Relato: La Novia: Reencuentro con mi pasado





Relato: La Novia: Reencuentro con mi pasado

La Novia: Reencuentro con mi pasado




Cap�tulo I.- La An�cdota



Bebiendo tranquilamente con mis amigos en un bar, me paro de
pronto de la mesa, camino con rumbo al ba�o, que se encuentra alejado del sal�n
principal, por el pasillo de la tienda de tabacos y m�s delante de la revistera.
Al salir pierdo unos minutos hojeando revistas y, embobado y mareado, siento la
presencia de un extra�o que me parece haber visto ya, en el bar primero, en el
ba�o despu�s. Es un tipo enorme, medir� unos 30 CMS. m�s que yo, muy fornido,
tiene la apariencia de un ex jugador colegial de f�tbol americano que tras la
edad ha echado kilos y se ha ase�orado sin darse cuenta. Con mal disimulada
distracci�n hojea revistas cerca de m� y me mira como si quisiera saber mi peso
y medida exacta. Yo simplemente trato de ignorarlo y �l se percata de mi
intenci�n de no seguir su juego, as� que se apronta y me suelta, as� nom�s, un
peligroso piropo. -Oye, tienes un trasero fabuloso- exclama con un gesto que
intenta ser normal y ganar simpat�a. Yo lo miro perplejo y sin entender aun le
pido que me repita lo que ha dicho: -que tienes un trasero fabuloso, creo que
ser�a una excelente esposa en la cama-. Dicho esto, se aleja de m� con prisa.
Murmurando algo extra�o. Yo no atino sino a simplemente seguirlo con la vista
mientras me pregunto qu� clase de loco se ha atravesado en mi camino esa noche.
Con perturbaci�n regreso a la mesa, dispuesto a guardarme en secreto la
experiencia, lo directo de su afirmaci�n me ha asustado y tengo miedo de
encontr�rmelo otra vez, miro disimuladamente entre la gente y lo encuentro
bebiendo en pareja con dos mujeres y un hombre. Me atrapa mir�ndolo y sonr�e con
seguridad. Nunca he visto a este tipo en mi vida. Qu� rayos sucede. Al salir de
ah� y por el resto de la noche no podr� pensar en otra cosa que su invitaci�n.
Mientras duermo, mis sue�os toman el descarado tema de la noche. Un enorme tipo
me posee mientas yo me le entrego encarnado en una bella mujer. Despierto
perturbado y mi compa�era se despierta tambi�n, interrog�ndome sobre lo que me
sucede, alego que tengo pesadillas y voy al espejo del ba�o, remojo mi cabeza,
veo profundamente mi rostro, soy un hombre de treinta a�os, maduro, varonil, me
encuentro incluso rudamente feo, no hay rastro alguno de feminidad en mi. Por
qu� me ha sucedido esto a m�.



No ha sido f�cil traer mis recuerdos desde tan lejos, desde
tan profundo en mi memoria y desde ese lejano lugar en mi inconsciente en los
que alguna vez decid� guardarlos. Recuerdos de una vida que cre� haber dejado
atr�s y hoy han regresado con una inusitada fuerza. Los d�as que hoy describo
tienen un matiz de angustia contenida, pues mi condici�n es muy distinta ahora:
soy un profesionista de �xito, casado y con un par de hijos. He pasado adem�s
largos a�os de heterosexualidad comparti�ndolos con sensacionales mujeres que
han formado parte de mi vida. Y por a�os, la experiencia que hoy les relato
estuvo enclaustrada en mi silencio. Suelo arreglar por mi mismo este tipo de
circunstancia tan personales, nada de psic�logos. Entro en mi computadora y me
sumerjo a la Internet, seguro hallar� un lugar d�nde desahogar mis miedos�



El flash back es intensivo, las im�genes retornan mientras
viajo por la red, todo est� tal cual lo dej�, intacto. Mi recuerdo m�s antiguo
se remonta a los d�as en que mi madre y yo llegamos a ese barrio, un
fraccionamiento en construcci�n, donde �ramos de los primeros vecinos y muy
pocas casas estaban habitadas por completo. Recuerdo las largas tardes de verano
en aquel frondoso suburbio, rodeado de un breve bosque, que m�s adelante se
integraba a los territorios de un campo de golf. A mis doce a�os, explorar eso
terrenos era mi principal ocupaci�n de tiempo libre y solitario. Hubiera
dedicado mi vida a la ciencia, a investigar la vida de los insectos y la
transformaci�n de las cigarras y las mariposas. Hasta que lleg� Mario a mi vida,
un nuevo vecino que comenz� a buscar mi compa��a en el desolado barrio, y que
pronto se convertir�a en mi compa�ero de habitual de aventuras. As� lo fue hasta
que algo comenz� a inquietarlo.



Recuerdo que fue as� como me di cuenta de la situaci�n:
charl�bamos sobre la reproducci�n de los animales y la preservaci�n de las
especies mientras pase�bamos por el peque�o vallecito que se formaba entre la
colina y el gran cerro, en una grata atm�sfera silvestre a la que est�bamos muy
acostumbrados a compartir y sentir como territorio nuestro, repentinamente Mario
trataba de imponerme un jugueteo agresivo, en el que trataba de derribarme sin
que yo tuviera tiempo de reaccionar. Dos a�os mayor que yo, su f�sico era
superior al m�o no solo por la edad, sino por una gen�tica que nos hacia muy
distintos en nuestra constituci�n corporal. Mientras que �l ya mostraba rasgos
de maduraci�n muscular. Yo en cambio, con casi trece a�os, luc�a delicado y fino
de formas, bajo de estatura y afeminado. Con una esencia andr�gina por la que,
con frecuencia, me confund�an m�s con alguna chica masculinizada, que con un
chico afeminado. Cuando por fin logr� derribarme, se tumb� de inmediato a mi
lado y sin m�s ni m�s, haciendo alusi�n al tema, me sugiri� con desfachatez: -
�Y que tal si nos reproducimos, eh?, -�c�mo?, pregunt� extra�ado y con aut�ntica
inocencia. -S�, que si copulamos, que si te cojo. �No se te antoja que te coja?
Mientras dec�a esto, me miraba de tal forma, que me hizo sentirme inc�modamente
deseado. Lo empuje para alejarlo de m� mientras bromeaba fingiendo que no lo
hab�a tomado en serio. Pero el resto de la tarde ya no fue el mismo
despreocupado pasatiempo que desde ni�os busc�bamos en aquel peque�o para�so, a
unos dos kil�metros del fraccionamiento donde crecimos, y del que repentinamente
Mario se hab�a autonombrado Ad�n, y en mi hab�a visto a una posible Eva.




Cap�tulo II.- Di�logo conmigo mismo



Al regresar a casa, en mi alcoba, el espejo fue el mudo
interlocutor de una b�squeda del atractivo que hubiese propiciado la indecorosa
propuesta, realmente me enfrentaba poco a mi propia imagen, pues con frecuencia
encontraba los marcados rasgos de mi madre, una joven madre soltera, muy
atractiva pero metida en el torbellino de una vida ejecutiva como gerente de
ventas de una gran compa��a que si bien resolv�a todas nuestras necesidades
materiales, nos distanciaba por largos per�odos cuando sal�a de la ciudad. El
espejo me hacia de una belleza inexplicable, asexuada, infantil, pero que no era
convincente al mirar mi trasero, redondo y respingado. Mis piernas eran
sumamente femeninas, torneadas y carnosas, mi espalda y mis brazos les hac�an el
juego perfecto. Asum� entonces que no todo era culpa de Mario, que en mi hab�a
una capacidad seductora que yo ni siquiera sospechaba. Y que quiz�s le hab�a
envuelto sin desearlo; decid� que no pasar�a nada. Simplemente tratar�a de
olvidar todo lo sucedido.


Los d�as siguientes fue volver a lo mismo: jugueteos para
tocarme furtivamente, roz�ndome el trasero con su paquete, en una clara
insinuaci�n de quererme poseer. Yo luchaba con �l tratando de ganarle el juego,
de derrotarlo en su mismo terreno f�sico, pero siempre terminaba imponi�ndoseme,
carg�ndome en peso con un abrazo que de cualquier forma terminara en un meneo
que simulaba estarnos apareando, y luego me soltaba para festejar la broma. Yo
trataba de no tomarme en serio sus juegos y de reponerme pronto de la supuesta
derrota (a quien se cogen, pierde). Bromeaba tambi�n y de inmediato distra�a la
atenci�n en otra cosa. Pero s� que m�s de una vez, �l se quedaba pensativo sobre
si habr�a logrado excitarme. Mario era aun demasiado t�mido con las mujeres y
estaba muy lejos de acercarse a ellas, pero su libido estaba ansioso de probar
el contacto sexual que no le importaba hacerlo en un buen simulador de
conquista, y quien mejor que yo para intentarlo. Yo que era la persona a quien
m�s confianza ten�a, �l �nico que sab�a le podr�a guardar un secreto, el �nico
con quien podr�a estar a solas durante horas sin que nadie lo buscase, y el
�nico trasero que en ese momento pasaba por su cabeza.




Cap�tulo III.- El Mago y la Doncella



Tengo de esa �poca un claro recuerdo de c�mo fue que empec� a
tener fantas�as er�ticas, a partir de ver una relaci�n de figuras masculina y
femenina, en un visible escarceo er�tico y lleno del misticismo que el sexo
tiene a esa edad. Y esto fue viendo un acto de magia de David Cooperfield, el
mago gal�n que aparec�a en televisi�n. Era un acto sencillo pero lleno de
contenido er�tico, como lo he explicado. Sobre un hermoso espejo de agua,
aparec�a Cooperfield, tendr�a entonces unos 33 a�os de edad y vest�a de negro
con una camisa de seda. Parado en la esquina del estanque, del agua sal�an una
cortina de chisguetes de agua, alineados en hilera y con no m�s de un metro y
medio de extensi�n. Estos delgados chorros de agua tomaban distintas alturas
serpenteando la l�nea imaginar�a de sus puntas, y el mago parec�a domarlas a su
antojo con las manos. Repentinamente aparece en escena una hermosa mujer rubia,
de baja estatura pero de formidable belleza, viste un elegante vestido negro y
su largo cabello lacio lo lleva liado por una delicada soga, dentro de su
din�mica el mago y gal�n la hipnotiza y �sta cae sobre un dulce sue�o, pero al
aflojar el cuerpo, �ste la detiene en el aire y la hace levitar hasta
depositarla sobre aquella l�nea imaginaria de los delicados chorros de agua. As�
el hermoso cuerpo de la joven flota suspendido por las fuerza de los chorros,
las partes ligeras caen como colgando de esa suspensi�n, hermoso cabello rubio
caen entre los chorros que sostiene su cabeza, moj�ndose de inmediato, as� como
las puntas de su vestido y el mago haciendo uso de su dominio sobre los chorros
hacen que el cuerpo se contorsione al ritmo que le marque. La espalda de la
chica se arquea deliciosamente ante el simple adem�n del mago, sus piernas suben
por las rodillas dejando colgar sus deliciosas pantorrillas enfundas en medias
negras, sus hermosos muslos quedado al descubierto con los bamboleos de su
cuerpo dormido, con un adem�n supremo, los chorros del centro suben arqueando su
espalda y dejando ver el hermoso perfil de la chica, sus protuberantes gl�teos
que se dibujan en el entallado vestido. Luego los chorros la manten�an quieta,
horizontal, despu�s el ilusionista la cubre con manto y solo se percib�a el
dibujo de su perfil y los chorros el mago hacia unos adem�s y suger�a que el
cuerpo de la chica pasaba m�gicamente a una cajita, r�pidamente recog�a la manta
y la sorpresa era que ya no estaba ah�, desaparec�a dejando �nicamente los
chorros alineados, abr�a la cajita y de ella aparec�a una gatita blanca, la cual
sosten�a con delicadeza y besaba mientras la mostraba a la c�mara. Tuve mi
primera excitaci�n ante esta imagen. As� deb�a ser el sexo: m�gico, una relaci�n
en que uno hace flotar al otro, en que una figura debe poseer a la otra dentro
de su encanto, y a su vez, el seductor ser seducido por la entrega del primero.
Uno deb�a dominar al otro ser que se entrega a los deseos del primero, eso era
erotismo. Incomprensible magia y seducci�n.



Cuando pensaba en eso, entonces Mario era el mago y yo la
doncella, �l trataba de adormilarme en el discurso de su deseo sexual:
"copulemos, reproduzc�monos, d�jame cogerte". Yo la doncella que ca�a seducida y
trasformada, bajo los chorros de su deseo. �Deber�a de entregarme a esa magia?
�Deber�a aceptar el rol de seducci�n y ser esa chica hipnotizada? Miraba mis
piernas torneadas y firmes, me gustaba su apariencia y sent�a que pod�a ser un
cuerpo de igual belleza, m�s aun si �sta radiaba a la luz del deseo de un
hombre. Mis fantas�as empezaron a ser un agente perturbador, c�mo lucir�an mis
piernas enfundadas en medias, c�mo mi cuerpo en un vestido semejante� me
sonrojaba de imaginarlo y trataba de pensar en otras cosas.




Cap�tulo IV.- Los Dibujos



La situaci�n empeoraba a m� alrededor, o quiz� mejoraba; el
caso es que cada vez m�s hombres me ve�an con una intenci�n m�s femenina cada
vez. Y eso era bastando que me vistiera como aquel el verano del 88 lo exig�a
con su atormentante calor. Unos shorts ajustados y playeras ligeras y era
suficiente para que uno que otro silbido saliera la pas� por los alba�iles que
trabajan en las casa aleda�as en construcci�n, cuando se daban cuenta que era yo
un chico, algunos simplemente re�an pero otros demostraban abiertamente que su
libido podr�a perdonar ese peque�o detalle y demostrar su hombr�a con un chico.
Yo simplemente trataba de no hacerles caso. No niego que en ocasiones me
halagaban sus confusiones. Otras veces me pon�an en serios aprietos e incomodas
situaciones. Como un la de un torpe tendero que no pod�a disimular su deseo aun
frente a otras personas que asist�an a su tienda. Yo lo hacia por necesidad pues
era la �nica miscel�nea en aquel apartado barrio; el torpe hombre se embobec�a
devor�ndome el trasero con la vista y m�s torpe se ve�a intentando sacarme una
pl�tica sinsentido y con una inadecuada galanter�a. No faltaba tampoco los
libidinoso que en el autob�s que tomaba para regresar a casa se paraban detr�s
m�o para toquetearme mientras fing�an desequilibrios. Mario se percataba y m�s
de una vez ocup� ese lugar con un cierto celo protector que me halagaba y me
hacia sentir extra�o. Pero quer�a darle m�s la interpretaci�n de un hermano
mayor que la de un gal�n celoso.



Cierta ocasi�n, Mario me mostr� unas revistas pornogr�ficas
que hab�a conseguido, las ten�a ocultas en la parte trasera de su casa, fuera
del alcance de sus padres o de su hermana mayor, una enorme y gorda chica, que
sufr�a de cierto desprecio por sus padres, pero que sol�a ser una especie de
c�mplice en las vanidades de Mario. Las revistas eran por dem�s expl�citas, y
particularmente le excitaban las que mostraban relaciones sexuales de parejas.
Nos emocion�bamos y re�amos viendo c�mo un hombre debe de poseer a una chica.
Estaba muy alejaba de mi idea del mago, las chicas parec�an mostrar gestos
dis�mbolos en los que lo mismo parec�an sufrir que gozar, �por qu� sufr�an su
gozo? Quiz� por los enormes falos de sus amantes, quiz� por la fuerza que estos
imprim�an a la penetraci�n, quiz� por que el sexo era una derrota femenina que
deb�a ser aceptada con gozo. Luego vino un video en el que observamos c�mo,
entre alaridos, un verdadero semental negro pose�a a una diminuta rubia
californiana, ella le lam�a su casi perfecto cuerpo de �bano, y �l excitado, la
obligaba a mamar su miembro en un desatinado videohome sin m�s gui�n que
el de un esclavo negro que harto de maltratos, viola a su ama blanca. La
alegor�a era casi perfecta para la fantas�a: Mario harto de mis desprecios, no
tiene m�s opci�n que violarme, que poseerme contra mi voluntad y contra la
naturaleza de nuestro sexo; vencido por su fuerza f�sica, no tengo m�s remedio
que de entregarme para no salir lastimado. Mario goza castig�ndome sexualmente
mientras yo grito alaridos de excitaci�n y dolor�



Espabilado de mi sue�o despierto, Mario me hace preguntas
sobre lo que vimos, le interesa saber si me ha gustado y si alguna vez he
sentido deseos de tener sexo. Le respondo que naturalmente que si. � �C�mo
sabr�s si est�s listo para tener una experiencia as�? -No lo s�- le respond�-
s�lo s� que me gustar�a sentir algo m�s que deseo, quiz�s amor, por esa persona
con quien tenga mi primer relaci�n. �l se qued� profundamente ensimismado. No
hicimos m�s comentarios del tema. Al d�a siguiente, cuando regres�bamos del
colegio, me dijo que ten�a un regalo para m�, y me otorg� una carpeta de dibujo,
un block bastante grueso y anudado por las puntas para no ser abierto. Los he
hecho yo mismo, es importante para mi que los recibas, pero debes verlos por la
noche cuando est�s solo y esc�ndelos donde nadie pueda verlos; ese �ltimo
comentario me extra�� pues Mario era un excelente dibujante y dif�cilmente no
querr�a que alguien viera sus dibujos. Eran muy bien hechos y expresaba sus
ideas con la facilidad que no ten�a con las palabras. A pesar de esto, le
obedec� y guard� la libreta en mi mochila, al llegar a casa, y enterarme que mi
madre no regresar�a por la tarde, me dispuse a llamarlo, pero me dijo que ese
d�a no nos ver�amos para pasear o ver pel�culas, sino que simplemente quer�a
estar solo y era necesario que yo viera los dibujos.



Saqu� la libreta de la mochila, me tir� con ella en la cama
para estar a gusto y tan pronto abr� la primera p�gina mi sorpresa fue
may�scula. El primer dibujo era un retrato m�o, excelentemente trazado pero una
ligera variante: luc�a un primoroso vestido. Ajustado del talle y amp�n de la
falda, luc�a mi rostro acentuado de los rasgos feminizados, pesta�as m�s largas,
cabello enrulado, en pose delicada, labios marcados, peque�os pechos. Era una
perfecta versi�n femenina de m�. Los siguientes nueve dibujos eran los mismo,
pero con distintas prendas, diminutos shorts, vestidos de noche y hasta en el
uniforme que usaban las chicas del colegio. La sangre se agolp� en mi cabeza,
era evidente ya que Mario no me ve�a de la manera correcta. Sufr� de un mareo y
sent�a mis p�mulos ardiendo, mis piernas temblaban y mis manos sujetaban con
dificultad la carpeta, pero aun faltaban unos quince dibujos m�s. Continu�
mirando. Los siguientes lo dec�an ya todo: Aparec�amos los dos en tiernos
abrazos en los que �l era la figura masculina y yo la femenina, la mayor�a de
las veces expres�bamos pena de estar -por fin- abrazados pero contentos. M�s
adelante, los dibujos sub�an del tono rom�ntico al sensual y as� hasta llegar a
explicitas posiciones sexuales en las que Mario me penetraba por el ano mientras
el gozaba, en mi se denotaba aquella expresi�n de las chicas del video, una
mezcla de placer y sufrimiento. Temblando, segu� su consejo de guardar la
carpeta en un lugar seguro, y confuso y excitado, me prepar� para una de las
noche m�s largas de mi vida.



Al d�a siguiente no lo vi al regresar a casa. Com� y dorm�
una siesta tratando de reponer las horas de sue�o. Despert� casi al caer la
tarde, mi madre ya estaba en casa y grit� desde el primer piso, -Baja, te busca
Mario-. Me levant� de un brinco y me mir� en el espejo, quer�a lucir bien, pero
no lograba quitar ese aspecto adormilado de mi cara, no me resign�. As� que me
cambi� la pantalonera por un shortcito de franela gris, me puse un su�ter largo
y los tenis, luc�a casual y c�modo, baj� a torpemente la escalera, cuando lo vi,
depart�a alegremente con mi madre con mucha confianza, como si lo hiciera con
una muchacha. Me integr� a la platica mientras mi madre nos invitaba a merendar
con ella, la charla fue divertida y entretenida, no me dio ocasi�n a sentir pena
con �l, tras de su reveladora visi�n. Re�mos con mi madre y m�s tarde ella se
retir� a su cuarto despidi�ndose de nosotros pues se dispon�a a ba�arse y
retirarse a dormir, aconsej�ndome no me desvelar� y que pas�ramos un buen rato.
�l se despidi� con la galanter�a de un yerno, que se queda con la novia
asegurando que le dejan en buenas manos. Lo invit� a pasar al cuarto de
televisi�n y al caminar detr�s de m�, pod�a sentir la fuerza de su mirada en mis
gl�teos. Nos tumbamos en un sof� sin hablar durante unos minutos. Mir�bamos la
televisi�n con evasivo disimulo, lentamente jug�bamos el rol de pretendida y
pretendiente. Me sorprend� de la naturalidad con que pod�a darme a desear.
Coquetear cruelmente cruzando mis piernas, mostrando mi trasero al pasar a su
lado para traer refrescos o palomitas. Sonre�rle ya con filtreo y coqueter�a
propias de una chica, eso lo encend�a, lo ve�a en sus ojos, en sus actitudes, en
su mal disimulada manera de ocultar su erecci�n.




Cap�tulo V.- El Juego



El juego era t�cito, mi actitud durante el d�a era ocultar
mis ansias por verlo, y as�, transformarme ante sus ojos. Me sent�a confuso pero
bien, eso se reflejaba en mi inconsciente y en ciertas conductas involuntarias
en m�, que aunque no eran afeminadas, si eran de rol. Cambiaba discretamente mi
conducta. Pero en mi persona empezaba a radiar una feminidad evidente. Cada vez
la mirada de los hombres penetraba con m�s fuerza en m�. M�s silbidos
musicalizaban mi andar, los piropos indecentes en las calles eran m�s
frecuentes. Y uno que otro se atrev�a a soltar alguna audaz propuesta o a
intentar tocarme. Sobre todo, como ya lo dec�a, en los autobuses. Yo empezaba a
fijarme m�s en las chicas, no tanto por alg�n inter�s directo en ellas, sino por
tratar de aprender de sus modos de andar, de sentarse, de comer, de hablar, todo
lo absorb�a con intenso inter�s. Me encantaba observar a las chicas dulces, de
buenos modales y de gestos angelicales, de andar cadencioso y elegante. Y su
ropa, su manera de vestir, encontraba cada vez m�s encantadoras sus prendas. Y
sonre�a pensando hacia mis adentros en c�mo ser�a ser una chica completa ante
los ojos de Mario



Cierta ocasi�n llegu� a buscar a Mario a su casa, pues as� me
lo hab�a pedido en la ma�ana. Abri� la puerta la enorme y regordeta hermana,
quien con su habitual buen humor que manifestaba siempre que no se encontraran
sus padres, me invit� a pasar con la alegr�a de quien espera la visita. Yo ya la
conoc�a bien, y aunque a veces me desesperaba su torpeza, me agradaba su inter�s
por mi y mi amistad con Mario. De cierto modo insinuaba que lo nuestro era ya
casi un noviazgo. Pas� a una salita de TV donde ella me ofreci� de beber una
limonada y comenz� a hacerme charlar amenamente, mientras esper�bamos a que
Mario apareciera. Convers�bamos la afinidad de viejas amigas y aun que pasaba el
tiempo Mario no llegaba, Ella acariciaba mi cabello halag�ndome � Oye qu� negro
y lacio es tu cabello, si lo tuvieras m�s largo se ver�a precioso- se par� y
regres� con un cepillo, comenz� a cepillarme el cabello mientras me lo acomodaba
en distintos peinados- qu� blanca es tu piel- repet�a. Comenc� a sentir pesados
los p�rpados, y sin darme cuenta, me qued� dormido.



Cuando despert� todo era confuso a mi alrededor, el enorme
rostro de Claudia me miraba con una rebozante cara de satisfacci�n -�est�s
lista!- dec�a visiblemente emocionada, yo me levant� torpemente con un ligero
dolor de cabeza y una rara sensaci�n en el cuerpo, era como si la ropa me
ajustara de manera extra�a. Estaba descalzo pero al ver borrosamente mis pies
los encontr� enfundados medias negras. Camin� con desequilibrio guiado por la
regordeta mano de Claudia, quien hablaba y hablaba haciendo todo aun m�s
confuso, ella era enorme, m�s alta aun que Mario, y con tres veces mi peso, as�
que me mov�a en facilidad, por el cuarto, gui�ndome hacia un enorme espejo en un
vestidor del cuarto en que ahora nos encontr�bamos, un poderoso perfume dominaba
el ambiente y mis ojos aun no lograban enfocar nada, alrededor de mis ojos
sent�a un l�quido pastoso que hacia dif�cil parpadear. Adormilado aun, sent� en
mis labios la punta cremosa de un labial que Claudia hacia repasar sobre mi.
Cuando logr� espabilarme, estaba ante una hermosa chica, de unos 14 � 15 quiz�s,
con un hermoso trajecito entallado y medias negras, una hermosa falda roja y
chalequito del juego, un saquito encima de todo le daba el toque de buen gusto
que hacia m�s extraordinaria su presentaci�n. Ligeramente maquillada, y un
peinado que de plano le pon�a el toque de vanguardia ochentera, pues relamido
lacio le daba un toque "simply irresistible"de moda.



No pod�a salir de mi asombro, tanta belleza, tanta dulzura,
era yo. No pod�a despegar mi mirada del enorme espejo que ten�a ante mis ojos,
-�qu� haz hecho Claudia? �Qu� me haz hecho?... Ella s�lo re�a con euforia ante
algo que ya consideraba su obra de arte y reflexionaba �Lo que no tengo son
zapatillas de tu talla, fue f�cil calcular tus medidas, pero de tus pies si tuve
dudas, pero lo arreglaremos ya ver�s- Yo sent�a que una rara energ�a invad�a mi
ser. Una mezcla de verg�enza y satisfacci�n, lentamente comenc� a auto
examinarme y ver que tan bien luc�a. Mis piernas eran sensacionales, verlas as�
me excitaba y me hac�a sentirme orgulloso. Mis caderas luc�an delineadas y mis
gl�teos resaltaban de manera exquisita. Not� que incluso portaba un corpi�o y
una boxercito de el�stico ajustado. Qu� buen gusto ten�a la enorme gorda,
incre�ble para su manera de vestir, era de lo m�s descuidada y desali�ada. No
era cre�ble que ella fuera quien realiz� tan perfecta trasformaci�n. -�Deja que
Mario te vea y se va a volver loco! Y sali� corriendo a buscarlo, -�qu�? �ya
lleg�?- dije sin saber d�nde esconderme y quise desvestirme de inmediato pero no
sab�a por d�nde empezar pues no ve�a mi ropa cerca, adem�s, me dol�a deshacer
tan buen trabajo, y hacer desaparecer a esa chica tan hermosa que estaba
personificando.



En eso entraron por la puerta del cuarto, revoltosamente,
mientras ella le cubr�a los ojos con una mano y con la otra lo guiaba hacia
donde me encontraba, apenas atin� esconderme tras del marco de la puerta del
vestidor. Mario preguntaba por esa sorpresa que ten�amos preparada para �l, yo
pasaba saliva del miedo de verlo. Claudia destap� sus ojos y me pidi� que
apareciera ante ellos. No ten�a salida y t�midamente di un paso a fuera. Ya no
me quedaba de otra que confiar en mi buena imagen y adoptando una pose de ni�a
apenada lo salud� con gracia. �Hola- y sonre� bajando mi vista. � �Wow!, exclam�
Mario apront�ndose a tomarme de la mano y acercarme para verme bien.



Sent� que me desmayar�a en sus brazos. Me hizo girar para
verme mejor, y yo solo sent�a agolparse aun m�s la sangre en mi cabeza. -�Wow!
Te ves incre�ble, Claudia ten�a raz�n, era cuesti�n de darte un empujoncito-.Yo
escuchaba, completamente perplejo, lo que me dec�a � Ahora si, nada te impedir�
ser mi novia, �no lo crees?- me dijo. Me ruboric� de inmediato y tuve que
sentarme para asimilar lo que me estaba sucediendo. Se sent� a mi lado y de
inmediato intent� abrazarme, y por aut�ntico reflejo me apart�. Mario,
confundido, crey� que era cuesti�n de una falta de formalidad, As� que de
inmediato me dijo -OK, creo que es necesario hacerlo de la manera correcta,
�quieres ser mi novia?, prometo darte todo el cari�o que te mereces y hacerte
muy feliz, chiquita�- yo comenc� a balbucear. -Pero, Mario, yo�es que� no s�, yo
� y en eso, sin dejarme seguir hablando, me tom� por la nuca y me peg� a sus
labios, yo sujet� su rostro con ambas manos con la intenci�n de retirarlo, pero
al sentir la calidez de sus labios, la fuerza y pasi�n con que me besaba, al
sentir su otra mano sujet�ndome de la cintura y atray�ndome hacia �l, fue
irresistible y me entregu� a ciegas a su beso. Por mi cabeza pasaron cientos de
im�genes que hac�an pensar que tarde o temprano esto iba a suceder, cientos de
detalles en los que Mario por una u otra raz�n buscaba tocarme, acercar nuestros
rostros, acariciarme. Mientras me hund�a en las nuevas sensaciones de ese beso,
s�lo advert� la enorme figura de Claudia bailando por el cuarto, mientras en el
enorme espejo se reflejaba nuestra imagen como la de dos hermosos novios
declarando su amor. Yo me entregaba y en mi cabeza segu�an las im�genes
revoloteando sin cesar. Entonces, �soy gay? No me interesa ser gay, quiero ser
la chica de Mario, eso quiero ser. Me imaginaba convers�ndolo con mi madre,
�aceptar�a mi relaci�n? No. Definitivamente no. �Y en la escuela? No, no, no.
Nadie deb�a saber de lo nuestro, nadie m�s de los que est�bamos en el cuarto
deb�a saber lo nuestro. El padre de Mario lo matar�a de enterarse. �Diablos!, en
que peligrosa situaci�n nos hab�amos metidos, pero que delicioso es este primer
beso que mis labios recibieron de labios algunos en toda mi vida.



�Esto es un "si"? Pregunt� apenas nos separamos. Yo tornee
los ojos y sonre�, asintiendo con la cabeza, -s�lo s� paciente conmigo, por
favor- dije. -claro chiquita, dijo d�ndome besos breves y acarici�ndome las
piernas visiblemente emocionado de ya tener ese derecho. Habr� que ponernos de
acuerdo en algunas cosas, le dec�a cuando entr� nuevamente al cuarto Claudia,
asustada y gritando que estaban llegando sus padres a casa. �Corre, esc�ndete en
mi cuarto, me dijo Claudia y de inmediato la obedec�, en la noche escaparas por
el patio.- As� lo hice.



Obscureci� y tuve que acomodarme a dormir con Claudia,
imposibilitado de moverme de ah�. Ella se acost� a mi lado, y comenzamos una
conversaci�n en susurros, en la que me contaba lo emocionadaza que estaba, me
dijo que ella me ayudar�a a lucir cada vez mejor y a comportarme como una
verdadera chica. Parad�jico, considerando lo poco femenina que ella era. Me dijo
que me conseguir�a m�s ropa y zapatos. Me sent� como hermanita menor, como
mu�eca de un juego macabro, segu�an confuso y la cabeza me daba vueltas, no
dejaba de pensar en los besos de Mario y en lo que la vida me deparaba, as� con
estos pensamientos y las interminables charlas de Claudia, me dorm� cobijado en
su enorme abrazo.




Capitulo 6.- El noviazgo



A partir de ese d�a viv� tres meses de intenso noviazgo. La
semana trascurr�a sin muchas novedades, trat�bamos de no vernos al salir de la
escuela, pero ocasionalmente nos top�bamos en el autob�s y era muy agradable
verlo, me ruborizaba su sonrisa, sus leves caricias a escondidas, el resto de la
tarde ya no nos ve�amos. Acaso charl�bamos por tel�fono y me dec�a con cu�ntas
ganas deseaba que llegara el viernes, el d�a que seguramente nos ver�amos como
pareja completa, es decir, yo travestido en chica y el due�o de m�. Acordamos
ese d�a por que era el d�a que mi madre regularmente se quedaba fuera de la
ciudad atendiendo las sucursales -y que me imaginaba, se queda con su novio
fuera, por lo que nunca perd�a esa oportunidad- y no regresaba sino hasta la
noche del s�bado o a veces hasta el domingo en la ma�ana. Por lo que me permit�a
quedarme acompa�ado de Mario hasta tarde o quedarme en su casa.



Finalmente llegaba el viernes, y despu�s de dormir la siesta
despu�s del colegio, esperaba a que llegara Claudia, ella arribaba con una
enorme maleta y pon�amos manos a la obra, lo disfrutaba con entusiasmo
adolescente pero con un cierto complejo de culpa.


No dejaba de perturbarme la idea de que simplemente me estaba
sentenciando a una vida gay. Trataba de no pensar en el futuro y vivir
intensamente el presente. Cuando terminaba su labor, Claudia se dedicaba a
contemplarme durante un rato, y me ense�aba trucos de coqueter�a que seguramente
ella nunca hab�a usado. Me ayudaba a practicar el andar sobre tacones, el
sentarme y pararme, a auto maquillarme, luc�a tan convincente cuando ya estaba
trasformada que decidimos rebautizar mi identidad femenina.



-Ok, Te llamaremos Michel. A las dos semanas era ya una chica
en toda la expresi�n de la palabra, y me tentaba la idea de salir a la calle en
mis ropas femeninas para probar lo convincente de mi imagen. Imaginaba a los
chicos del cami�n o al tendero de la esquina verme trasformada, fantaseaba
mordi�ndome los labios, verlos locos de lujuria, pero muertos de envidia de
verme de la mano de Mario.


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Relato: La Novia: Reencuentro con mi pasado
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