La guerra civil espa�ola estaba en un momento clave,
cualquier derrota o victoria para el dividido bando republicano era crucial. D�a
a d�a ve�a ante mis ojos gente joven morir.
Heridos, mutilados, infelices cobardes que desertaban en
busca de una paz que solo conseguir�amos, paradojas de la vida, con las armas,
eran la comidilla diaria de la enfermer�a del levante espa�ol donde yo
trabajaba.
Una lluviosa tarde de octubre trajeron preso a un oficial
alem�n del 7� regimiento de aviaci�n que colaboraba con Franco en su, por aquel
entonces, mal visto alzamiento.
Jam�s en mi vida olvidare aquella visi�n, el pobre hombre
venia encadenado, con una herida que a simple vista parec�a grave en su cabeza,
ah esa rubia cabellera bavara tan ex�tica en los parajes destrozados por la
guerra en la pen�nsula.
Apresuradamente corr� a atenderle, no sin antes tener que
aguantar las escrutadoras miradas de aquellos soldados anarquistas que
antepon�an a Bakunin sobre cualquier sentimiento humanitario.
Una vez estuvimos a solas el me cont� que se llamaba Piter
Hitler, hermano de un tal Adolfo que por aquel entonces era muy popular en
Alemania, ser� un artista famoso pens� yo, con la inocencia de un pueblerino que
nunca a salido de su comarca.
Piter, todo un caballero de la �poca, me contaba historias de
su tierra natal, mientras yo le curaba las heridas, en ese momento me empec� a
dar cuenta de lo mucho que me atra�a ese alem�n.
Al d�a siguiente escuchamos por la radio que mi hijo
Francisco acababa de entrar victorioso en Madrid, con lo tonto que era de
peque�o pens� yo.
Despu�s de una raci�n de sexo germ�nico con Piter abandone
para siempre la enfermer�a, con la falsa esperanza de no tener, por el simple
hecho de ser de izquierdas, que exiliarme de mi amado pa�s.
Realmente no me di cuenta de lo equivocado que estaba hasta
que cruce el patio de la enfermer�a para salir a la calle.
Un bullicio de fascistas gritaba "no a la libertad" (que
t�pico de los fachas) en la calle de enfrente, mientras el apuesto teniente J.J.
Vareha les hacia frente al grito de "me rindo, me rindo".
Una vez apresado por el grupo de fascistas, el teniente dio
un silbido y decenas de amantes de la libertad y la justicia arremetieron contra
estos cavern�colas causando la muerte de todos ellos. �Valencia segu�a siendo
libre!
Despu�s de seducir al teniente Vareha y al apuesto sargento
de artiller�a Fresano, nos dimos cuenta, todav�a en la cama, que nuestro ut�pico
sue�o se venia abajo, al ver indignados como una divisi�n perfectamente formada
de soldados al servicio de Mussolini portaban la cabeza del alcalde valenciano
Eutanasio Abreu, o como era conocido entre el populacho "escarabajo arizona".
Era tan buen alcalde que se puso de moda el refr�n: "mientras escarabajo
arizona gobierne, los s�bados festivos y los lunes viernes".
Al vernos superados por tanta desolaci�n, el teniente Vareha,
el sargento Fresano y yo, nos dimos a las m�s primitivas pasiones carnales
momentos antes de que el coronel italiano Miguele Moreni nos apresara a todos.
Este relato fue escrito en la c�rcel modelo de Madrid entre
el a�o 1939 y el 1956, fue recuperado gracias al preso Fredo Morcillo que
cumpl�a condena por asuntos de drogas.