T�TULO: La viuda violada 1
Siempre me han gustado las mujeres rollizas, gruesas y con
formas, de esas de caderas muy amplias y culos enormes y con celulitis, con
muslos celul�ticos y gordos y vulvas peludas, grandes y de profunda vagina.
Tengo una polla bastante gruesa, capaz de horadar un co�o con mucho fondo y
satisfacer a cualquier mujer con ganas de rabo.
Me llamo Carlos Criler, vivo en Madrid y poseo una gran
empresa de transportes. Tengo 38 a�os, mido 1,81 m. y soy bastante atractivo,
con mucho tir�n para las mujeres.
Una ma�ana, uno de mis empleados, un paleto de un pueblo de
Soria, me pidi� permiso para ausentarse del trabajo, pues ten�a que acompa�ar a
su mujer al m�dico.
�Qu� le pasa a su se�ora?- le pregunt�, sin reparar- lo
juro ahora- en nada sexual ni pecaminoso.
Me respondi� que ten�a un problema de peso y que necesitaba
de la ayuda m�dica para seguir una dieta.
Pero...�tan gruesa est�?- le pregunt� ya m�s interesado,
ahora s� con cierto morbo sexual.
Cuando me respondi� que much�simo, not� que mi verga empezaba
a levantase, pues imagin� las formas de una de esas hembras jaquetonas y grandes
que tanto me excitan.
Est�bamos en mi despacho. Sin que se diera cuenta, ya que se
me hab�a formado un gran paquete en la bragueta, comenc� a manose�rmelo y
conforme avanzaba en la conversaci�n, termin� sac�ndome el cipote y haci�ndome
una paja lenta y aguantando la eyaculaci�n. Me cont� todo, que ten�a 48 a�os,
que no ten�an hijos pero que la quer�a mucho, que era muy alta y cuando le
solt�:
�ngel, ya veo que es usted muy feliz con ella, por eso no
hay ning�n problema para que la acompa�e al m�dico...pero d�game, es tambi�n
de pecho grande?.
El empleado se qued� de piedra. Me mir� y no sab�a qu�
responder. Le insist�:
- �Las tiene grandes?
Pero Don Carlos...por qu� me pregunta algo tan �ntimo?
Mire...Ram�n, le voy a ser claro...quiere usted ganar m�s
dinero aqu� en la empresa?
Por supuesto Don Carlos
Pues entonces, s�lo tiene que hablarme de su mujer..
Pero...
Fue m�s f�cil de lo que pens�. El muy cabr�n cedi� pronto y
ante mi oferta no supo decir que no. Le ofrec� cuatro veces m�s de lo que ganaba
si aceptaba mis condiciones que consist�an b�sicamente en firmar un contrato de
cesi�n absoluta de la esposa para hacer de ella lo que me viniera en gana,
quedando el acuerdo en el m�s estricto de los secretos entre los dos.
Para empezar, yo le acompa�ar�a al m�dico, pero no al que
ella imaginaba sino a uno muy particular : a m� mismo, haci�ndome pasar por
m�dico.
Desde mi despacho la telefone�, convenci�ndola para que
anulase la cita con el m�dico actual y que ya por la noche le dir�a a cu�l ir�an
ma�ana. El empleado, aturdido por el dinero, se fue confuso. Me garantiz� que
cumplir�a su acuerdo.
En cuanto se fue, me la casqu� soltando cantidad de leche y
sintiendo un gusto estremecedor. Aquella situaci�n me puso al borde de una
especie de locura lujuriosa.
Continuar�