los mirones los hab�a de muchas clases; unos eran
vulgares lujuriosos, otros sin embargo adem�s de mirarme atentamente se
interesaban por la obra de los pintores que adquir�an a precios considerables
que reportaban un incremento de ganancias a Don Ruperto. Cuando lo supe con
certeza, fui a hablar con el director dici�ndole que como modelo tambi�n a m� me
correspond�a alguna ganancia de los dibujos vendidos. Don Ruperto me fulmin� con
la mirada y me sentenci� con la mayor seriedad: "Si quieres obtener ganancias
extra, tendr�s que realizar trabajos extra". Mi presentimiento se ve�a
confirmado, as� que me prepar� mentalmente para lo que me iba a suceder. Iba a
ser puto, as� tal como suena. Pero no ve�a otro camino para obtener el dinero
que necesitaba y mi nuevo oficio, siempre tendr�a la protectora cobertura del
arte.
Finalmente lleg� el d�a fat�dico. Don Pablo Castanera, el amo
de la mejor casa de muebles de la ciudad, figuraba como invitado de Don Ruperto.
Conoc�a a Don Pablo de las visitas dominicales en casa de los Ferrer de la Vega.
Desnudo, ya antes de posar, me salud� amablemente, casi paternalmente y me dijo
que �l tambi�n amaba el arte y que le gustar�a comprar un buen dibujo de mi
figura para tenerlo en su casa. Durante un buen rato de la sesi�n estuvo
mir�ndome fijamente a los ojos y no ces� de sonre�rme y de mojarse los labios
con la lengua; al final se fue. En el primer descanso Don Ruperto me llam� y me
dijo: "Anto�ito, ya sabes lo que te quiero, pero ha llegado el momento de
decidirte y ahora mismo me has de decir s� o no. A las diez en punto Don Pablo
Castanera vendr� a buscarte, porque quiere pasar un buen rato de asueto contigo.
Tu ya me entiendes, solo tienes que complacerle y te juro que es un buen hombre
y que no te arrepentir�s de ello. Tendr�s tu dinero extra y muy superior al que
ped�as de la venta de los cuadros". Solo sonre� y asent� con la cabeza como un
aut�mata.
El resto de la sesi�n no hice otra cosa que pensar en lo que
podr�a sucederme. Con Don Pablo, casado y respetable, que pod�a ser mi padre, no
hab�a peligro de indiscreciones ni de intenciones perversas. Solamente me
angustiaba si ser�a capaz de complacerle y si mi cuerpo responder�a a sus
est�mulos. Hac�a muchos meses que no ten�a ning�n contacto sexual y desde la
muerte de mi padre ni me pajeaba. �Qu� cara le pondr�a cuando le viera por la
calle? Despu�s de �l vendr�n cien, me dec�a, antes de empezar tendr�a que saber
c�mo se puede salir de ese laberinto. El pulso resonaba en mi cabeza, toc, toc,
toc... El reloj corri� m�s r�pido que ning�n d�a y de pronto ya me vi
visti�ndome ante la mirada sonriente y complacida de Don Pablo, que ya hab�a
hablado y arreglado el asunto con Don Ruperto.
Bajando las escalera, me puso la mano sobre el cuello y se
acerc� a mi o�do para decirme: "Anto�ito". "Antonio" le correg� inmediatamente.
Me acarici� la barbilla: "No te enfades. Seguramente es la primera vez que lo
haces con una persona mayor, pero ya ver�s que te gustar� y te prometo no
hacerte nada que tu no quieras". Me calm� y me infundi� confianza. Entramos por
la puerta trasera de su almac�n, encendi� la luz de una lamparilla y nos
encontr�bamos en un sal�n donde hab�a al menos veinte camas de matrimonio.
Riendo de buen humor, me dijo: "�A que no te lo esperabas? Escoge la cama que
quieras". No pude menos que echarme a re�r. Busqu� un lugar discreto y me
encontr� con una cama de talla Luis XV, con estucos y dorados. Le se�al�:
"Aqu�", y me acord� del pajar de la abuela de Victori�n. Sonre� y pens� que en
pocos a�os hab�a recorrido un buen trecho. "Don Pablo, cuando quiera" y empec� a
desnudarme. "No, jovencito, ves despacio". Se sent� a mi lado y me atrajo
poni�ndome su fuerte brazo por el hombro. El primer d�a que te vi vestido de
botones en casa de los Ferrer, ya me gustaste y te he tenido en sue�os y en mi
imaginaci�n miles de veces. Por eso, para mi aun eres y ser�s siempre Anto�ito,
el chico guapo de casa Ferrer". Me acariciaba el pelo dulcemente y me miraba con
los ojos h�medos. Nunca nadie me hab�a hablado as�, ten�a un nudo en la garganta
y una gran perplejidad nublaba mi mente. Nunca hab�a sabido formular mis
sentimientos verbalmente, ni lo hab�a visto hacer a nadie. Continuaba callado
como un muerto y mi posterior reacci�n fue la de besarle rozando mis labios con
los suyos. S�lo entonces, cuando percibi� mi consentimiento y entrega empez� a
tocarme la cara y a besarme sin forzar, me desnudaba como si fuera un ni�ito y
yo le dejaba hacer. Me trabaj� todo el cuerpo sin hacer demasiado caso a mis
genitales. Yo quise corresponderle, acarici�ndole su pecho velludo pero no
demostr� gran inter�s. Solo al final nos tocamos las pijas y nos las pusimos en
la boca mutuamente hasta corrernos. S�lo hubo un orgasmo, pero sent� mucha
ternura y al final me sent�a gozoso y lleno de paz. Mi conciencia se encontraba
tranquila. No hab�a tenido que hacer de puto, sino solo de ni�ito bueno, era esa
especie de inocencia original que todos llevamos dentro y que cuando aflora nos
sorprende porque la d�bamos por perdida irremediablemente.
A la siguiente sesi�n, Don Ruperto me felicit� y me dijo que
me preparara porque ya ten�a una larga cola de "clientes". Entonces me sent� muy
mal, pero no ten�a otra alternativa que continuar. Muchos de esos "se�ores" eran
amigos entre ellos, bastantes pertenec�an al Casino, donde hab�a corrido el
"mejunje" que se coc�a en la Academia Pel�ez. Estos eran por lo general
vulgares, obsesionados especialmente por el sexo anal y no me gustaban mucho.
Los viejos conocidos de casa Ferrer de la Vega eran m�s sofisticados y sus
encuentros mucho m�s gratificantes. A los tres meses de "carrera" me di cuenta
de que en el fondo siempre era lo mismo; una eterna repetici�n con ligeras
variantes de unos mismos gestos y posturas, en b�squeda de algo que llegue muy
adentro y que s�lo produce unos instantes de ilusi�n, para volver a empezar el
d�a siguiente. Me costaba no caer en la rutina y proporcionar a cada persona un
ratito de ensue�o que se parezca a la felicidad. Mientras mi sensibilidad se
endurec�a cada vez m�s, mi cuenta bancaria aumentaba prodigiosamente, sin que mi
t�a Felisa notara nada extra�o.
Un d�a Don Ruperto me anunci� en tono triunfante que aquella
noche tendr�a plato especial. Los tres pintores de Madrid, hacia los que ten�a
tanta simpat�a, hab�an solicitado mi servicio. Alegu� que hab�amos quedado que
no atender�a a m�s de un cliente cada d�a y Don Ruperto se puso a re�r y me
espet�: "Es que son los tres en uno", van los tres juntos y han pagado un
suplemento para que les atiendas simult�neamente. Los tres eran guapos, j�venes,
simp�ticos y juerguistas, pero ten�a una gran incertidumbre de lo que me pod�a
suceder. Sin embargo la curiosidad morbosa prevaleci� a la precauci�n. Durante
toda la sesi�n de academia los tres estuvieron gui��ndome el ojo y provoc�ndome
para ver si me empalmaba. Resist� sonri�ndoles y pensando que pronto mi madre y
mis hermanos podr�an juntarse conmigo en Cuenca. Mientras posaba desnudo,
aguantando con la derecha una lanza y teniendo la otra mano apoyada en jarra en
mi cintura, en mi mente iba haciendo n�meros y sab�a que las cuentas cuadraban.
Al final de la sesi�n esperaron a que me vistiera y me
llevaron al hotel Londres como si fuera un trofeo que hab�an ganado. Me
explicaron que sus dibujos en Madrid se vend�an como rosquillas y que muchos
"se�ores" los ten�an enmarcados en el ba�o para masturbarse vi�ndome a mi.
Despu�s de cenar, del caf�, copa y faria, nos reunimos en la habitaci�n de uno
de ellos donde hab�a dos camas y all� comenz� la org�a. Las cochinadas que
dec�an no ten�an nada que envidiar a las de los chavales de El Metro. Estaban
totalmente desinhibidos y abiertos a hacer las combinaciones m�s impensables
entre ellos, actuando yo como invitado de honor. Hubo un momento en que me vi
mamando la pija de uno, recibiendo por el culo la del otro y masturbando
desesperadamente al tercero que ten�a prisas de correrse porque llevaba m�s de
una hora empalmado y la pija ya le hac�a da�o. Acab� agotado, los orgasmos
fueron numerosos y el culo me dol�a como nunca. Promet� no repetir aquella
experiencia nunca m�s. Un prop�sito muy d�bil, puesto que al final, cuando ya me
iba, despu�s de darme un beso cada uno, me alargaron tres billetes de los m�s
gordos, dici�ndome: "Esto es de parte nuestra, adem�s de lo que ya hemos abonado
a Don Ruperto, porque te estamos agradecidos y te queremos mucho". Nunca nadie
me hab�a alargado una propina que superaba el sueldo.
A la ma�ana siguiente, mand� el encargo a Segundino de que no
pod�a ir a trabajar y me dediqu� a ver pisos c�ntricos, grandes y soleados
porque me sent�a ya en condiciones de comprar uno y llamar a los m�os para que
vivieran conmigo. Encontr� lo que buscaba, pero era algo m�s caro de lo que
hab�a calculado. Fui a consultar a Don Pablo Castanera, el de los muebles, y me
dio un abrazo que casi me descoyunta el esqueleto. "No sabes la alegr�a que me
das pidi�ndome un favor. D�jalo todo de mi mano y dalo ya por hecho". En
realidad el favor consisti� en firmarme un aval de un pr�stamo en la Caja de
Ahorros, por el que Castanera, los Ferrer de la Vega y otro "amigo y cliente"
sal�an fiadores m�os de una cantidad muy superior a la que hab�a pedido, para
que mi familia pudiera vivir unos meses con cierto desahogo.
La semana siguiente llegaron a Cuenca mi pobre madre, con la
salud muy deteriorada, y mis dos hermanos, a los que iba a dedicar toda mi vida.
ANTONIO GALVACHE Y HERMANOS, PINTORES DECORADORES (IV).
Los hermanos Galvache, finalmente pintores, conocen el �xito y Antonio, el
homosexual, llega a la madurez de su personalidad dominante.
Mi madre y mis hermanos cre�an que todo era un sue�o. Don
Pablo me hab�a dado muebles para toda la casa, que nunca pretendi� ser se�orial.
Yo sab�a perfectamente que �ramos trabajadores acomodados y que esa era nuestra
exacta posici�n social. Segundino acept� a mis dos hermanos en su empresa de
pintores; yo le asegur� que eran tan trabajadores y tenaces como yo y que nunca
le ocasionar�an el menor problema. En casa entraban tres sueldos adem�s del
sueldazo y los extras que me procuraba la Academia Pel�ez, en la que continu�
hasta que cumpl� los 23 a�os. Como era cabeza de familia, me libr� del servicio
militar. T�a Felisa ven�a a casa todas las tardes a hacer compa��a a mi madre y
hasta nos pusimos criada para las faenas de casa.
Desde hac�a alg�n tiempo, me hab�a hecho socio del Ateneo
para mirar las abundantes revistas ilustradas que llegaban de Madrid, de
Barcelona y hasta del extranjero y de las que aprend�a c�mo decoraban las casas
ricas. Tomaba muchas notas hasta hacerme un repertorio de temas decorativos
nuevos y modernos, que nada ten�an que ver con lo que pintaba Segundino.
Cuando dej� la Academia, inmediatamente ces� de complacer
clientes sexuales. Creo que las autoridades gobernativas supieron siempre lo que
pasaba en la Academia Pel�ez, pero hab�a implicada tanta gente importante que
prefirieron ignorar el asunto y nunca hubo ning�n problema. Cuando dej� la
academia, Don Ruperto contrat� a un muchacho muy agraciado de diecis�is a�os,
pero no se sab�a estar quieto durante la pose y suscit� las quejas de los
pintores. Poco despu�s, Don Ruperto se puso enfermo, cerr� la academia y muri�,
dejando a su viuda una respetable herencia. En siete a�os de dibujo acad�mico al
natural hab�a amasado m�s dinero que su mujer, que hab�a pasado toda la vida en
la mercer�a.
La actividad sexual que hab�a ejercido los �ltimos a�os hab�a
formado en mi como una segunda naturaleza. No pod�a parar en seco. Cuando la
urgencia se hac�a imperativa, iba a los lavabos de la estaci�n o del front�n a
buscar chicos, pero hab�a pocos que me gustaran.
Entre los empleados del hotel Londres, que ya me conoc�an,
hab�a algunos que eran como yo y se prestaban gustosos a mis requerimientos,
como lo hac�an a otros clientes. El mismo due�o del hotel, Don Justo Albalate,
era del ramo; por eso iban siempre all� los tres pintores de Madrid. En el
Londres ten�a siempre habitaci�n disponible para llevar a mis eventuales
parejas, pero Don Justo se reservaba el privilegio de "mirar" y alguna vez
solicit� el de participar, cosa que a m� no me gustaba nada. Mi madre y mi t�a
se acostumbraron a verme llegar a casa con alg�n chico con el que me encerraba
en mi cuarto. Sab�an perfectamente lo que me llevaba entre manos, pero nunca me
hicieron el m�nimo reproche, se limitaban a suspirar. Entre los chicos que me
llevaba a casa con m�s asiduidad estaba Manol�n, que llen� mi vida durante tres
largos a�os. Los t�rminos se hab�an invertido, ara era yo quien pagaba por tener
sexo siempre con chicos m�s j�venes que yo.
Manol�n ten�a diecisiete a�os y era limpiabotas. Lo descubr�,
nos descubrimos, un domingo de invierno en que me lustraba los botines en los
p�rticos de la Plaza Mayor. Pasaba su vida mirando a hombres de abajo a arriba
en un oficio algo humillante, pero Manol�n lo hac�a con dignidad y se�or�o.
Manol�n era bajito, pero fuerte de complexi�n, rubio y pecoso de nariz para
arriba, ojos azules oscuros, cara de ni�o pero ademanes y movimientos plenamente
masculinos. Cuando me sent� ante �l para que me limpiara los botines, me sonri�
como queri�ndome decir "Ya te tengo"; acerc� su taburete hacia m� tanto como
pudo y empez� a lustrar y a dar brillo a mis botines con una energ�a inusitada.
Me miraba fijo y su cabeza coincid�a a la altura de mi cintura, de manera que
ten�a la impresi�n de que me estaba haciendo una mamada. Inmediatamente me
empalm�. Le pagu� y no le dije nada, pero durante toda la semana estuve pensando
en Manol�n y cada noche me hac�a una paja. En Cuenca, en aquellos tiempos nos
conoc�amos todos, pero nunca hab�a reparado en aquel chaval. El domingo
siguiente repet� la operaci�n y sucedi� lo mismo, pero con m�s calentura por las
dos partes. Al finalizar le dije llanamente: "Manol�n, quiero acostarme contigo,
dime si quieres y cu�nto me vas a cobrar". Serio me respondi�: "Soy limpiabotas
y no soy ning�n puto. No quiero nada, pero me muero de ganas de joder contigo.
Desde cr�o, me he fijado en ti y te he seguido por la calle sin que tu te dieras
cuenta, hoy por fin me dices lo que tanto he esperado". "Esta tarde a las tres
te vengo a buscar aqu� mismo", le propuse despein�ndole su rubia cabellera.
"Aqu� estar�", me respondi� riendo.
Estaba vestido decentemente, pero se le ve�a demasiado que
pertenec�a a los estratos m�s bajos de la clase social. Al verle, me dije: "Le
tendr� que comprar ropa, con un chico as� solo se puede ir a El Metro". Tomamos
un caf�, dejamos pasar el rato con muchos silencios entre medio y a las cinco de
la tarde me lo llev� para casa. Mi madre y mi t�a nos oyeron pero no nos vieron.
Manol�n result� m�s experto en sexo de lo que yo supon�a, pero inmediatamente
supo que le correspond�a desempe�ar el papel de pasivo. Desde el primer momento
tom� yo la iniciativa e hicimos lo que se acostumbra a hacer, menos darnos por
el culo. Yo marqu� el ritmo lento y suave que a m� me gustaba, y refren� las
prisas y los procedimientos expeditivos del joven cachorro. La mayor dificultad
era que nuestros cuerpos no coincid�an; a �l le faltaba m�s de un palmo y medio
para llegar a mi altura, de manera que cuando nos bes�bamos la boca, su pija no
llegaba ni a mi ombligo, eso nos condicionaba a restringir el cl�sico repertorio
er�tico. Como compensaci�n, gozaba de la absoluta entrega del joven, de su
cuerpecito hermoso y de su manera de proceder algo dura y violenta, muy
masculina, que me recordaba a mi antiguo amigo Victori�n. Me complaci�
plenamente y nos propusimos vernos dos veces por semana y, al acabar le puse dos
buenos billetes al bolsillo dici�ndole: "No es el precio. S� que lo necesitas y
te quiero".
Mientras tuve a Manol�n dej� las penosas y desagradables
incursiones a los lavabos de la estaci�n y del front�n y ning�n otro chico saci�
mi sexualidad ni mi fantas�a. El final con Manol�n fue as� de brusco. Un d�a,
sin que yo sospechara nada, me dijo de sopet�n: "Antonio, hoy se acaba lo
nuestro. Te estoy muy agradecido por todo lo que has hecho por m�, pero he
decidido que lo que me gusta son las chicas y no quiero que nunca nadie m�s me
vea contigo. Cuando me veas por la calle haz el ver que no me conoces". Se me
torcieron las tripas y lo sent� en el alma, pero sab�a que un d�a as� ten�a que
llegar. Pude averiguar que alguien hab�a comentado medio p�blicamente que
Manol�n era el puto oficial de Antonio Galvache y ante las iron�as de unos y
otros hab�a decidido romper por lo sano. Despu�s supe que se hab�a hecho novio
de la hija �nica del amo de un colmado bastante importante, que ya no limpiaba
botas sino que trabajaba en casa de su futuro suegro y que se tiraba
indistintamente a su novia y a su suegro; era la manera segura de heredar.
�Bravo por el peque��n!
La empresa de Segundino no iba bien. Segundino se hab�a hecho
mayor y sus decoraciones ya no gustaban. Le propuse relevarle y asumir la
direcci�n, comprarle los materiales y quedarme con los trabajadores. Segundino
se indign� y no hubo manera de llegar a ning�n acuerdo con �l. Yo le estaba
agradecido, pero no tuve otra alternativa que separarme de �l y formar una
empresa nueva con mis dos hermanos, que ya conoc�an el oficio bastante bien.
Alquil� unos bajos en la zona m�s c�ntrica, para poner materiales y andamios y
organic� un estudio para los proyectos. Me emocion� el d�a en que colgu� el
letrero publicitario: Antonio Galvache y Hermanos, Pintores decoradores.
Me negu� a admitir obreros de fuera, porque las
reivindicaciones sociales estaban al orden del d�a y no quer�a l�os en casa. Los
tres hermanos nos bast�bamos, pues no ahorr�bamos horas de trabajo. Enseguida
obtuvimos una clientela de �ptima calidad, con trabajos de mucha mayor
envergadura que los que hac�amos con Segundino. Mis antiguos conocidos de casa
Ferrer de la Vega me mandaron pintar sus salones. Los motivos preferidos eran
los florales, ordinariamente la evocaci�n de las cuatro estaciones del a�o, una
en cada pared y un centro en el techo de donde colgaba la l�mpara. Ganamos mucho
dinero. Entonces muri� mam� y al cabo de poco, mi hermano Mariano se cas� con
Encarna, que vino a vivir a nuestra casa. Era una mujer que val�a un tesoro.
Nuestra casa estaba siempre limpia como el oro, nuestra ropa lustrosa y bien
cuidada, cocinaba que era un cielo. Lo lamentable era que no ten�an hijos.
Mariano frecuentaba m�tines y le�a periodicuchos incendiarios que a mi no me
gustaban nada. Un d�a me arm� de valor para decirle que no nos conven�a que le
vieran con ese tipo de gente ni que hiciera comentarios subversivos, nuestros
clientes pertenec�an al otro bando. Con un desprecio que nunca me habr�a
esperado de �l, Mariano me contest�: "No te metas donde no te llaman. Aqu� nadie
te reprocha que traigas a casa a tus amiguitos y todos sabemos lo que tu eres".
Tuve que contenerme para no darle un solemne bofet�n y una gran paliza que le
recordara toda la vida de d�nde ven�a y c�mo viv�a desde que yo me hab�a ocupado
de �l, y a qu� precio.
Pasaban los a�os. Yo ya ten�a veintiocho cuando recib� un
encargo algo singular. Ya hab�a pintado alguna capilla, pero nunca hab�a
emprendido la aventura de desplazarme a un lejano pueblo, perdido en la sierra,
para pintar en una iglesia por encargo de un rico se�or, originario de all�, que
hab�a hecho un voto. Era un altar dedicado a la Virgen de perspectivas
arquitect�nicas falsas y un grupo de �ngeles con flores a cada lado. El precio
estaba casi triplicado por las molestias del desplazamiento y traslado de
materiales.
Rebollinos no pasaba de ochenta habitantes y no ten�a ni bar
ni fonda. Todos eran labriegos de secano como mi padre, pero aun m�s pobres y
abandonados que los de Martigalejo. Nos tuvimos que instalar en casa del cura,
mis dos hermanos en el piso de arriba y yo en el cuarto de hu�spedes del piso
principal.
Aquel cura result� ser un sujeto interesante, aunque a m� esa
gente nunca me cay� bien. Primero no nos dec�amos nada m�s que lo justo y era un
solemne aburrimiento. All� no hab�a juventud ni hab�a chicas para Miguel.
Mientras trabaj�bamos, el cura se paseaba por la iglesia sin decir a penas nada,
leyendo su libro de rezos. Al anochecer ten�amos que retirarnos pronto, casi
como las gallinas. El cura se llamaba Don Samuel y cuando tomamos m�s confianza
con �l, supimos que hab�a estudiado en Roma y visitado toda Italia y Francia.
Conoc�a mejor que yo todo el arte italiano y ten�a la gracia de explicar
an�cdotas y curiosidades que nunca hab�amos o�do. Contaba cosas terribles de
Mussolini y de los fascistas italianos. Siempre hab�a pensado que los curas
simpatizaban con el fascismo y mira por d�nde la persona m�s antifascista que yo
hab�a tratado era un cura. Su casa estaba atestada de libros, pero casi todos
eran religiosos, de manera que no nos atra�an para nada. Ten�a exactamente mi
edad y era alto y quiz�s m�s fuerte que yo. Era t�mido, asustadizo y enseguida
not� que arrastraba una gran tristeza. �Qu� hac�a perdido en aquel pueblo un
hombre joven como �l que hab�a estudiado en Roma?, me preguntaba.
La cuarta noche, cuando ya ten�amos m�s confianza, not� que
hacia las once � nos hab�amos acostado a las nueve � entr� sigilosamente en mi
habitaci�n vestido con su pijama. Me alarm� y pregunt�: "�Qu� pasa?". Se asust�
y me dijo que s�lo quer�a comprobar si dorm�a o si necesitaba algo. "Creo que
aqu� el que necesita algo es usted, pase y si�ntese a mi lado". Le vi llorar y
no tuve otro impulso que el de acariciarle el pelo. Se dej� mansamente y entre
gemidos contenidos me dijo: "Antonio, estoy tan solo y mi vida es tan amarga,
que teneros a vosotros en casa estos d�as me parece un sue�o". Hice que me
explicara por qu� un hombre como �l se hallaba en Rebollinos. Hab�a sido
profesor en el Seminario de Cuenca y adjunto en la parroquia de San Pedro de
aquella ciudad, pero le acusaron formalmente de tener relaciones deshonestas con
el organista de aquella parroquia. La acusaci�n no pudo probar nada ante el
tribunal, pero sus superiores le desterraron inmediatamente al pueblo m�s
miserable del obispado. Su pobre familia, que confiaba en que hiciera una
brillante carrera eclesi�stica y aprovecharse todos de �l, al saber la infamia,
le dieron la espalda y le negaron la ayuda y el trato. Sus antiguos amigos y
compa�eros tambi�n hab�an dejado de dirigirle la palabra.
Le puse la mano en el hombro y le atraje hacia m� dici�ndole
llanamente: "�Samuel, a ti te gustan los hombres?". Asustado se apart� de mi y
mir�ndome con cierta ira me solt�: "Y a ti qu� te importa. �Tambi�n tu eres como
ellos?". Le contest� con toda la dulzura de que fui capaz: "No, yo soy como t� y
t� me importas mucho, dar�a todo lo del mundo para ayudarte". Samuel continuaba
sollozando y las l�grimas flu�an de sus ojos a borbotones. "Samuel, d�jate
querer, te lo mereces, no desprecies mi cari�o, porque es sincero" le susurr�.
El contest�: "Bien sabe Dios que nunca quise llegar a aqu�, pero no puedo m�s,
mi debilidad y mi amargura son tan grandes que no puedo negarme al consuelo que
me ofreces". Le tom� por la cabeza y le bes� los labios por fuera, levemente,
una y muchas veces. Al ver que no me rechazaba, me anim� a despojarle del pijama
y dejarlo ante mi totalmente desnudo. Enrojeci� cuando le cay� el pantal�n y
apareci� su sexo en total flacidez. Qued� pasmado; jam�s pens� que bajo la negra
sotana que habitualmente le cubr�a se hallara un cuerpo tan hermoso y
apetecible. Samuel era de mi misma altura y complexi�n, un poco m�s grueso que
yo por falta de ejercicio f�sico, su cuello era mucho m�s recio y vigoroso que
el m�o y tambi�n su caja tor�cica. Era moreno, como somos la mayor�a de hijos de
esta tierra, y todo �l estaba cubierto de fino vello negro perfectamente
distribu�do. Me sobrevino el enorme deseo de poseer aquel cuerpo y hacerlo m�o
en su totalidad. �Me ser�a posible? Ansiaba llenar el infinito vac�o que sent�a
aquel hombre y en aquel momento, como un rel�mpago, me vino la duda de si el
sexo podr�a lograrlo. Al menos lo intentar�; seguramente este es uno de los
grandes desaf�os de mi vida, pens�. Me saqu� la camiseta y los calzoncillos que
hasta entonces me cubr�an y me fund� con Samuel en un abrazo integral, cara a
cara, pecho a pecho, sexo con sexo, piernas juntas ligeramente entrelazadas. Nos
dejamos caer los dos juntos en la cama y empez� la sesi�n, seg�n el orden m�s
com�n del sexo entre hombres. Empec� a acariciarlo y a lamerlo en toda su
superficie superior y Samuel sonre�a y respiraba hondo. Enseguida not� que no
sab�a besar ni hacer nada por su cuenta; sexualmente era un total inexperto. No
sab�a lo que era mamar una pija. "�Pero qu� co�o hac�ais con el organista de San
Pedro?", le dije casi enfadado. Y con una pl�cida sonrisa en los labios, Samuel
me confes�: "Nunca hicimos nada. Solo era una amistad plat�nica. Nunca he estado
con un hombre ni con una mujer. Cr�eme, Antonio, lo que hago ahora contigo es
pura desesperaci�n, pero quiero correr esta experiencia hasta el final. Sigue e
ind�came, como si fuera un ni�o, lo que tengo que hacer". "Los hombres tenemos
instinto y tienes que descubrirlo y dejarte llevar por �l", le indiqu�.
"Antonio, ay�dame. Toda mi vida he luchado contra este instinto y ahora que lo
necesito lo siento muerto", me dijo. "Mientras hay vida, eso nunca muere" le
dije riendo, mientras contemplaba lo tiesa que se le pon�a la pija que le estaba
manoseando.
Samuel no era vicioso, como yo. Con un orgasmo ten�a m�s que
suficiente para sentirse saciado, pero quer�a complacerme en todo y hac�a con la
mejor voluntad del mundo todo lo que le ped�a. Su m�ximo placer consist�a en
sentirse besado y acariciado por delante y por detr�s. Aquel hombre en el fondo
ten�a una gran carencia afectiva. A medida que crec�a entre nosotros la
confianza, aumentaba mi preocupaci�n e inter�s por aquel hombre. "Samuel, tu
eres bueno, listo y guapo. Cuelga la sotana y vete a Madrid, yo te presentar�
amigos que te ayudar�n a abrirte camino en la vida civil y deja todo este mundo
de ratas de sacrist�a". "Antonio, eso nunca, antes morir. Ser�a como despojarme
de mis mismas entra�as y negar lo mejor de m� mismo". "Pero porqu� te empe�as en
ser un desgraciado proscrito y te resistes a disfrutar de lo mejor de la vida?".
Muy serio �l me sentenci�: "Antonio, tu no eres religioso y nunca lo entender�s,
tendr�as que nacer de nuevo". Me encog� los hombros, porque en eso me dec�a la
verdad. A Samuel no le entend�a. Un d�a le pregunt�: "�Por qu� haces esto
conmigo y no lo hiciste nunca con el organista de San Pedro, al que amabas?".
Samuel me dijo: "Tu eres un hombre curtido y esto no te escandaliza. Esto, a
aquel chico, le hubiera hecho mucho da�o en el alma". Efectivamente Samuel
pertenec�a a otro mundo.
Sin que mis hermanos sospecharan nada, diez d�as, hasta que
marchamos de Rebollinos, dormimos juntos Samuel y yo. Nos lo hicimos todo, hasta
agotar todo el repertorio er�tico y al final, lo hac�a muy bien, y experimentaba
el placer sexual con exquisitez, relami�ndose los labios. Pero al acabar cada
sesi�n siempre hab�a un momento de inexplicable inquietud. Samuel ten�a una
parte de �l mismo que no pod�a compartir conmigo, reservada para no s� qu�, pero
vedada para m�. Eso me angustiaba, pero al mismo tiempo crec�a en mi una especie
de admiraci�n hacia �l y que le hac�a muy superior a mi, a pesar de mi
experiencia en la vida. Uno de los �ltimos d�as, mientras nos bes�bamos
tiernamente, Samuel me dijo: "Cuando os march�is, ir� a Cuenca a confesarme con
los frailes de los pecados que he cometido contigo, pero no s� si se me
perdonar�n porque no estoy nada arrepentido; han sido los d�as m�s felices de mi
vida". "Samuel,- le respond� yo � te juro que no te olvidar� nunca por muchas
vueltas que d� la vida".
Quise retratar a Samuel en la capilla de la Virgen y di su
fisonom�a (prescindiendo de las gafas) a un �ngel junto al altar que llevaba un
ramo de cardos y espinos. Siempre recordar� la figura de Samuel, dici�ndonos
adi�s con su mano, vestido con su negra sotana y su sombrero de cuatro picos,
cuando march�bamos de Rebollinos con todos nuestros b�rtulos. A Samuel lo
mataron los revolucionarios, junto con otros muchos curas de Cuenca, durante los
primeros meses de la Guerra Civil Espa�ola del 1936. Le llor� amargamente y
maldije a sus asesinos desde lo m�s profundo de mi ser. Estoy convencido de que
si hay cielo y all� hay un cura, ese tiene que ser Samuel.
La siguiente peripecia fue que mi hermano Miguel dej�
embarazada a su novia Aurora, la hija de un panadero. Miguel se tuvo que casar
con ella a prisa y corriendo y se fue a vivir a casa de sus suegros, dej�ndome a
mi solo en casa con Mariano y Encarna. Le ech� mucho a faltar, porque Miguel�n
era la alegr�a de todos.
ANTONIO GALVACHE Y HERMANOS, PINTORES DECORADORES (V y
�ltimo).
Agosto de 1931. Calor, sexo, desesperaci�n y muerte.
En abril de 1931 en Espa�a se estableci� la Rep�blica. Mi
hermano Mariano estaba exultante, pero yo me sent�a preocupado. Nuestros
clientes se retraer�an y nuestro trabajo pod�a resentirse. Por eso acept�
inmediatamente el encargo de pintar la casa se�orial de la finca de San Miguel,
en la serran�a de Malagarriga. El due�o, Don Florencio Palomares, era un rico
terrateniente que viv�a en Madrid con sus negocios, amigo de los Ferrer de la
Vega, y su finca de San Miguel estaba dedicada a la caza, y all� invitaba
practicar ese deporte a sus ricos amigos. El trabajo era importante, pero el
precio tambi�n, y a pesar de las incomodidades val�a la pena aceptar el reto. La
casa se hab�a de inaugurar el 29 de septiembre, sin falta ni retraso, cuando se
abre la temporada de caza y as� constaba en el contrato firmado y formalizad.
El proyecto era ambicioso: el zagu�n de entrada, la gran
escalera, el sal�n de cazadores, la capillita, el dormitorio principal y otro
para invitados de honor. El programa decorativo era rico y complejo: guirnaldas
y ramos formados por la bot�nica local: alcornoques, bellotas, tomillo, retama,
etc. Peque�as escenas de caza del jabal�, de la liebre, de la perdiz y del
tej�n, falsas arquitecturas y plafones imitando m�rmoles y jaspes, etc. Mariano
y Miguel hab�an aprendido a pintar bastante bien, pero siempre bajo mi direcci�n
vigilante y decisiva.
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Relato: Antonio Galvache y hermanos, pintores decoradores
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